Melanie

Melanie


18

Página 20 de 74

18

La doctora Caldwell y la doctora Selkirk lavan a Melanie de la cabeza a los pies, de manera concienzuda, usando un jabón desinfectante que huele exactamente igual que el agua de las duchas. Ella se somete en silencio, mientras su cabeza trabaja a toda velocidad.

—¿Te gusta la ciencia, Melanie? —le pregunta la doctora Caldwell.

La doctora Selkirk le dirige una mirada de leve sobresalto.

—Sí —responde Melanie con cautela.

Una vez que ya está limpia, la doctora Caldwell coge una especie de herramienta del tamaño de un borrador de pizarra. La aprieta y la herramienta comienza a emitir un zumbido. La apoya en un lado de la cabeza de Melanie y comienza a trazar líneas cortas y rectas sobre su cuero cabelludo. La máquina envía vibraciones que se le meten en el cráneo a través de la piel.

Melanie se dispone a preguntar para qué sirve cuando ve que la doctora Selkirk levanta un manojo de pelo rubio y lo tira en una papelera de plástico.

La doctora Caldwell es minuciosa y pasa la máquina por toda la cabeza de Melanie dos veces. La segunda vez aprieta con fuerza, hasta el punto de hacerle daño, aunque no mucho. La doctora Selkirk sigue recogiendo los mechones de cabello. Luego se lava cuidadosamente las manos con una toallita húmeda que coge de un dispensador de la pared.

La doctora Caldwell aplica una pintura de color azul brillante al cráneo de Melanie, que saca de un tarro de plástico cuya etiqueta reza GEL BACTERICIDA E2J. Melanie trata de imaginar el aspecto que debe tener ahora, con la cabeza afeitada y pintada de azul. Parecida a un guerrero picto. Una vez, cuando tenía la voz pastosa, el señor Whitaker les mostró un dibujo en el que salían unos pictos. Cada vez que decía la frase «Dibujos de pictos» se mondaba de risa. Cuando alguien iba desnudo a la batalla, los pictos decían que estaba revestido de cielo. Melanie no ha estado casi nunca desnuda. No es una sensación agradable, decide: le hace sentir vulnerable y avergonzada.

—No —dice.

—¿Cómo?

La doctora Caldwell deja el pincel y se limpia las manos en la bata blanca, que queda cubierta de manchas azul celeste.

—No me gusta la ciencia. Quiero volver a clase, por favor.

La doctora Caldwell la mira a los ojos por primera vez.

—Me temo que eso no es posible —dice—. Cierra los ojos, Melanie.

—No —responde Melanie.

Está segura de que si lo hace, la doctora Caldwell le hará algo malo. Algo que le dolerá.

Y de repente, como si estuviese viendo el otro lado de una ilusión óptica, comprende lo que va a ser ese algo. La van a cortar en pedacitos y meter esos pedacitos en tarros, como los que hay a su alrededor.

Tira de las correas con todas sus fuerzas. Lucha desesperadamente, pero no se mueven un milímetro.

—¿No deberíamos probar con un poco de isoflurano? —pregunta la doctora Selkirk.

Le tiembla la voz. Da la sensación de que va a echarse a llorar.

—No responden a él —dice la doctora Caldwell—. Ya lo sabe. Me niego a derrochar uno de los pocos tubos de anestésico general que nos quedan para que el sujeto del experimento sienta una vaga somnolencia. Recuerde, doctora, que el sujeto presente no es un niño sino una colonia fúngica que mueve el cuerpo de una niña. Los sentimientos están fuera de lugar aquí.

—Ya —reconoce la doctora Selkirk—. Lo sé.

Coge un cuchillo distinto a todos los que ha visto Melanie. Tiene un mango muy alargado y una hoja muy corta, una hoja que es tan fina que cuando se pone de lado es casi invisible. Se lo ofrece a la doctora Caldwell.

—Quiero volver a clase —repite Melanie.

El cuchillo se le escurre entre los dedos a la doctora Selkirk y cae justo antes de que pueda cogerlo la doctora Caldwell. Emite un tintineo al chocar contra el suelo y vuelve a hacerlo al rebotar.

—Perdón, perdón —dice la doctora Selkirk con voz aguda.

Se agacha para recogerlo, vacila, se endereza y al final coge otro instrumento de la bandeja. Se encoge bajo la mirada desaprobatoria que le dirige la doctora Caldwell cuando se lo entrega.

—Si le perturba el ruido —dice la doctora Caldwell—, empezaré por extraer la laringe.

Y apoya el frío filo de la hoja en la garganta de Melanie.

—Será la última cosa que haga —dice la voz de la señorita Justineau.

Las dos mujeres se detienen y miran hacia la puerta. Al principio, Melanie no puede hacerlo porque si alzase la cabeza se cortaría la garganta con el filo de la cuchilla. Pero entonces la doctora Caldwell retira la mano y Melanie es libre para doblar el cuello y echar un vistazo.

La señorita Justineau está en el umbral. Tiene algo en las manos: un cilindro rojo con un tubo negro en un lado. Parece bastante pesado.

—Buenos días, señorita Justineau —dice Melanie.

Se ha mareado de puro alivio, pero es como si estuviese programada para pronunciar esas palabras ridículamente inadecuadas. No podría dejar de decirlas ni aunque quisiera.

—Helen —dice la doctora Caldwell—. Entre, ¿quiere? Y cierre la puerta. Este no es precisamente un entorno antiséptico, pero hacemos lo que podemos.

—Deje el escalpelo —dice la señorita Justineau—. Ya.

La doctora Caldwell frunce el ceño.

—No sea ridícula. Estoy en medio de una disección.

La señorita Justineau entra en la sala y solo se detiene al llegar al extremo inferior de la mesa, donde están agarrados los pies descalzos de Melanie.

—No —dice—. No está usted en medio de una disección. Si fuese así no estaríamos hablando. Deje el escalpelo, Caroline, y nadie saldrá herido.

—Oh, vaya —dice la doctora Caldwell—. Esto no va a terminar bien, ¿verdad?

—Eso depende de usted, creo.

La doctora Caldwell mira de reojo a la doctora Selkirk, que no se ha movido ni ha dicho palabra desde que la señorita Justineau entró en la sala. Está allí plantada, con la boca entreabierta y las manos agarradas sobre el pecho. Parece alguien que está mirando fijamente el reloj de un hipnotizador y a punto de caer bajo su influjo.

—Jean —dice la doctora Caldwell—. Llame a seguridad, por favor, y dígales que vengan y saquen a Helen de aquí.

La doctora Selkirk mira de soslayo el teléfono que hay sobre la superficie de trabajo y da medio paso en su dirección. La señorita Justineau se vuelve mucho más deprisa que ella y utiliza el extintor para aplastar el teléfono. El aparato se parte en dos con un crujido seco y complejo. La doctora Selkirk retrocede de un salto.

—Sí, míralo bien, Jean —le dice la señorita Justineau—. Como vuelvas a moverte tu cara va a terminar igual.

—Y lo mismo pasará si intento llegar hasta la puerta o la ventana, supongo —dice la doctora Caldwell—. Helen, no creo que lo haya pensado bien. Da igual que cancele la operación. Puede sacar a Melanie del laboratorio, pero no de la base. Hay guardias en todas las puertas y patrullas en el perímetro. Haga lo que haga, no podrá impedirlo.

La señorita Justineau no responde, pero Melanie sabe que la doctora Caldwell se equivoca. La señorita Justineau puede hacer lo que quiera. Es como Prometeo y la doctora Caldwell es como Zeus. Zeus se creía muy grande y listo porque era un dios, pero los titanes no le tenían ningún miedo. Cierto es que en la historia los titanes terminan perdiendo, pero Melanie no alberga la menor duda sobre el resultado de esta batalla.

—Iré paso a paso —dice la señorita Justineau con voz ronca y baja—. Jean, suelte esas correas.

—No haga nada de eso —se apresura a replicar la doctora Caldwell.

Acompaña sus palabras con una rápida y feroz mirada dirigida a la doctora Selkirk y luego vuelve toda su atención a la señorita Justineau.

Y al instante parece ablandarse.

—Helen, no está usted bien. Esta situación nos ha sometido a todos a una terrible tensión. Y esta fantasía en la que rescatas al sujeto de experimentación… Bueno, forma parte de su respuesta frente a ese estrés. Aquí todos somos amigos y colegas. Nadie va a denunciar a nadie. Nadie será castigado. Vamos a resolver esto, porque realmente no existe alternativa.

La señorita Justineau titubea, arrullada por su amabilidad.

—Voy a dejar el escalpelo —dice la doctora Caldwell—. Quiero que haga usted lo mismo con su… arma.

Y hace lo que ha prometido. Le muestra el escalpelo, lo mantiene en alto un segundo, y luego lo deja en la mesa, junto al costado izquierdo de Melanie. Lo hace poco a poco, con exagerada parsimonia. Así que la señorita Justineau está atenta a la mano con el escalpelo. Lógicamente.

Con la otra, la doctora saca algo pequeño y brillante del bolsillo de su bata de laboratorio.

—¡Señorita Justineau! —chilla Melanie.

Tarde. Demasiado tarde.

La doctora Caldwell arroja el objeto brillante contra la cara de la señorita Justineau. Se produce un sonido como el siseo de una ducha y se esparce por todas partes un olor agrio y ardiente, que deja sin aliento. La señorita Justineau emite un gorgoteo, pero el sonido se interrumpe bruscamente. Suelta el extintor y comienza a arañarse la cara. Cae lentamente de rodillas y luego rueda de costado hasta el suelo, donde se retuerce y se estremece entre ruidos ahogados de asfixia.

La doctora Caldwell la mira con frialdad.

—Ahora vaya a buscar un equipo de seguridad —dice a la doctora Selkirk—. Quiero a esta mujer bajo arresto. Se la acusará de intento de sabotaje.

Melanie apoya de nuevo la cabeza sobre la mesa, con un gemido de angustia, tanto por sí misma como por la señorita Justineau. La invade una desesperación que la hace sentir pesada como el plomo.

La doctora Selkirk se dirige a la puerta, pero para ello tiene que rodear a la señorita Justineau, que sigue de rodillas, resoplando y gimiendo mientras intenta coger aliento a través del ardiente miasma con el que la ha atacado la doctora Caldwell. La densa sustancia flota aún en el aire y la doctora Selkirk comienza a toser también.

La doctora Caldwell, agotada su paciencia, estira la mano para coger de nuevo el escalpelo.

Pero en ese momento sucede algo que la obliga a detenerse. O dos cosas, más bien. La primera es una explosión tan fuerte que las ventanas bailan en sus marcos. La segunda es un aullido ensordecedor, como si un centenar de personas estuvieran chillando a la vez.

El rostro de la doctora Selkirk, tras un instante de impasibilidad, sucumbe al terror.

—Es la alarma de evacuación general —dice—, ¿no? ¿No es la sirena de evacuación?

La doctora Caldwell no derrocha tiempo respondiéndole. Se acerca a la ventana y levanta las persianas.

Melanie intenta incorporarse todo lo que puede, pero está demasiado baja. Prácticamente, lo único que puede ver del exterior es el cielo.

Las dos doctoras están mirando por las ventanas. La señorita Justineau sigue en el suelo, con las manos en la cara y la espalda y los hombros temblorosos. Parece ajena a todo salvo al dolor.

—¿Qué está pasando? —gimotea la doctora Selkirk—. Hay gente hay fuera, moviéndose. ¿Están…?

—No lo sé —replica la doctora Caldwell—. Voy a bajar las persianas de emergencia. Podemos quedarnos aquí hasta que den la señal de que está todo despejado.

Alarga la mano para hacerlo. Pone la mano sobre el interruptor.

Y entonces la ventana salta en mil pedazos.

Y los hambrientos se amontonan sobre el alféizar.

Ir a la siguiente página

Report Page