Melanie
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Mucho antes de que el sargento Parks haya logrado organizar un contraataque, las verjas han caído.
No es que suceda rápido, es que es algo despiadado. Los hambrientos que Gallagher vio entre los árboles del perímetro este salen de pronto del bosque, corriendo. No están cazando, simplemente corren y esto resulta tan extraño que Parks titubea durante un segundo o dos mientras trata de encontrarle algún sentido.
Entonces cambia el viento y el olor lo alcanza. Una rancia bocanada de descomposición tan intensa que es casi como un puñetazo en plena cara. A ambos lados de él, los soldados contienen el aliento con sobresalto. Alguien lanza una maldición.
El olor se lo revela antes de que lo vea. Son más. Muchos más. Es el olor de una manada entera de hambrientos, un puto tsunami de hambrientos. Demasiados como para contenerlos.
Así que la única opción consiste en ralentizarlos. Quitar impulso a su precipitada carga antes de que llegue a la verja.
—Apuntad a las piernas —grita el sargento—. Fuego automático. —Y luego—: ¡Fuego!
Los soldados obedecen. El violento repiqueteo de sus armas llena el aire. Los hambrientos caen y desaparecen pisoteados bajo otros hambrientos que los siguen. Pero son demasiados y están demasiado cerca. No van a poder detenerlos.
Entonces Parks ve otra cosa por detrás de la muralla móvil de muertos vivientes. Chatarreros. Embutidos en unas armaduras tan voluminosas que cada uno de ellos parece el muñeco de Michelin. Algunos de ellos llevan lanzas. Otros, unos artefactos que parecen picanas, con los que pinchan en el cuello o en la espalda a cualquier hambriento que se frene. Al menos dos de ellos llevan lanzallamas. Sus chorros de fuego, lanzados a derecha e izquierda de los hambrientos, les impiden desviarse demasiado del objetivo.
Que es la verja y la base que hay detrás.
En los flancos de la manada se mueven también dos excavadoras, con la palas orientadas oblicuamente. Cuando los hambrientos que se han extraviado hacia allí se acercan demasiado, no tienen más remedio que volver hacia la muchedumbre del centro o acabar aplastados bajo sus orugas.
No es una estampida. Es un arreo de ganado.
—¡Oh, Dios! —dice el soldado Alsop con voz estrangulada—. ¡Dios mío!
Parks pierde otro momento maravillándose ante la deslumbrante genialidad del asalto. Están usando los hambrientos como arietes, como armas de guerra. Se pregunta cómo habrán conseguido los chatarreros reunir a tantos y dónde los habrán tenido antes de iniciar esta marcha forzada, pero en realidad esto no es más que la logística. La idea de organizar algo así… solo se puede definir como extraordinaria.
—¡Apuntad a los vivos! —ruge—. ¡A los chatarreros! ¡Disparad a los chatarreros!
Pero sus hombres apenas han tenido tiempo de disparar un par de salvas desorganizadas cuando les grita que retrocedan, que se alejen de la verja.
Porque la verja va a ceder y entonces se encontrarán en medio de un océano de caníbales en descomposición.
Retroceden ordenadamente, sin dejar de disparar.
El tsunami los alcanza. Y ni siquiera se detiene. Los hambrientos embisten de frente la valla metálica y los puntales de hormigón que la sustentan. La estructura se inclina hacia delante, gime y chirría, pero parece aguantar. Las primeras filas de cadáveres ambulantes no logran avanzar.
Pero tras ellas llegan más y más hambrientos, que los empujan y suman su propio peso y su propio impulso al punto de impacto, a la endeble barricada de eslabones entrelazados de malla metálica.
Los propios soportes de hormigón comienzan a inclinarse peligrosamente. Cae un tramo de verja, repentinamente inutilizado, mientras uno de los soportes sale del suelo acompañado por un terrón hemisférico.
Docenas de muertos vivientes caen con él, y son pisoteados y hechos picadillo. Pero hay un suministro inagotable de ellos. Siguen adelante, pulverizando los restos de los caídos con unas piernas que se mueven como pistones.
Los hambrientos han entrado.