Melanie

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Cada cierto tiempo, en el ala hay un día que no empieza bien. Un día en el que los patrones repetidos que Melanie utiliza como varas de medir para su propia existencia no se reproducen uno tras otro y se siente como si estuviera bamboleándose impotente en el aire, como si fuese un globo en forma de Melanie. Una semana después de que la señorita Justineau le contara a la clase que sus madres estaban muertas llega un día de estos.

Es viernes, pero cuando aparecen el sargento y sus hombres no viene un profesor con ellos y no abren la puerta. Melanie ya sabe lo que va a suceder a continuación, pero aun así siente un hormigueo de intranquilidad al oír el repiqueteo de los tacones altos de la doctora Caldwell sobre el suelo de hormigón. Y un momento después comienza el clic del bolígrafo de la doctora Caldwell, a la que le gusta apretar y apretar el botón incluso cuando no piensa escribir nada.

Melanie no se levanta de la cama. Se queda allí sentada y espera. La doctora Caldwell no le cae muy bien. En parte porque siempre que aparece se desbaratan las rutinas diarias, pero sobre todo porque no sabe lo que hace. Los profesores enseñan y los hombres del sargento trasladan a los niños entre el aula y las celdas, y los alimentan y duchan los domingos. La doctora Caldwell simplemente aparece, sin previo aviso (una vez, Melanie intentó calcular si había un patrón, pero no lo encontró), y entonces todo el mundo deja lo que está haciendo, o lo que debería estar haciendo, hasta que vuelve a marcharse.

El repiqueteo de los zapatos y el clic-clic del bolígrafo se acercan más y más hasta detenerse.

—Buenos días, doctora —dice el sargento en el pasillo—. ¿A qué debemos el placer?

—Sargento —responde la doctora Caldwell.

Su voz es casi tan suave y cálida como la de la señorita Justineau, lo que hace sentir a Melanie un poco culpable por la antipatía que siente. Lo más probable es que sea muy simpática si uno llega a conocerla.

—Estoy comenzando una nueva serie de pruebas y necesito un sujeto de cada.

—¿Un sujeto de cada? —repite el sargento—. ¿Un chico y una chica, quiere decir?

—¿Un qué y un qué? —La doctora Caldwell ríe con voz musical—. No, no me refiero a eso. En absoluto. El género es completamente irrelevante. Eso ya lo hemos establecido. Me refiero a uno del extremo superior de la curva de campana y otro del extremo inferior.

—Bueno, dígame cuáles quiere. Los prepararé y se los enviaré.

Hay un crujido de papeles.

—Para el del extremo inferior, la dieciséis irá perfectamente —dice la doctora Caldwell.

Sus tacones repiquetean varias veces sobre el suelo, pero no camina, porque el sonido no se acerca ni se aleja. El clic-clic del bolígrafo continúa.

—¿Quiere a esta? —pregunta el sargento.

Su voz suena muy cerca.

Melanie levanta la mirada. La doctora Caldwell está observándola desde el otro lado de la portilla. Sus ojos se encuentran con los de Melanie y permanecen así mucho rato, sin que ninguna de las dos parpadee.

—¿Nuestra pequeña genio? —dice la doctora Caldwell—. Lávese la boca, sargento. No voy a desperdiciar a nuestra número uno para una simple comparación de estratos. Cuando venga a por Melanie será con ángeles y trompetas.

El sargento murmura algo que Melanie no alcanza a oír y que hace reír a la doctora Caldwell.

—Bueno, seguro que puede usted poner las trompetas, al menos.

Se vuelve y el clic-clac-clic de sus tacones se aleja por el pasillo.

—Los dos patitos —dice—. El veintidós.

Melanie no se sabe los números de las celdas de todos los niños, porque siempre los llevan y traen en un orden muy estricto. Pero de vez en cuando, uno de los profesores llama a un niño por su número en lugar de su nombre, y ella los ha memorizado. Marcia es la número dieciséis y Liam el número veintidós. Se pregunta para qué los querrá la doctora Caldwell y lo que les dirá.

Se acerca a la portilla y observa cómo entran los hombres del sargento en las celdas dieciséis y veintidós. Sacan a Liam y Marcia en sus sillas y se los llevan por el pasillo… pero no hacia el aula, sino en sentido contrario, hacia la gran puerta de acero.

Melanie los sigue con la mirada mientras puede, pero hay un momento en el que salen de su campo de visión. Supone que habrán atravesado la puerta, porque ¿qué otra cosa hay al final del pasillo? ¡Así que están viendo con sus propios ojos lo que hay al otro lado!

Melanie espera que hoy les toque la señorita Justineau, porque siempre deja a los niños hablar de cosas que no tienen que ver con la lección, de manera que cuando Liam y Marcia vuelvan podrán contarles de qué han hablado con la doctora Caldwell, qué han hecho y qué hay al otro lado de la puerta.

Pero también espera que les toque la señorita Justineau por muchas más razones.

Y resulta que les toca. Los niños componen canciones para que la señorita Justineau las toque con su flauta, con complicadas normas sobre la longitud de las palabras y la forma de la rima. Lo pasan muy bien, pero el día transcurre sin que regresen Liam y Marcia. Así que Melanie no puede preguntar lo que quería y aquella noche, al volver a la celda, la curiosidad le pica más que antes, si es posible.

Luego llega el fin de semana, sin clases y sin nadie con quien hablar. Melanie se pasa todo el sábado pendiente, pero la puerta de acero no se abre y no entra ni sale nadie.

El domingo, Liam y Marcia no están en la ducha.

El lunes les toca con la señorita Mailer y el martes con el señor Whitaker, y poco después Melanie comienza a tener miedo de preguntar, porque en su mente ha aparecido una posibilidad, como una grieta en una pared, la posibilidad de que Liam y Marcia no regresen, como pasó con Ronnie aquella vez que se puso a gritar sin parar. Y puede que si lo pregunta cambie lo que pase. Puede que si todos fingen no darse cuenta, un buen día traigan a Liam y Marcia en sus sillas y sea como si no se hubieran ido nunca. Mientras que si alguien pregunta «¿A dónde han ido?», se habrán ido de verdad y no volverá a verlos.

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