Melanie
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Pero en parte eso es porque lo siguiente que hace es traspasar la puerta de acero con la silla y luego —marcha atrás, bum, bum, bum— subir las escaleras que hay al otro lado.
Para Melanie es como partir en barco a un nuevo mundo.
Hasta donde alcanza su memoria, la puerta de acero ha marcado el horizonte más lejano de su experiencia. Sabe que debió de llegar por allí, en algún momento del pasado remoto, pero ahora se le antoja como un cuento de un libro realmente antiguo, escrito en una lengua que ya nadie habla.
Esto se parece más a un pasaje de la Biblia que les leyó una vez la doctora Selkirk, en el que Dios creaba el mundo. No Zeus, sino el otro.
Los peldaños. El espacio vertical por el que ascienden (como el pasillo, pero inclinado hacia arriba). El olor de ese espacio a medida que van ascendiendo y se va alejando el olor químico del desinfectante de las celdas. Los sonidos del exterior, que les llegan desde arriba a través de una puerta que no está cerrada del todo.
El aire. Y la luz. Cuando el sargento abre la puerta con la espalda y la arrastra al exterior.
Sobrecarga total.
Porque el aire es cálido y respira: se mueve sobre la piel de Melanie como algo vivo. Y la luz es tan intensa que es como si alguien hubiera arrojado el mundo en un barril de aceite y le hubiese prendido fuego.
Ha vivido en la caverna de Platón, contemplando las sombras de la pared. Y ahora se ha dado la vuelta y está contemplando el fuego.
Se le escapa un ruido, a su pesar. Una dolorosa exhalación desde el centro de su pecho, desde un lugar oscuro y húmedo que huele a amargos productos químicos y al tufo de acetona de los marcadores para pizarra.
Se queda sin fuerzas. El mundo le entra a raudales por los ojos y los oídos, la nariz, la lengua y la piel. Es demasiado y no cesa. Se siente como el sumidero de la esquina de las duchas. Cierra los ojos, pero la luz atraviesa igualmente sus párpados y dibuja patrones de lentejuelas multicolores que bailan en el interior de su cerebro. Vuelve a abrirlos.
Resiste, y coteja, y comienza a entender.
Pasan por delante de edificios hechos de madera o metal brillante, sobre cimientos de hormigón. Todos ellos son iguales, rectangulares y macizos, y la mayoría comparte el mismo color, un gris oscuro. Nadie se ha molestado en darles un aspecto agradable. Lo que importa es su función.
Lo mismo puede decirse de la verja de malla metálica que se alza en la distancia hasta una altura de cuatro metros y que rodea completamente todas las estructuras que alcanza a ver Melanie. Está coronada por una sección de alambre de espino, tendida en un ángulo de cuarenta y cinco grados con respecto a la pared principal por medio de pilones de hormigón acodados.
Pasan por delante de algunos de los hombres del sargento, que se vuelven al verlos y a veces levantan la mano para saludar al sargento. Pero no le dicen nada ni se mueven del sitio. Llevan los fusiles preparados. Están vigilando la verja y las puertas de la verja.
Melanie deja que todos estos hechos concurran en su cabeza. En los puntos de confluencia se forman de manera espontánea sus posibles significados.
Llegan a otro edificio, donde dos de los soldados del sargento montan guardia. Uno de ellos les abre la puerta. El otro, un pelirrojo, saluda rápida y solemnemente.
—¿Necesita ayuda con ella, señor? —pregunta.
—Si necesito algo se lo pediré, Gallagher —refunfuña el sargento.
—¡Sí, señor!
Nada más entrar, el sonido de los pasos del sargento cambia, se hace más fuerte y adquiere una reverberación hueca. Caminan sobre baldosas. El sargento aguarda y Melanie sabe lo que está esperando. Es una ducha, como la del bloque. La lluvia química los rocía a ambos.
Dura más que la ducha del bloque. Aquí los cabezales de pulverización se mueven en vertical sobre unos rieles metálicos montados en la pared y van inclinándose al descender para asegurarse de que cubren cada centímetro cuadrado de sus cuerpos desde todos los ángulos.
El sargento lo soporta con la cabeza gacha y los ojos cerrados. Melanie, que está acostumbrada al dolor y sabe que los ojos le van a picar igual los tenga abiertos o no, sigue mirando. Ve que hay unas persianas de acero al final de la zona de ducha por la que acaban de entrar. Un sencillo mecanismo giratorio permite subirlas o bajarlas por medio de una manivela. El edificio se puede aislar del resto de la base, se puede transformar en una fortaleza. Debe de ser muy importante lo que se hace en él.
Mientras pasa todo esto, Melanie hace un gran esfuerzo para no pensar en Marcia y Liam. Le da miedo lo que puede pasarle en aquel lugar. Le da miedo no volver a ver a sus amigos, el aula y a la señorita Justineau. Tal vez sea el miedo, tanto como la novedad, lo que la hace tan sensible a cuanto la rodea. Está absorbiendo todo cuanto ve. Y también está intentando memorizarlo, especialmente el camino por el que han venido. Si en algún momento llegara a ser libre, quiere saber cómo regresar.
La lluvia química va remitiendo hasta detenerse. El sargento se la lleva por una puerta corrediza doble y luego por un pasillo iluminado por una bombilla roja. Al final hay una puerta con un cartel que reza PROHIBIDO EL PASO DE PERSONAS NO AUTORIZADAS. El sargento se para allí, pulsa un botón y aguarda.
Al cabo de unos segundos, la doctora Selkirk abre la puerta desde el otro lado. Como de costumbre, lleva su bata blanca, así como unos guantes de plástico verdes y, alrededor de la garganta, algo que parece un collar de algodón blanco. Lo levanta con un movimiento del índice y el pulgar. Es una máscara hecha de gasa blanca, que le cubre la parte inferior de la cara.
—Buenos días, doctora Selkirk —dice Melanie.
La doctora Selkirk la mira un momento, como si estuviese decidiendo si va a responder o no. Al final se limita a asentir. Entonces se echa a reír. «Es un sonido triste y vacío», piensa Melanie. El tipo de risa que soltarías si, al borrar el error que habías cometido en una suma, rasgaras accidentalmente el papel.
—Cartero —dice lacónicamente el sargento Parks—. ¿Dónde quiere esto?
—Bien —dice la doctora Selkirk, con la voz amortiguada por la máscara—. Sí. Puede traerla. La estábamos esperando.
Se aparta y le abre la puerta al sargento para que pueda meter la silla de Melanie.
La sala es la cosa más rara que Melanie ha visto. Lógicamente, está empezando a darse cuenta de que no ha visto gran cosa, pero hay más cosas allí, en mayor y más sorprendente variedad, de las que creía que podría albergar el mundo. Botellas, frascos, tarros y cajas. Superficies de cerámica blanca y acero inoxidable que resplandecen bajo la implacable luz de los fluorescentes del techo.
Algunas de las cosas que hay en los tarros parecen trozos de personas. Otras son animales. La más próxima a ella es una rata (la reconoce por una fotografía que vio en un libro), suspendida cabeza abajo en un líquido transparente. De la cavidad pectoral de la rata han brotado en violenta profusión unas hebras grisáceas parecidas a cordones, por centenares, que cubren la mayor parte del espacio interior del tarro y rodean fláccidas el pequeño cadáver como si la rata hubiera decidido convertirse en un pulpo y luego no hubiera sabido cómo parar.
Al lado de la rata hay una botella que contiene un globo ocular, con llamativas serpentinas de tejido nervioso en un lado.
Estas cosas llenan la mente de Melanie de enloquecidas elucubraciones. No dice nada y lo absorbe todo.
—Trasládela a la mesa, por favor.
No es la doctora Selkirk la que dice esto, sino la doctora Caldwell. Está al otro lado de la sala, junto a una superficie de trabajo, colocando en un orden concreto una serie de objetos de acero resplandeciente. Retoca repetidas veces la posición de algunos de ellos, como si la distancia y los ángulos que los separan fuesen de gran importancia para ella.
—Buenos días, doctora Caldwell —dice Melanie.
—Buenos días, Melanie —responde la doctora Caldwell—. Bienvenida a mi laboratorio. Esta es la dependencia más importante de la base.
Con la ayuda de la doctora Selkirk, el sargento traslada a Melanie de la silla a una mesa alta situada en el centro de la habitación. Es una operación complicada. Sueltan las correas de los apoyabrazos y se las abrochan por delante. Le atan los pies a una barra de sujeción. Luego le sueltan la correa del cuello y la suben a la mesa. Pesa muy poco, así que no les cuesta nada.
Una vez que está en la mesa, le sujetan las piernas con unos arneses situados a ambos lados, que la doctora Selkirk ajusta con cuidado para que estén bien apretados. Hecho esto, sacan la barra de sujeción, que ya no es necesaria.
—Échate, Melanie —dice la doctora Caldwell—. Y extiende las manos.
Cada una de las mujeres la agarra por una mano y cuando el sargento le quita las esposas utilizan otros dos arneses para maniatarla. La doctora Caldwell los abrocha.
Melanie queda totalmente inmovilizada, con la única excepción de la cabeza. Da gracias a que no haya una correa para el cuello, como en la silla.
—¿Me necesita? —pregunta el sargento a la doctora Caldwell.
—En modo alguno.
El sargento da la vuelta a la silla y se encamina a la puerta. Melanie, al verlo, deduce una cosa: no va a necesitarla más. No volverá a la celda. Relatos contados por las musas sigue allí, escondido bajo la colcha, y la niña se da de bruces con la idea de que es posible que no vuelva a verlo. Aquellas páginas que olían a la señorita Justineau están ahora, y puede que para siempre, totalmente fuera de su alcance.
Siente deseos de gritarle al sargento que espere, o de pedirle que le lleve un mensaje a la señorita J. No consigue pronunciar palabra. Las dudas se agolpan en su interior. Está en territorio inexplorado y teme al futuro virgen e inescrutable al que la están empujando sin que esté lista. Quiere que su futuro sea como su pasado, pero sabe que no lo será. Este conocimiento le pesa como una losa en las tripas.
La puerta se cierra detrás del sargento. Las dos mujeres comienzan a desvestirla.
Usan navajas para cortar su camisón de algodón y quitárselo.