Melanie
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Es la primera vez que prueba la sangre y la carne tibia, y la impresión es tan intensa que casi le provoca un desfallecimiento. Jamás había experimentado algo tan gozoso. ¡Ni siquiera cuando la señorita Justineau le acarició el pelo! El torrente de placer es más grande que ella. La parte de su mente que es capaz de pensar se pliega bajo ese torrente, sacudida violentamente, y se aferra a lo que puede para no verse arrastrada.
Trata de recordarse a sí misma lo que está en juego. Ha atacado al hombre porque iba a hacer daño a la señorita Justineau, no por el irresistible olor de la carne fresca: de hecho, ni lo había captado hasta que ha estado a horcajadas sobre él y lo ha mordido antes incluso de pensar en ello. Su cuerpo no necesitaba permiso y no estaba en condiciones de esperar. Muerde, desgarra, mastica y traga mientras las sensaciones la inundan y la zarandean como si fuesen una cascada y ella una copa situada debajo.
Algo la golpea con fuerza y la separa de su presa, de su alimento. Hay un hombre a su lado, inclinado sobre ella, con un cuchillo listo en la mano. La señorita Justineau se abalanza sobre él por detrás y la emprende a puñetazos contra su cabeza. El hombre tiene que volverse para defenderse y Melanie consigue agarrarlo por las piernas. Se enrosca a su cuerpo sin esfuerzo y utiliza sus fuertes brazos para ascender, aferrada a él como una lapa.
El hombre profiere incoherentes maldiciones mientras la golpea frenéticamente con los puños. Melanie siente los golpes, pero no le importa. Encuentra el punto donde la pierna se une al cuerpo, empujada por un impulso tan profundo que ni sabe de dónde sale. Clava los dientes y aprieta las mandíbulas hasta que mana la sangre espesa y le rebosa en la boca. Sabía que iba a ser así. Ha sentido el canto de la arteria a través de los pliegues de carne y tela.
El grito del hombre es un sonido aterrador, agudo y tembloroso. A Melanie le resulta aborrecible. ¡Pero, en cambio, el sabor…! El muslo desgarrado se convierte en una fuente, como si la carne cruda fuese un jardín mágico, un paisaje escondido que no hubiera vislumbrado jamás.
Hasta que es demasiado. Ni su estómago ni su mente son lo bastante grandes. El mundo entero no es lo bastante grande. Aturdida de deleite, embargada por una saciedad que le funde los músculos y los pensamientos, esta vez no se resiste al sentir que unas manos la apartan del cuerpo y la levantan.
Bajo la peste de los productos químicos la alcanza la fragancia de la señorita Justineau, conocida, bienvenida y maravillosa. Pegada a su pecho, emite un ronroneo de satisfacción. Solo quiere hacerse un ovillo para dormir allí, como un animal en su madriguera.
Pero no puede dormir, porque la señorita Justineau ha echado a correr. Cada una de sus zancadas zarandea a Melanie. Y la sensación de saciedad no dura demasiado. Su abotargada voracidad recobra rápidamente las fuerzas y comienza a aguijonear los lindes de su mente con ansiosas intimidaciones. La fragancia ya ha empezado a cobrar otro significado, algo que la urge a alimentarse de nuevo. Se vuelve y se retuerce en unos brazos demasiado débiles para contenerla, mientras empuja con la cabeza la axila de la señorita J y abre la boca para morder de nuevo.
Pero ¡no puede, no debe, no puede! Es la señorita Justineau, que la quiere. Que la salvó de la mesa y de la fina y aterradora navaja. Melanie no puede impedir que sus mandíbulas se cierren, pero en el último momento echa la cabeza hacia atrás, de manera que solo atrapan aire en lugar de carne.
Un gruñido se forma en su interior, en el mismo sitio que hace apenas un momento maullaba como un gatito.
tiene que
no debe
tiene que
Está luchando contra un animal salvaje y ese animal salvaje es ella.
Así que sabe que va a perder.