Melanie

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El sargento Parks recibe sus órdenes y está a punto de transmitirlas. Pero la verdad es que no hay nada que le impida ocuparse él mismo. Ha doblado las patrullas por el perímetro desde que Gallagher le contó su triste historia, temiendo que los chatarreros estén planeando una incursión, así que sus hombres están cansados e irritables. Una mala combinación.

Falta media hora para que comience el circo diario. Como oficial al mando, autoriza con su firma la retirada de las llaves del armario de seguridad. Luego vuelve a firmar en calidad de comandante de la base. Coge el grueso llavero de su gancho y se dirige al bloque.

Donde el hiperactivo estrépito de la Obertura 1812 asalta sus oídos. Apaga esa basura. Fue idea de Caldwell poner música a los monstruos cuando están en sus celdas, fruto de un impulso vagamente benigno: la música amansa a las fieras, o algún disparate similar. Pero solo tienen acceso a la música que han podido encontrar y la mayoría de ella no amansa demasiado.

En medio del silencio, abrumador por contraste, Parks recorre el pasillo hasta la celda de Melanie. Está mirando por la portilla. Le hace un gesto para que se aparte.

—Tránsito —le dice—. A tu silla. Vamos.

Melanie hace lo que le dice el sargento y este abre la puerta. El reglamento establece que debe haber al menos dos personas presentes para atar a los niños a las sillas o para soltarlos, pero Parks tiene la certeza de que puede hacerlo solo. Apoya la mano en la culata de la pistola, pero no la desenfunda. Asume que el hábito de incontables mañanas se activará de manera automática.

La niña lo está mirando con sus ojos enormes, casi sin párpados. Unas motas grisáceas en medio de su infantil azul le recuerdan lo que es, por si alguna vez pudiera llegar a olvidarlo.

—Buenos días, sargento —dice ella.

—Mantén las manos sobre los reposabrazos —responde.

No era necesario. Ella está inmóvil. Salvo los ojos, que lo siguen mientras le sujeta el brazo derecho y luego el izquierdo.

—Es temprano —dice Melanie—. Y viene usted solo.

—Te llevo al laboratorio. La doctora Caldwell quiere verte.

La niña se queda en completo silencio durante un instante o dos. Mientras tanto, el sargento le sujeta las piernas.

—Como Liam y Marcia —dice al fin.

—Sí. Como ellos.

—No han vuelto. —Su voz tiembla ligeramente al decirlo.

Parks termina con las piernas y no responde. Ese tipo de cosas no necesitan respuesta. Se incorpora y los grandes ojos azules se clavan de nuevo en él.

—¿Y yo voy a volver? —pregunta Melanie.

Parks se encoge de hombros.

—Eso no es decisión mía. Pregúntaselo a la doctora Caldwell.

Se coloca tras el respaldo del asiento y coge la correa del cuello. Es la operación que más atención requiere. Si te descuidas un momento, es fácil que te pongas al alcance de esos dientes. Parks no lo hace.

—Quiero ver a la señorita Justineau —dice Melanie.

—Eso díselo a la doctora Caldwell.

—Por favor, sargento.

Vuelve la cabeza en el peor momento posible y el sargento aparta precipitadamente la mano y se ve obligado a soltar la correa cuando aún no está tensa del todo.

—¡Vista al frente! —le ordena—. No muevas la cabeza. ¡Ya sabes que no debes hacerlo!

La niña vuelve a mirar hacia delante.

—Lo siento —dice dócilmente.

—Pues que no se repita.

—Por favor, sargento —murmura—. Quiero verla antes de irme. Para que sepa a dónde he ido. ¿No podemos esperar a que venga?

—No —responde Parks mientras aprieta la correa del cuello—. No podemos.

Ahora que la niña ya está bien sujeta, puede relajarse. Vuelve la silla hacia la puerta.

—Por favor, Eddie —dice Melanie rápidamente.

Un acceso de sorpresa pura detiene a Parks. Es como si acabasen de dar un portazo dentro de su pecho.

—¿Qué? ¿Qué has dicho?

—Por favor, Eddie. Sargento Parks. Déjeme hablar con ella.

De algún modo, la pequeña zombi ha averiguado su nombre. Se ha colado en el interior de sus defensas y enarbola su nombre como una bandera blanca. «No quiero hacerte ningún daño». Es como uno de esos cuadros que parecen una puerta de verdad, pintada en la pared, por la que asoma un sonriente hombre del saco. O como si levantases una piedra y una de las criaturas que reptan por debajo se volviese hacia ti y te dijera «¡Hola, Eddie!».

No puede contenerse. Estira al brazo y la agarra del cuello, lo que es una violación de las normas tan flagrante como cuando Justineau le acarició el pelo como si fuese su puta mascota.

—No vuelvas a hacer eso —dice con los dientes apretados—. No vuelvas a usar mi nombre.

La niña no responde. El sargento se percata entonces de la fuerza con que le aprieta la tráquea. Posiblemente no pueda responder. Retira la mano —que tiembla violentamente— y la devuelve al sitio donde debe estar, el asa de la silla de ruedas.

—Ahora vamos a ver a la doctora Caldwell —dice—. Si tienes alguna pregunta, guárdatela para ella. No quiero oír una sola palabra más saliendo de esa boca.

Y no la oye.

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