Melanie

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Por multitud de razones, los sucesos de ese día terminarán por convertirse en una masa viscosa y uniforme en la mente de Helen Justineau. Pero tres cosas estarán muy claras para ella hasta el día de su muerte.

La primera es que el sargento Parks tenía razón desde el principio. Sobre ella y sobre los peligros a los que la ha abocado su comportamiento. Ver cómo se transformaba la niña en un monstruo, delante mismo de sus ojos, le ha hecho comprender finalmente que ambas cosas son ciertas. No existe un futuro en el que pueda liberar a Melanie, salvarla o borrar la puerta de la celda que las separa.

La segunda es que hay cosas que se transforman en realidad solo con pronunciarlas. Cuando le dijo a la niña «He venido a buscarte» la arquitectura de su mente, su definición de sí misma, cambió y se reconstruyó alrededor de esa afirmación. Se comprometió con ella o tal vez solo reconoció su compromiso. No tiene nada que ver con la culpa que siente por sus anteriores crímenes (aunque es bastante consciente de lo que merece) ni con esperanza de redención alguna. No es más que el punto más periférico de un arco. Ha ascendido todo lo que podía y ahora está cayendo otra vez, ya sin control (si es que alguna vez lo tuvo) de sus propios movimientos.

La fecha límite que le han impuesto se acerca precipitadamente. Debe escoger qué parte de su clase será desmembrada sobre la mesa de operaciones de Caroline Caldwell. No tiene ni la menor idea de lo que va a hacer ahora. Por una razón u otra, todas sus opciones parecen imposibles.

En comparación con las anteriores, la tercera es casi banal. Es solo que el movimiento que atisbó por detrás del hombro de Parks, cuando el sargento le dijo que no podía acercarse al perímetro, se había producido al otro lado de la verja. Fue eso lo que la distrajo, lo que le hizo cambiar el paso un momento antes de que chocasen.

Una figura humana observaba la verja desde el linde de los bosques, prácticamente oculta detrás de los árboles y de la maleza.

No un hambriento. Un hambriento no apartaría una rama con la mano para que no le entorpeciese el campo de visión.

Un chatarrero, pues. Uno de los hombres salvajes que nunca buscaron refugio.

Y por tanto, decide, no una amenaza.

Porque las únicas amenazas que le preocupan en este momento están en su propio campo.

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