Melanie

Melanie


14

Página 16 de 74

14

El lunes ha llegado y ha pasado, y la lista que solicitó la doctora Caldwell sigue sin llegar. Justineau no le ha comentado nada ni le ha enviado un memorando. No ha dado explicaciones por el retraso ni le ha pedido más tiempo.

«Está claro —piensa Caldwell— que su valoración inicial era correcta. La identificación emocional de Justineau con los sujetos está interfiriendo en el correcto ejercicio de sus funciones. Y como sus funciones forman parte de los planes clínicos de Caldwell, debe tomarse muy en serio esta negligencia».

Abre la base de datos sobre los sujetos del experimento. ¿Por dónde empezar? Está buscando las razones por las que el Ophiocordyceps ha mostrado tan insólita clemencia en un diminuto puñado de casos. La mayoría de los infectados por el patógeno experimenta todos sus efectos de manera casi instantánea. En cuestión de minutos, u horas como máximo, la conciencia y el sentido del yo se desvanecen de manera permanente e irrevocable. Sucede antes incluso de que las hebras del hongo penetren en el tejido cerebral: sus secreciones, capaces de imitar a los neurotransmisores del cerebro, hacen la mayor parte del trabajo sucio. Como diminutas bolas de demolición químicas, comienzan a asaltar el edificio del yo hasta que este se llena de grietas y se desmorona. Lo que queda es un autómata mecánico que solo se mueve cuando el Cordyceps le da cuerda.

Los niños se infectaron hace años y siguen pudiendo razonar y hablar. Incluso aprender. Y sus cerebros permanecen en un estado razonablemente íntegro: las hebras de micelio están muy extendidas por el tejido nervioso, pero no parecen capaces de alimentarse de él. Hay algo en su química corporal que retarda tanto la propagación del hongo como la virulencia de sus efectos.

Inmunidad parcial.

Si pudiese encontrar la razón que la explica, Caldwell estaría a medio camino —como mínimo— de encontrar la cura.

Cuando piensa en esto, la decisión se toma por sí sola. Debe empezar por el niño que exhibe menor deterioro. El niño que, a pesar de tener una concentración de materia fúngica en la sangre y los tejidos tan elevada como la de cualquiera de los demás, y superior a la de la mayoría, conserva el cociente intelectual de un genio.

Debe empezar por Melanie.

Ir a la siguiente página

Report Page