Melanie

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Un día entra el sargento en plena clase de la señorita Justineau. Melanie no sabe que está ahí hasta que habla, porque el sargento se ha quedado al fondo.

—… y esa vez, Pooh y Piglet contaron tres pares de huellas sobre la nieve —está diciendo la señorita Justineau cuando la interrumpe la voz del sargento:

—¿Qué demonios es esto?

La señorita Justineau se detiene y vuelve la mirada hacia él.

—Estoy leyéndoles a los niños un cuento infantil, sargento Parks —dije.

—Eso ya lo veo —dice la voz del sargento—. Creía que la idea era poner a prueba su capacidad, no entretenerlos.

La señorita Justineau se pone tensa. Si uno no la conociese tan bien como Melanie y no la observase con tanto detenimiento como Melanie, seguramente no se daría cuenta. Y la verdad es que solo un instante y cuando vuelve a hablar su voz suena como siempre, sin el menor rastro de enojo.

—Es exactamente lo que estamos haciendo —dice—. Es importante comprobar cómo procesan la información. Pero para que pueda salir algo tiene que entrar algo.

—¿Algo? —repite el sargento—. ¿Datos, quiere decir?

—No. No solo datos. Ideas.

—Ah, sí, Winnie-the-Pooh está lleno de ideas brillantes.

El sargento está utilizando el sarcasmo. Melanie sabe cómo funciona el sarcasmo: dices lo contrario de lo que quieres decir realmente.

—En serio, está perdiendo el tiempo. Si quiere contarles historias, hábleles de Jack el Destripador y John Wayne Gacy.

—Son niños —señala la señorita Justineau.

—No.

—Desde el punto de vista psicológico sí. Son niños.

—Pues entonces que le den por saco a la psicología —dice el sargento con una voz que suena como si estuviese enfadado de verdad—. Por eso precisamente no conviene que les lea Winnie-the-Pooh. Si sigue así terminará viéndolos como niños de verdad. Y se descuidará. Y puede que desate a uno de ellos porque necesita un abrazo. No hace falta que le diga lo que pasa después.

Entonces el sargento camina hasta la primera fila de la clase y hace algo realmente horrible. Se remanga la camisa hasta el codo y coloca el antebrazo desnudo delante de la cara de Kenny: justo delante de él, a un par de centímetros y no más. Al principio no ocurre nada, pero entonces el sargento se escupe en la mano y se frota el antebrazo, como si quisiera quitarse algo.

—No lo haga —dice la señorita Justineau—. No le haga eso.

Pero el sargento no responde ni la mira.

Melanie se sienta dos filas detrás de Kenny, a un lado, así que lo presencia todo. De pronto, Kenny se pone muy tieso, y emite un gimoteo, y entonces se le abre la boca y comienza a lanzar dentelladas contra el brazo del sargento, a pesar de que, lógicamente, no puede alcanzarlo. Y la baba comienza a gotear desde la comisura de su boca, pero no mucha, porque nadie les da nada de beber, así que es densa y medio sólida y se queda allí colgando, al final de la barbilla de Kenny, bamboleándose, mientras Kenny gruñe, e intenta alcanzar el brazo del sargento y emite una especie de gimoteos lastimeros.

Pero aún falta lo peor, porque entonces los niños que hay a ambos lados de Kenny comienzan también a hacerlo, como si este les hubiera contagiado, y los niños que hay detrás de él se retuercen y tiemblan como si alguien estuviera pinchándolos con fuerza en el estómago.

—¿Lo ve? —dice el sargento mientras se vuelve hacia la señorita Justineau para asegurarse de que entiende su argumento.

Entonces parpadea, sorprendido, y da la sensación de que lamenta haberla mirado, porque la señorita Justineau lo está observando con hostilidad, como si quisiera abofetearlo, y el sargento baja el brazo y se encoge de hombros, como si nada de aquello le importase en realidad.

—No todo el que parece humano es humano —dice.

—Cierto —reconoce la señorita Justineau—. En eso estamos de acuerdo.

La cabeza de Kenny se inclina ligeramente hacia un lado, todo cuanto le permite la correa, y de la garganta del niño sale una especie de cloqueo.

—No pasa nada, Kenny —dice la señorita Justineau—. Se te pasará enseguida. Sigamos con el cuento, ¿queréis? ¿Os gustaría saber lo que les pasó a Pooh y a Piglet? Sargento Parks, si nos disculpa… Por favor.

El sargento la mira y sacude la cabeza con fuerza.

—No es bueno que les coja cariño —dice—. Ya sabe para qué están aquí. Joder, no es usted tan tonta…

Pero la señorita Justineau reanuda la lectura, como si no pudiera oírlo, como si ni siquiera estuviese allí, y al final él se marcha. O puede que se quede al fondo del aula, sin decir nada, pero Melanie no lo cree porque al cabo de un rato la señorita Justineau se levanta y cierra la puerta y Melanie piensa que solo lo haría si el sargento estuviese al otro lado.

Aquella noche apenas duerme. No puede dejar de pensar en lo que ha dicho el sargento, eso de que los niños no son niños de verdad, y en la mirada que le ha lanzado la señorita Justineau cuando estaba portándose tan mal con Kenny.

Y entonces se acuerda de Kenny, gruñendo e intentando morder el brazo del sargento como si fuese un perro. Se pregunta por qué lo habrá hecho y piensa que tal vez conozca la respuesta, porque cuando el sargento se frotó el brazo con la saliva y se lo puso a Kenny cerca de la nariz, fue como si por debajo del olor de los productos químicos, de repente apareciese una fragancia totalmente distinta. Y a pesar de que era casi imperceptible desde la posición de Melanie, bastó para que se le fuese la cabeza y los músculos de su mandíbula comenzasen a moverse solos. Ni siquiera alcanza a comprender la sensación, porque no es algo que le haya pasado antes ni algo que haya oído en un cuento, pero es como si tuviese que hacer alguna cosa, algo tan urgente, tan importante, que su cuerpo intentara tomar el control de su mente para hacerlo por su cuenta.

Pero junto a todas estas ideas tan perturbadoras, hay otra: «El sargento tiene nombre». Como los profesores. Como los niños. Hasta ahora, para Melanie era más bien una especie de titán o de dios. Ahora sabe que, por mucho miedo que dé, es como todos los demás. Ya no es solo el sargento, sino el sargento Parks. Más que ninguna otra cosa, es la gigantesca importancia de este cambio lo que la mantiene en vela hasta que, por la mañana, se abren las puertas y entran los profesores.

En cierto modo, sus sentimientos por la señorita Justineau también cambian después de aquel día. O, más que cambiar, se hacen cien veces más intensos. No puede haber en el mundo nadie más bondadoso, más amable o más encantador que la señorita Justineau. Melanie querría ser un dios, un titán o un guerrero troyano para poder luchar por la señorita Justineau y salvarla de los heffalumps y los woozles. Sabe que los heffalumps y los woozles salen en Winnie-the-Pooh, no en los mitos griegos, pero le gustan las palabras, y la idea de salvar a la señorita Justineau le agrada tanto que se convierte en su pensamiento preferido. Piensa en ello cuando no está pensando en otra cosa. Gracias a eso, hasta los domingos se vuelven soportables.

Así que un día, cuando la señorita Mailer les desata el brazo derecho desde el codo, les acerca las mesitas auxiliares y les dice que escriban una historia, la que escribe Melanie es esa. Como es natural, a la señorita Mailer solo le interesa el vocabulario y no el contenido de la historia. Esto resulta evidente porque junto con la tarea les proporciona una lista de palabras y les dice que por cada palabra de la lista que utilicen correctamente en la historia se llevarán un punto más.

Melanie ignora las palabras de la lista y deja volar su imaginación.

Luego, cuando la señorita Mailer pregunta quién querría leer su historia en voz alta, es la primera que levanta la mano —todo lo que puede levantarla, teniendo solo el antebrazo suelto— y dice:

—¡Yo, señorita Mailer! ¡Yo!

Así que le piden que lea su historia. Y esta dice así:

«Érase una vez una mujer muy hermosa. La más hermosa, amable, inteligente e increíble del mundo. Era alta y no estaba encorvada y tenía la piel tan oscura como su propia sombra, y tenía un pelo tan largo, negro y rizado que cuando lo mirabas te mareabas. Y vivía en la antigua Grecia, después de la guerra entre los dioses y los titanes, cuando los dioses ya habían ganado.

»Un día, mientras paseaba por el bosque, la atacó un monstruo. Era un maldito aborto y quería matarla y comérsela. La mujer, que era muy valiente, luchó y luchó, pero el monstruo era muy grande y feroz y por muchas veces que lo hiriese no dejaba de atacarla.

»La mujer estaba asustada. Llevaba el miedo prendido de su alma mortal.

»El monstruo le rompió la espada y la lanza y se dispuso a devorarla.

»Pero entonces apareció una niña pequeña. Era una niña muy especial, creada por los dioses, como Pandora. Y también era como Aquiles, porque su madre (la hermosa y maravillosa mujer) la había sumergido en las aguas de la laguna Estigia, así que era invulnerable salvo en un pequeño punto (que no era el talón, porque eso habría sido demasiado evidente, sino un sitio que era secreto para que el monstruo no pudiera encontrarlo).

»La niña pequeña luchó contra el monstruo y lo mató y le cortó la cabeza, los brazos, las piernas y todas las demás partes. Y entonces la hermosa mujer la abrazó como si le fuese la vida en ello y le dijo:

»—Eres mi niña especial. Siempre estarás conmigo y nunca te dejaré marchar.

»Y vivieron juntas para siempre, en paz y prosperidad».

La última frase la ha tomado prestada, palabra por palabra, de un cuento de los hermanos Grimm que la señorita Justineau había leído una vez en clase, y algunas de las otras partes las ha sacado de un libro sobre los mitos griegos que tenía la señorita y que se llamaba Relatos contados por las musas, o de cosas que ha oído decir a la gente y le gustan. Pero sigue siendo la historia de Melanie, así que se pone muy contenta cuando los demás niños le dicen lo buena que es. Hasta Kenny, al final, reconoce que le ha gustado la parte en la que la niña hace pedazos al monstruo.

También la señorita Mailer parece contenta. Mientras Melanie leía su historia, no ha dejado de tomar notas en su cuaderno. Y la ha grabado con su pequeña grabadora portátil. Melanie espera que se la enseñe a la señorita Justineau para que también ella pueda oírla.

—Ha sido realmente interesante, Melanie —dice la señorita Mailer.

Coloca la grabadora en la mesita de Melanie, justo delante de ella, y le hace un montón de preguntas sobre la historia. ¿Qué aspecto tenía el monstruo? ¿Qué sentía la niña sobre el monstruo cuando aún estaba vivo? ¿Y una vez muerto? ¿Y qué sentía sobre la mujer? Y montones de cosas así, lo que resulta bastante divertido, porque es casi como si la gente de la historia fuese real.

Como si hubiera salvado a la señorita Justineau de un monstruo y ella la abrazase.

Y esto es un millón de veces mejor que los mitos griegos.

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