Melanie
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Melanie ha hecho lo que ha podido con los limitados materiales de que dispone.
Avanza de puntillas sobre los niños salvajes, tratando de parecer más alta, de aparentar hasta donde sea posible que no es una niña sino un dios o un titán. Va desnuda de cuello para abajo —revestida de cielo—, con el enorme casco de traje de protección cuyo visor polarizado oculta por completo su rostro.
Su cuerpo es de color azul brillante y reluciente, embadurnado de la cabeza a los pies con el gel desinfectante que utiliza la doctora Caldwell —o utilizaba— en sus disecciones.
Lleva en la mano izquierda la alarma personal de la señorita Justineau, que hace exactamente lo que decía. Ciento cincuenta decibelios de sonido que martillean los oídos y perforan el cerebro de todo el que está cerca e impiden pensar con claridad. También a Melanie, claro, pero al menos ella se lo esperaba.
En la mano derecha lleva la pistola de señales, y en este momento dispara con ella al muchacho de la cara pintada que se quedó con la chaqueta de Kieran Gallagher. La bengala pasa junto a su cabeza y el humo de su estela lo cubre, los cubre a todos ellos, como un chal caído del cielo.
Melanie arroja la alarma personal a los pies del muchacho, que retrocede un paso agitando los brazos en el aire como si lo estuvieran atacando.
Se abalanza sobre él. No desea hacerlo, en realidad. Desearía que huyera de ella, porque entonces los demás niños lo harían también, pero no lo hace y ahora que ha llegado junto a él se ha quedado sin ideas.
Lo alcanza bajo la barbilla con la culata de la pistola de señales, un duro golpe que le vuelve la cabeza y lo hace tambalear. Pero no llega a caer. Cambia de posición y responde con el bate con todas sus fuerzas.
Y le da. Pero se ha dejado engañar por el casco, que es demasiado grande para Melanie y descansa suelto sobre sus flacos hombros. El niño cree que es quince centímetros más alta de lo que es en realidad. El devastador golpe, que le habría reventado el cráneo de haberla alcanzado en la cabeza, impacta en la parte alta del casco y se lo arranca.
El niño parece sorprendido al ver que tiene una segunda cabeza debajo y vacila un instante, con el bate preparado para seguir golpeando. El ruido de la alarma personal sigue repicando en sus oídos. Es como si el mundo entero estuviese gritando.
Melanie gira la cámara de la pistola de señales y carga una nueva bengala. Le dispara al niño en plena cara.
Para los demás, que están mirando, debe de ser como si su rostro hubiera comenzado a arder de repente. La bengala, alojada en su cavidad ocular, brilla como un pedazo de sol caído a tierra. Al principio, el humo que sale de ella asciende en línea recta, pero entonces se transforma en una fina espiral al desplomarse el niño hacia atrás. Suelta el bate para llevarse las manos a la cara.
Melanie lo utiliza para acabar con él.
Cuando termina, los demás niños han escapado.