Melanie
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¿Por qué? ¿Por qué lo ha hecho?
Helen Justineau no tiene una buena respuesta, así que sigue haciéndose la pregunta. Está sola y deprimida en el cuarto que tiene en la lujosa ala de los civiles, casi medio metro más largo que el de los soldados y con su propio lavabo químico. Apoyada en el espejo de la pared, eludiendo su propia mirada acusadora.
Se ha frotado las manos hasta dejárselas en carne viva, pero aun así continúa sintiendo aquella piel fría. Tan fría como si no circulase sangre por ella. Como si estuviese tocando algo que acabaran de sacar del fondo del mar.
¿Por qué lo ha hecho? ¿Qué ha sucedido en esa imposición de manos?
El de poli bueno es solo un papel que le han asignado: observar y evaluar las respuestas emocionales de los niños para luego poder redactar tortuosos informes sobre su capacidad de sentir afecto normal, dirigidos a Caroline Caldwell.
«Afecto normal». Presumiblemente, eso es lo que siente ahora Justineau.
Es como si hubiera excavado un foso, profundo y de paredes rectas, se hubiera limpiado las manos… y luego se hubiera metido tranquilamente en él.
Solo que en realidad ha sido el sujeto de experimentación número 1 quien lo ha hecho. Melanie. Ha sido su desesperado y obvio enamoramiento, rendido a su heroica figura, el que ha hecho tropezar a Justineau o al menos el que la ha desequilibrado lo suficiente para que el tropezón resultara inevitable. Esos ojos grandes y rebosantes de confianza, en ese rostro blanco como el hueso… La muerte y la doncella, combinadas en un frasco pequeño.
No sofocó su compasión a tiempo. No se recordó a sí misma, como hace todos los días, que cuando el programa concluya, una aeronave de Beacon se la llevará de allí del mismo modo que la trajo. Rápidamente, junto con todas sus cosas, sin dejar ni rastro. Esto no es la vida. Es algo que se desarrolla dentro de una subrutina contenida en sí misma. Puede salir tan inmaculada como entró con solo impedir que la afecte.
Pero puede que ya sea tarde para eso.