Melanie

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Han pasado ciento diecisiete días desde que se llevaron a Liam y a Marcia, y todavía no han vuelto.

Melanie sigue pensando en ello y sigue preocupada, pero aún no ha preguntado a la señorita Justineau —ni a nadie— qué ha sido de ellos. Lo máximo que se ha acercado ha sido preguntarle al señor Whitaker lo que significan los dos patitos. Recuerda que la doctora Caldwell dijo aquellas palabras el día que sucedió todo.

El señor Whitaker tiene uno de esos días con altibajos en que se trae a clase la botella, esa botella llena a rebosar con la medicina que primero le mejora el carácter y luego se lo empeora. Melanie ya ha presenciado suficientes veces este extraño y ligeramente perturbador proceso como para predecir su curso. El señor Whitaker entra en clase en un estado de nerviosismo e irritación, decidido a encontrar problemas en todo cuanto hagan o digan los niños.

Entonces se toma su medicina y esta se propaga por su cuerpo como la tinta en el agua (fue la señorita Justineau quien les enseñó este proceso). Su cuerpo se relaja y pierde los tics. Su mente se relaja también y durante un rato se muestra amable y paciente con todos. Si parase entonces, sería maravilloso, pero sigue bebiendo y el milagro se revierte. No es que el señor Whitaker se vuelva huraño otra vez. Es algo peor, algo horrible que Melanie no sabe cómo llamar. Es como si se metiese dentro de sí mismo, sumido en una miseria total, y al mismo tiempo tratase de rehuirse, como si en su interior hubiera algo demasiado horrible hasta para tocarlo. A veces se echa a llorar y pide disculpas, pero no a los niños, sino a alguien que en realidad no está ahí y cuyo nombre no para de cambiar.

Como Melanie conoce bien este ciclo, se asegura de formular sus preguntas en la fase expansiva. «¿Qué son los dos patitos que mencionó la doctora Caldwell? —pregunta al señor Whitaker—. ¿Y por qué los mencionó en ese momento, el día que se llevaron a Marcia y a Liam?».

—Sale de un juego llamado bingo —le explica el señor Whitaker con la voz levemente pastosa—. Cada jugador tiene una tarjeta con varios números del uno al cien. Alguien va sacando números y el primer jugador que los consigue todos se lleva un premio.

—¿Y los dos patitos son uno de los premios? —le pregunta Melanie.

—No, Melanie, son uno de los números. Es una especie de clave. Cada número tiene una frase o un grupo de palabras asociado. Los dos patitos son el del veintidós, por su aspecto. Mira. —Los dibuja en la pizarra—. Parecen dos patitos nadando juntos, ¿lo ves?

La verdad es que a Melanie le recuerdan más a dos cisnes, pero el juego del bingo no le interesa demasiado. Conque lo único que pasaba era que la doctora Caldwell estaba diciendo veintidós de dos maneras distintas, la normal y la clave… Repitiendo que era Liam, y no otro, el escogido.

¿Escogido para qué?

Melanie piensa en los números. Su lenguaje secreto utiliza números, números distintos de dedos de la mano derecha y de la mano izquierda, o dos veces de la mano derecha si la mano izquierda sigue atada a la silla. Así se consiguen seis veces seis combinaciones distintas (porque no levantar ningún dedo también es una señal), lo bastante para todas las letras del alfabeto, además de señales especiales para todos los profesores, para la doctora Caldwell y para el sargento, y un símbolo de interrogación y una señal que significa «Era una broma».

Ciento diecisiete días significa que ya ha llegado el verano. Es posible que la señorita Justineau vuelva a traerles el mundo al aula y les enseñe qué aspecto tiene el verano, como hizo con la primavera. Pero últimamente la señorita Justineau, cuando está con la clase, parece distinta. A veces olvida lo que está diciendo, se interrumpe a mitad de una frase y se queda callada un buen rato antes de continuar, normalmente con algo que no tiene nada que ver.

Les lee libros con más frecuencia y organiza juegos y canciones con mucha menos.

Puede que esté triste por algo. Esta idea hace que Melanie se sienta desesperada y furiosa a un tiempo. Quiere proteger a la señorita Justineau y saber quién puede ser tan malo como para hacerla entristecer. Si averiguase quién ha sido, no sabe lo que le haría, pero desde luego se aseguraría de que lo lamentase.

Y cuando piensa quién podría ser, en su cabeza solo aparece un nombre.

El mismo que acaba de entrar en el aula, a la cabeza de media docena de sus hombres, con el rostro ceñudo cruzado por la diagonal de trazo irregular de su cicatriz. Apoya las manos en las asas de la silla de Melanie, le da la vuelta y se la lleva de clase. Lo hace de manera rápida y brusca, como casi todo. Pasa por delante de la puerta de la celda de Melanie y entonces retrocede, abre la puerta con las posaderas y da la vuelta a la silla tan brusca y rápidamente que Melanie se marea.

Dos de los hombres del sargento entran detrás de él, pero se mantienen a una distancia prudencial de la silla. Se ponen firmes y esperan a que el sargento les dé su permiso con un gesto de la cabeza. Uno de ellos apunta a Melanie con el arma mientras el otro, desde atrás, comienza a soltarle las correas, empezando por la del cuello.

Melanie le aguanta la mirada al sargento y mientras lo hace siente que algo en su interior se encoge como un puño cerrado. La culpa de que la señorita Justineau esté triste es del sargento. Tiene que serlo, porque se entristeció después de que se enfadase con ella y le dijese que había quebrantado las normas.

—Mírate —le dice a Melanie—. Con el rostro todo arrugado, como la máscara de una tragedia griega. Como si tuvieses sentimientos. ¡Por Dios!

Melanie frunce el ceño con toda la hostilidad que puede.

—Si tuviese una caja con todos los males del mundo —le dice—, la abriría un poquito y lo metería dentro. Y luego volvería a cerrarla para siempre.

El sargento se echa a reír y hay sorpresa en sus carcajadas, como si no diera crédito a lo que acaba de oír.

—Joder —dice—, pues será mejor que me asegure de que nunca consigas una caja.

Melanie está furiosa, porque el sargento ha cogido el peor insulto que se le ha ocurrido y se ha reído de él. Desesperada, mira a su alrededor, buscando el modo de replicar.

—¡Ella me quiere! —le suelta—. ¡Por eso me acarició el pelo! ¡Porque me quiere y quiere estar conmigo! ¡Y usted solo la pone triste y por eso le odia! ¡Le odia tanto como si fuese un hambriento!

El sargento se la queda mirando y algo le pasa en el rostro. Es como si estuviera sorprendido, y luego asustado, y luego furioso. Los dedos de sus grandes manos se cierran lentamente y aprieta los puños.

Apoya los brazos en los brazos de la silla y la empuja con fuerza contra la pared. Su rostro, pegado al de Melanie, está colorado y tembloroso.

—¡Voy a hacerte pedacitos, puta cucaracha! —dice con voz ahogada.

Los hombres del sargento presencian todo esto con expresión ansiosa. Es como si pensaran que deben hacer algo pero no supieran el qué. Uno de ellos empieza a decir:

—Sargento Parks… —pero no termina la frase.

El sargento endereza la espalda y retrocede, antes de hacer un gesto parecido a un encogimiento de hombros.

—Aquí ya hemos terminado —dice.

—Sigue sujeta —dice el segundo de sus hombres.

—Pues qué pena —responde el sargento.

Abre la puerta y espera, con la mirada clavada en sus hombres, hasta que estos se rinden, dejan a Melanie donde está y salen por la puerta.

—Dulces sueños, niña —dice el sargento.

Cierra la celda dando un portazo y Melanie oye cómo echa los cerrojos.

Uno.

Dos.

Tres.

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