Melanie

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Melanie va construyendo el mundo a su alrededor a medida que avanza.

Marchan por una campiña rodeada de campos de cultivo por todos los lados. Campos rectangulares, sobre todo, o al menos delimitados por líneas rectas. Pero están cubiertos por una maleza casi tan alta como un hombre adulto, que devoró sus cultivos hace mucho. Donde los campos se encuentran con la carretera, hay setos asilvestrados o restos de muros y la superficie por la que caminan es una alfombra de un negro difuminado sembrada de agujeros, algunos de ellos tan grandes que cabe una persona dentro.

Un paisaje de decadencia, pero aun así dotado de una belleza gloriosa y desgarradora. Sobre sus cabezas, el cielo es una cúpula azul de dimensiones casi infinitas, a la que otorga profundidad un gigantesco banco de nubes de un blanco prístino, en el límite de su visión, que sube, sube y sube como una torre. Hay aves e insectos por todas partes y a algunos de ellos los reconoce porque ya los vio en el campo donde pararon por la mañana. El sol que le calienta la piel dota de vida el mundo que cubre la cúpula: Melanie sabe que hace crecer las flores de la tierra y las algas del mar y pone en marcha la cadena alimenticia por todas partes.

Un millón de fragancias impregnan el aire complejo.

Las pocas casas que ven están muy lejos, pero incluso a esa distancia Melanie detecta los indicios de la decadencia. Ventanas rotas o tapiadas. Puertas que cuelgan de los goznes. Una granja de gran tamaño cuya techumbre se ha desmoronado entera y exhibe la perfecta parábola convexa de la espina dorsal de su tejado.

Recuerda la lección del señor Whitaker, que ahora parece encontrarse en un pasado muy remoto. «La población de Birmingham es cero…». El mundo que contempla lo levantó el hombre para que sirviese a sus necesidades, pero ha dejado de hacerlo. Ha cambiado y lo ha hecho porque el hombre se ha retirado de él. Lo ha abandonado a los hambrientos.

Melanie comprende de pronto que todo esto ya se lo habían contado. Simplemente optó por ignorarlo, optó por ignorar la lógica evidente del mundo y, de entre todas las historias contradictorias que recibía, creer solo aquellas que quería creer.

* * *

El sargento Parks se enfrenta a un problema logístico y aún no ha encontrado el modo de resolverlo.

El instinto le dice que deben mantenerse alejados de los asentamientos —de cualquier zona urbanizada, en realidad— y realizar todo el trayecto campo a través. Las razones para ello son evidentes. La mayoría de los hambrientos permanece cerca del lugar donde se transformaron, infectaron, o como prefieras llamarlo. No se trata de un instinto territorial, solo un efecto secundario del hecho de que, cuando no están cazando, tienden a quedarse quietos, como los niños cuando juegan a hacer la estatua. Así que las ciudades y los pueblos están repletos de ellos y las zonas rurales más deshabitadas, exactamente igual que antes del Colapso.

Pero hay tres buenos argumentos en sentido contrario. El primero es el tema de la temperatura, algo en lo que reparó cuando operaba sobre el terreno y que enseña a todos los soldados que están bajo su mando, a pesar de que Caldwell asegura que las evidencias «distan mucho de ser concluyentes». Hasta donde se sabe, los elementos que desencadenan la respuesta de los hambrientos son el sudor endocrino del cuerpo humano, los movimientos bruscos y los ruidos fuertes. Pero hay un cuarto, que cobra mayor importancia de noche, al bajar la temperatura. De algún modo, pueden utilizar el calor corporal para localizar a sus presas. Las detectan en la oscuridad como si tuvieran un cartel de neón que dijese COMIDA CASERA.

Y aquí es donde entra en juego el segundo argumento. Van a necesitar refugio. Si duermen al raso, los hambrientos se les echarán encima desde todas partes. Sí, hay otros sitios donde se puede encontrar refugio, aparte de las zonas urbanas, pero en la mayoría de los casos hay que contar con tiempo y hombres suficientes para llevar a cabo un reconocimiento.

Lo que nos lleva al tercer argumento. El tiempo. Si tienen que rodear y esquivar todas las zonas urbanizadas, su ruta se incrementará unos treinta kilómetros. Esto puede parecer poca cosa sobre el papel, pero el mundo real es otra cosa. Lo importante en este caso es que eso los obligará a atravesar un terreno más abrupto y complicado, lo que probablemente multiplique por dos la duración de su viaje. Por no mencionar el hecho de que no será nada fácil cruzar campos invadidos por zarzas con pinchos de dos centímetros, o pastos cubiertos de ortigas que les llegan hasta las rodillas. A los hambrientos les traen sin cuidado las heridas y si han captado tu olor no dejarán de correr aunque se desgarren toda la carne de los huesos. Este tipo de terreno ralentizará mucho más a los humanos, que se convertirán así en presas fáciles.

Han llegado por un camino rural, entre dos campos rebosantes de maleza, y se han encontrado con un pueblo. Pueden atravesarlo, o pueden añadir cinco kilómetros a su viaje dando un amplio rodeo.

Así que, de un modo u otro, Parks va a tener que tomar una decisión sin perder tiempo.

* * *

Caroline Caldwell atraviesa las fases del duelo en el orden prescrito.

La de negación dura realmente poco, porque su razón fulmina las degradantes y traicioneras ideas que genera en cuanto asoman la cabeza. No tiene sentido negar la verdad cuando es tan evidente. No tiene sentido aunque haya que cruzar zarzales y campos de minas para llegar hasta ella. La verdad es la verdad, la única recompensa que merece la pena. Al negarla solo demuestras que eres indigno de ella.

Así que Caldwell acepta que su trabajo —la carne y la sangre de la última década de su vida— se ha perdido.

Y se obliga a sentir la indignación y la venenosa rabia que rebullen en su interior como un ardor de estómago al pensarlo. Si Justineau no hubiera intervenido, si le hubiese permitido hacer esa última disección, ¿habría supuesto alguna diferencia? Pues claro que no. Pero por su culpa, Caldwell derrochó sus últimos minutos en la base. Sería absurdo llevar más allá las consecuencias de su transgresión, pero con eso es suficiente. Justineau interfirió en su trabajo y ahora su trabajo ya no existe. Lo pagará, una vez que hayan regresado a Beacon, con el final de su carrera y con un consejo de guerra que seguramente la envíe ante un pelotón de fusilamiento.

Tampoco pierde mucho tiempo en la fase de negociación. No cree en Dios, en los dioses, en el destino ni en ningún otro poder superior o inferior que pueda influir en su destino. No tiene nadie con quien negociar. Pero reconoce que —incluso en un mundo determinista gobernado por fuerzas físicas imparciales— si al final el laboratorio está intacto y un equipo de rescate enviado desde Beacon le devuelve sus notas y muestras en buen estado, encenderá una vela sin destinatario preciso en reconocimiento a la bondad (o lo que quiera que sea, algo imposible de distinguir del azar) del universo.

Cuando saca este pensamiento a la luz y ve lo patético, lo terriblemente engañoso que es, se hunde en una negra depresión.

De la que la salva este otro: tampoco había nada en el laboratorio que mereciese la pena salvar. Si acaso las muestras, pero ya lleva una muestra viviente consigo. Las notas eran sobre todo descriptivas: una relación muy detallada y circunstancial del ciclo vital del patógeno zombi (incompleta, dado que aún no ha conseguido cultivar una muestra que llegue hasta la fase de madurez, la fase sexual) y de la progresión de la infección, tanto en su modalidad normal como en el estado anómalo que representan los niños. Y todo esto lo conoce a la perfección, así que la pérdida de las notas no es crucial.

Aún tiene una posibilidad. Está sobre el terreno y las oportunidades se le presentarán.

Aún podría salir todo bien.

* * *

El soldado Kieran Gallagher sabe todo lo que hay que saber sobre los monstruos, porque proviene de una familia donde son mayoría. O puede que simplemente a su familia le importe menos dejar que sus monstruos salgan a la luz.

La llave que les franqueaba la puerta era siempre la misma: el vodka ilegal destilado en el alambique que su padre y su hermano mayor habían montado en una choza, detrás de una casa abandonada a unos cien metros de la suya. Oficialmente, el gobierno provisional de Beacon prohibía el licor clandestino, pero en la práctica no les importaba un pimiento mientras te quedases en tu casa para cogerte la borrachera y solo pegases a tu propia familia.

Así que Gallagher creció en un microcosmos que era una misteriosa réplica del mundo situado más allá de Beacon. Su padre, su hermano Steve y su primo Jackie parecían seres humanos normales y a veces incluso actuaban como tales, pero la mayoría del tiempo oscilaban entre dos extremos: una violencia insensata cuando estaban borrachos y una somnolencia comatosa cuando se les pasaba la embriaguez.

Gallagher, escarmentado por esta realidad, ha tratado de vivir su vida en un sólido y seguro punto medio, siempre atento a las cosas que hacen descarrilar a las demás personas para poder evitarlas con diligencia. Era el único soldado de la base que rechazaba el consuelo de la cerveza casera de veintidós grados que preparaban en cubos o bañeras. El único que no buscaba setas mágicas cuando salía en misiones de patrulla de largo alcance. El único al que no le divertían las payasadas con las que les obsequiaba el profesor Whitaker mientras se mataba bebiendo.

Y siempre ha creído que al permanecer en el punto medio del canal conseguiría eludir el desastre. Pero ahora que ha comprendido que el desastre puede alcanzarte también en aguas tranquilas, no puede pensar más que «Oh, por favor, no me dejes morir. Si ni siquiera he vivido. No es justo dejarme morir».

Tiene tanto miedo que teme orinarse encima. Hasta ahora, nunca había comprendido cómo podía provocar eso el miedo. Pero ahora, abandonado en el mundo de los hambrientos sin más respaldo que el sargento Parks, tan lejos de Beacon, siente que se le tensan las pelotas y se le afloja un poco más la vejiga a cada paso que da.

La pregunta es: ¿A qué le tiene miedo? ¿A morir aquí fuera o a volver a casa? Ambas cosas son aterradoras a su manera y los temores que inspiran están igualmente vívidos en su mente.

Siempre ha tenido una suerte de mierda, desde el mismo día en que nació. Recibía palizas en casa y en la escuela; nunca pudo cambiar pitillos por besuqueos en la parte trasera del gimnasio, como su hermano mayor (y la única vez que lo intentó, su padre lo sorprendió robándole los cigarrillos y le quitó las ganas de volver a hacerlo con el cinturón); se alistó en el ejército para escapar de aquel manicomio; lleva un tatuaje estúpido (qui audet piscitur, o sea «El que se atreve, pesca») porque el tatuador se emborrachó y se equivocó en un par de letras; cogió la gonorrea con la primera chica que dejó que se acercase a ella; dejó embarazada a la segunda y la abandonó (vivir sin excesos, ni siquiera en el amor), antes de darse cuenta de que lo que sentía por ella era algo más que lujuria. Si alguna vez regresa a Beacon y vuelve a verla tratará de explicárselo. «Soy un cobarde y un montón de basura sin valor, pero si me das otra oportunidad, no volveré a abandonarte».

Pero eso no va a pasar, ¿verdad?

Lo que va a pasar es esto: en algún lugar entre este sitio y Beacon, un hambriento le morderá. Porque así es como ha sido siempre su vida.

Solo le consuela algo que lleva en el bolsillo de la pernera de su mono. Una granada, que rodó hasta una esquina del Humvee cuando Parks estaba guardándose las demás en el cinturón. Gallagher la recogió con la intención de entregársela al sargento, pero entonces, obedeciendo un impulso, optó por esconderla disimuladamente. La guarda para una situación desesperada.

Hay tantísimas cosas en el mundo que lo aterran hasta la médula de los huesos… Los hambrientos podrían devorarlo. Los chatarreros podrían torturarlo o asesinarlo. Se podría quedar sin comida y agua antes de llegar a Beacon y morir poco a poco.

Si se llega a eso, será Gallagher el que tire de la anilla de su propia vida. Y a la mierda el centro del canal.

* * *

Helen Justineau está pensando en niños muertos.

No puede, o no quiere, restringirlo más. Piensa en todos los niños del mundo que han muerto alguna vez sin llegar a crecer. Deben de ser miles de millones. Hecatombes de niños, apocalipsis, genocidios enteros. En todas las guerras, en todas las hambrunas, arrojados contra la pared… Demasiado pequeños para protegerse, demasiado inocentes para quitarse de en medio. Asesinos, pervertidos, jueces, soldados, gente que pasaba por ahí, amigos y vecinos, sus propios padres… Por obra del azar estúpido o por implacable edicto.

Todo adulto es un niño que le ha ganado la mano al azar. Pero en algunas épocas y en algunos lugares, el azar ha jugado con cartas mucho mejores.

Y el peso de los niños muertos empuja hacia abajo a todo el que sigue vivo. Un peso de culpa que acarreas como la luna acarrea el de los océanos, demasiado grande para levantarlo del todo pero imposible de soltar, porque forma parte de ti.

Si no les hubiera hablado a los niños de la muerte aquel día… Si no les hubiera leído La carga de la brigada ligera… Y si ellos no hubieran preguntado cómo es estar muerto, no le habría acariciado el pelo a Melanie y no habría pasado nada de todo esto. No habría hecho una promesa que no puede cumplir pero de la que tampoco puede escapar.

Podría ser tan egoísta como siempre y perdonarse, como hacen todos, y despertar cada día tan limpia como si acabara de nacer.

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