Melanie

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Para Helen Justineau, el primer indicio de que algo va mal llega al cruzar el pasillo que une las duchas con el aula. Busca el rostro de Melanie en la portilla de su cuarto, pero no aparece.

Abre el cerrojo de la puerta del aula y aguarda de pie junto al escritorio mientras meten las sillas de los niños, una a una. Saluda a cada uno de los alumnos. Melanie tendría que ser la vigésima (y la vigesimoprimera, hasta que se llevaron a Marcia), pero es Anne. Uno de los impávidos soldados la deja en su sitio e inmediatamente se dirige a la puerta.

—Espere —dice Justineau.

El soldado se detiene y se vuelve hacia ella con la cortesía indispensable.

—¿Sí, señorita?

—¿Dónde está Melanie?

El soldado se encoge de hombros.

—Una de las celdas estaba vacía —es su respuesta—. He ido a la siguiente. ¿Hay algún problema?

Justineau no responde. Sale al pasillo. Se acerca a la celda de Melanie. No hay nada que ver. La puerta está abierta. Tanto la cama como la silla están vacías.

Es todo muy raro. El soldado llega tras ella y le pregunta de nuevo si hay algún problema. Lo ignora y se encamina a las escaleras.

El sargento Parks está arriba, hablando en voz baja con un grupo de tres soldados que parecen muy asustados. La situación dista mucho de ser normal. En cualquier otro momento, es posible que Justineau se hubiera parado al verlo. Es posible que hubiese esperado a que terminasen de hablar, pero esta vez lo aborda sin perder un instante.

—Sargento —dice—. ¿Han trasladado a Melanie?

Parks la ha visto acercarse, pero ahora la mira como si acabase de reconocerla.

—Disculpe, señorita Justineau —dice—. Estamos en medio de una especie de emergencia. Posible emergencia. Hemos detectado gran cantidad de hambrientos cerca del perímetro.

—¿Han trasladado a Melanie? —repite Justineau.

El sargento Parks vuelve a intentarlo.

—Si vuelve al aula, podemos hablar sobre eso en cuanto…

—Respóndame. ¿Dónde está?

Parks desvía los ojos un segundo y luego la mira directamente a los ojos.

—La doctora Caldwell pidió que se la llevase al laboratorio.

Justineau siente que se le hace un nudo en el estómago.

—¿Y lo… lo ha hecho? —pregunta, a pesar de lo absurdo que resulta.

El sargento asiente.

—Hace cosa de media hora. Se lo habría dicho, obviamente, pero la clase no había empezado aún y no sabía dónde estaba.

Pero tendría que haberlo sabido en cuanto vio la celda vacía. Una vez que se lo ha dicho, resulta tan cegadoramente obvio que se maldice por haber desperdiciado unos minutos preciosos. Echa a correr hacia el complejo del laboratorio. Parks le grita alguna cosa —que debería meterse dentro o algo así—, pero no tiene tiempo para él.

Ya lo tendrá, todo el del puto mundo, si no consigue llegar al laboratorio antes de que lo hagan.

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