Melanie
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El sargento Parks ha tomado una decisión. Se dirige a Stotfold.
Es un pueblecito insignificante de camino a la A1 y no le hace concebir demasiadas esperanzas. Allí no podrán reabastecerse ni encontrar otro transporte. Cualquier cosa que mereciese la pena la habrán encontrado otros hace tiempo. Solo tiene una cosa a su favor: que está en su ruta. Y ahora que se acerca el anochecer no pueden permitirse el lujo de mostrarse exquisito. Quiere estar bajo techo antes de que caiga la noche.
Pero aún están a tres kilómetros de allí —tan lejos que ni siquiera ven la chimenea del molino por encima de los árboles— cuando se encuentran con una iglesia.
Desde el punto de vista de Parks, es un sitio absurdo para levantar una iglesia, porque está lejos de todo. Por allí no pasaría nadie ni siquiera antes del Colapso. Y como refugio tampoco sirve. Demasiados ventanales, la mayoría de ellos rotos, y una enorme puerta en arco, abierta de par en par como una boca sin dentadura (sin rastro alguno de la hoja).
Pero hay un garaje de ladrillos junto a la estructura principal y a Parks le gusta su aspecto. Y cuando, tras decirles a los demás que le esperen, se acerca a examinarlo, le gusta aún más. La gran puerta basculante está hecha de metal. No cederá a empujones o arañazos, que es lo único que hacen los hambrientos cuando se encuentran con una puerta, y además, probablemente esté medio oxidada en los goznes, con lo que sea aún más complicado moverla. La otra entrada, situada a un lado, es una puerta de madera con una cerradura Yale. Es mucho menos segura, pero lo bueno es que Parks puede sacar el bombín para abrirla desde fuera sin dañar la madera y luego, si tienen suerte, volver a colocarlo o encontrar algo que les sirva como barricada cuando estén dentro.
Llama a Gallagher con un gesto para que lo ayude. Los dos se acercan a la iglesia mientras las mujeres esperan en la carretera. En una primera inspección no encuentran hambrientos, lo cual es buena señal. Algunos huesos en el suelo, cerca del coro alto, pero parecen de animales. Abandonados por un zorro o una comadreja, seguramente, o por algún adorador de Satán que pasaba por allí.
Sobre el altar, pintadas en verde, se leen las palabras: NO OS ESCUCHA, IDIOTAS. Parks también lo sabe. No ha rezado en toda su vida.
Pero alguien sí lo hizo en aquel lugar. En un banco, olvidado, encuentra un bolso de mujer. Contiene algunas monedas, un lápiz de labios, un diminuto himnario, las llaves de un coche con localizador integrado y un condón de grosor «extra-fino». Objetos tan inocentes y cotidianos que lo sorprenden un poco al invocar el fantasma de un tiempo en el que el mayor temor de una persona era el sexo sin protección u olvidarse del sitio en el que había aparcado el coche.
Gallagher se mete en un cuarto lateral, una sacristía o algo así, lo recorre con la linterna durante unos segundos y luego vuelve a cerrar la puerta.
—Despejado, sargento —anuncia.
Puede que haya sido el ruido de la puerta, o más probablemente las palabras. Algo sale corriendo de las sombras del fondo de la iglesia. Embiste a Gallagher de frente y lo derriba con estrépito sobre el suelo de madera.
Parks se vuelve y ve dos cuerpos retorciéndose juntos. No tiene ni que pensarlo. Saca el arma, sigue la oscura mancha que es la cabeza del hambriento en su descenso sobre la curva de la garganta de Gallagher y aprieta el gatillo. El sonido, más que una detonación, se parece al chuc que suena cuando golpeas un tocón de madera con un hacha.
Su puntería es impecable. El proyectil penetra en el cráneo del hambriento por detrás. Una bala normal lo atravesaría de lado a lado. Alcanzaría también a Gallagher, o al menos le rociaría la cara y la parte superior del cuerpo con tejido cerebral infectados, con los deprimentes resultados que cabe imaginar en el plazo de una hora, un día o una semana como mucho. Pero esto es munición de acero aluminizado de punta blanda, diseñada para minimizar la penetración. Se frena, se deforma en varias direcciones y convierte el cerebro del hambriento en un batido de leche rosada.
Gallagher arroja el fláccido cuerpo a un lado y sale de debajo.
—¡Mierda! —dice con la respiración entrecortada—. No… no lo he visto hasta que lo tenía encima. Gracias, sargento.
Parks verifica la muerte. El hambriento está totalmente inerte y le sale una materia grisácea por los ojos, la nariz, las orejas… por todas partes. Cuando estaba vivo era un varón de pelo negro, algo más joven que el propio Parks. Lleva los mohosos restos de una sobrepelliz, así que probablemente se infectase allí mismo. Puede que haya estado en el lugar desde entonces, esperando en la oscuridad a que apareciese algo de comer. O puede que regrese después de matar a alguien. Por extraño que pueda parecer, es algo que pasa. Hay algunos hambrientos que, en lugar de permanecer en un mismo sitio, como la mayoría, parece sentir un instinto territorial relacionado con un lugar concreto. Parks se pregunta si lo sabrá la doctora Caldwell y, en caso de que sea así, cómo lo reconcilia con la idea de que la mente del anfitrión muere en cuanto hace acto de presencia el parásito.
Gallagher inspecciona su propio cuerpo en busca de cortes, mordiscos o restos de fluidos corporales de hambriento. Parks también lo hace, con todo detenimiento. A pesar de la brutalidad del encuentro, el soldado sale limpio del examen. Aún sigue dándole las gracias a Parks, con un temblor en la voz que evidencia su estado de shock. Parks, que se vio muchas veces en situaciones parecidas en los viejos tiempos de las incursiones de saqueo, no le da mucha importancia. Se limita a decirle a Gallagher que cuando hay peligro es mejor no hablar. Es igual de útil, y mucho más seguro, hacer señales con las manos.
Salen al exterior, donde las civiles —a cincuenta metros de allí, al pie del camino de tierra— parecen totalmente ajenas a lo que ha sucedido. Seguramente atribuyen los ruidos procedentes de la iglesia a una búsqueda concienzuda.
—¿Todo bien? —pregunta Justineau.
—Todo bien —dice Parks—. Ya casi hemos terminado. Sigan vigilando el camino y si viene alguien griten.
Dirige su atención al garaje que, tras un examen más detenido, resulta ser aún mejor de lo que pensaba. Estaba dispuesto a romper la cerradura con la culata del fusil, pero no es necesario. Cuando revisa el picaporte, descubre que se abre. El último que estuvo allí lo dejó así.
Entran lenta y cautelosamente, cubriéndose unos a otros. Parks se apoya sobre una rodilla, con el fusil en modo automático, listo para descargar una ráfaga. Gallagher saca la linterna e ilumina todos los rincones de la sala.
Está vacía. Limpia. No hay sitio donde esconderse ni margen alguno para sorpresas desagradables.
—Qué milagro —murmura Parks—. Muy bien, nos viene de maravilla. Vaya a por ellas.
Gallagher trae a las civiles y Parks cierra la puerta, cuya cerradura emite un audible clic al encajar. Las civiles se muestran menos entusiasmadas que Parks al comprobar la estrechez del espacio y respirar su viciada atmósfera, pero no parecen de ánimos para protestar demasiado. Lo cierto es que ninguna de las dos está acostumbrada a marchar con rapidez y ninguno de ellos —salvo el propio Parks, pero hace ya tiempo— lo está a pernoctar fuera de la verja. Están asustados y exhaustos, y se sobresaltan al menor ruido. Lo mismo que Parks, solo que en su caso todo sucede en su fuero interno, por lo que no se nota tanto.
El único punto de fricción es la chica, cosa nada sorprendente. Parks sugiere que duerma en la iglesia y Justineau responde que Parks puede irse a la mierda.
—Digo lo mismo que antes —añade, furiosa de nuevo.
Parks empieza a pensar que ese es su estado normal. Y la verdad es que le gusta mucho. Si vas a permitirte el lujo de sentir algo, la rabia es mejor que la mayoría de las alternativas.
—Aunque los hambrientos fuesen el único peligro —continúa—, todo esto, todo, es tan extraño para ella como para nosotros. E igual de aterrador. No podemos dejarla atada en un edificio vacío, sola toda la noche.
—Pues quédese fuera con ella —responde Parks.
Con esto consigue que Justineau se calle unos segundos. Aprovechando este silencio dice lo que tiene que decir:
—Nos espera un largo camino, así que más vale que establezcamos algunas normas desde ya. Si hacen lo que les diga, cuando se lo diga, es posible que lleguen a Beacon con el culo aún pegado al cuerpo. Si siguen comportándose como si tuviesen derecho a tener opinión, estaremos muertos antes de mañana a esta misma hora.
Justineau alarga la mano.
—Las llaves.
Parks pone cara de perplejidad.
—¿Qué llaves? No tenemos llaves. La puerta estaba…
—Las llaves de las esposas de Melanie —dice Justineau—. Nos vamos.
—No —responde Parks—, de eso nada.
—¿Qué pasa, sargento Parks, ahora nos toma por sus soldados? ¿En serio?
De pronto ya no parece furiosa. Más bien amargamente divertida.
—Pues no lo somos. Ninguno de nosotros está bajo su mando, salvo el soldadito Gallagher, aquí presente. Así que esa mierda de «Venid conmigo si queréis vivir» no cuela. Prefiero arriesgarme ahí fuera a poner mi vida en manos de dos autómatas programados y una más que evidente psicópata. Las llaves. Por favor. Vamos. Acaba de decir que somos un lastre, así que déjenos sueltas.
—¡De ningún modo! —interviene Caldwell con voz ronca—. Ya se lo he dicho, sargento. La chica forma parte de mi investigación. Me pertenece.
Justineau sacude la cabeza y mira al suelo.
—¿Tengo que pegarte otra vez, Caroline? No quiero que vuelvas a opinar sobre este tema.
Parks está asombrado. Horrorizado. Incluso un poco asqueado. Está acostumbrado a tratar con gente que tiene al menos un mínimo instinto de supervivencia y sabe que Justineau no es ninguna estúpida. Cuando estaban en la base, siempre la tuvo por el mejor elemento de la exasperante camarilla de Caldwell y aunque eso tampoco es decir mucho, lo cierto es que le gustaba y la respetaba. Y aún es así.
Pero lo que está pasando no los lleva a ninguna parte.
—Siento no haberme expresado con suficiente claridad —le dice—. No es usted libre de marcharse y ella no es libre de estar aquí dentro. En mis órdenes no se hace ninguna referencia a esto, así que estoy adoptando una postura. Voy a llevar a todos los seres humanos hasta Beacon con vida y a partir de entonces será problema de otro.
—¿Cree que puede mantenerme a su lado en contra de mi voluntad? —pregunta Justineau poniendo los brazos en jarras.
—Sí.
Y lo dice en serio.
—¿Y cree que puede hacerlo y avanzar a un ritmo razonable?
Es otra pregunta y la respuesta no es agradable. No quiere amenazarla. Tiene la sensación de que si la fuerza, si la obliga a cooperar en lugar de convencerla, rebasará una línea y luego nunca podrán volver atrás.
Así que prueba con otra estrategia.
—Estoy abierto a sugerencias —dice—, siempre que no sean estupideces. Tener a una hambrienta aquí entre nosotros, aunque esté esposada y amordazada, no es una opción. No reaccionan como nosotros al castigo físico y si a uno no le importa desfigurarse, existen formas de librarse de las esposas y mordazas. Debe quedarse fuera.
Justineau enarca una ceja.
—Y si intento salir con ella, me lo impedirá.
Parks asiente. Le parece menos rotundo que decir que sí, aunque signifique lo mismo.
—Muy bien, pues deténgame.
Echa a andar hacia la puerta. Gallagher se interpone en su camino y ella, rápida como un rayo, saca el arma —la que le dio Parks— y le apunta a la cara. Un movimiento que demuestra astucia y habilidad. Se ha aprovechado de la oscuridad del garaje y ha esperado a encontrarse junto a Parks para sacar el arma, de manera que la posición de su propio cuerpo oculte el movimiento de su brazo. Gallagher se queda helado y echa la cabeza hacia atrás para separarse del arma.
—Quita de mi camino, soldado —dice Justineau en voz baja—. Si no quieres que pinte las paredes con tus sesos.
Parks suspira. Saca su propia pistola y la apoya con cierta delicadeza sobre el hombro de Justineau. Aunque no se conocen demasiado bien, sabe que no va a disparar a Gallagher. Al menos con un solo aviso. Pero la firmeza de sus intenciones es indudable.
—Ha dejado muy clara su postura —dice con tono de desánimo—. Lo resolveremos de otro modo.
Porque no quiere matarla si ella no lo obliga a hacerlo. Lo hará si es necesario, pero son muy pocos y sospecha que, de los otros tres —Justineau, Gallagher y la doctora— podría ser la más útil.
Así que lo que hacen es esto: le ponen las esposas a la chica y la atan con una cuerda a la pared. Parks cuelga todas las cantimploras de la cuerda, junto con un cubo de latón lleno de piedras que ha encontrado fuera. Así es imposible que se mueva sin armar un escándalo que los despierte a todos.
Justineau sufre lo indecible para explicarle todo esto a la niña hambrienta, que sin embargo se somete al proceso con tranquilidad y en silencio. Lo comprende, aunque Justineau no lo haga. Sabe por qué razón, con inhibidor o sin él, deben tratarla como una bomba que no ha llegado a explotar. No protesta una sola vez.
La comida que sacaron del Humvee es una dura e insípida mezcla de proteínas y carbohidratos de tipo 3, etiquetada como —se podría decir que satíricamente— «Rosbif con patatas». Para hidratarla solo disponen de un agua con regusto a lodo, de manera que la cena no se corresponde con la idea de un banquete que tiene ninguno de ellos.
Justineau usa una cuchara para alimentar a la niña, lo que los obliga a quitarle la mordaza durante unos minutos. Parks no la pierde de vista un momento. Tiene el arma en la funda, aunque sin seguro y con una bala en la cámara, pero si a Melanie se le metiese en la cabeza la idea de morder a Justineau no llegaría a tiempo. Tendría que matarlas a ambas.
Una vez que la niña ha comido y Justineau le ha limpiado la boca con un trozo de tela arrancado Dios sabe de dónde, vuelve a ponerle la mordaza.
—Está más suelta que antes —dice la niña—. Debería apretarla.
Parks desliza el pulgar por la parte interior de la correa, a la altura del cuello de la niña, para comprobarlo. Tiene razón, sí, de modo que se la ajusta sin decir palabra.
El suelo es duro y frío y las mantas finas. Las mochilas dejan bastante que desear como almohadas. Y encima el monstruito está allí con ellos, así que Parks está tenso, esperando el ruido que harán las cantimploras cuando sucumba a su verdadera naturaleza y se abalance sobre ellos.
Clava la mirada en la oscuridad informe y piensa en lo que ha pasado hace un rato, fuera, cuando ha vislumbrado la entrepierna de Justineau mientras hacía pis en la tierra.
Pero el futuro es incierto y no consigue reunir el entusiasmo suficiente ni para masturbarse.