Melanie

Melanie


12

Página 14 de 74

12

Si hay algo que Eddie Parks sabe con certeza es que está harto de este destino.

Él estaba contento con las incursiones de recuperación. El saqueo, como lo llamaban los soldados. Un trabajo sucio, sí, y tan peligroso como el que más, pero ¿y qué? Al menos sabías a qué peligros te enfrentabas y qué recompensas te esperaban. Sopesabas ambas cosas en las manos y todo tenía sentido. Podías comprender por qué lo estabas haciendo.

Y por eso seguías haciéndolo, semana tras semana. Por eso seguías yendo a zonas en las que sabías que habría hambrientos detrás de cada esquina. El centro de las ciudades, donde mayor era la densidad de población y la infección se había propagado más deprisa que el miedo a ella.

Y tu vida dependía de cada decisión que tomabas y cada paso que dabas, porque había mil situaciones de las que no podrías salir una vez que te hubieras metido en ellas. Los hambrientos de la ciudad… Por Dios santo… La mayoría del tiempo son como estatuas, porque no se mueven si no se mueve otra cosa. Vas cubierto de inhibidor-e de la cabeza a los pies para que no puedan olerte y puedes pasar a su lado si lo haces con la suficiente lentitud y sigilo como para no llamar su atención.

Puedes adentrarte muchísimo.

Entonces algún gilipollas torpe tropieza con una piedra suelta, o bosteza, o simplemente se rasca el culo, y uno de los hambrientos gira la cabeza al oír el ruido o ver el movimiento o lo que coño haya pasado, y cuando te ha visto uno los demás van detrás como borregos. Pasan de cero a cien en medio segundo y echan a correr todos en la misma dirección. Así que solo te quedan tres opciones, dos de las cuales desembocan en muerte garantizada.

Si te quedas paralizado, los hambrientos te arrollan como una especie de tsunami gangrenado. Cuando ya te han visto no se dejan engañar por la falta de olor.

Si te vuelves y huyes, te alcanzan. Puede que al principio les saques un poco de ventaja y tal vez te creas que estás ganando, pero ellos pueden mantener el mismo trote durante toda la eternidad. No se paran, no reducen la marcha y al final acaban cogiéndote.

Así que combates.

Con el arma sujeta de la cintura, barres la zona con fuego automático. Si les revientas las piernas se arrastran con las manos para alcanzarte. Eso cambia un poco las tornas. Y si consigues meterte en un espacio estrecho, donde solo pueden acercársete de uno en uno o de dos en dos, eso también ayuda. Pero es increíble la cantidad de castigo que pueden recibir esos cabronazos sin dejar de avanzar.

Otros días te encuentras con un avispero distinto. Chatarreros. Tarados fanáticos de la supervivencia que, en lugar de acudir a Beacon cuando llegó la hora, optaron por vivir de la tierra y afrontar su suerte. La mayoría de ellos se mantienen bien alejados de las ciudades, como haría cualquier persona en su sano juicio, pero a pesar de ello, sus grupos de incursión suelen considerar que cualquier zona urbanizada en un radio de ochenta kilómetros a la redonda de su campamento es su coto de caza y su propiedad.

Así que, cuando una patrulla de saqueo de Beacon se encuentra con un contingente de chatarreros, el resultado es siempre el mismo. Precisamente a un chatarrero le debe el sargento Parks su cicatriz, que no es romántica y sutil como la de los duelos de antaño, sino un espantoso surco sembrado de protuberancias que le cruza el rostro como la banda de un antiguo escudo de armas. Parks suele medir el temple de los nuevos reclutas utilizando el tiempo que transcurre antes de que esa monstruosidad les haga desarrollar un desesperado e invencible interés por sus propias botas la primera vez que la ven.

Pero lo que hace que todos los peligros del saqueo merezcan la pena son las cosas que aún quedan en las casas y las oficinas, esperando a que alguien las encuentre. Tecnología antigua, ordenadores, herramientas y equipos de comunicaciones que nadie ha tocado desde el Colapso. Cosas que ya no se fabrican. En Beacon hay gente, técnicos, que saben exactamente cómo funciona todo eso, pero el conocimiento no sirve de nada sin la infraestructura. Joder, es como si en el mundo de antes existiese una fábrica para cada placa de circuitos impresos y cada pieza de plástico. Y la gente que antes trabajaba en esas fábricas es la misma que ahora mismo está ansiosa por abrirse paso a dentelladas a través de tu kevlar para llegar a las partes blandas que protege.

Así que ese material antiguo, literalmente, no tiene precio. Parks lo sabe. Están tratando de reconstruir el mundo veinte años después de que se haya venido abajo y las cosas que llevan a casa las patrullas de saqueo son… en fin, son como un puente de cuerdas sobre un abismo sin fondo. Son el único modo de pasar del desesperado aquí en el que viven a un allí donde todo vuelva a tener sentido.

Pero él tiene la sensación de que en algún momento se extraviaron. Cuando encontraron al primero de esos niños monstruosos y un recluta que, evidentemente, nunca había oído lo de que la curiosidad mató al gato solicitó un puto informe de observación.

Bien hecho, soldado. Como no eres capaz de estarte quietecito sin observar, a los de saqueos les caen de repente un montón de nuevas órdenes. Traednos a uno de esos niños. Queremos examinar a uno de esos críos, crías o lo que sea.

Y los técnicos lo examinaron, y luego los científicos, y a todos ellos les entró el gusanillo de matar unos pocos gatos. ¿Hambrientos con reacciones humanas? ¿Con comportamientos humanos? ¿Con funciones cerebrales de nivel humano? ¿Hambrientos capaces de hacer algo aparte de correr y comer? ¿Y que corretean desnudos y salvajes por las calles del centro de las ciudades, al lado de los normales? ¿Qué coño pasa?

Más órdenes. Requisar una base lejos de todo. Montar un perímetro y aguardar. Habían estado saqueando los míseros alrededor de Stevenage y Luton, así que la antigua base de la R.A.F. en Henlow parecía una buena opción. Estaba más o menos intacta, ofrecía espacio en abundancia tanto en superficie como en los búnkeres subterráneos y contaba con un aeródromo funcional.

Llegaron y la vaciaron. La desinfectaron. La decoraron. Esperaron.

Y a su debido tiempo, llegó la doctora Caldwell con su bata blanca, su carmín rojo y su microscopio, y una carta de Beacon con un montón de firmas y autorizaciones.

—Ahora esto está bajo mi jurisdicción, sargento —dijo—. Me quedaré con ese edificio de ahí y las casetas que hay a ambos lados. Salga a buscar más niños para mí. Todos los que encuentre.

Así, tal cual. Como si estuviera pidiendo comida basura, en los tiempos en los que había comida basura y se podía pedir.

Mirándolo en retrospectiva, ese fue el momento en el que la vida de Parks dejó de tener sentido. Cuando dejó de ser un especialista en saqueo para convertirse en cazador y trampero.

Y no es que no se le dé bien. Eh, se le da de puta madre. Nada más cruzar la puerta se dio cuenta de que a los bichos raros, a los niños diferentes, se les podía identificar de inmediato por su manera de moverse. Los hambrientos alternan entre dos estados: la mayoría del tiempo están paralizados en el sitio, como si no fuesen a moverse nunca más. Entonces huelen a su presa, o la oyen, o la ven, y de pronto echan a correr de manera aterradora. Sin calentamiento, sin previo aviso. Factor de curvatura nueve.

Pero los niños se mueven incluso cuando no están cazando, así que puedes identificarlos. Y reaccionan a otras cosas aparte de la comida, así que puedes llamar su atención. Con un espejo, por ejemplo, o con el haz de luz de una linterna, o con un trozo de plástico de color.

Puedes separarlos de la manada. No es que haya una manada exactamente, porque los hambrientos tratan a otros hambrientos como si solo fuesen parte del escenario. Pero puedes atraerlos hasta un sitio en el que estén solos y sean vulnerables. Y luego echarles la red.

Su equipo y él encontraron una treintena en el plazo de unos siete meses. Una vez que le cogieron el tranquillo resultó que tampoco era demasiado difícil. Entonces Caldwell les dijo que podían parar y que esperasen nuevas órdenes. Dijo que ya tenía material suficiente para trabajar.

¿Y hasta dónde ha llegado la mierda? De repente, Parks se encuentra al mando de una guardería. Se encuentra defendiendo una base en la que no se hace nada, aparte de cuidar de un puñado de pequeños hambrientos. Tienen sus propios cuartos, los mismos camastros que los soldados, una comida semanal (que más te vale no presenciar si quieres volver a comer tú alguna vez) e incluso un aula.

¿Por qué un aula?

Porque Caldwell quiere saber si sus espeluznantes monstruitos pueden aprender. Quiere descubrir lo que hay dentro de su cabeza. No solo la maquinaria —para eso tiene su mesa de operaciones— sino también la otra parte, lo más escurridizo. En plan ¿qué están pensando?

Lo que piensa Parks es lo siguiente: los hambrientos normales son algo limpio comparados con esos monstruos con forma de niños. Al menos sabes que son animales. No te dicen «Buenos días, sargento» cuando les estás atando las rodillas.

La verdad es que ya no puede tragar mucho más. La rubia… Melanie. Por alguna razón, es el sujeto de experimentación número 1, a pesar de que fue la undécima o duodécima a la que trincó. Le tiene un miedo atroz y ni siquiera sabría explicar por qué. O puede que sí y prefiera no pensar en ello. Desde luego, tiene que ver con esa melosidad de niña buena que siempre exhibe. Un animal, aunque tenga aspecto de ser humano, solo debería hacer ruidos inarticulados o guardar silencio. Oírla hablar le crispa los nervios.

Sin embargo, Parks es un soldado. Sabe cerrar la boca y hacer aquello que se le manda. De hecho, es su especialidad. Y entiende lo que está haciendo Caldwell. Esos niños, seguramente hijos de chatarreros que resultaron infectados de un mordisco, parecen haber desarrollado una especie de inmunidad parcial al patógeno. Oh, aunque siguen siendo devoradores de carne. Siguen reaccionando del mismo modo al olor de la carne viva, cosa que, a estas alturas, debería bastar para reconocerlos como lo que son. Pero por alguna razón, la luz de sus cabezas no se ha apagado, o al menos no lo ha hecho del todo. Cuando los encontraron las patrullas de saqueo vivían como animales, pero se han rehabilitado a las mil maravillas y saben hablar, y caminar, y silbar, y cantar, y contar hasta números muy grandes y todo lo demás.

Mientras sus mamás y sus papás andan por ahí sueltos. Si se los llevan a todos y los alimentan como una unidad familiar, los adultos siguen comportándose como cualquier otro que haya sido mordido. Como monstruos sin cerebro.

Los niños están en un estadio intermedio. Así que puede que sean la mejor opción para encontrar una cura, sí.

¿Ves? Parks no es un idiota. Sabe lo que hacen allí y ha servido a ese fin en silencio y sin quejarse. Lleva ya casi cuatro años haciéndolo.

En teoría, la rotación se produciría al cabo de dieciocho meses.

Hay más gente en el mismo barco y es justo decir que a Parks le preocupan más que él mismo. No se trata de mierdas sensibleras: lo que pasa es que conoce sus propios límites mejor que los de ellos. Hay veintiocho hombres y mujeres bajo su mando (no cuenta a la gente de Caldwell, la mayoría de los cuales no saben lo que es una orden) y con un número tan pequeño, la seguridad de la base exige que estén en plena forma y listos para responder si se produce una situación de alerta.

A estas alturas, Parks tiene dudas sobre la mitad de su equipo.

Y también sobre sí mismo, en la medida en que es un suboficial que en la práctica actúa como un oficial para una unidad que protege un puesto con personal civil. La graduación mínima para algo así, según el reglamento, es de teniente.

Parks tiene su propia manera de actuar, ajena al reglamento en múltiples aspectos. Pero sabe cuándo está comprometido su centro de gravedad. Y en los últimos tiempos, así es como se siente la mayoría de los días.

Por ejemplo hoy, al recibir el informe de Gallagher.

Gallagher, K., soldado, 24 de julio de 2097, 17.36.

En el transcurso de una incursión de limpieza rutinaria en los bosques situados al noroeste de la base, me vi involucrado en un incidente que procedo a relatar a continuación.

Yo hacía de cebo, Devani me seguía con la automática pesada y Barlow y Tap estaban encargados de la limpieza.

Verificamos la presencia de un elevado número de hambrientos estacionarios en Hitchin Road, cerca de la rotonda de Airman. Estaban reducidos a piel y huesos, en su mayor parte, pero no tanto como para no suponer una amenaza.

Siguiendo los parámetros operativos, nos apostamos en el bosque y Devani me dejó en la rotonda. Conforme a las órdenes del cabo de artillería Tap, no llevaba inhibidor-e.

Procedí a colocarme en contra del viento con respecto a los hambrientos y esperé a que me detectasen.

Una vez que lo hicieron, me persiguieron durante varios cientos de metros fuera de la carretera, hasta llegar al bosque, donde procedí a…

—Por Dios —dice Parks mientras deja el informe sobre la mesa—. ¿Procediste a proceder? Cuéntame lo que sucedió, Gallagher. Deja esa basura para tu autobiografía.

Gallagher enrojece hasta las raíces de su cabello pelirrojo. Sus pecas desaparecen en medio de la incandescencia general. En cualquier otro, este rubor significaría que es consciente de que ha metido la pata, pero en el caso de Gallagher hay varias cosas que podrían provocar el mismo efecto, como por ejemplo un chiste verde, un esfuerzo mayor que el que se exige en un desfile militar, o un simple sorbo de ginebra ilegal. Y no es que se le vea beber demasiado a menudo. Le tiene tanto miedo al alcohol como si el ejército en el que se alistó fuese el de salvación. Parks extiende el beneficio de la duda un poco más, aun a riesgo de que se le termine agotando.

—Señor —dice Gallagher—. Tenía a los hambrientos pegados al culo. Vamos, los tenía tan cerca que podía hasta olerlos. ¿Sabe usted esa peste que echan cuando esas hebras grisáceas comienzan a asomarles bajo la piel? Pues era tan fuerte que me daban ganas de llorar.

—Normalmente, los que tienen hebras no se alejan tanto de las ciudades —murmura Parks, nada contento con la noticia.

—No, señor. Pero se lo digo, esos estaban bien maduritos. A un par se les había caído la cara. La mayoría ya no tenía ropa. Uno de ellos había perdido un brazo. No sé si se lo habían comido cuando se infectó o se le había caído desde entonces, pero no, no eran recientes.

»El caso es que corría hacia donde estaban Tap y Barley, detrás de un bosque de hayas. Hay un seto allí, bastante grueso. Tienes que escoger bien el punto, atravesarlo por donde es más fino y no te entorpece demasiado. Y, obviamente, nunca sabes con qué te vas a encontrar al otro lado.

Gallagher vacila y parece encogerse ligeramente. Sus recuerdos han alcanzado una barrera más sólida que ese seto.

—¿Con qué se encontró? —pregunta Parks.

—Con tres tíos. Chatarreros. Iban por el otro lado del seto, donde no se les podía ver desde la carretera. Había matorrales de bayas por todo el lugar, así que es posible que estuvieran cogiendo los frutos o algo así. Solo que uno de ellos, imagino que el jefe por el equipo que llevaba, tenía unos prismáticos. Y estaban armados. El jefe tenía una pistola y los otros dos, machetes.

»Salí del seto a unos cincuenta metros. Corrí en dirección a ellos. —Sacude la cabeza con triste asombro—. Les grité que echaran a correr, pero no me hicieron caso. El tío del arma me apuntó, decidido a volarme la tapa de los sesos.

»Pero entonces los hambrientos atravesaron el seto detrás de mí y supongo que eso le hizo perder la concentración. Pero los tres seguían en mi camino y aquel chiflado seguía apuntándome. Así que corrí hacia él. Tampoco podía hacer otra cosa. El caso es que el tío disparó, pero no me alcanzó. No sé cómo pudo fallar desde tan cerca. Entonces lo embestí con el hombro y seguí corriendo.

El soldado vuelve a parar. Parks aguarda, porque quiere que se lo saque de dentro con sus propias palabras. Es evidente que el asunto lo tiene asustado y desconcertado y, a veces, parte del trabajo de Parks consiste en recibir confesiones. Gallagher es uno de sus soldados más jóvenes. Si había nacido ya cuando se produjo el Colapso, estaría mamando de la teta de su madre. En casos así hay que levantar un poco la mano.

—Diez segundos más tarde llegué a los árboles —dice Gallagher—. Volví la cabeza y no vi nada. Pero oí un grito. Uno de los chatarreros, obviamente. Joder, estuvo gritando muchísimo tiempo. Me detuve. Pensé en regresar, pero entonces los hambrientos reaparecieron justo detrás de mí y tuve que seguir corriendo.

Gallagher se encoge de hombros.

—Terminamos la misión. Tap y Barley habían montado las trampas en la posición. Los hambrientos tropezaron con ellas, se enredaron en el alambre de espinos y después de eso fue solo cuestión de hacer limpieza.

—¿Gasolina o cal? —pregunta Parks. Tiene que preguntarlo, porque a pesar de que le ha dicho a Nielson que se acabó la gasolina para las operaciones de rutina, le consta que el intendente sigue repartiendo bidones de cinco litros.

—Cal, señor —Gallagher parece reprobarlo—. Hay un foso junto a la carretera, el que cavamos en abril. Ni siquiera estaba tapado del todo. Los metimos allí, sacamos las palas y les echamos tres bolsas enteras encima, así que mientras no llueva acabarán deshechos.

Los aspectos puramente operativos del informe parecen animar un poco a Gallagher, pero su tono vuelve a tornarse lúgubre al seguir con el relato.

—Al terminar… volvimos al seto. El jefe y uno de los dos hombres seguían en el suelo, donde los había visto antes. Estaban medio devorados, pero todavía se movían. Entonces el jefe abrió los ojos y verifiqué…

Gallagher se contiene para no volver a la jerga de informe. Tras una pausa, comienza de nuevo.

—Estaba llorando sangre, como les pasa a veces cuando se les acaba de meter la podredumbre dentro. Era evidente que estaban los dos infectados.

Parks sigue impasible. Ya se lo esperaba.

—¿Terminó con ellos, soldado? —pregunta con deliberada brusquedad.

Al pan, pan… Que Gallagher vea que no se trata de algo extraordinario. Ahora mismo no le servirá de nada, pero puede que más adelante sí.

—Barley… el soldado Barlow los decapitó con el machete del segundo tío.

—¿Con las máscaras y los guantes?

—Sí, señor.

—¿Y recogieron ustedes su equipo?

—Sí, señor. El arma está en buen estado, y en una de sus mochilas había cuarenta balas. Los prismáticos son un poco birriosos, la verdad, pero el jefe llevaba también un walkie-talkie. Nielson cree que podría funcionar con nuestras radios de largo alcance.

Parks asiente en señal de aprobación.

—Manejó realmente bien una situación complicada —le dice a Gallagher, y lo dice en serio—. Si se hubiera quedado parado al atravesar el seto, los civiles habrían muerto igualmente y lo más probable es que lo hubieran retenido el tiempo suficiente para que también usted acabase muerto. Este desenlace es mucho mejor.

Gallagher no dice nada.

—Piénselo —insiste Parks—. Esos chatarreros estaban a menos de un kilómetro de nuestro perímetro, armados y con equipo de vigilancia. No sé lo que estaban haciendo, pero desde luego no era dar un paseo. Sé cómo se siente ahora mismo, soldado, pero lo que les pasó no es culpa suya. No lo sería ni aunque fuesen inocentes. Los chatarreros han optado por vivir fuera de la verja, con todos los riesgos que eso conlleva.

»Vaya a emborracharse. Provoque una pelea con alguien o eche un polvo. Queme su amargura. Pero no derroche ni un puñetero segundo de mi tiempo o del suyo sintiéndose culpable por esta gilipollez. Done un penique a los pobres y siga con su vida.

Gallagher adopta la postura de firmes al comprender que van a ordenarle que se retire.

—Y ahora retírese.

—Sí, señor.

El soldado saluda con gesto solemne. Ya casi nadie se molesta en hacerlo, pero es su manera de dar las gracias.

La verdad es que, por muy verde que esté el muchacho, dista mucho de ser el peor de la pandilla de soldados del sargento, cuyos miembros oscilan entre la indiferencia y la completa estupidez. Y tampoco puede permitirse el lujo de que se una a los que están desequilibrados. Si el muchacho hubiera matado a los chatarreros con sus propias manos, los hubiera destripado y luego hubiera usado sus intestinos para hacer animales de globitos, Parks habría hecho cuanto estuviera en su mano por convencerle de que era algo bueno. Su gente es su primera y única prioridad.

Pero aparte de esto, en algún lugar de su cabeza, también está pensando: ¿Chatarreros? ¿En la puerta de su casa?

Como si no tuviese suficientes preocupaciones, joder.

Ir a la siguiente página

Report Page