Melanie
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Caroline Caldwell sabe muy bien cómo se separa el cerebro de un cráneo. Lo hace rápida y metódicamente y consigue extraer el cerebro de una pieza, sin que el tejido sufra apenas daños. Ha llegado a un punto en el que casi podría hacerlo estando dormida.
De hecho, lleva tres noches sin dormir y siente un picor detrás de los ojos que no se le va por mucho que frote. Pero tiene la mente despejada, con una lucidez teñida apenas por un leve tono alucinatorio en los bordes. Sabe lo que hace. Se ve a sí misma haciéndolo y aprueba el virtuosismo de su técnica.
El primer corte lo realiza en la parte posterior del hueso occipital, introduciendo la sierra en el hueco que Selkirk le ha abierto entre las capas de carne y entre los nudos y protuberancias de músculo expuesto.
Amplía el primer corte hacia ambos lados, manteniendo una línea horizontal correspondiente a la parte más ancha del cráneo. Al trabajar es importante tener espacio suficiente, para no chafar el cerebro o dejarse una parte dentro al sacarlo. Sigue adelante, moviendo la sierra adelante y atrás con suavidad, como si fuese el arco de un violín, a través de los huesos parietal y temporal, sin desviarse de la línea recta hasta llegar a los arcos superciliares.
En ese punto la línea recta deja de importar. Aquí la «X» marca el lugar: la doctora Caldwell traza con la sierra una línea que va de la parte superior izquierda a la inferior derecha y luego otra de la parte inferior izquierda a la superior derecha, y realiza dos incisiones ligeramente más profundas que se cruzan en el punto central situado entre los ojos del sujeto.
Que parpadean con rapidez frenética, enfocando y desenfocando en sucesión.
El sujeto está muerto, pero al patógeno que controla su sistema nervioso, la inexistencia de una consciencia rectora no le estorba lo más mínimo. Sabe lo que quiere y sigue siendo el capitán de la nave en medio de su naufragio.
La doctora Caldwell profundiza los cortes que se entrecruzan en la parte delantera del cráneo, porque los senos paranasales del sujeto multiplican por dos el grosor del hueso en esa zona.
A continuación saca la sierra y coge un destornillador, parte de un juego que recibió su padre como regalo del Reader’s Digest por suscribirse a algunos de sus productos, hace más de treinta años.
El paso siguiente es delicado y complejo. La doctora sondea los cortes con la punta del destornillador y, donde puede, hace algo de palanca para abrirlos más, pero con cuidado de no introducirlo lo bastante como para dañar el cerebro que hay debajo.
El sujeto suspira, aunque ya no necesita oxígeno.
—Ya terminamos —dice la doctora Caldwell.
Medio segundo después se siente como una tonta. Aquello no es una conversación ni una experiencia compartida.
Se da cuenta de que Selkirk la está observando con expresión cautelosa. Molesta, chasquea los dedos y señala la sierra para que se la pase.
Lo que viene ahora es un ballet de incrementos infinitesimales: sondear el cráneo con la punta del destornillador para ver dónde se mueve y volver a penetrar con la sierra allí donde encuentre resistencia para, gradualmente, levantar la tapa de los sesos hasta poder sacarla de una pieza.
Es la parte más complicada, pero la completa sin contratiempos.
Tras sacar la bóveda craneal, Caldwell, con pequeños cortes de un escalpelo del diez va cortando los nervios craneales y los vasos sanguíneos, y separando delicadamente el cerebro de la parte delantera a medida que queda libre. Una vez que la médula espinal queda a la vista, la secciona también.
Pero aún no intenta sacar el cráneo. Ahora que ya está suelto, le devuelve el escalpelo a Selkirk y recibe de ella unos alicates con las puntas romas con los que extrae, con mucho cuidado, unas pocas protuberancias de hueso afilado que se yerguen orgullosas en los bordes del corte practicado en el cráneo. Es facilísimo arañar los sesos al sacarlos por la improvisada trampilla y cuando sucede eso lo mismo da tirarlos a la basura.
Una vez que ha hecho esto lo extrae: con las dos manos, desde abajo, ayudándolo a salir por la abertura sin dejar que toque los bordes en ningún momento.
Y lo deja, con gran cuidado, sobre la tabla de corte.
El sujeto número 22, que responde al nombre de Liam (si uno acepta la idea de ponerles nombre a esas cosas), continúa mirándola con unos ojos que siguen todos sus movimientos. Esto no significa que esté vivo. La doctora Caldwell cree que el momento de la muerte es el momento en que el patógeno cruza la barrera hematoencefálica. Lo que queda luego, por mucho que tenga un corazón que lata (diez o doce veces por minuto), por mucho que hable y por mucho que se le bautice con un nombre de niño o de niña, ya no es el huésped. Es el parásito.
Y el parásito, cuyas necesidades y tropismos son bien distintos a las necesidades y los instintos humanos, es un administrador diligente. Sigue gobernando un amplio abanico de redes y sistemas sin intervención alguna del cerebro, lo que le permite, como ahora, presenciar cómo lo cortan en finas lonchas y lo colocan entre placas de cristal.
—¿Saco el resto de la médula espinal? —pregunta Selkirk.
Habla con ese tono vacilante y suplicante que Caldwell desprecia. Es como una mendiga en la esquina de una calle, que no pide dinero ni comida, sino misericordia. «No me obligues a hacer nada desagradable o complicado».
La doctora Caldwell, que está preparando el bisturí, ni siquiera vuelve la mirada.
—Claro —dice—. Adelante.
Se muestra brusca, huraña incluso, porque esta parte del procedimiento, más que ninguna otra, atenta contra su orgullo profesional. Si por algo estaría dispuesta a sacudir el puño en dirección al desierto cielo, sería por esto. Ha leído cómo se cortaban y montaban los cerebros en los viejos tiempos, antes del Colapso. Existía una máquina llamada ATLUM —un ultramicrotomo rotativo automático— que, gracias a una sierra de diamante, permitía rebanar un cerebro en secciones perfectas de una neurona de grosor. Treinta mil cortes por milímetro, más o menos.
Lo máximo que puede conseguir la guillotina de la doctora Caldwell sin aplastar y arruinar las frágiles estructuras que pretende examinar, es unas diez rebanadas por milímetro.
Háblale a la doctora Caldwell de Robert Edwards. Háblale de Elizabeth Blackburn, Günter Blobel, Carol Greider o cualquier otro biólogo celular que haya ganado nunca el premio Nobel y verás lo que dice.
La mayoría de las veces dirá: «Seguro que tenía un ultramicrotomo rotativo automático. Y un microscopio electrónico T.E.A.M. 0.5 y un sistema de procesamiento de imágenes de células vivas y un ejército de estudiantes de grado, becarios y ayudantes de laboratorio para encargarse de todas las tareas rutinarias, a fin de que el galardonado estuviera libre para bailar un vals con su puñetera musa a la luz de la luna».
La doctora Caldwell intenta salvar el mundo, y tiene la sensación de que lo hace llevando mitones en vez de guantes quirúrgicos. En una ocasión tuvo la oportunidad de hacerlo como es debido. Pero no consiguió nada y aquí está. Sola, pero aún entera. Aún luchando.
Selkirk exhala un suspiro de consternación que saca a Caldwell de sus infructuosas elucubraciones.
—La médula espinal está cortada, doctora. A la altura de la duodécima vértebra.
—Tírela —murmura la doctora Caldwell.
Ni siquiera se molesta en disimular su desdén.