Melanie
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Melanie va la primera, seguida por el sargento Parks, que lleva a la señorita Justineau sobre el hombro izquierdo. Su brazo derecho, fláccido como un peso muerto, se balancea ligeramente al compás de sus zancadas. Parece que no es capaz de moverlo.
La señorita Justineau está inconsciente, pero aún respira, de eso no hay duda. Y no parece que la hayan mordido.
Los niños están recuperando el valor, poquito a poco. Aún no se atreven a atacar, pero de vez en cuando salen piedras de la oscuridad y golpean el suelo a los pies de Melanie. Ella sigue caminando al mismo paso, lo mismo que el sargento Parks. La niña cree que si echan a correr, los niños los perseguirán. Y tendrán que pelear otra vez.
Finalmente, al doblar una esquina, se encuentran frente a Rosie. Melanie aprieta un poco el paso para llegar la primera y abrir la puerta. El sargento Parks cruza el umbral con paso tambaleante y cae de rodillas. Con la ayuda de Melanie baja a la señorita Justineau al suelo. Está agotado, pero la niña no puede dejarlo descansar aún.
—Lo siento, sargento —le dice mientras cierra la puerta de una patada—. Aún tenemos que hacer otra cosa.
El sargento Parks, con un ademán de la mano izquierda, señala la herida desgarrada de su hombro. Su rostro ha empalidecido y los ojos ya están empezando a enrojecer en los bordes.
—Tengo… que salir de aquí —jadea—. No…
—Los lanzallamas, sargento —lo interrumpe Melanie con urgencia—. Le dijo a la señorita Justineau que había lanzallamas. ¿Dónde están?
Al principio, el sargento no parece entender lo que pretende. La mira a los ojos un momento, con la respiración entrecortada.
—¿El muro? —se aventura—. ¿La… materia fúngica?
—Sí.
El sargento se pone en pie y camina tambaleándose hasta los puestos de armas de popa.
—Hay que encender el generador —le dice.
—Lo hice antes de ir a buscarlos.
El sargento se limpia la cara con el dorso de la mano.
—Vale. Vale —dice con un susurro. Señala dos interruptores—. Encendido. Alimentador. Activas el encendido, levantas la tapa del alimentador y disparas. El chorro sigue inflamado hasta que sueltas este regulador.
Melanie se sube a la plataforma. Puede llegar a los controles, pero no es lo bastante alta como para alcanzar la mira, ni tan siquiera para asomarse sobre el borde inferior del parapeto. El sargento se da cuenta de que no va a poder hacerlo sola.
—Vale —dice de nuevo, rendido por el dolor y el agotamiento.
Melanie baja y él la reemplaza, aunque tropieza y está a punto de caerse de la plataforma. Disparar el lanzallamas con una mano inutilizada parece mucho más difícil que cuando lo explicó. Melanie lo ayuda con los botones mientras él se encarga del arma propiamente dicha.
La torreta gira con un sistema de servos, que sigue el movimiento del cañón del arma, así que al menos esto no entraña dificultad. El sargento apunta a la masa grisácea del bosque de hongos. Es imposible que no la alcance, porque ocupa la mitad del horizonte.
—¿En cualquier parte? —le pregunta.
Habla con voz lenta y pastosa, como era la del señor Whitaker.
—En cualquier parte —confirma Melanie.
—Niña, esa cosa se extiende durante kilómetros. No… no va a penetrar. Hasta el final no. No podrá abrir brecha.
—Ni falta que hace —dice Melanie—. El fuego se propagará.
—Joder, eso espero.
Parks se apoya en el cañón para apuntar y aprieta el gatillo. Un chorro de fuego atraviesa el aire, en horizontal al principio aunque inclinado hacia abajo al final del arco, y siega la masa gris como una espada de veinte metros de longitud.
Los filamentos que se encuentran en la trayectoria de las llamas simplemente desaparecen. Pero en los extremos, el resto prende y el fuego se propaga. Y lo hace tan deprisa que no les da tiempo a seguirlo con la mirada. La manta fúngica está tan reseca como la yesca. Es como si quisiera arder. Ahora, a la luz de las feroces llamas, se pueden ver algunos de los troncos más cercanos, sombras de bordes rectos que se desplazan violentamente al propagarse el corazón del incendio como un animal salvaje. Como contienen más humedad que los filamentos, humean y escupen chispas durante mucho tiempo, antes de prender a su vez y pasar de ser sombra a convertirse en unas luces tan intensas que duele mirarlas.
Al cabo de un minuto, Melanie toca al sargento en el brazo.
—Con eso será suficiente —dice.
El sargento suelta el gatillo con alivio. La espada flamígera no tarda más de un segundo en retraerse al interior del cañón del lanzallamas.
El sargento baja de la plataforma con paso tembloroso.
—Tienes que dejarme salir —murmura—. Empiezo a ser un peligro. Me… siento como si se me estuviera abriendo la puta cabeza. Por el amor de Dios, niña, abre la puerta.
Parece incapaz de encontrarla solo. Se vuelve en una dirección y luego en otra, parpadeando, con los ojos inyectados en sangre y el rostro encogido como si le hiciese daño la luz. Melanie lo coge de la mano ilesa y lo lleva hasta la puerta.
La señorita Justineau se ha sentado, pero no parece reparar en su presencia cuando pasan a su lado. Hay un charco de vómito a sus pies y tiene la cabeza entre las rodillas.
Melanie se detiene para darle un beso muy suave en lo alto de la cabeza.
—Ahora vuelvo —dice—. Me ocuparé de usted.
La señorita Justineau no responde.
El sargento tiene una mano en la manija de la compuerta exterior, pero Melanie se la sujeta con delicadeza, tratando de no hacerle daño, para que no la abra.
—Tenemos que esperar —le explica.
Activa la esclusa siguiendo las instrucciones que hay en la pared, junto a los controles. El sargento Parks la observa, estupefacto. Cuando la luz roja se convierte en verde, Melanie abre la compuerta.
Al salir se encuentran con una neblina tan fina que es como si alguien hubiera cubierto el mundo con una cortina de encaje. El aire huele igual que siempre, pero sienten algo parecido a una fina arenilla en la boca. Melanie no hace más que pasarse la lengua por los labios para quitarse una capa de algo parecido a la escarcha que se deposita sobre ellos y ve que Parks hace lo propio.
—¿Hay algún sitio donde pueda sentarme? —pregunta el sargento.
Parpadea constantemente y le acaba de salir una lágrima roja del ojo.
Melanie coge un cubo de plástico negro con ruedas y lo vuelca. Ayuda a Parks a sentarse sobre él. Se sienta a su lado.
—¿Qué hemos hecho?
La voz del sargento es ronca y mira a su alrededor con gesto de urgencia, como si hubiera perdido algo pero no recordase lo que es.
—¿Qué hemos hecho, niña?
—Quemar la materia gris. Quemarla toda.
—Eso —dice Parks—. ¿Helen… está…?
—La ha salvado —lo tranquiliza Melanie—. La ha llevado dentro y ahora está a salvo. No la han mordido ni nada. La ha salvado, sargento.
—Bien —dice este.
Pasan un rato en silencio.
—Oye —dice al fin—. ¿Podrías…? Oye, niña, ¿podrías hacerme un favor?
—¿De qué se trata? —pregunta Melanie.
El sargento desenfunda la pistola. Tiene que extender el brazo izquierdo sobre el cuerpo para poder hacerlo. Saca el cargador vacío y busca a tientas en su cinturón hasta encontrar uno entero, que introduce en el arma. Le enseña a Melanie dónde poner los dedos y cómo quitar el seguro. Mete una bala en la recámara.
—Quiero… —dice.
Y vuelve a callarse.
—¿Qué quiere? —le pregunta Melanie.
Empuña la enorme arma con sus diminutas manos, porque en realidad ya sabe cuál es la respuesta. Pero tiene que decírselo él para que esté segura de que es eso.
—Los conozco lo bastante como para saber… que no quiero eso —dice el sargento—. O sea… —Traga saliva ruidosamente—. No quiero acabar así. No te ofendas.
—No me ofendo, sargento.
—No puedo disparar con la mano izquierda. Lo siento. Sé que es mucho pedir.
—No pasa nada.
—Si pudiera hacerlo con la izquierda…
—No se preocupe, sargento. Yo lo haré. No lo dejaré solo hasta que acabemos.
Permanecen allí sentados, juntos, mientras amanece y el cielo se va iluminando a pasitos tan cortos que no hay forma de saber cuándo acaba la noche y cuándo comienza el día.
—¿Lo hemos quemado? —pregunta el sargento.
—Sí.
Parks suspira. El sonido arrastra una líquida resaca.
—Mierda —rezonga—. Esto que hay en el aire… es el hongo, ¿verdad? ¿Qué hemos hecho, niña? Dímelo, porque si no te quito el arma y te mando a la cama.
Melanie se resigna. Preferiría no cargarlo con esto mientras agoniza, pero no le va a mentir después de que le haya pedido la verdad.
—Hay unas vainas —dice señalando el sitio donde continúa ardiendo el muro fúngico—. Ahí dentro. Vainas llenas de semillas. Según la doctora Caldwell, esta es la forma madura del hongo y las vainas deben abrirse y soltar las semillas para que se las lleve el viento. Pero las vainas son muy duras y no se abren solas. La doctora Caldwell dijo que necesitaban que algo les diese un empujoncito. Lo llamó un desencadenante ambiental. Y me acordé de unos árboles de la jungla tropical que necesitan que haya incendios para que crezcan las semillas. Tenía una fotografía de ellos en la pared de mi celda, en la base.
Parks enmudece de horror ante lo que acaba de hacer. Melanie le acaricia la mano, contrita.
—Por eso no quería decírselo —dice—. Sabía que le haría entristecer.
—Pero…
Parks sacude la cabeza. Por mucho que le haya costado a ella contarlo, más le cuesta a él comprenderlo. Melanie se da cuenta de que le cuesta hasta formar las palabras. El Ophiocordyceps está demoliendo las partes de su mente que no necesita y cada vez dispone de menos recursos para pensar. Finalmente, lo único que puede decir es:
—¿Por qué?
Por la guerra, le explica Melanie. Y por los niños. Los niños como ella, la segunda generación. No hay cura para la plaga de los hambrientos, pero al final la plaga se convierte en su propia cura. Es algo terrible para la gente que la contrae primero, pero los niños se pondrán bien y serán ellos los que vivan, crezcan, tengan sus propios hijos y levanten el nuevo mundo.
—Pero solo si ustedes se lo permiten —termina Melanie—. Si siguen disparándoles, cortándolos en pedazos y tirándolos en pozos, no quedará nadie para levantar el nuevo mundo. Los chatarreros y ustedes se matarán entre sí y ambos matarán a los hambrientos allá donde los encuentren, y al final el mundo quedará desierto. Así es mejor. Todo el mundo se convierte en hambriento a la vez, lo que quiere decir que morirán todos, cosa que es una pena. Pero entonces crecerán los niños y no serán como la gente de antes, pero tampoco como los hambrientos. Serán distintos. Como yo y los demás niños de la clase.
»Serán las nuevas personas. Las que arreglen las cosas.
No sabe cuánto de lo que ha dicho ha oído el sargento. Sus movimientos están cambiando. Su rostro tan pronto queda flácido como se crispa, y sus manos se agitan bruscamente, como las de un títere mal controlado. Murmura «vale» varias veces y Melanie piensa que igual esto significa que entiende lo que le ha dicho. Que lo acepta. O puede que solo signifique que se acuerda de que ella está hablándole y quiere hacerle saber que aún la está escuchando.
—Era rubia —dice el sargento de repente.
—¿Cómo?
—Marie. Era… rubia. Como tú. Así que si hubiéramos tenido una hija…
Sus manos orbitan la una alrededor de la otra, en busca de un concepto que las elude. Al cabo de un rato se queda muy quieto, pero entonces el canto de un pájaro posado en un cable eléctrico hace que se incorpore repentinamente y gire la cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha, en busca del origen del sonido.
Melanie aprieta el gatillo. El proyectil de cabeza blanda entra en la cabeza del sargento y no vuelve a salir.