Melanie

Melanie


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—Me preocupa su objetividad —dice la doctora Caldwell a Helen Justineau.

Justineau no responde, pero seguramente su rostro expresa un «¿Perdone?» con suficiente elocuencia.

—Estudiamos a los sujetos por una razón —continúa Caldwell—. Dado el escaso apoyo que recibimos, es posible que no se dé cuenta de ello, pero nuestro programa de investigación es de una importancia incalculable.

Justineau sigue sin decir nada y Caldwell parece sentir la necesidad de llenar el vacío. De llenarlo sin dejar un resquicio, se diría.

—No exagero al decir que nuestra supervivencia como raza podría depender de que seamos capaces de averiguar por qué la infección ha tomado en estos niños un rumbo distinto al del noventa y nueve coma nueve nueve nueve por ciento de los sujetos. Nuestra supervivencia, Helen. Eso es lo que nos estamos jugando. La esperanza de tener un futuro. Un modo de salir de esto.

Están en el laboratorio, el taller de sucia creación de Caldwell, que Justineau no acostumbra a visitar. Solo está allí porque la doctora la ha hecho llamar. Puede que la base y la misión estén bajo jurisdicción militar, pero Caldwell sigue siendo su jefa y cuando la llama tiene que acudir. Tiene que dejar el aula y visitar la cámara de tortura.

Cerebros en tarros. Cultivos de tejido donde crecen grumosos paisajes de grisácea materia fúngica sobre órganos y miembros reconociblemente humanos. Una mano y un antebrazo —de tamaño infantil, cómo no—, despellejados y abiertos, con la rosada carne retraída y sujeta con alfileres y piezas de plástico amarillo para separar los músculos y dejar las estructuras interiores abiertas a examen. Es una sala saturada y claustrofóbica, con las persianas siempre bajadas para mantener el mundo exterior a una distancia clínicamente óptima. La luz —totalmente blanca, de implacable intensidad— procede de los fluorescentes que cubren el techo.

Caldwell está preparando unos portaobjetos con las muestras de tejido que corta, de lo que parece una lengua, con una navaja.

Justineau no aparta los ojos. Se obliga a mirar todo lo que hay allí, porque también ella forma parte del proceso. Cree que si finge que no lo ve acabará llegando a un punto sin retorno, al agujero negro de solipsismo que hay más allá del horizonte de sucesos de la hipocresía.

Dios, hasta podría transformarse en Caroline Caldwell.

Quien estuvo a punto de pertenecer al gran grupo que debía salvar a la humanidad, en los primeros tiempos de lo que acabaría por llamarse el Colapso. Dos docenas de científicos, una misión supersecreta, entrenamiento del gobierno… Lo mejor del mundo en un mundo en acelerado proceso de destrucción. Muchos fueron los llamados y muy pocos los elegidos. Caldwell era una de las que se quedaron a las puertas cuando estas se cerraron. ¿Le seguirá escociendo, después de tantos años? ¿Será eso lo que la ha vuelto loca?

Hace tanto que Justineau casi ha olvidado la mayoría de los detalles. Tres años después de la primera oleada de infecciones, cuando las sociedades del mundo desarrollado creyeron haber tocado fondo en su caída libre. En el Reino Unido, el número de infectados pareció estabilizarse durante un breve tiempo y se discutieron centenares de iniciativas. Beacon encontraría la cura, reclamaría las ciudades y restauraría un muy necesario statu quo.

En aquel extraño y falso amanecer se organizaron dos laboratorios móviles. No a partir de cero, porque no había tiempo para eso. Lo que hicieron fue adaptar rápida e ingeniosamente dos vehículos que poseía el Museo de Historia Natural de Londres.

El Charles Darwin y el Rosalind Franklin —Charlie y Rosie—, concebidos para albergar grandes exposiciones itinerantes, se transformaron en enormes instalaciones de investigación móviles. Cada uno de ellos era tan largo como un camión articulado y casi dos veces más ancho. Los equiparon con laboratorios de biología y química orgánica de última generación, junto con literas suficientes para seis científicos, cuatro soldados y dos conductores. También se beneficiaron de una serie de mejoras aprobadas por el Ministerio de Defensa, como orugas en lugar de ruedas, un blindaje de más de dos centímetros de grosor y cañones y lanzallamas delanteros y traseros.

Las «grandes esperanzas verdes», como las bautizaron, se presentaron al público con toda la fanfarria posible, dadas las circunstancias. Unos políticos que esperaban convertirse en los héroes del inminente renacimiento humano escribieron discursos sobre ellas y las bautizaron con botellas de champán. Se botaron entre lágrimas, plegarias, poemas y exordios.

Y desaparecieron.

Después de aquello, todo se desmoronó rápidamente. El respiro fue solo un fruto del caos, generado por dos poderosas fuerzas cuyos efectos se cancelaron mutuamente durante algún tiempo. La infección seguía propagándose y el capitalismo global seguía desmoronándose: como los dos gigantes que se devoran el uno al otro en el cuadro de Dalí llamado Canibalismo en otoño. En última instancia, ningún ejercicio publicitario, por bien orquestado que estuviese, podía imponerse al Armagedón. Este pisoteó las barricadas y se sirvió a su capricho.

Nadie volvió a ver a aquel grupo de genios seleccionados a dedo. Solo les quedó la segunda división, el banquillo de los suplentes, los reemplazos. «¡Ya solo Caroline Caldwell puede salvarnos!». Que Dios nos ayude, joder.

—No me trajo aquí para que fuese objetiva —le recuerda Justineau a su superior con una voz que, para su sorpresa, parece casi templada—. Me trajo porque quería complementar con evaluaciones psicológicas los fríos datos físicos que extrae de sus propias investigaciones. Si soy objetiva no le serviré de nada. Yo creía que conectar con los procesos mentales de los niños era precisamente el objetivo.

Caldwell hace un ademán vago mientras frunce los labios. Usa carmín a diario, a pesar de su escasez, y le saca partido: le permite ofrecer una fachada impecable al mundo. En una edad de óxido, ella parece hecha de acero inoxidable.

—¿Conectar? —dice—. Eso no tiene nada de malo, Helen. Estoy hablando de algo que va más allá.

Señala con la cabeza un montón de papeles que hay sobre una de las superficies de trabajo, entre unas placas de Petri y una serie de cajas de diapositivas apiladas.

—Ahí, la primera hoja. Es la copia rutinaria de una petición enviada por usted a Beacon. Para que se impusiese una moratoria sobre las pruebas físicas practicadas con los sujetos.

Justineau no tiene otra respuesta que la más evidente.

—Le he pedido que me mande a casa —dice—. En siete ocasiones distintas. Y no lo ha hecho.

—Vino usted aquí a hacer un trabajo. Y el trabajo no está terminado. Decidí que debía cumplir su contrato.

—Pues en ese caso es lo que hay —dice Justineau—. Si estuviese en Beacon, tal vez podría mirar para otro lado. Si me mantiene aquí, tendrá que aguantar pequeños inconvenientes, como mi conciencia.

Los labios de Caldwell se estrechan formando una sola línea recta. Estira el brazo, coge el mango de la navaja y lo gira para dejarlo paralelo al borde de la mesa.

—No —dice—. En realidad no. Yo defino el programa y usted forma parte de él. Y esa parte sigue siendo necesaria, razón por la que me estoy tomando la molestia de mantener esta conversación. Estoy preocupada, Helen. Tengo la sensación de que ha cometido un error fundamental de juicio y si no lo repara, esto contaminará su análisis de los sujetos. No solo será inútil, sino algo peor.

«Un error de juicio». Justineau baraja la posibilidad de hacer un comentario sobre la fiabilidad de los juicios de la propia Caldwell, pero intercambiando insultos no va a conseguir nada.

—¿No ha quedado demostrado a estas alturas —dice en su lugar— que las respuestas de los niños están todas ellas dentro de los parámetros de lo humano? Incluso en un grado elevado, me atrevería a decir…

—¿Desde un punto de vista cognitivo, se refiere?

—No, Caroline. Desde todos los puntos de vista. Cognitivo. Emocional. Asociativo. Físico.

Caldwell se encoge de hombros.

—Bueno, dentro de lo «físico» habría que incluir los reflejos innatos. Y no creo que pueda decirse que alguien que experimenta un frenesí devorador en el momento que huele la carne humana está totalmente dentro de los parámetros humanos, ¿no le parece?

—Ya sabe lo que quiero decir.

—Sí. Pero se equivoca, y lo sabe.

Caldwell no ha levantado la voz y no ha dado la menor señal de impaciencia o frustración. Podría ser una profesora que está explicando a un alumno un error de lógica provocado por su ingenuidad, con el fin de que pueda corregirlo y aprender.

—Los sujetos no son humanos, son hambrientos. Hambrientos con capacidad cognitiva superior. Puede que, debido a que son capaces de hablar, sea más fácil empatizar con ellos, pero eso también los hace mucho más peligrosos que la variedad puramente animal con la que solemos encontrarnos. El mero hecho de tenerlos aquí, dentro del perímetro, ya constituye un riesgo, razón por la que se establecieron las instalaciones tan lejos de Beacon. Pero los datos que esperamos obtener justifican ese riesgo. Justifican cualquier riesgo.

Justineau se echa a reír, con un ronco y feo espasmo de exhalación que le hace daño al salir. Tiene que decirlo. No puede evitarlo.

—Ha troceado usted a dos niños, Caroline. Y sin anestesia.

—No responden a la anestesia. Sus neuronas tienen una fracción de lípidos tan pequeña que la concentración alveolar nunca supera el umbral de acción. Dato que, por sí solo, ya debería demostrarle que la condición ontológica de los sujetos es, como mínimo, dudosa.

—¡Está usted disecando a niños! —insiste Justineau—. ¡Por Dios, es como la bruja mala de un cuento de hadas! Sé que tiene práctica. Ya lo hizo con siete, ¿no es así? Antes de que yo llegase. Antes de que hiciera que me trajesen. Dejó de hacerlo porque no descubrió nada. No estaba averiguando nada que no supiese. Pero ahora, por alguna razón, ha decidido ignorarlo y empezar de nuevo. Así que sí, he pasado por encima de usted porque esperaba que hubiera alguien cuerdo allí arriba.

Justineau repara en su propia voz y se da cuenta de que es demasiado fuerte y demasiado aguda. Balbucea un instante antes de quedar en silencio y se prepara para oír que queda destituida. Será un alivio. Todo habrá terminado. Habrá hecho todo lo posible, en vano, y la mandarán lejos de allí. El problema será cosa de otro. Por supuesto, salvaría a los niños si pudiera, si hubiera algún modo, pero no se puede salvar a la gente del mundo. No hay ningún otro sitio donde llevarlos.

—Quiero enseñarle algo —dice Caldwell.

Justineau no tiene nada que responder a esto. Observa a Caldwell, con la inquietante sensación de no encontrarse presente, mientras cruza el laboratorio y regresa con una pecera en la que ha colocado uno de sus cultivos de tejido. Es de los más antiguos y lleva ya varios años de crecimiento a sus espaldas. La pecera tiene cuarenta y cinco centímetros de largo por treinta de ancho y veinticinco de alto y su interior está totalmente invadido por una densa masa de finas hebras de color gris oscuro. «Como algodón de azúcar contaminado», piensa Justineau. Es imposible saber lo que era el sustrato original: está perdido en la tóxica espuma que ha brotado de él.

—Todo esto es un solo organismo —dice Caldwell con orgullo, casi con una especie de perverso afecto, en la voz. Lo señala—. Y ya sabemos qué clase de organismo es. Finalmente hemos podido determinarlo.

—Creía que eso era bastante obvio —repite Justineau.

Si Caldwell capta el sarcasmo, no se deja ofender por él.

—Oh, sabíamos que era un hongo —reconoce—. En un primer momento se dio por supuesto que el patógeno zombi tenía que ser un virus o una bacteria. Su velocidad de propagación y los múltiples vectores de infección parecían apuntar en esa dirección. Pero la hipótesis del hongo también contaba con numerosos indicios. Si el Colapso no hubiera sido tan fulminante, el organismo habría quedado aislado en cuestión de días.

»Pero dadas las circunstancias… Tuvimos que esperar un tiempo para conocer la verdad. En el caos de aquellas primeras semanas se perdieron muchas cosas. Las pruebas realizadas en las primeras víctimas se frustraron cuando estas atacaron y devoraron a los médicos y científicos que las estaban examinando. La propagación exponencial de la enfermedad garantizó que se repitiese una y otra vez un mismo escenario. Y claro, los hombres y las mujeres que más podrían habernos contado eran siempre, por la misma naturaleza de su trabajo, los más expuestos a la infección.

Caldwell habla con el seco y monocorde tono de una conferencia, pero su expresión se endurece al posar la vista sobre la cosa que es tanto su némesis como la piedra angular de su existencia.

—Si cultivamos el patógeno en un medio seco y estéril —continúa—, termina por revelar su verdadera naturaleza. Pero su ciclo de crecimiento es lento. Tanto que resulta asombroso. En el caso de los hambrientos, las hebras de micelio tardan años en aparecer en la superficie de la piel, y cuando lo hacen parecen unas venillas de color gris oscuro o un fino moteado. En el agar, el proceso es aún más lento. Este espécimen tiene doce años y aún no ha madurado del todo. Las estructuras sexuales o de germinación, los esporangios o los himenios, aún no se han formado. Por eso solo es posible contraer la infección al recibir el mordisco de un hambriento o por exposición directa a sus fluidos corporales. Al cabo de dos décadas, el patógeno no ha desarrollado esporas aún. Solo puede multiplicarse asexualmente, en una solución nutriente. Como la sangre humana, a ser posible.

—¿Por qué me está enseñando todo esto? —pregunta Justineau—. Ya he leído los informes.

—Sí, Helen —asiente Caldwell—. Pero los escribí yo. Y aún los estoy escribiendo. Gracias a los cultivos que extraje de hambrientos en avanzado estado de descomposición, cultivos como este, pude establecer que el patógeno zombi es un viejo amigo con un traje nuevo. El Ophiocordyceps unilateralis.

»La primera vez que nos encontramos con él era un parásito que afectaba a las hormigas. Y su comportamiento en ese contexto lo hizo famoso. Los documentales de naturaleza se regodearon en todos los macabros detalles.

Caldwell pasa a regodearse en todos los macabros detalles, aunque en realidad no es necesario. En su momento, cuando determinó que el patógeno de los hambrientos era una mutación del Cordyceps, se alegró tanto que tuvo que compartirlo con los demás. Convenció a Beacon de que aprobase un programa de formación para todo el personal de la base. En grupos de doce, fueron entrando en el comedor, donde Caldwell daba comienzo al espectáculo poniéndoles un breve extracto de un documental de David Attenborough fechado unos doce años antes del Colapso.

La voz perfectamente modulada de Attenborough, verdadera miel de una huerta británica, describía con incongruente delicadeza que las esporas del Ophiocordyceps yacen latentes en los suelos forestales de entornos húmedos como la jungla de Sudamérica. Las hormigas en busca de alimento las recogen inadvertidamente, porque las esporas son pegajosas y se adhieren a la parte inferior de su tórax o su abdomen. Una vez allí, les crecen unos micelios que penetran en el cuerpo de la hormiga y atacan su sistema nervioso.

El hongo vampiriza a la hormiga.

Imágenes en la pantalla de hormigas que se convulsionan, tratando en vano de arrancarse las esporas de la armadura con rápidos y espasmódicos movimientos de las patas. No sirve de nada. Las esporas han comenzado ya a penetrar y están inundando el sistema nervioso de la hormiga con agentes químicos extraños, expertos falsificadores de sus propios neurotransmisores.

El hongo se sube al asiento del conductor, pisa a fondo el acelerador y se lleva a la hormiga lejos de allí. La obliga a trepar al lugar más elevado que puede alcanzar, alguna hoja situada a quince metros o más del suelo de la jungla, donde la hormiga hunde las mandíbulas hasta quedar inamoviblemente aferrada a ella.

El hongo se propaga por el cuerpo de la hormiga y sale violentamente a la superficie por su cabeza, con un esporangio fálico que empala al agonizante insecto desde dentro. El esporangio expulsa millares de esporas que, desde tal altura, se esparcen varios kilómetros a la redonda. Lo que, lógicamente, era el propósito de toda la operación.

Hay miles de especies de Cordyceps, cada una de ellas especializada, vinculada única y exclusivamente a una especie de hormiga concreta.

Pero en algún momento apareció un Cordyceps menos puntilloso. Saltó de especie, y luego de género, de familia, de orden y de clase. Trepó hasta la copa del árbol de la evolución (suponiendo por un momento que la evolución es un árbol y tiene una copa). Es posible, claro está, que alguien le echase una mano. Que lo hubieran cultivado en un laboratorio por vaya usted a saber qué razones; que lo forzasen a avanzar con manipulación genética e inyecciones de ARN. Para que diese saltos de gigante.

—Esto —dice Caldwell mientras da unos golpecitos con el dedo a la tapa de la pecera— es lo que hay en la cabeza de los sujetos. Dentro de su cerebro. Cuando entra usted en esa aula, cree que está hablando con niños. Pero no es así, Helen. Está hablando con la criatura que mató a esos niños.

Justineau sacude la cabeza.

—No lo creo —dice.

—Me temo que da igual lo que usted crea.

—Exhiben comportamientos que no tienen que ver con la supervivencia del hongo.

Caldwell desecha la observación con un encogimiento de hombros.

—Sí, claro. De momento. Quien guarda siempre halla. El Ophiocordyceps no devora el sistema nervioso entero de una sola vez. Pero si una de esas cosas a las que usted ve como sus pupilos huele la carne humana, las feromonas humanas, puede prepararse para vérselas con el hongo. Lo primero que hace es consolidar el control de la corteza motora y el reflejo de alimentación. Así es como se propaga: por la saliva, principalmente. El mordisco nutre al anfitrión y extiende la infección al mismo tiempo. De ahí la extremada prudencia con la que tratamos a los sujetos de prueba. Y de ahí —suspira— la necesidad de esta clase.

Justineau siente el intenso deseo de oponerse a un veredicto que ya se ha formado. Coge la tapa de la pecera y la abre de un repentino tirón.

Caldwell lanza un grito desarticulado mientras retrocede, con una mano en la boca.

Entonces comprende lo que está haciendo y baja la mano. Lanza una mirada dura a Justineau, que la observa con frío y lejano desapego.

—Eso ha sido una estupidez —dice.

—Pero no peligrosa —señala Justineau—. Usted misma lo ha dicho, Caroline. Aún no tiene órganos sexuales. Ni esporas. El hongo no puede propagarse por el aire. Necesita sangre, sudor, saliva y lágrimas. ¿Lo ve? Es usted tan propensa como la que más a hacer afirmaciones falsas… a ver un riesgo donde realmente no lo hay.

—Es una mala analogía —dice Caldwell. Su voz es tan cortante que parece segar el aire— y aquí el problema no es sobrestimar el riesgo. El peligro, todo el peligro, radica en ignorarlo.

—Caroline —Justineau lo intenta una última vez—. No estoy diciendo que detengamos el programa. Solo que deberíamos probar otros métodos.

Caldwell esboza una frágil y precisa sonrisa.

—Estoy abierta a otros métodos —dice a Justineau—. Por eso precisamente solicité una psicóloga del desarrollo para mi equipo.

La sonrisa desaparece en un inevitable reflujo.

—Mi equipo. Sus métodos están al servicio de los míos y se utilizan cuando los necesito. Ni dicta usted nuestro enfoque ni habla con Beacon sin mi consentimiento. ¿Se le ha ocurrido, Helen, que estamos bajo supervisión militar y no civil? ¿Alguna vez se para a pensar en eso?

—No mucho —admite Justineau.

—Pues debería, porque es importante. Si decido que está poniendo en peligro mi programa e informo de ello al sargento Parks, no la enviarán a casa.

Clava en Justineau una mirada de delicadeza y consternación incongruentes.

—Le pegarán un tiro.

Se hace el silencio entre ellas.

—Me interesa lo que hay en el interior de su cabeza —dice Caldwell al fin—. Normalmente puedo averiguarlo examinando sus estructuras físicas con el microscopio. Y cuando no puedo, consulto sus informes. Y lo que espero encontrar en ellos es una valoración clara y racional, construida sobre conjeturas bien justificadas. ¿Lo comprende?

Una larga pausa.

—Sí —dice Justineau.

—Bien. En tal caso, y como punto de partida, quisiera que elaborase una lista de los sujetos por orden de importancia para su evaluación… a partir de ahora. Quiero saber a cuáles de ellos necesita seguir observando y por cuánto tiempo. Procuraré tener en cuenta sus prioridades cuando vaya a escoger a los próximos sujetos para la disección. Necesitamos cantidades ingentes de mediciones comparativas. Ahora mismo estamos ante un callejón sin salida y lo único que se me ocurre para avanzar es obtener datos en masa. Quiero procesar a la mitad del grupo a lo largo de las tres próximas semanas.

Justineau no puede recibir este golpe sin encogerse.

—¿La mitad de la clase? —repite con voz ahogada—. Pero eso es… ¡Caroline! Por Dios…

—La mitad del grupo —insiste Caldwell—. La mitad de nuestra reserva de sujetos actual. «La clase» no es más que un laberinto que ha construido usted para que corran por él. No la convierta en algo digno de consideración por sí mismo. Necesito la lista el domingo, como muy tarde, pero si puede estar antes, mejor. Comenzaremos a procesar el lunes por la mañana. Gracias por su tiempo, Helen. Si la doctora Selkirk o yo podemos ayudarla, será un placer. Pero la decisión final le corresponde a usted, claro. En eso no interferiremos.

Justineau se ve de pronto al aire libre, caminando sin dirección precisa. Los rayos del sol le dan en la cara y se aparta de ellos. Ya está suficientemente acalorada.

«La mitad de nuestra reserva».

Su mente choca con las palabras y las envía dando vueltas sin control, fuera de su alcance.

En otras circunstancias podría haber admirado la brutal honradez con la que ha admitido Caldwell su propio fracaso. «Estamos ante un callejón sin salida». Se identifica hasta tal punto con el proyecto que la vanidad individual es imposible para ella.

Por otro lado: «La decisión final le corresponde a usted». Eso es sadismo puro. Ven a mi altar, Helen. Hasta te dejaré escoger los sacrificios. ¿A que mola?

«La mitad».

Todo se vendrá abajo. La clase, corroída por miedos e inseguridades, se hará mil pedazos. Finalmente le plantearán las preguntas para las que Justineau no tiene respuesta. Tendrá que elegir entre la confesión o la huida y seguramente cualquiera de las dos la empuje hacia la catástrofe.

Lo que, seguramente, sea lo que se merece. Asesina de niños. Cómplice de un asesinato en masa, una Judas que sonríe mientras va tachando casillas en una hoja.

Por un momento, la idea de sentir la pistola de Parks apoyada en la cabeza cobra cierto atractivo peculiar.

En ese mismo momento tropieza con él y el choque es tan fuerte que ambos se tambalean. Parks se recupera antes y la sujeta con delicadeza por los hombros para que no se caiga.

—Eh —dice—, ¿se encuentra bien, señorita Justineau?

Su ancho y plano rostro, despojado de simetría y cargado de inconcebible fealdad por culpa de la cicatriz, irradia una amistosa solicitud.

Justineau se zafa de él mientras retuerce el rostro, impulsada por una rabia que crece en su interior. Parks pestañea ante aquella emoción visceral, sin saber de dónde viene o a dónde podría conducir.

—Estoy perfectamente —dice Justineau—. Apártese de mi camino, por favor.

El sargento señala sobre el hombro en dirección a la verja que tiene detrás.

—Un centinela ha captado movimientos en el bosque, por ahí —dice—. No sabemos si se trata de hambrientos o qué. Pero en cualquier caso, el perímetro es zona prohibida por ahora. Lo siento. Por eso quería alejarla de allí.

Un movimiento en la media distancia, en la dirección hacia la que señala, la distrae un segundo, y tiene que hacer un esfuerzo para volver a mirarlo.

Se vuelve hacia él tratando de coger aliento con tranquilidad, tratando de empujar de nuevo todas sus emociones hacia su interior para que no pueda verlas en su cara. No quiere que la comprenda aquel hombre, ni siquiera a un nivel tan superficial.

Y al pensar en lo que ya ha visto, en lo que podría saber o creer que sabe sobre ella, le hace ver el momento de su humillación bajo una nueva perspectiva. Cuando Parks la vio quebrantar la más sagrada de las normas de la base amenazó con acusarla. Pero no pasó nada. Hasta ahora.

Le fue con el cuento a Caroline Caldwell. Está segura de ello. Los cuatro meses que han transcurrido entre el incidente de Melanie y la reprimenda que acaba de recibir no hacen mella en su certeza. Estas cosas se escurren lentamente por entre los engranajes de la burocracia, se toman el tiempo que necesitan.

Tiene que reprimir el deseo de golpear a Parks en esa cara deformada. Tal vez así encuentre el defecto, el punto de presión que lo hará estallar en mil pedazos y desaparecer de su vida.

—Sigo aquí, sargento —le dice, espoleada por la rabia—. Ha usado todas sus armas y lo único que ella ha hecho ha sido darme un azote y ponerme más deberes.

La frente de Parks se contrae, al menos en aquellas zonas donde aún puede hacerlo, donde el tejido cicatrizado no la ha contraído ya de manera permanente.

—¿Disculpe? —dice.

—No lo disculpo.

Hace ademán de rodearlo, pero entonces recuerda que no puede continuar en esa dirección y se vuelve, de manera que por un momento quedan de costado el uno respecto al otro.

—No he usado ningún arma —replica rápidamente el sargento Parks—. No he informado a la doctora Caldwell, si se refiere a eso.

Lo dice como si fuese verdad. Lo dice como si realmente esperara que ella lo creyese.

—Pues debería —dice Justineau—. Es el mejor modo de tocarme las narices. Y de momento lo está haciendo de manera impecable, sargento.

Algo parecido a la angustia aparece en la cara de Parks.

—Mire —dice—. Intento ayudarla. En serio.

—¿Ayudarme?

—Exacto. Tengo ya varios años de experiencia de campo. Y he sobrevivido a más incursiones de saqueo que casi nadie. Y me refiero a mierdas muy chungas. En la ciudad.

—¿Y?

Parks se encoge visiblemente de hombros y guarda silencio un momento, como si hubiera alcanzado los límites de su vocabulario… cosa que tampoco le parece demasiado improbable a Justineau.

—Pues que sé de lo que hablo —dice al fin—. Conozco a los hambrientos. Al otro lado de la verja no sobrevives mucho si no te aprendes los pasos. Lo que puedes hacer y lo que puede costarte la vida.

Justineau deja que una indiferencia total aflore a su rostro. De alguna manera, sabe que esto afectará más al sargento que cualquier demostración de furia. Su agitación le muestra el camino a un terreno superior de frío desdén.

—No estoy al otro lado de la verja.

—Pero está en contacto con ellos. Trata con ellos a diario. Y no mantiene la guardia alta. Mierda, le puso una mano encima a esa criatura. La tocó.

Su voz flaquea al decir estas palabras.

—Sí —reconoce Justineau—. Así es. Asombroso, ¿verdad?

—Es una estupidez.

Parks sacude la cabeza como si quisiera espantar una mosca que se le hubiera posado en ella.

—Señorita Justineau… Helen… Los soldados están aquí por algo. Si les hace caso la salvarán. De su propio instinto, entre otras cosas.

Ella no se molesta en responder. Se limita a clavarle la mirada.

—Muy bien —dice Parks—. Entonces tendré que encargarme personalmente.

—¿Que tendrá qué?

—Es mi responsabilidad.

—¿Encargarse personalmente?

—La seguridad de esta base es responsabilidad mía…

—¿Me está amenazando?

—No le tocaría un pelo de la cabeza —responde él, exasperado—. Puedo mantener el orden en mi propia casa, joder.

Y de pronto ella lo ve, en su cara. Se da cuenta de que está hablando de algo concreto, sin aludir directamente a ello. Algo que está muy reciente en sus pensamientos.

—¿Qué ha hecho? —exige saber.

—Nada.

—¿Qué ha hecho?

—Nada que la concierna.

Sigue hablando cuando ella se aleja, pero no es difícil cerrar los oídos a sus palabras. Solo son palabras.

Echa a correr antes de llegar al bloque del aula.

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