Melanie
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Rodean el borde de Shefford y cruzan campo a través hasta llegar al arroyo del que hablaba el sargento Parks, que no es más que un tramo poco profundo del río Flit. Llenan una docena de bidones de cuarenta y cinco litros y los cargan en los compartimientos que tiene el Humvee a tal efecto.
Mientras están allí, Justineau se quita el suéter y lo lava en la viva corriente, lo estruja contra una roca y vuelve a lavarlo. Poco a poco, la sangre va desprendiéndose de las fibras y se disipa en las turbulencias formando arremolinadas nubes de color óxido. Lo cuelga de la antena de radio del Humvee para que se seque. Pesa tanto que la antena se dobla hasta quedarse casi en horizontal.
Melanie usa el agua del río para quitarse el gel azulado del cuerpo. Su olor le recuerda al laboratorio, le explica a Justineau, y además la hace sentir muy tonta.
Desde el río se dirigen a unas coordenadas que Parks saca de un archivo de su teléfono móvil. Van en busca de uno de los depósitos de suministros que prepararon cuando estaban levantando la base para facilitar una eventual retirada a Beacon, en caso de una emergencia como la que se acaba de producir. El depósito contiene provisiones, armas, municiones, suministros médicos, tubos de gel inhibidor, pastillas potabilizadoras, mapas, equipos de comunicación, mantas superlivianas… todo lo que pueden necesitar. Al menos en teoría, porque ahora, donde tendría que estar no hay más que un agujero en el suelo. Lo han encontrado los chatarreros o algún otro grupo. El mejor escenario: no han sido los únicos que lograron escapar de la base y los demás supervivientes se les han adelantado. Pero el sargento Parks no lo cree así, porque no habrían tenido tiempo de excavar hasta llegar al depósito y sacar todo el material antes de su llegada. Lo más probable es que se lo hayan llevado hace tiempo.
Así que cuentan solo con lo que hay en el vehículo. Por tanto aprovechan para hacer inventario. Abren todos los compartimientos del interior para ver cuáles están llenos y cuáles vacíos. Según el reglamento, les explica Parks, todos deberían estar llenos. Deja en el aire el resto de la idea: al cabo de tantos años sobre el terreno, los reglamentos no cuentan demasiado.
Hay noticias buenas y malas. El Humvee tiene un botiquín bien surtido y un compartimiento de armas intacto. Sin embargo, el depósito de provisiones solo está a un cuarto de su capacidad. Entre los cinco tienen comida suficiente para un par de días, como mucho. También hay dos mochilas, cinco cantimploras y una pistola de señales con siete bengalas.
Pero probablemente la noticia más preocupante de todas sea que solo tienen tres tubos de gel inhibidor para todos, uno de los cuales ya está empezado.
Justineau vuelve a luchar contra un impulso humanitario y pierde. Saca el botiquín y señala las manos de Caldwell con un gesto de cabeza.
—Convendría vendárselas —dice—. Salvo que tenga algo mejor que hacer.
Las heridas que tiene Caldwell en las manos son muy graves. Los cortes llegan hasta el hueso. La carne de las palmas cuelga en pliegues desgarrados y parcialmente rebanados, como si fuese un asado dominical que alguien ha atacado con torpeza. La piel que rodea esas zonas está hinchada y enrojecida. La sangre que se ha secado sobre ellas es de color negro.
Justineau lava las heridas lo mejor que puede con el agua de una cantimplora. Caldwell no grita, pero permanece temblorosa y muy pálida mientras Justineau limpia cuidadosamente la sangre seca con algodón. Las heridas vuelven a abrirse, pero Justineau cree que es un buen indicio. En medio de la nada las infecciones son una posibilidad muy real y la sangre sirve, entre otras cosas, para llevarse los gérmenes de la superficie de las heridas.
A continuación las desinfecta. Caldwell se queja la primera vez que el líquido astringente le muerde la carne expuesta. Se le llena la frente de perlas de sudor y se muerde el labio inferior para no gritar.
Justineau le cubre las dos manos con unos vendajes que, aunque protegen todas las zonas heridas, le dejan los dedos libres para moverlos cuanto quiera. Recibió un curso de primeros auxilios hace un par de años, así que sabe lo que se hace. Es un buen trabajo, digno de un profesional.
—Gracias —le dice Caldwell cuando termina.
Justineau se encoge de hombros. Lo último que quiere es la amabilidad de aquella mujer. Y Caldwell parece darse cuenta, porque no va más allá.
—Suban todas —dice Parks mientras Gallagher entra y cierra de un portazo—. Hay que ponerse en marcha.
—Deme un minuto —dice Justineau.
Quita el suéter de la antena y lo inspecciona. Aún tiene algunas manchas, pero está prácticamente seco. Ayuda a Melanie a ponérselo.
—¿Pica mucho? —pregunta.
Melanie sacude la cabeza y responde con una sonrisa débil pero sincera.
—Es muy suave —dice—. Y calentito. Gracias, señorita Justineau.
—No hay de qué, Melanie. ¿Y… huele bien?
—No huele a sangre. Ni a usted. No huele a nada.
—Entonces supongo que de momento nos valdrá —dice Justineau—. Hasta que encontremos algo mejor.
Parks ha estado esperando todo este tiempo, sin molestarse siquiera en aparentar paciencia. Justineau se sube al Humvee tras despedirse de Melanie con el brazo. En cuanto cierra la puerta, la niña se encarama al techo del vehículo y se pone cómoda detrás de la tapa del arma, donde se agarra con fuerza cuando el Humvee comienza a rodar.
Vuelven por donde habían venido, en dirección este, hacia la vieja intersección norte-sur de la A1. Van despacio para no castigar más el eje trasero. Y sortean cuidadosamente todas las poblaciones. La concentración de hambrientos es siempre mayor en las zonas urbanas, dice Parks, y el ruido del Humvee los atraería. Pero a pesar de todo, avanzan a buen ritmo.
Durante unos ocho kilómetros.
Entonces el Humvee se estremece y corcovea como un bote en un mar embravecido y los desmonta de sus asientos. Caldwell, en un acto reflejo, se apoya en las manos y lanza un aullido angustiado. Encoge el cuerpo alrededor de ellas y se las aprieta contra el pecho.
Hay una solitaria y estremecedora sacudida y a continuación el Humvee comienza a agitarse de otra manera, intensa y agonizante. Un aullido similar a una sirena de ataque aéreo taladra el aire. El eje ha fallado y el vehículo resbala sobre el asfalto arrastrando la parte trasera.
Parks pisa a fondo los frenos hasta que paran en seco. El vehículo derrapa de lado y se detiene sobre la carretera con un suspiro hidráulico que, más que mecánico, parece la exhalación de un animal agonizante.
Parks también suspira. Hace acopio de fuerzas.
Hasta ahora, Justineau nunca ha sentido por el sargento otra cosa que resentimiento y sospecha, o incluso odio genuino cuando dejó a Melanie en manos de Caldwell, pero en este momento lo admira. La pérdida del Humvee es un golpe devastador, pero él ni siquiera derrocha un segundo con maldiciones.
Y no deja que los demás lo hagan. Los saca del detenido transporte. Lo primero que hace Justineau es comprobar qué ha sido de Melanie, que ha logrado mantenerse sujeta a pesar de las sacudidas y zarandeos. Le coge la mano un instante y se la aprieta.
—Cambio de planes —dice.
Melanie asiente. Lo comprende. Sin que nadie se lo pida, desmonta y toma cierta distancia, como ya hizo donde el depósito.
El sargento Parks abre el maletero, coge una de las mochilas y le da la otra a Gallagher. Necesitarán toda el agua que puedan llevar, pero es imposible transportar los enormes bidones. Cada uno de ellos coge una cantimplora y la llena. Parks se queda con la quinta (la posibilidad de dársela a Melanie ni siquiera se menciona). Todos salvo Melanie toman un largo trago de agua del bidón medio vacío, hasta que tienen la barriga tan llena que resulta incómodo. Cuando el bidón está casi vacío, Parks se lo ofrece a Melanie para que se lo termine, pero ella no ha probado el agua en toda su vida. Su cuerpo está acostumbrado a extraer la poca humedad que necesita de la carne fresca. La mera idea de meterse agua en la boca le hace arrugar el semblante y retroceder un paso.
Cada uno de ellos coge un cuchillo y una pistola y se los ciñen, con su vaina y su pistolera, al cinturón. Los soldados cogen fusiles además, y Parks se lleva también dos puñados de granadas que parecen extrañas frutas de color negro. Las granadas tienen la cara lisa y no esculpida con rombos, como las que ha visto Justineau en las películas de guerra antiguas. Tras pensarlo un momento, Parks coge también la pistola de señales, que se guarda en la mochila, y un par de walkie-talkies que hay bajo el salpicadero del Humvee. Le da uno a Gallagher y se cuelga el otro del cinturón.
A las mochilas van también sus escasas provisiones, divididas de manera equitativa entre todos. Justineau se lleva el botiquín, a pesar de que es muy voluminoso. Es muy probable que vayan a necesitarlo.
Trabajan con febril celeridad, a pesar de que el sol aún está muy alto y en la comarcal donde se han detenido no se oye otra cosa que los cantos de los pájaros. Reciben instrucciones de Parks, que las imparte con rostro grave y tono de urgencia, con monosílabos, como para espolearlos.
—Muy bien —dice al fin—. Estamos listos. ¿Todo el mundo está preparado para partir?
Asienten uno por uno. Están empezando a comprender que un viaje que podría completarse en media jornada por buenas carreteras se acaba de convertir en una caminata de cuatro o cinco días por terra incognita, y Justineau supone que la idea es tan difícil de asimilar para todos los demás como para ella. La trajeron a la base en helicóptero, directamente desde Beacon, y antes de eso llevaba viviendo tanto tiempo en la ciudad que esta se había convertido en su statu quo. Los recuerdos de tiempos anteriores del Colapso, cuando el mundo fue invadido por monstruos idénticos a sus seres queridos, y los supervivientes huyeron corriendo en busca de un escondrijo, como los ratones cuando despierta el gato, llevan reprimidos tanto tiempo y a tal profundidad que ya no son ni recuerdos, solo recuerdos de recuerdos.
Y ese es el mundo que van a tener que atravesar ahora. Su hogar está a más de cien kilómetros de distancia. Cien kilómetros por la verde y agradable campiña inglesa, inundada de hambrientos y tan segura como una pista de baile sembrada de minas. Una perspectiva más que inquietante, aun en el caso de que eso fuese todo.
Pero la expresión del sargento Parks revela, incluso antes de que hable, que no es así.
—¿Sigue decidida a no dejar suelta a la niña?
—Sí.
—Pues entonces voy a poner algunas condiciones.
Se dirige a un costado del Humvee. Hay un compartimiento allí que nadie ha abierto aún. Contiene el equipo especializado que Parks y sus hombres usaban en su día, cuando peinaron Herts, Beds y Bucks en busca de los hambrientos con funciones cerebrales superiores que tanto deseaba Caroline Caldwell. Arneses de sujeción, esposas, bastones eléctricos, postes telescópicos con collares en un extremo…; un arsenal entero de herramientas concebidas para capturar con vida animales peligrosos sin apenas riesgo para los cazadores.
—No —dice Justineau con la garganta seca.
Pero Melanie, al ver este sucio instrumental, responde que sí con la misma rapidez y firmeza. Mira a Parks a los ojos, y lo estudia con algo que podría ser aprobación.
—Es una buena idea —dice—. Para asegurarnos de que no puedo hacerle daño a nadie.
—No —dice Parks—. La buena idea sería algo totalmente distinto. Esta es solo la mejor de las ideas posibles.
Justineau no tiene duda alguna sobre el significado de sus palabras. Lo que a él le gustaría es meterle una bala en la cabeza y dejarla tirada en la cuneta. Pero como las civiles se han unido contra él por razones distintas, y quieren que Melanie siga siendo miembro del grupo, lo acepta a regañadientes.
Los dos soldados esposan a Melanie con las manos a la espalda. A continuación le cubren la mitad inferior de la cara con una máscara que parece un bozal de perro o una mordaza de castigo medieval. Está hecha para un adulto, pero es totalmente ajustable y la aprietan al máximo.
Cuando empiezan a ponerle una correa alrededor de los tobillos, que le permitirá caminar pero no correr, Justineau interviene.
—De eso nada —les espeta—. ¿Tengo que recordarles que no solo huimos de los hambrientos, sino también de los chatarreros? Una cosa es asegurarse de que no puede morder. Lo de que no pueda correr es algo muy distinto. Sería como asesinarla sin desperdiciar una bala.
Cosa que, evidentemente, al sargento no le importaría nada. Pero después de pensarlo un momento asiente con un lacónico movimiento de la cabeza.
—Sigue usted usando la palabra «asesinar» al hablar de los sujetos de experimentación, Helen —dice Caldwell, tan didáctica como siempre—. Ya se lo he explicado antes. En la mayoría de los casos, las funciones cerebrales cesan a las pocas horas de la infección, lo que constituye la definición clínica de la muerte desde nuestro punto de…
Justineau se vuelve y le propina un puñetazo en la cara.
Es un golpe fuerte y el impacto, que le recorre el brazo entero hasta el codo, es mucho más doloroso de lo que esperaba.
Caldwell se tambalea y está a punto de caer. Retrocede un paso, y después dos, agitando los brazos para no perder el equilibrio. Luego se queda mirando a Justineau, totalmente estupefacta. Justineau le devuelve la mirada mientras se acaricia la mano con la que la ha golpeado. Pero si es necesario le queda otra y, claro, ya es una más de las que puede usar Caldwell en ese momento.
—Siga hablando —la invita— y le arrancaré los dientes de la boca uno a uno.
Los dos soldados asisten al enfrentamiento con interés pero con imparcialidad. Está claro que no tienen preferencias.
Melanie también lo contempla todo, boquiabierta y con los ojos como platos. Poco a poco, la furia va abandonando a Justineau, reemplazada por una oleada de vergüenza ante su falta de autocontrol. Siente que se le sube toda la sangre a la cabeza.
Caldwell también tiene sangre en la cabeza. Un reguero que le cae desde el labio y que recoge con la lengua.
—Son ustedes testigos —dice a Parks y Gallagher con voz tensa—. Ha sido un ataque sin provocación.
—Lo hemos visto —le confirma Parks, con tono seco—. Estoy impaciente por volver a un sitio en el que eso importe algo. Bueno, ¿hemos terminado? ¿Alguien quiere dar algún discurso? ¿No? Pues entonces en marcha.
Echan a andar por la carretera en dirección este, dejando el Humvee parado y en silencio. Caldwell permanece unos segundos allí antes de sumarse al éxodo. Es evidente que le cuesta creer que el ataque contra su persona haya suscitado tan poco interés. Pero es pragmática. Se adapta a las malas noticias.
Justineau se pregunta si deberían haber empujado el Humvee hasta uno de los campos cercanos para tratar de ocultar su rastro, pero supone que con el eje roto y la parte posterior del vehículo en el suelo, sería demasiado pesado como para moverlo. Y quemarlo habría sido mucho peor, claro, como lanzar una bengala para informar al enemigo de su posición exacta.
Ya hay enemigos de sobra esperándolos ahí fuera, sin necesidad de hacer algo así.