Melanie
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Cuando no tienes nada que hacer y no puedes ni siquiera moverte, el tiempo pasa mucho más despacio.
Las piernas y el brazo izquierdo de Melanie, todavía atados a la silla, sufrieron atroces calambres, pero eso fue hace mucho y ahora el dolor de los calambres se ha esfumado y es como si su cuerpo hubiera decidido dejar de molestarse en decirle cómo se siente, así que no cuenta ni siquiera con la distracción del dolor.
Sentada como está, piensa en la furia del sargento y lo que significa. Podría significar muchas cosas, pero el punto de partida es el mismo en todos los casos. El sargento solo se enfureció cuando mencionó a la señorita Justineau, cuando le dijo que la señorita Justineau la quería.
Melanie comprende los celos. Ella misma se pone un poco celosa cada vez que la señorita Justineau habla con otro chico u otra chica en la clase. Quiere que el tiempo de la señorita Justineau le pertenezca a ella y todo lo que le recuerda que no es así le duele un poco y hace que el corazón le dé un pequeño vuelco y le lata con más fuerza en el pecho.
Pero la idea de que el sargento esté celoso le provoca vértigo. Si el sargento puede estar celoso es que su poder tiene límites… y ella se encuentra en uno de ellos, observándolo desde allí.
Este pensamiento le proporciona aliento durante un rato. Pero no aparece nadie y las horas transcurren a rastras… y aunque se le da bien esperar, no hacer nada, el tiempo le pesa cada vez más. Trata de contarse historias, pero se deshacen en su cabeza. Se propone rompecabezas con ecuaciones simultáneas y los resuelve, pero es demasiado fácil cuando es una misma la que inventa los problemas. Ya tienes media respuesta antes de haber empezado a buscarla en serio. Está cansada, pero la postura que le impone la silla no le permite descansar.
Entonces, después de mucho, mucho tiempo, oye que gira una llave en una cerradura y alguien descorre un cerrojo. El ruido metálico de una gruesa puerta de acero. Unos pasos que corren sobre el hormigón levantando un millar de susurrantes ecos. ¿Es el sargento? ¿Ha regresado para hacerla pedazos?
Alguien abre el cerrojo y luego la puerta de Melanie.
La señorita Justineau está en el umbral.
—No pasa nada —dice—. He venido, Melanie. He venido a buscarte.
Se adelanta. Comienza a forcejear con la silla, como Hércules con el león o la serpiente. Desabrocha con facilidad la correa del brazo, que ya estaba medio suelta. Entonces se pone de rodillas y comienza con las de las piernas. La derecha. Luego la izquierda. Murmura y maldice mientras lo hace.
—¡Está loco, joder! ¿Por qué? ¿Por qué hace algo como esto?
Melanie siente que la constricción remite y que sus piernas, con un fuerte hormigueo, recuperan la sensibilidad.
Se pone en pie con el corazón casi rebosante de alegría y alivio. ¡La señorita Justineau la ha salvado! Alza los brazos en un gesto instintivo y casi incontenible. Quiere que la señorita Justineau la abrace. Quiere abrazarla y dejarse abrazar por ella, y tocarla, no solo con el pelo, sino con las manos, con la cara y con el cuerpo entero.
Entonces se queda paralizada, como una estatua. Los músculos de la mandíbula se le crispan y se le escapa un gemido.
La señorita Justineau reacciona con alarma.
—¿Melanie?
Se incorpora y extiende una mano.
—¡No lo haga! —grita Melanie—. ¡No me toque!
La señorita Justineau se para, pero está tan tan cerca… Melanie gimotea. Su mente parece a punto de estallar. Intenta avanzar, pero sus piernas, insensibles, se niegan a sostenerla y cae de bruces al suelo. El olor, el olor terrible y maravilloso, impregna la habitación y su mente y todos sus pensamientos, y lo único que quiere es…
—¡Váyase! —gime—. ¡Váyase, váyase, váyase!
La señorita Justineau no se mueve.
—¡Váyase o la hago pedazos! —chilla Melanie.
Está desesperada. Tiene la boca llena de saliva, una saliva tan espesa como el barro de un corrimiento de tierra. Sus mandíbulas comienzan a moverse por sí solas. Siente que la cabeza le da vueltas y que la habitación aparece y desaparece sin que ella se mueva.
Melanie está suspendida de la hebra más fina del mundo. Va a caer y solo hay una dirección posible para hacerlo.
—¡Oh, Dios! —solloza la señorita Justineau.
Al fin lo comprende. Retrocede un paso.
—Lo siento, Melanie. ¡Ni lo pensé!
Melanie piensa en las duchas. Entre los ruidos que ha oído, hay una gran ausencia: el siseo de la lluvia química, caída desde el techo sobre la señorita Justineau para ocultar su verdadero olor.
Lo que siente Melanie en este momento es lo mismo que Kenny cuando el sargento se quitó los productos químicos del brazo y se lo acercó a la cara. Pero aquella vez apenas alcanzó a captarlo y no lo comprendió realmente.
Algo se abre dentro de ella, como unas fauces cada vez más separadas que no dejan de gritar, no por miedo, sino por necesidad. Melanie cree tener una palabra para definir esa sensación, aunque nunca la haya experimentado hasta ahora. El hambre. Cuando los niños comen, el hambre no desempeña papel alguno. Les ponen los gusanos en el cuenco y ellos se los meten en la boca. Pero en las historias que le han contado es distinto. En ellas, la gente quiere comer y necesita comer, y luego, cuando lo hacen, se sienten llenos. Extraen del acto una satisfacción que nada más podría proporcionarles. Melanie piensa en una canción que los niños aprendieron y cantaron una vez: Cuando tengo hambre, tú eres mi pan. El hambre tensa su columna vertebral como Aquiles tensaba su arco. Y la señorita Justineau va a ser su pan.
—Tiene que irse —dice.
O al menos cree que lo dice. No puede estar segura, debido a los estrépitos del corazón, del aliento y de la sangre, que asedian violentamente sus oídos. Hace un gesto. «¡Váyase!». Pero la señorita Justineau se queda allí, atrapada entre el deseo de echar a correr y el de ayudarla.
Melanie logra ponerse en pie y salta, con los brazos extendidos. Y es casi como el otro gesto, hace un momento, cuando quería que la levantara, solo que ahora pega las manos contra el estómago de la señorita Justineau
y la toca la toca la toca
y la aparta de un violento empujón. Es más fuerte de lo que pensaba. La señorita Justineau retrocede tambaleándose y está a punto de tropezar. Si tropieza, morirá. Se convertirá en pan.
Los músculos de Melanie se tensan, se agarrotan, se anudan en su interior. Reúnen fuerzas para un esfuerzo colosal.
Las expulsa con un rugido atronador.
La señorita Justineau retrocede tambaleándose, tropieza, traspasa la puerta y la cierra de un empujón.
Melanie avanza y retrocede al mismo tiempo. Es como un hombre con un gran perro descontrolado, luchando contra la correa de su propia voluntad.
El primer cerrojo se cierra en el preciso instante en que llega a la puerta. El olor y la necesidad la invaden de la cabeza a los pies, pero la señorita Justineau está a salvo al otro lado de la puerta. Melanie la araña, asombrada por la estúpida esperanza de sus propios dedos. La puerta no se abrirá, pero hay un animal dentro de ella que aún piensa que podría hacerlo.
El animal tarda mucho rato en rendirse. Y entonces, exhausta, la niña cae de rodillas junto a la puerta y apoya la frente en el frío e inflexible hormigón.
Sobre ella, la voz de la señorita Justineau dice:
—Lo siento, Melanie. Lo siento mucho.
Melanie levanta una mirada aturdida y ve el rostro de la señorita al otro lado de la rejilla.
—No pasa nada —dice con voz débil—. No muerdo.
Pretende hacer un chiste. Al otro lado de la puerta, la señorita Justineau se echa a llorar.