Melanie
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Un día, la señorita Justineau les habla sobre la muerte. Lo hace más que nada porque la mayoría de los hombres de la Brigada Ligera acaban de morir en un poema que ha leído en clase. Los niños quieren saber lo que significa la muerte y cómo es. La señorita Justineau les dice que es como si se apagasen las luces y se hiciese un gran silencio, igual que de noche… solo que para siempre. Sin amanecer. Sin que vuelvan a encenderse las luces.
—Es horrible —dice Lizzie con una voz que suena como si fuese a echarse a llorar.
A Melanie también se lo parece: es como si estuviese sentada en la sala de duchas el domingo, con el olor a productos químicos en el aire, y luego hasta este olor desapareciera y no quedase nada para toda la eternidad.
La señorita Justineau se da cuenta de su malestar y, para tratar de arreglarlo, sigue hablando sobre ello.
—Puede que no sea así —se apresura a decir—. En realidad nadie lo sabe, porque cuando alguien muere no vuelve para hablar sobre ello. Y además, para vosotros sería distinto que para la mayoría de la gente, porque sois…
Y entonces se detiene, con la siguiente palabra trabada entre los labios.
—¿Somos qué? —pregunta Melanie.
Pasan un momento o dos antes de que la señorita Justineau diga nada. Melanie tiene la sensación de que está pensando en lo que podría decirles para que no se sientan aún peor.
—Sois niños. No podéis ni imaginar cómo es la muerte, porque a los niños siempre les parece que todo dura para siempre.
Melanie está bastante segura de que eso no es lo que iba a decir. Pero es igualmente interesante. Están en silencio mientras piensan sobre ello. «Es verdad», decide Melanie. No recuerda un momento de su vida en el que las cosas hayan sido distintas y no se puede imaginar otra manera de vivir. Pero hay algo que falla en la ecuación, así que no le queda más remedio que preguntarlo.
—¿Quiénes son nuestros padres, señorita Justineau?
En la mayoría de las historias que conoce, los niños tienen un padre y una madre, como Ifigenia tenía a Clitemnestra y Agamenón, o Elena a Leda y Zeus. A veces también tienen profesores, pero no siempre, y sargentos no parece haber nunca. Así que es una pregunta que llega hasta las mismas raíces del mundo y Melanie la formula con turbación.
Una vez más, la señorita Justineau piensa en ello largo rato, hasta que Melanie cree que no va a responder. Pero entonces dice:
—Tu madre está muerta, Melanie. Murió cuando eras muy pequeña. Y probablemente tu padre también lo esté, aunque no hay manera de saberlo. Así que ahora es el ejército quien cuida de ti.
—¿Y eso es solo Melanie —pregunta John— o todos nosotros?
La señorita Justineau asiente con lentitud.
—Todos vosotros.
—Estamos en un orfanato —conjetura Anne.
(La clase oyó la historia de Oliver Twist una vez, también con la señorita Justineau).
—No. Estáis en una base del ejército.
—¿Es eso lo que les pasa a los niños cuando sus padres y sus madres se mueren?
Esta vez es Steven el que pregunta.
—A veces.
Melanie está dándole muchas vueltas a todos estos hechos y tratando de ordenarlos en su cabeza, como si fuesen las piezas de un puzle.
—¿Qué edad tenía yo —pregunta— cuando murió mi madre?
Porque debía de ser muy joven si no recuerda nada de su madre.
—No es fácil de explicar —dice la señorita Justineau y todos ven en su cara que no se siente muy cómoda hablando de estas cosas.
—¿Aún era un bebé? —pregunta Melanie.
—En realidad no. Pero casi. Eras muy joven.
—¿Y mi madre me entregó al ejército?
Otro silencio prolongado.
—No —dice al fin la señorita Justineau—. Podría decirse que el ejército decidió quedarse contigo.
Lo dice en una voz rápida, baja y casi dura. Luego cambia de tema y los niños se alegran de que lo haga, porque a estas alturas a nadie le entusiasma demasiado el tema de la muerte.
Así que estudian la tabla periódica de los elementos, que es sencilla y divertida. Empezando por Miles, en un extremo de la primera fila, todos se turnan para decir un elemento. La primera vez lo hacen hacia delante. Luego en orden inverso. Luego la señorita Justineau les lanza retos, como «¡Debe empezar por la letra “N”!» o «¡Solo actínidos!».
Nadie falla hasta que los retos se vuelven realmente difíciles, como «¡No pueden ser de grupos o periodos consecutivos y deben empezar por cualquier letra que esté en vuestro nombre!». Zoe se queja de que los que tienen nombres largos tienen más posibilidades, cosa que es cierta, obviamente, pero aun así ella puede elegir entre el zinc, el zirconio, el oxígeno, el osmio, el einstenio, el erbio y el europio, así que no le va mal.
Cuando por fin termina la partida, con la victoria de Xanthi (y el xenón), todos están riéndose a carcajadas y es casi como si se hubieran olvidado del tema de la muerte. Pero no es así, claro. Melanie conoce lo bastante bien a sus compañeros de clase como para saber que están dando vueltas y vueltas en su cabeza a las palabras de la señorita Justineau, igual que ella, sacudiéndolas y escrutándolas para ver qué conclusiones pueden extraerles. Porque la única cosa que nunca consiguen comprender realmente es a ellos mismos.
Y para entonces a Melanie se le ha ocurrido la excepción que confirma la regla de que todos los niños tienen padres y madres: Pandora, que no los tenía porque Zeus la modeló utilizando viscoso barro. Melanie cree que, en algunos aspectos, eso sería mejor que tener un padre y una madre a los que no vas a conocer nunca. La presencia de los fantasmas de la ausencia de sus padres, flotando a su alrededor, la hace sentir incómoda.
Pero desea saber una cosa más y lo desea con tanta fuerza que se arriesga incluso a entristecer a la señorita Justineau. Al final de la lección, espera a que la señorita Justineau esté cerca de ella y se lo pregunta en voz muy baja.
—Señorita Justineau, ¿qué pasará cuando crezcamos? ¿Querrá quedarse con nosotros el ejército o nos mandará a casa, a Beacon? Y si vamos allí, ¿vendrán todos los profesores con nosotros?
¡Todos los profesores! Ya, claro. Como si a ella le preocupase si va a volver a ver a don «Voz Pastosa» Whitaker. O a la aburridísima doctora Selkirk, que se pasa toda la clase con la vista en el suelo, como si tuviese miedo de mirar a los niños. «Me refiero a usted. A usted, señorita Justineau, a usted, a usted y a usted» le gustaría decir, pero al mismo tiempo le da miedo hacerlo, como si al expresar en voz alta el deseo fuese a impedir que se cumpliera.
Y sabe, también por las historias que ha leído o le han contado, que los niños no permanecen para siempre en el colegio. No se van a una casa con sus profesores y viven allí con ellos cuando terminan la escuela. Y aunque en realidad no entiende lo que significan esas palabras, lo que puede suponer que termine la escuela, asume que algún día saldrá de allí y por tanto alguien ocupará su lugar.
Así que está preparada para que la señorita Justineau le diga que no. Se ha preparado para que no se le note en la cara la pena si esa es la respuesta. Realmente solo quiere los hechos, para así poder prepararse para la tristeza de la separación.
Pero la señorita Justineau no responde. Salvo que el rápido ademán que hace sea una respuesta. Se la pone delante de la cara, como si Melanie le hubiera tirado algo (cosa que no haría nunca en la vida).
Entonces la sirena suena tres veces, como todos los días al cabo de la jornada. Y la señorita Justineau agacha la cabeza y se recompone de ese golpe imaginario. Y es extraño, porque por primera vez Melanie se da cuenta de que siempre lleva algo rojo. La camiseta, una cinta para el pelo, los pantalones o la bufanda. Los demás profesores y el doctor Caldwell y doctora Selkirk visten de blanco, y el sargento y sus hombres de verde y marrón y otros colores intermedios. La señorita Justineau de rojo.
Como la sangre.
Como si algo en ella estuviera herido, y no se curase, y le doliese siempre.
«Es una idea estúpida —piensa Melanie— porque la señorita Justineau siempre sonríe y se está riendo y tiene una voz que es como un canto. Si le doliese algo no podría sonreír tanto. Pero ahora mismo no está sonriendo. Está mirando el suelo, y tiene el rostro contraído, como si estuviese enfadada, triste o enferma… como si fuese a soltar algo malo, lágrimas, palabras o vómitos, o las tres cosas a la vez».
—Yo me quedaré —balbucea Melanie. Está desesperada por conseguir que la señorita Justineau vuelva a sentirse bien—. Si tiene que estar aquí, me quedaré con usted. Tampoco querría ir a Beacon si no va usted.
La señorita Justineau levanta la cabeza y vuelve a mirar a Melanie. Tiene los ojos brillantes y su boca parece la raya del encefalograma del doctor Caldwell, porque tiembla constantemente.
—Lo siento —se apresura a decir Melanie—. No se entristezca, por favor, señorita Justineau. Puede hacer lo que quiera, por supuesto. Puede irse, o quedarse, o…
No dice una palabra más. De repente se sume en un silencio total, como si se le hubiera quedado paralizada la lengua, porque sucede algo totalmente inesperado y absolutamente maravilloso.
La señorita Justineau estira el brazo y le acaricia el pelo.
Le acaricia el pelo con la mano, como si fuese la cosa más natural y normal del mundo.
Y Melanie ve que unas luces bailan detrás de sus ojos, y se queda sin aliento, y no puede decir, oír ni pensar nada, porque aparte de los hombres del sargento, no más de dos o tres veces y siempre por accidente, nadie la había tocado nunca y es la señorita Justineau quien lo está haciendo y de pronto el universo es tan maravilloso que parece casi excesivo.
En la clase, todos los que pueden verlo están mirando. Todos tienen los ojos y la boca abiertos de par en par. El silencio es tal que se oye el suspiro de la señorita Justineau, coronado por un pequeño temblor al final, como si tiritase de frío.
—¡Oh, Dios! —susurra.
—La clase ha terminado —dice el sargento.
Melanie no puede volver la cabeza hacia él, por culpa de la correa de la silla. Y los demás tampoco parecen haberse dado cuenta de que había entrado en la sala. Están todos tan sorprendidos y asustados como ella. Hasta la señorita Justineau parece asustada, lo que es otra de esas cosas (como el hecho de que el sargento tenga nombre) que cambia la arquitectura del mundo entero.
El sargento entra en el campo de visión de Melanie, justo detrás de la señorita Justineau. Esta ha retirado bruscamente la mano del pelo de Melanie al oír su voz. Vuelve a agachar la cabeza y Melanie deja de verle la cara.
—Nos los llevamos —dice el sargento.
—Bien —responde la señorita Justineau con una vocecilla.
—Y a usted vamos a abrirle un expediente disciplinario.
—Bien.
—Y puede que pierda el trabajo. Porque acaba de quebrantar hasta la última de las normas.
La señorita Justineau levanta de nuevo la cabeza. Tiene los ojos empapados en lágrimas.
—Que te den, Eddie —dice, con el mismo tono suave y tranquilo que si estuviera dándole los buenos días.
Sale del campo de visión de Melanie a rápidas zancadas. Melanie siente deseos de llamarla, de decirle algo para que se quede: «La quiero, señorita Justineau. Seré un dios o un titán y la salvaré». Pero no puede decir nada y entonces entran los hombres del sargento y comienzan a llevarse las sillas de los niños, una por una.