Melanie
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La semana transcurre lenta e inexorable. Tres días seguidos con el señor Whitaker reducen la clase a un estado de letargo poco habitual.
Sea por casualidad o por decisión propia, el sargento no se acerca a Melanie. Todas las mañanas le oye ordenar el tránsito a gritos, pero luego no está visible cuando la sacan de la celda ni cuando la devuelven a ella. En cada una de las ocasiones, siente un acceso de expectación. Está lista para pelear de nuevo con él, para declarar lo mucho que lo detesta y para desafiarlo a que le haga más daño.
Pero el sargento se mantiene fuera de su alcance y Melanie tiene que tragarse todos esos sentimientos, como hacen a veces las ratas o los conejos con las camadas a las que han dado a luz cuando hay peligro.
El viernes es uno de los días de la señorita Justineau. Normalmente, esto le inspiraría una dicha tan intensa como sencilla. Esta vez, Melanie siente temor además de excitación. Estuvo a punto de devorar a la señorita Justineau. ¿Y si está enfadada y no quiere volver a saber nada de ella?
El comienzo de la lección no contribuye mucho a tranquilizarla. La señorita J parece infeliz y preocupada, y está tan ensimismada que sus intenciones son imposibles de interpretar. Da los buenos días al conjunto de la clase, no a los niños y niñas por separado. Rehuye la mirada de Melanie.
Dedica la mayor parte del día a examinar a los niños con un test de preguntas breves. Luego se sienta a su mesa y anota las respuestas y los resultados en un cuaderno grande, mientras la clase hace sumas.
Melanie no piensa mucho en las sumas, que concluye al cabo de pocos minutos. Son cálculos sencillos, la mayoría de ellos con una sola variable. Su atención está centrada en la señorita Justineau y comprueba con desolación que está sollozando quedamente mientras trabaja.
Busca frenéticamente en su mente algo que decir. Algo que pudiera consolar a la señorita J, o al menos distraerla de su tristeza. Si lo que la entristece son los exámenes, siempre pueden pasar a otra actividad, más fácil y entretenida.
—¿Podría contarnos un cuento, señorita Justineau? —le pregunta.
La señorita Justineau no parece haberla oído. Sigue apuntando los resultados de los exámenes.
Algunos de los demás niños suspiran, canturrean o se remueven en el asiento, inquietos. Se han dado cuenta de que la señorita Justineau está triste y es evidente que piensan que Melanie no debería molestarla con peticiones egoístas. Melanie se mantiene firme. Sabe que la clase conseguirá que la señorita J vuelva a sentirse bien si habla con ellos. Ella misma ha vivido sus momentos más felices de aquel modo, así que ¿cómo no le va a pasar lo mismo a la señorita Justineau?
Vuelve a intentarlo.
—¿Podemos contar mitos de la Antigua Grecia, señorita Justineau? —pregunta, más fuerte.
Esta vez la señorita J sí la oye. Levanta la mirada y sacude la cabeza.
—Hoy no, Melanie —dice, con una voz tan triste como su rostro.
Durante unos instantes se queda mirando a la clase, prácticamente como si le sorprendiese verlos allí.
—Tengo que terminar esto —dice.
Pero no vuelve los ojos al cuaderno. Se queda como está, con los ojos clavados en la clase. Con una especie de mueca ceñuda en el rostro. Es como si fuese ella, y no ellos, la que está haciendo las sumas, y no consiguiese resolverlas.
—¿A quién coño intento engañar? —pregunta con un hilo de voz.
Rompe a llorar sobre los exámenes, lo que resulta sorprendente pero no preocupa a los niños, porque ¿a quién le importan los resultados? Solo a Kenny y a Andrew, que compiten para ver quién es el mejor, cosa que es una auténtica estupidez, porque la mejor de la clase es Melanie, seguida por Zoe, así que en realidad los chicos solo luchan por el tercer puesto.
Entonces la señorita Justineau comienza a romper el cuaderno. Arranca las páginas, de dos en dos y de tres en tres, y luego las desgarra con las manos hasta que solo le quedan trozos tan pequeños que no puede seguir haciéndolo. Echa los pedazos en la papelera, solo que son tan minúsculos y pesan tan poco que no caen en línea recta. Dan vueltas en el aire, revolotean y terminan desperdigados por el suelo, alrededor de la papelera. A la señorita Justineau no le importa. En lugar de soltar los trozos restantes, los arroja al aire, así que se esparcen todavía más.
No es que esté feliz, pero al menos ha dejado de llorar. Y eso es buena señal.
—¿Queréis cuentos? —pregunta a la clase.
Todos responden que sí.
Coge el libro de los mitos griegos del rincón y lo trae. Les cuenta la historia de Acteón, que da miedo, y la de Teseo y el minotauro, que da más miedo aún. A petición de Melanie, repite la de Pandora, a pesar de que todos se la saben ya. Es un buen modo de terminar el día.
Cuando llegan los hombres del sargento, la señorita Justineau no los mira. Permanece sentada en la esquina del pupitre de la profesora, dando vueltas y vueltas en las manos al libro de los mitos griegos.
—Adiós, señorita Justineau —dice Melanie—. Espero verla pronto.
La señorita Justineau levanta la mirada. Parece que fuese a decir algo, pero entonces alguien —uno de los hombres del sargento— agarra la silla de Melanie desde atrás y, de un tirón, le quita los frenos. La silla comienza a girar.
—Necesito a esa un momento —dice la señorita Justineau.
Melanie ya no puede verla, porque le han dado la vuelta, pero la voz de la señorita Justineau suena voz fuerte, como si estuviese muy cerca.
—Muy bien.
El soldado lo dice con tono de hastío, como si todo le diese igual. Se acerca a la silla de Gary.
—Buenas noches, Melanie —dice la señorita Justineau.
Pero no se aleja. Se inclina sobre la silla de Melanie y proyecta su sombra sobre los brazos de la silla y las manos de Melanie.
Melanie siente que introduce algo duro y puntiagudo entre su espalda y el respaldo de la silla.
—Que lo disfrutes —murmura la señorita Justineau—. Pero que nadie se entere.
Melanie intenta recostarse con todas sus fuerzas y pega los hombros a las placas del desnudo metal de la silla. La cosa, sea lo que sea, queda alojada a la altura de sus posaderas, totalmente oculta. No tiene ni la menor idea de lo que podría ser, pero estaba en la mano de la señorita Justineau. Es algo que le ha regalado la señorita Justineau, a ella y solo a ella.
Se queda en esa posición hasta que la devuelven a su celda y también mientras le desatan las correas. No mueve un músculo. Mantiene la mirada clavada en el suelo, porque no está segura de poder guardar el secreto si se encuentra con la mirada de alguno de los hombres del sargento.
Solo cuando se han ido y han echado los cerrojos de la puerta de la celda se atreve a llevarse la mano a la espalda y a sacar el objeto extraño que se ocultaba allí. Primero percibe su peso macizo, luego su forma rectangular y por fin las palabras que hay en la portada.
Relatos contados por las musas: Los mitos griegos, de Roger Lancelyn Green.
Melanie exhala un sonido estrangulado. Es incapaz de impedirlo, a pesar de que podría atraer a los hombres del sargento y que descubran lo que está pasando. ¡Un libro! ¡Un libro para ella! ¡Y precisamente ese! Pasa las manos por la cubierta, hojea las páginas, le da la vuelta para verlo desde todos los ángulos. Lo huele.
Y esto resulta un error, porque el libro huele a la señorita Justineau. Por encima, más intenso, está el aroma químico de sus dedos, tan amargo y desagradable como siempre. Pero por debajo, leve, aunque mucho más fuerte en las páginas interiores, está el olor cálido y humano de la propia señorita Justineau.
La sensación —el hambre abrumadora y aullante— se prolonga mucho tiempo. Pero no es ni de lejos tan fuerte como cuando Melanie la olió desde cerca, sin rastro alguno del baño químico. Sigue dándole miedo y es una rebelión de su cuerpo contra su mente, como si fuese Pandora, embargada por el deseo de abrir la caja y por mucho que le dijesen que no, su propia naturaleza le obligase a hacerlo sin que pueda hacer nada por evitarlo. Pero por fin logra acostumbrarse al olor, como los niños han acabado por acostumbrarse al olor químico de las duchas los domingos. No es que desaparezca, no exactamente, pero al menos no la atormenta del mismo modo: su misma persistencia lo vuelve casi invisible. El hambre va remitiendo y remitiendo, y cuando por fin desaparece, Melanie sigue allí.
Y también el libro: Melanie lo lee hasta el anochecer, e incluso cuando ignora las palabras o tiene que deducir su significado, se encuentra en otro mundo.
Volverá a pensar en ello cuando —solo un día más tarde— el mundo que conoce haya desaparecido.