Melanie
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Melanie no sueña. Al menos, nunca lo había hecho hasta ahora. A veces ha acariciado fantasías, como la de salvar a la señorita Justineau de los monstruos, pero el sueño, para ella, siempre ha sido una interrupción del tiempo y del espacio. Cierra los ojos, vuelve a abrirlos y el día se recicla.
Esta noche, en el garaje, es distinto. Puede que porque se encuentra fuera de la verja y no en su celda. O puede que porque las cosas que le han sucedido hoy son demasiado extrañas y siguen demasiado vivas en su cabeza como para desembarazarse de ellas.
Sea como fuere, el sueño que tiene es espeluznante y aterrador. Hambrientos, soldados y hombres armados con cuchillos luchan unos con otros. Ella muere y la muerden, mata y la matan. Hasta que la señorita Justineau la coge en brazos y la sujeta con fuerza.
En el mismo instante en que sus colmillos se cierran sobre el cuello de la señorita Justineau despierta, como si su mente rehuyese esta idea inimaginable. Pero no puede sacársela de la cabeza. La pesadilla extiende sus asfixiantes pliegues sobre sus pensamientos y Melanie se da cuenta de que dentro de las imágenes de su sueño había algo, un peso oculto al que tarde o temprano tendrá que hacer frente.
Tiene un regusto a metal amargo en la boca. Es como si un fantasma vengativo le hubiera dejado allí el sabor de la sangre y la carne. La comida que le ha dado la señorita Justineau, terrosa y sin textura, le revuelve las tripas cuando se mueve.
El garaje está a oscuras, con la excepción de la poca luz filtrada (de la luna, debe de ser) que se cuela por debajo de la puerta. Y en silencio, con la excepción de la respiración acompasada de los cuatro adultos.
El soldado pelirrojo que es uno de los hombres del sargento murmura en sueños, palabras informes que suenan a protestas o súplicas.
Al cabo de un momento contemplando la oscuridad, los ojos de Melanie se acostumbran a ella. Distingue el contorno del cuerpo de la señorita Justineau, no muy cerca pero sí más que los demás. Siente deseos de arrastrarse hasta ella y hacerse un ovillo, pegando los hombros al arco que se forma en la parte baja de la espalda de la señorita Justineau, que tiene la forma precisa para ello.
Pero con el recuerdo del sueño aún sobre ella, no puede. No se atreve. Aparte de que si se moviese, las cantimploras y el cubo chocarían entre sí, lo que despertaría a todo el mundo.
Piensa en Beacon y en lo que le dijo a la señorita Justineau aquel día en el aula, después de la lección sobre «La carga de la brigada ligera». El recuerdo está muy fresco en su mente y no le cuesta acordarse de las palabras exactas, porque fue la conversación en la que la señorita Justineau terminó acariciándole el pelo.
«¿Nos mandarán a casa, a Beacon? —preguntó Melanie—. ¿Cuando crezcamos?». Y la señorita Justineau puso una cara de tal tristeza, tal congoja, que Melanie empezó a balbucear disculpas para conjurar los efectos de aquella cosa tan terrible que, sin darse cuenta, había dicho.
Y que ahora comprende. Desde su nueva perspectiva resulta evidente. Lo que dijo sobre volver a casa, a Beacon, era algo tan imposible como la nieve caliente o la luz oscura. Beacon nunca fue su casa y nunca podría serlo.
Eso es lo que hizo entristecer a la señorita Justineau. Que para ella nunca podría haber un hogar que signifique estar con niños, niñas y adultos, y hacer las cosas que ha oído en los cuentos. Y mucho menos un hogar en el que esté la señorita Justineau. Su destino era terminar en los tarros del laboratorio de la doctora Caldwell.
Lo que está viviendo ahora no estaba previsto ni preparado. Nadie se lo esperaba. Por eso no dejan de discutir sobre lo que van a hacer.
Todos lo ignoran. Todos ignoran, como ignora ella, a dónde se dirigen realmente.