Melanie

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Justineau intenta levantarse. No es fácil porque tiene el estómago revuelto y los pulmones llenos de ácido, y el suelo bajo sus pies se bambolea como la cubierta de un barco. Se siente como si su cara fuese una máscara de hierro al rojo vivo, estirada al máximo sobre su cráneo.

A su alrededor se mueven rápidamente las cosas, sin más acompañamiento que una respiración entrecortada y un solitario chillido estrangulado. Ha estado ciega desde que Caldwell la roció con el aerosol de pimienta y aunque el torrente inicial de lágrimas le ha sacado ya la mayor parte de los ojos, sigue teniéndolos tan hinchados que le cuesta abrirlos. Ve formas borrosas que chocan unas con otras como los restos flotantes tras el paso de una riada.

Parpadea furiosamente, tratando de arrancar un poco más de humedad a sus secos lagrimales.

Dos de las formas cobran definición. Una de ellas es la de Selkirk que, tendida de costado sobre el suelo del laboratorio, sacude las piernas en un furioso staccato. La otra es un hambriento arrodillado a su lado, que está llenándose la boca a rebosar con las rosadas e hinchadas serpientes de sus intestinos.

Más hambrientos convergen desde todos lados hasta que Selkirk desaparece de su vista. Es como un tarro de miel para un enjambre de pútridas abejas. Lo último que ve Justineau de ella es su rostro inconsolable.

«¡Melanie! —piensa—. ¿Dónde está Melanie?».

La sala es un océano de cuerpos que se tambalean y manos que buscan. Justineau se aparta del atroz banquete y está a punto de tropezar con otro. Junto a la ventana de la sala, Caroline Caldwell lucha por su vida con silenciosa ferocidad. Dos hambrientos que han entrado arrastrándose sobre el alféizar, dejando trozos de su cuerpo en los bordes cortantes de cristal roto, la han agarrado por las piernas e intentan ascender hasta su cara. Sus mandíbulas se abren y cierran como las cucharas entrelazadas de una pala excavadora. Caldwell tiene las manos en su cabeza, como si estuviese dándoles su bendición, pero lo que realmente está haciendo es empujarlos con todas sus fuerzas, tratando desesperadamente de impedir que se inclinen hacia delante y le claven los dientes. Pero es una batalla que está perdiendo, milímetro a milímetro.

Justineau localiza el extintor donde lo dejó. Su brillante pintura roja la llama a gritos en medio de los anodinos blancos y grises del laboratorio. Lo recoge, gira sobre sí misma como una lanzadora de martillo y lo esgrime de arriba abajo. Con un repicar hueco y metálico, el extintor hace contacto con la cabeza de uno de los hambrientos, que se ladea hacia un costado con el cuello roto. Ni aun así suelta a Caldwell, pero al menos la mano derecha de esta queda libre, porque la criatura no puede utilizar las mandíbulas ahora que su columna ya no sustenta la cabeza.

Con una fuerza y una resolución fruto del terror puro, Caldwell utiliza la otra mano para agarrar un fino fragmento triangular de cristal que sigue adherido al marco de la ventana y arrancarlo de un tirón. Su propia sangre se le escurre entre los dedos al atacar al segundo hambriento con unas puñaladas que le arrancan a gruesas tiras la piel del cráneo.

Justineau la deja así. Ahora que tiene la ventana delante, puede orientarse. Se vuelve hacia la mesa de operaciones. Por increíble que pueda parecer, su campo de visión está despejado. La mayoría de los hambrientos están disputándose los restos de Jean Selkirk, lo que quiere decir que están a cuatro patas, con el hocico enterrado en el comedero.

La mesa de operaciones está vacía. Las correas de material plastificado que inmovilizaban a Melanie cuelgan ahora a los lados, limpiamente cortadas. El escalpelo que dejó Caldwell antes de usar el aerosol de pimienta yace abandonado en el extremo superior de la mesa.

Justineau mira en derredor con desesperación. Exhala un ruido similar a un gemido, que se pierde en medio de los viscosos sonidos del banquete de los monstruos. El caos de la sala ha cristalizado en simplicidad: el festín del que Selkirk es anfitriona; la lucha entre Caldwell y el hambriento que, a pesar de las puñaladas que recibe en la cara y los hombros, sigue tratando de alcanzarla a ciegas, hasta que finalmente se desploma, literalmente desollado.

Melanie no está.

Caldwell, una vez libre, está tratando de recoger todas sus notas y muestras con manos ensangrentadas, pero son demasiadas cosas y finalmente se le caen al suelo en estrepitosa cascada. El ruido es tan fuerte que llama la atención de los hambrientos que están devorando a Selkirk. Sus cabezas se alzan de sopetón y giran a derecha e izquierda en espeluznante sincronía.

Caldwell está apoyada sobre una rodilla, recogiendo sus caídos tesoros. Justineau la agarra por el cuello de la bata y la obliga a levantarse.

—¡Vamos! —grita.

O intenta hacerlo. Pero como antes tragó un poco de aerosol, su lengua ha triplicado su tamaño normal. Habla como Charles Laughton en El jorobado de Notre Dame. Da igual. Arrastra a Caldwell hacia la puerta como una madre con un niño obstinado, mientras los hambrientos se levantan y pisotean lo que queda de la doctora Selkirk en su afán por alcanzar esta nueva fuente de alimento.

Justineau les da con la puerta del laboratorio en las narices. No está cerrada con llave, pero eso es lo de menos. A los hambrientos se les dan tan bien las cerraduras como a los perros. La puerta se estremece bajo sus repetidos asaltos, pero no se abre.

Las mujeres se encuentran en un pasillo corto, que tiene la ducha en un extremo. Justineau se dirige hacia allí y hacia las puertas que hay más allá, que dejó abierta al entrar, pero frena y se detiene antes de llegar. En el espacio que separa el bloque de la nave de los vehículos está desarrollándose un tiroteo. Los hombres a los que ve agacharse, disparar y cubrirse tras la esquina del edificio más próximo no son los del sargento Parks, con esos uniformes caqui que siempre ha aborrecido. Son salvajes de aspecto variopinto, con el cabello ennegrecido y esculpido con brea y machetes bajo los cinturones.

Chatarreros.

De repente, ante los mismos ojos de Justineau, dos de ellos salen despedidos hacia atrás a una velocidad increíble. El destello y el rugido de la granada llegan medio segundo más tarde y el peristáltico estremecimiento de la onda expansiva, un instante después.

Caldwell señala otra puerta. Puede que diga algo, también, pero el furibundo carrillón que tiene Justineau en los oídos se traga todos los demás sonidos. La puerta está cerrada con llave. Caldwell rebusca en sus bolsillos y al hacerlo su bata blanca queda sembrada de trazos de oscura y rojiza sangre, que se entrelazan como curvas Bezier. Justineau ve que sus manos están en un estado lamentable, cubiertas de los profundos cortes y pliegues de carne que se ha hecho al sujetar el fragmento de cristal con el que se ha defendido.

Bolsillo tras bolsillo, Caldwell no encuentra la llave. Finalmente se abre la bata, rebusca en los del pantalón y allí está. Abre la puerta y se encuentran en un sitio que parece un almacén, con una docena o más de estanterías de grisáceo acero. Es un refugio.

Es una trampa. En cuanto Caldwell cierra la puerta desde dentro, Justineau se da cuenta de que no puede quedarse allí. Melanie vaga por allí fuera, en alguna parte, como Caperucita Roja en lo más profundo del bosque tenebroso, rodeada por hombres que disparan armas automáticas.

Tiene que encontrarla. Lo que significa que tiene que salir.

Caldwell se apoya en el costado de una de las estanterías, bien para recomponerse un poco o bien para replegarse a un espacio interior más soportable que este. Justineau la ignora mientras investiga la estrecha sala. No hay más puertas, pero sí una ventana, en lo alto de la pared. Da al lado del edificio que está más cerca del perímetro de la verja y más lejos de la batalla. Desde allí, tal vez podría llegar corriendo hasta el bloque del aula, donde Melanie habrá intentado refugiarse.

Se acerca a la estantería más próxima y tira al suelo las cajas, botellas, bolsas de vendas y rollos de papel de cocina que contiene. Caldwell observa en silencio cómo empuja la estantería hasta la ventana, con la intención de utilizarla como escalera.

—La van a matar —dice.

Pues guédese aguí —repone Justineau sin volver del todo la cabeza.

Pero cuando empieza a trepar, Caldwell sujeta la estantería con sus desolladas manos y luego la sigue, con un pequeño jadeo de dolor cada vez que tiene que agarrar el frío metal de la estantería.

La ventana tiene un pestillo. Justineau lo quita y la abre un par de centímetros. Fuera solo se ve un trecho de hierba inmaculada. La distancia amortigua los gritos y disparos.

Abre la ventana del todo, se encarama a ella y se deja caer sobre la hierba. Aún la cubre el rocío de la mañana, que le hiela los tobillos. La cotidianidad de la sensación es como un telegrama llegado desde el otro lado del mundo.

A Caldwell le cuesta más salir, porque está tratando de no apoyarse sobre sus lastimadas manos. Cae pesadamente, incapaz de mantener el equilibrio, y choca de bruces contra la hierba. Justineau la ayuda a incorporarse, aunque sin demasiada delicadeza.

Desde la esquina, su campo de visión alcanza hasta el bloque del aula y los barracones propiamente dichos, al otro lado del campo de prácticas. Hay hambrientos por todas partes, corriendo como locos en grupos apelotonados. Justineau cree que corren aleatoriamente, pero entonces ve a los chatarreros pastores, con sus extrañas armaduras, que los empujan con lanzas, picanas y el siempre fiable fuego.

Su mente racional repara en que los chatarreros están recubiertos de brea. No solo en el pelo, sino también la piel de los brazos y las manos y las costuras de sus chalecos de kevlar. Debe de ser como lo que hace su inhibidor químico, enmascarar el olor de su sudor endocrino para que los hambrientos no se den la vuelta y avancen nadando por ese gradiente químico hasta llegar a las gargantas de sus torturadores.

Pero el pensamiento que domina cualquier otro es: «¡Los hambrientos usados como armas químicas!». Ganen o pierdan, la base está acabada.

—Voy a intentar llegar al bloque del aula —dice a Caldwell—. Le recomendaría esperar unos segundos y dirigirse a la verja. Al menos algunos de ellos estarán mirando en otra dirección.

—El bloque del aula está bajo tierra —le espeta Caldwell—. Solo tiene una entrada. Estará atrapada.

Vaya par de científicas están hechas. Recopilando hechos conocidos para formar conclusiones válidas. Mentes analíticas que se niegan a rendirse incluso en medio de semejante pesadilla.

Justineau no se molesta en responder. Sin más, echa a correr. Ha trazado una trayectoria en su cabeza y se ciñe a ella, aunque manteniéndose a una prudente distancia de la jauría de hambrientos más cercana, que corre hacia los barracones. Los chatarreros que los empujan están demasiado ocupados con lo que están haciendo como para prestarle atención.

Y sus camaradas, que vienen tras ellos, reciben fuego desde los dos lados, porque los hombres de Parks conocen mejor el terreno y convierten en campos de tiro los espacios abiertos que separan las cabañas de madera.

Pero Justineau tiene que desviarse para esquivar a tres soldados que corren hacia ella, fusil en mano, y está a punto de toparse de bruces con otra estampida de hambrientos. Cambia de sentido, zigzaguea y solo se da cuenta de que se ha perdido cuando, al doblar otra esquina, se encuentra cara a cara con una docena de hombres con el pelo de punta y los miembros recubiertos por una negra, brillante y aún líquida brea, que disparan desde detrás de una barricada improvisada hecha con contenedores volcados.

Los chatarreros se vuelven y la ven. La mayoría de ellos no le prestan atención y siguen disparando, pero dos se levantan inmediatamente y se acercan a ella. Uno desenvaina un cuchillo y lo esgrime. El otro se limita a apuntarla con el arma que lleva.

Justineau se queda paralizada. Contra un arma de fuego no tiene sentido echar a correr en sentido contrario y cuando trata de encontrar otra solución, un frío torrente de nada inunda su mente.

El hombre del cuchillo la derriba de un barrido y Justineau cae de bruces al suelo. El chatarrero la agarra por una de las mangas de la camisa, tira de ella hacia arriba y se la acerca al otro, como si estuviese ofreciéndole un regalo.

—Hazlo —dice.

Justineau alza la cabeza. Normalmente no se debe mirar a los ojos a un animal salvaje, pero si tiene que morir prefiere hacerlo diciéndole que se vaya a tomar por saco y, de ser posible, en términos muy explícitos.

Sus ojos se encuentran con los del que lleva el arma de fuego. Y comprueba, con un acceso de sorpresa casi surrealista, lo joven que es. Aún adolescente, posiblemente. El muchacho aparta el cañón de su arma de la cabeza de Justineau y le apunta al pecho, tal vez porque no quiere volver a casa llevando en la galería de sus sueños la explosión de la cabeza de una mujer.

Hay algo ritual en todo ello, en el modo en que la sujeta el primero esperando a que el otro acabe con ella. Es un ritual iniciático, un momento de comunión, quizá, entre padre e hijo.

El joven se prepara.

Y entonces desaparece. Derribado. Algo oscuro y subliminalmente veloz ha caído como un latigazo sobre él y se lo lleva consigo. Se retuerce sobre el asfalto, luchando contra un enemigo que, a pesar de su pequeño tamaño, bufa, maúlla y araña como un saco entero de gatos enfurecidos.

Es Melanie. Y no parece dispuesta a tomar prisioneros.

El hombre —o niño, más bien— suelta un chillido que se transforma en un gorgoteo líquido cuando las mandíbulas de la niña se cierran sobre su garganta.

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