Melanie
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En algún momento de la noche el ruido procedente de abajo cambia.
Hasta entonces ha sido aleatorio: los resbalones y golpes de hambrientos que corren de acá para allá y chocan constantemente unos con otros en una cascada browniana. Lo que oye ahora tiene un ritmo inequívoco, una persistencia. Y hay gruñidos, cloqueos y silbidos entremezclados con los ruidos del esfuerzo y los impactos. Los hambrientos no vocalizan.
Parks se zafa del pesado y soñoliento abrazo de Justineau y repta hasta la trampilla. La levanta, apunta con la linterna hacia abajo y la enciende.
El haz de luz enmarca un rostro de pesadilla. Es como si se abalanzase sobre Parks saliendo de la oscuridad. De ojos oscuros y piel clara, moteado de puntos y brochazos de color. Su ancha boca, abierta de par en par, exhibe unos dientes finos y puntiagudos como los de una piraña.
Pero entonces salta de verdad, reaccionando a la luz con una rabia instantánea y homicida. Algo borroso corta el aire con un silbido justo debajo del rostro de Parks, algo que brilla a la luz de la linterna y choca contra la boca de la trampilla con un resonante tintineo.
Parks se echa hacia atrás, pero no se aparta del todo, así que puede ver lo que está pasando detrás de su atacante. Varios pequeños, tanto niños como niñas, revolotean como un enjambre entre los hambrientos y los derriban antes de eliminarlos con un arsenal tan variado como ecléctico.
Pero no han venido por eso. Solo están despejando el terreno. No están ahí por accidente. Es el desván, y lo que contiene, lo que buscan. Los ojos oscuros se levantan una vez tras otra e intercambian miradas con Parks.
Este vuelve a cerrar la trampilla. Justineau está desperezándose, pero aun así la ayuda a levantarse deprisa.
—Tenemos que irnos —dice—. Ahora mismo. Vístase.
—¿Por qué? —inquiere Justineau—. ¿Qué…?
No termina la frase porque ha oído los sonidos procedentes de abajo. Puede que haya deducido lo que significan. En cualquier caso sabe que suponen problemas y no es tan estúpida como para pedir una explicación que podría requerir el tiempo necesario para escapar.
La trampilla no tiene cerradura, pero Parks logra volcar la cisterna de metal sobre ella. A duras penas llega a tiempo: la trampilla ha empezado a abrirse cuando el tanque se desploma sobre ella. Un chillido procedente de abajo revela que a quienquiera que hubiera trepado hasta allí no le agrada que lo arrojen violentamente contra el suelo.
Al cabo de unos segundos la trampilla comienza a estremecerse y a dar sacudidas, empujada por los niños. Parks no comprende cómo pueden llegar hasta ella. ¿Subidos unos encima de otros o sobre los cuerpos amontonados de los hambrientos a los que acaban de matar? Tampoco importa. Son demasiado fuertes y están demasiado decididos para que la cisterna los contenga durante mucho tiempo.
Se sube a la mesa y asoma la cabeza por la ventana, que Justineau ha dejado abierta. No hay nadie en el tejado. Mete los hombros y se encarama a las tejas. Justineau lo sigue sin perder un instante y aunque le ofrece una mano para ayudarla, no la necesita.
Las curvadas tejas no están húmedas pero resbalan como si lo estuvieran. Trepan hasta la divisoria de aguas con las piernas separadas como ranas y el cuerpo pegado a la traicionera superficie.
Al llegar arriba es más fácil. Hay una hilera de ladrillos que conforma una estrecha pasarela, lo que les permite erguirse y avanzar como si fuesen trapecistas borrachos, usando los parapetos de las chimeneas y las tuberías de los conductos de calefacción para sujetarse.
La intención de Parks es llegar al final de la fila de adosados y buscar otra terraza por la que entrar. Pero cuando todavía no están ni siquiera a medio camino, el ruido de unas zancadas y unos chillidos procedentes de atrás revelan que ya no están solos. Se vuelve. Unas figuras menudas y flexibles, claramente perfiladas a la luz de la luna, salen en tropel al tejado por la misma ventana que ellos. En lugar de subir hacia la divisoria, avanzan en diagonal hacia Parks y Justineau, como cangrejos, utilizando la ruta más corta.
Parks no saca el arma hasta llegar a la siguiente chimenea. Dispara dos veces contra el niño más cercano. El primer disparo es un impacto directo. El niño sale despedido hacia atrás, cae dando vueltas por el tejado y se precipita hacia el suelo sin poder evitarlo. El segundo disparo no da en su objetivo, pero los niños se dispersan, presas del pánico, y uno de ellos resbala y cae.
El resto se retira con rapidez. Aunque no la suficiente. Parks tiene tiempo de sobra para alcanzar a algunos más.
—¡No los mate! —grita Justineau—. ¡No, Parks! ¡Están huyendo!
Lo que están haciendo es cambiar de táctica. Pero Parks no se molesta en discutir. Más vale ahorrar balas, porque cuando lleguen al suelo las van a necesitar.
Si es que llegan.
Algo alcanza los ladrillos de la chimenea justo al lado de la cabeza de Parks y le riega la mejilla de fragmentos. Parapetados tras las chimeneas y los gabletes, los niños hambrientos contraatacan con lo que deben de ser hondas, pero cuyos proyectiles, impulsados por la velocidad cegadora de sus brazos, golpean como balazos. Uno de ellos perfora el aire tan cerca que Parks puede verlo y oír el zumbido de mosquito que emite al pasar junto a su oído.
«Basta».
Empuña el fusil y dispara dos amplias ráfagas. La primera rocía las chimeneas y obliga a los niños a buscar otro escondrijo. La segunda hace trizas las tejas y deja un amplio reguero de destrucción entre ambos. Tendrán dificultades para cruzar ese tramo de tejado si deciden arriesgarse a hacerlo.
—No te pares —le grita a Justineau. Señala—. ¡Abajo! Abajo, por ahí. ¡Busca una ventana!
Justineau ya ha empezado a bajar por las tejas en dirección al canalón, con los brazos extendidos para frenar su descenso. Parks la sigue a cuatro patas y marcha atrás, listo para disparar contra cualquier cosa que se mueva. Pero no se mueve nada.
—Parks —dice Justineau, debajo de él—. Aquí.
Ha encontrado una ventana que no solo está abierta, sino que ha desaparecido con marco y todo. Lo único que tienen que hacer es descolgarse desde el tejado, apoyando todo el peso en los codos, y subirse al alféizar. Y entonces, en un movimiento rápido, agacharse y entrar.
Ahora cada segundo cuenta. Tienen que llegar al suelo antes que los niños. Sacarles toda la ventaja que puedan. Avanzan a tientas por la oscuridad en busca de una escalera.
Y entonces es cuando suena el walkie-talkie. Parks no se para —no se atreve a hacerlo—, pero lo saca de la funda que lleva al cinturón y responde.
—Parks. Cambio.
—He oído disparos —dice Melanie—. ¿Va todo bien?
—No demasiado.
Justineau lo agarra por el hombro y tira de él hacia un lado. Ha encontrado unas escaleras. Se lanzan dando tumbos hacia el hueco, negro como la tinta, y están a punto de caerse varias veces. Parks sabe que debería parar y sacar la linterna de la mochila, pero seguramente solo conseguiría que los niños los alcanzaran más deprisa.
—Unos niños hambrientos nos han encontrado —dice Parks con la respiración entrecortada—. Están armados hasta los dientes. Parecidos a ti, aunque menos razonables. Nos están siguiendo.
—¿Dónde estáis? —pregunta Melanie—. ¿Donde os dejé?
—Más allá. Al final de la calle.
—Voy a buscaros.
Buenas noticias.
—Date prisa —le sugiere.
Se dan cuenta de que han llegado al primer piso porque la puerta de la casa está abierta de par en par. Corren hacia ella, pero la luz de la luna dibuja una silueta que acaba de colocarse en el umbral. Una silueta de apenas metro veinte de estatura, con un cuchillo en cada mano, listos para cortar.
Parks dispara y la esbelta figura lo esquiva de un salto. Es la última bala del cargador, o quizá la penúltima. Derrapa agitando los brazos hasta detenerse. Justineau se estrella contra su espalda. Dan la vuelta y corren hacia la parte trasera de la casa.
Las cuevas enmohecidas se suceden. Resulta imposible determinar las funciones de las habitaciones y Parks tampoco tiene el menor interés en hacerlo. Solo está buscando la puerta de atrás. Cuando la encuentra, la abre de una patada y se encuentra con lo que estaba pidiendo en sus oraciones: la acotada jungla de un jardín asilvestrado hace veinte años.
Se zambullen en una masa de espinos que llega por la cabeza, dejando tras de sí un tributo de tela y carne. Un ululato procedente de atrás revela que los niños les pisan los talones y no se han detenido. Parks espera que lo disfruten. La mayoría de ellos van como su madre los trajo al mundo, así que serán más vulnerables a las enormes espinas, que además crecen más densas cerca del suelo.
Se vuelve. El umbral que acaban de atravesar se ha perdido ya en la negrura, pero vislumbra vagamente algún movimiento. Dispara hacia allí y alguien chilla. Vuelve a disparar y el arma responde con un chasquido vacío. ¿Lleva otro cargador en la mochila? ¿Va a parar para recargar en la oscuridad con los encantadores pequeñuelos pegados al culo?
La tapia del jardín.
—¡Vamos! ¡Vamos! —grita.
Ayuda a Justineau a subir y luego da un salto, pero no consigue encaramarse y tiene que volver a hacerlo. Al tercer intento consigue agarrarse al muro con los brazos y ella lo coge del cuello de la camisa y tira hacia arriba.
Algo lo golpea en el hombro. Algo revienta los ladrillos junto a su mano. Justineau gruñe de dolor y cae hacia atrás, derribada tan limpiamente como un blanco en un campo de tiro.
Parks se desliza sobre la parte superior del muro y salta tras ella sobre el asfalto tapizado de malas hierbas de un aparcamiento. Los restos de un cuatro por cuatro descansan junto a ellos, sin las ruedas delanteras, como un buey de rodillas, esperando a que le pongan la pistola de pistón en la cabeza. El coup de grâce.
Justineau está en el suelo y no se mueve. Le palpa la frente con delicadeza y siente algo húmedo en las manos.
No es ninguna sílfide, pero Parks logra cargársela al hombro. No puede llevarla con un solo brazo, así que debe optar entre luchar o huir.
Huye. Y al instante se da cuenta de su error. Media docena de figuras menudas y ágiles doblan corriendo la esquina de la casa y se abalanzan sobre él sin siquiera detenerse. Otras trepan por el muro del jardín y se dejan caer sobre el asfalto, a su lado.
Corre en la única dirección que le queda, a campo abierto, donde será un blanco fácil para las hondas. Y en efecto, al instante comienzan a disparar otra vez. Recibe otro impacto en la parte baja de la espalda, que es como si acabasen de propinarle un puñetazo en el hígado. Se tambalea y a duras penas consigue mantenerse en pie.
Y entonces lo derriba el más rápido de los niños. Se abalanza sobre él de un salto, lo agarra por la parte baja de la espalda y deja que la inercia haga su trabajo. Parks cae de bruces e intenta revolverse para amortiguar la caída de Justineau, pero en algún momento se le escapa.
En cuanto toca el suelo, el hambriento salta intentando arañarle la garganta. Le propina un golpe en la cara con todas sus fuerzas y el niño sale despedido hacia atrás, lo que le proporciona a Parks el espacio que necesita para darle una patada. Mejor. Ahora dispone de espacio suficiente para esgrimir el fusil.
Algo embiste su hombro —el mismo que recibió el proyectil de la honda— con violencia estremecedora. Se le cae el arma de las manos, pero solo se da cuenta porque oye que rebota contra el suelo. Durante un segundo o dos no siente nada, ni siquiera dolor. Entonces el pánico se cierne sobre él como una riada y lo anega.
Cae cuan largo es, con la cabeza junto al fusil, y aunque está haciendo esfuerzos para moverse, no sirven de mucho. Tiene el brazo derecho paralizado y su costado es una maraña de complejas agonías hecho de alambre de espino. El niño de la cara pintada y la chaqueta de camuflaje está a su lado. Los demás están reuniéndose tras él, esperando mientras él se inclina hacia delante con la boca abierta. Desde tan cerca no cabe ninguna duda: se ha afilado los dientes.
Se cierran sobre el antebrazo de Parks. Es el derecho, así que no siente dolor: en esa parte de su cuerpo ya no hay sitio para más. Pero igualmente grita mientras el niño levanta la cabeza con un pedazo ensangrentado de su carne entre las fauces.
Es la señal para que dé comienzo el festín. Los demás niños acuden corriendo, como si los hubieran invitado a un picnic. Uno de ellos, una niña pequeña y rubia, se sienta a horcajadas sobre el pecho de Helen Justineau y la agarra del pelo para inclinarle la cabeza a un lado.
La mano izquierda de Parks encuentra la pistola que Justineau llevaba metida en el cinturón. La saca y dispara. A ciegas. La niña sale despedida hacia la oscuridad, violentamente catapultada por un proyectil de punta hueca.
Los niños hambrientos se quedan paralizados, sobresaltados por el estruendo de la deflagración en aquel espacio angosto.
Y algo irrumpe entre ellos en ese instante.
Algo ensordecedor.
Algo aterrador.
Algo que aúlla y escupe fuego como todas las huestes del infierno.