Melanie

Melanie


31

Página 33 de 74

31

El sargento Parks pretendía dejarlos dormir hasta bien entrada la mañana, porque sabe lo duro que va a ser el día siguiente, pero al final terminan despertando muy temprano. El culpable es el ruido de unos motores. Al principio está un poco lejos, y va y viene, pero es evidente que, sea lo que sea, se encuentra cada vez más cerca.

Bajo las instrucciones que reparte Parks con voz tensa, recogen sus cosas y salen de allí como alma que lleva el diablo. Justineau suelta a la niña hambrienta y vuelve a ponerle la correa, tratando de impedir que suenen los cubos. No hay forma de saber lo lejos que puede llegar el ruido en la quietud anterior al alba.

Corren a través de la luminosa penumbra hasta un campo que hay más allá de la iglesia, y atraviesan cien metros largos o más antes de que Parks les indique con señas que se arrodillen entre la crecida maleza. Podrían —quizá deberían— ir más allá, pero antes quiere ver qué es lo que se acerca. Desde su posición puede vigilar la carretera sin que los vean y el rastro abierto entre la maleza por su paso desaparecerá en menos de un minuto, cuando las malas hierbas vuelvan a enderezarse.

Permanecen arrodillados largo rato, mientras el sol se desprende del horizonte y la luz sesgada empapa los campos como el agua un trapo. No hablan. No se mueven. En un momento dado, al cabo de unos diez minutos, Justineau abre la boca, pero Parks le indica que guarde silencio y ella, al ver la urgencia de su expresión, le hace caso.

Cuando cambia el viento empiezan a oír a varias personas que hablan a voz en grito y el ronroneo de unas máquinas.

Cuando finalmente aparece, es una extraña comitiva. En cabeza, una de las excavadoras que vio Parks el día antes. Su lento avance le permite echar un buen vistazo a la cuchara, decorada con una llamativa calavera metálica. Oye que alguien —cree que Gallagher— emite un gimoteo de temor tras él. Pero es tan bajo que no puede llegar muy lejos, así que tampoco tiene nada de malo que exprese lo que todos sienten.

Tras la excavadora viene un Humvee idéntico al que se llevaron ellos y detrás un Jeep. Los tres vienen cargados de chatarreros con ánimo festivo, que se comunican a gritos mientras enarbolan gran variedad de armas. Están cantando una canción de ritmo marcado y repetitivo, pero Parks no distingue las palabras.

El convoy para en la iglesia, donde entran un par de chatarreros tras bajarse de la excavadora. Hay un grito y al momento vuelven a salir, con aire ligeramente alterado. Han encontrado al hambriento muerto, supone Parks. Pero no pueden saber cuánto lleva allí. La sangre de los hambrientos es muy espesa y tiene el color del barro, así que cuando se seca no cambia. Además, tendrían que examinarlo muy de cerca para saber cómo ha muerto, puesto que la herida de la pistola era pequeña y discreta y no dejó orificio de salida.

Los chatarreros registran el garaje y Parks se pone tenso, porque es ahí donde podría irse todo al traste. Si han dejado algún rastro de su presencia… Pero no hay más gritos y no peinan la zona. Al cabo de pocos minutos, los chatarreros vuelven a subirse a la excavadora y parten de nuevo. El convoy dobla otro recodo y se pierde de vista, aunque el ruido de los vehículos sigue oyéndose durante mucho tiempo.

Cuando vuelve a hacerse el silencio, es Justineau quien habla.

—Nos están buscando.

—Eso no lo sabemos —objeta la doctora Caldwell—. Podrían estar buscando comida, simplemente.

—En la base había provisiones en abundancia —dice Parks, en una constatación de lo obvio—. Y la tomaron ayer. Yo esperaba que volviesen a levantar la verja y se pusieran cómodos allí. Si están aquí fuera, deduzco que es porque están buscando supervivientes.

Lo que quiere decir que se ha convertido en algo personal para ellos. No lo menciona, pero piensa que tal vez los hombres cuya muerte provocó Gallagher fuesen importantes o populares. Tal vez el ataque contra la base no tuviera nada que ver con eso, pero la razón de ser de la cacería que han emprendido es saldar cuentas.

Pero no dice nada de esto, porque no quiere que Gallagher cargue con tantas muertes sobre su conciencia. El muchacho es muy sensible y con algo así podría llegar a derrumbarse. Joder, incluso al propio Parks le afectaría algo así.

Parecen todos asustados y afectados, Gallagher sobre todo, pero no hay tiempo para consolar a nadie. Lo bueno es que los chatarreros se dirigían hacia el norte, lo que quiere decir que su plan de dirigirse al sur les da cierto margen. Así que será mejor que lo usen.

—Diez minutos —dice—. Comemos y salimos corriendo.

Uno a uno, se adentran un poco más en la maleza para hacer sus necesidades, lavarse y cualquier otra cosa que tengan que hacer, y luego toman un rápido y triste desayuno a base de mezcla de carbohidratos y proteínas de tipo 3. La niña hambrienta es un silencioso y pasivo observador de todo el proceso. No orina y esta vez tampoco come. Parks ata su correa a un árbol cuando va a ocuparse de sus abluciones.

Al volver se encuentra con que Justineau ha desatado la correa y la sujeta ella misma. No tiene nada que objetar. Así tendrá las manos libres. Sin apenas discusiones —sin apenas interacciones de ninguna clase— se ponen en marcha. Cada rostro que mira Parks parece demacrado y asustado. Han escapado de una pesadilla, pero la muy condenada está allí de nuevo, siguiéndolos. Pero hay algo que él sabe, y no les dice, y es que lo que los espera es aún peor.

Al principio van al este, hacia Stotfold, pero ya no hay necesidad de parar allí, así que se desvían hacia el sur, cogen una carretera que antes se denominaba A507 y continúan por ella.

Es una zona salvaje por multitud de razones. En los primeros días y semanas tras el Colapso, el gobierno británico, como muchos otros, pensó que podía contener la infección restringiendo los movimientos de los civiles. Como es lógico, esto no impidió que todos echasen a correr como ratas al ver lo que estaba pasando. Miles, puede que millones de personas, trataron de salir de Londres por las arterias norte-sur, la A1 y la M1. Las autoridades respondieron de manera implacable, primero con bloqueos de carreteras y luego con ataques aéreos puntuales.

Aún quedan zonas despejadas y algunas de ellas son muy amplias. Pero también hay tramos, a veces de varios kilómetros de longitud, en los que las dos grandes autopistas están tan cubiertas de cráteres como campos de batalla de la primera guerra mundial y sembradas de armatostes oxidados que las hacen remedar versiones mecánicas de cementerios de elefantes. Es posible avanzar entre los coches abandonados, pero solo un loco lo haría. La visibilidad es tan reducida que si un hambriento se les echase encima desde cualquier dirección apenas tendrían una fracción de segundo para reaccionar.

El plan de Parks consiste en incorporarse a la A1 en la intersección 10, justo al norte de Baldock. Sabe, desde los tiempos de las incursiones de saqueo, que hay allí un estupendo corredor despejado, que se prolonga en dirección sur durante quince o veinte kilómetros largos. Si el tiempo colabora, podrían recorrerlo fácilmente en un día y dejar a los chatarreros muy atrás. Llegarían a Stevenage antes de que anochezca y, con un poco de suerte, podrían encontrar un buen sitio para dormir sin tener que aventurarse en exceso en las zonas urbanas.

Los primeros años tras el Colapso, e incluso después de la evacuación de Londres, Beacon solía mantener una presencia armada en las principales carreteras norte-sur. La idea era ofrecer paso franco a los de grupos de saqueo, tanto al partir como —mucho más importante— cuando regresaban a casa cargados con los tesoros del mundo de antaño. Pero descubrieron por las malas que las zonas despejadas tenían también su aspecto negativo: los hambrientos podían verlos desde muy lejos y seguir sus movimientos. Después de unas cuantas escaramuzas que les costaron bastante caras, los puestos permanentes fueron desmantelados y a partir de ahí los grupos de saqueo empezaron a aventurarse a su suerte. En los últimos años solamente se mueven en helicóptero, y eso cuando salen. Han dado las carreteras por perdidas.

Lo que quiere decir que Parks tiene los ojos muy abiertos cuando, en fila india y por la suave curva de la antigua carretera de acceso, se aproximan a la amplia extensión de asfalto. Cuando llegan allí se encuentran con un cartel de Baldock que anuncia una serie de servicios, promesas insustanciales para ellos: comida, gasolina, un merendero, incluso camas para pernoctar… Desde lo alto de una pequeña loma pueden ver las ruinas sin techo de la antigua gasolinera, devastada por un incendio hace tiempo. Parks recuerda haber parado allí una vez, de niño, al volver de unas vacaciones familiares en Peak District. Es más, aún no ha olvidado algunos detalles: el chocolate templado cuya parte más densa se quedaba al fondo cuando no lo revolvías bien, y un hombre muy raro al que vio en el servicio de caballeros, que tenía unos ojos saltones como los de Marty Feldman y cantaba la canción de Bruce Springsteen The River con un tono monocorde espeluznante.

Desde el punto de vista de Parks, la pérdida de la estación de servicios de Baldock no fue ninguna tragedia.

Pero la A1 sigue como siempre. Puede que un poco agrietada y con algo de maleza, pero recta como una flecha en ese punto y orientada hacia el sur, que es donde se encuentra su hogar, dulce hogar. Cierto es que una metrópolis muerta se interpone en su camino, pero si el sargento se pone a hacer recuento de las cosas positivas, de momento puede llegar hasta dos. Están en un punto elevado. Su vista alcanza varios kilómetros a la redonda.

Y sale el sol, como un beso en la mejilla de parte de Dios.

—Vale, atención —dice mirándolos uno a uno.

Es importante que lo escuchen todos, incluido Gallagher, aunque se trata solo de consejos generales para cuando estás al otro lado de la verja. Protocolos para la carretera.

—Quiero dejarlo bien claro antes de que estemos allí. Primero, no se habla. Al menos en voz alta. El sonido se transmite y los hambrientos pueden usarlo para encontrarnos. No los atrae tanto como el olor, pero les sorprendería el buen oído que tienen.

»Segundo, si detectan cualquier movimiento, el que sea, hacen una señal. Levantan la mano así, con los dedos separados. Luego señalan. Que todo el mundo lo vea. Nada de sacar el arma y ponerse a disparar al tuntún, porque si lo hacen nadie sabrá a dónde disparan y no podrán ayudarlos. Si están lo bastante cerca como para ver que es un hambriento y se mueve hacia ustedes, pueden romper la regla número uno. Griten «hambriento» o «hambrientos» y, si es posible, denme una distancia y una dirección. Las tres en punto y a cien metros, o lo que sea.

»Tercera y última: Si los persigue un hambriento, no echen a correr. Es imposible que lo dejen atrás y tendrán más posibilidades si lo reciben cara a cara. Denle con lo que tengan: balas, ladrillos, las manos desnudas, insultos… Con un poco de suerte, caerá. Los disparos en las piernas y la parte inferior del cuerpo aumentan sus probabilidades de tener suerte, salvo que lo tengan a su lado. En ese caso apunten a la cabeza y que se coma otra cosa que no sean ustedes.

Sus ojos se cruzan con los de la niña hambrienta. Lo está observando con tanta atención como los demás, con un gesto ceñudo de concentración en su pálida cara de muerta. En otras circunstancias, Parks podría haberse echado a reír. Es como si una vaca estuviera escuchando cómo se prepara un guiso de ternera.

—Imagino que las reglas son distintas para los chatarreros —dice Helen Justineau.

Parks asiente.

—Si volvemos a encontrarnos con esos cabrones, los oiremos mucho antes de verlos. En cuyo caso salimos de la carretera y esperamos a que pasen, como la última vez. Mientras continúen en un convoy como ese, no habrá problema.

No tienen nada que decir sobre sus instrucciones. Se incorporan a la carretera y echan a andar hacia el sur, y durante un par de kilómetros caminan en completo silencio.

Es un maravilloso día de verano, pero el ascenso del sol está volviéndolo demasiado caluroso con rapidez. Hay una brisa que va y viene a su capricho, pero apenas los refresca. Preocupado por lo mucho que están sudando y por lo que eso podría provocar, Parks los hace parar y aplicarse otra capa de inhibidor en todas las partes donde lo necesitan. La mayoría de ellas están debajo de la ropa. Se apartan unos de otros en tácito acuerdo y se sitúan en los vértices de un cuadrado en cuyo centro permanece en silencio la niña hambrienta, que no mira a los adultos —los humanos—, sino la ardiente antorcha del sol.

La rutina del inhibidor es básica pero esencial. Te embadurnas bien la entrepierna y las axilas, los codos y la parte trasera de las rodillas. Luego echas un poco más por el resto del cuerpo y te pones una pastilla viscosa y de disolución rápida de la misma materia sobre la lengua. Lo que importa no es el sudor, sino las feromonas. Puede que los hambrientos no tengan sesos suficientes para ver a la gente como gente, pero cuando se trata de seguir un gradiente químico son listos como zorros.

Reanudan la marcha. Justineau y la niña caminan juntas, con la correa fláccida entre ambas. La mayoría del tiempo, Caldwell va detrás, con las manos a los costados o entrelazadas sobre el pecho. Gallagher ocupa la retaguardia y Parks va por delante.

A eso de mediodía ven algo en la carretera, por delante de ellos. Al principio es solo una mancha negra que no se mueve, así que Parks no la identifica al instante como algo peligroso. Pero al acercarse les indica con un gesto que se dispersen. Le preocupa lo visibles que son en la carretera desierta, un paisaje que parece una foto fija donde lo único que se mueve son ellos.

Es un coche. Está parado en el centro de la carretera, pero ligeramente ladeado, con el morro metido en lo que antes era el carril lento. Tiene el capó y el maletero levantados y las cuatro puertas abiertas. No está oxidado ni quemado. Lo más probable es que no lleve mucho tiempo allí.

Parks hace esperar a los demás y lo rodea él mismo. A primera vista parece vacío, pero al pasar por delante del lado del conductor vislumbra algo en el asiento del conductor que parece vagamente humano. Así que termina el reconocimiento con la pistola en la mano y el dedo en el gatillo, listo para disparar contra cualquier cosa que se mueva.

No se mueve nada. La forma oscura y encorvada pertenecía antes a la especie Homo sapiens, pero ya no queda gran cosa de ella. Se nota que era un varón por la chaqueta y la cara, que está bastante intacta. El resto de la carne de la parte superior del cuerpo la han devorado y la cabeza está prácticamente separada del tronco por un enorme mordisco que recibió en el cuello. En las profundidades de esta vieja y reseca herida asoman los restos de cartílagos y huesos.

No hay nada más en el coche. Ni en el maletero, aparte de un par de zapatos viejos y una cuerda enrollada. Pero sí montones de cosas en la carretera, a su alrededor: bolsas y cajas, una mochila, y algo que parece una consola de videojuegos, o si no, parte de un equipo de sonido.

El coche cuenta su propia historia, como un diorama en un museo. Un grupo de gente lo comparte para ir… a alguna parte. Algún sitio del norte. El coche comienza a ahogarse, a fallar, o simplemente se para sin más. Uno del grupo sale para echar un vistazo, levanta el capó y anuncia que el coche está muerto. Así que empiezan a sacar sus cosas del maletero. Los muy idiotas no distinguen la chatarra de la basura, pero la idea en sí no tiene nada de malo.

Los interrumpieron. La mayoría soltaron sus cosas y echaron a correr hacia las colinas. Uno de ellos volvió a meterse en el coche, y puede que así les salvase la vida a los demás, porque parece que no fue un solo hambriento, sino muchos, los que acabaron con él.

—¿Está intentando darle al contacto? —pregunta Justineau.

A Parks le molesta que se acerque al coche a pesar de que aún no les ha dado la señal de que está despejado. Pero la mujer no es ninguna estúpida: tras pensarlo un poco, Parks se da cuenta de que su lenguaje corporal ha cambiado y que ya no refleja la tensión de una amenaza inminente, como antes, sino su desenvoltura habitual, aún cauta pero más relajada. Sencillamente, ella ha respondido al cambio un poco antes que los demás.

—Inténtelo usted —sugiere.

Justineau se inclina hacia el coche y de repente se queda inmóvil, al ver a su ocupante. Pero si se encoge ante la imagen es solo una fracción de segundo. Alarga el brazo y, cuando gira la llave, Parks oye un apagado clic. El motor sigue en silencio. Como él esperaba.

Mira a ambos lados de la carretera. Hay maleza y matorrales a su derecha y un montón de leña apilada a la izquierda. Lo más probable es que los ocupantes del coche corriesen en la dirección más obvia, hacia los matorrales. Es imposible saber hasta dónde llegaron, pero no volvieron a buscar sus cosas ni a enterrar a su compañero. Parks se replantea lo de que el sacrificio del pasajero muerto salvó al resto. Es muy poco probable que escapase alguien.

Llegan los demás. Gallagher es el último, porque espera la señal de Parks. El sargento les dice que revisen las bolsas y cajas, pero en la mayoría de ellos no hay más que ese tipo de objetos personales que solo tienen valor para sus propietarios. Ni siquiera hay ropa. Solo libros, DVD, cartas y adornos. La poca comida que llevaban era perecedera y ha perecido: manzanas que se han secado, una hogaza de pan que se ha podrido y una botella de whisky que se deshizo en mil pedazos al caer sobre el asfalto.

Justineau abre la mochila.

—Por Dios —murmura.

Mete la mano y saca parte del contenido. Dinero. Fajos de billetes de cincuenta libras. Tan nuevecitos como recién sacados del banco, con sus fajas de papel y todo. Sin ningún valor. Veinte años después de que el mundo se fuese por el retrete, aún hay gente que cree que todo cambiará, que llegará un día en que el dinero volverá a significar algo.

—El triunfo de la esperanza sobre la experiencia —comenta Parks.

—Nostalgia —dice la doctora Caldwell, categórica—. El consuelo psicológico prevalece sobre las objeciones lógicas. Todo el mundo necesita algo a lo que aferrarse, una seguridad.

«Solo los idiotas», piensa Parks. Por su parte, él tiende a ver la seguridad en términos mucho menos abstractos.

Gallagher los mira de hito en hito, sin saber muy bien lo que pasa. Es demasiado joven para acordarse del dinero. Justineau comienza a explicárselo, pero finalmente sacude la cabeza y se rinde.

—¿Para qué arruinar tu inocencia? —dice.

—Una libra tenía cien peniques —dice la niña hambrienta—. Pero solo a partir del 15 de febrero de 1971. Antes de eso eran doscientos cuarenta.

Justineau se echa a reír.

—Muy bien, Melanie.

Le quita la faja a uno de los fajos de billetes, lo abre en abanico y lo lanza hacia arriba.

—Peniques desde el cielo —dice mientras el viento caliente se lleva los billetes.

La niña hambrienta sonríe, como si la lluvia de papel sin valor fuese un espectáculo de fuegos artificiales, y entorna los ojos para contemplar cómo vuelan frente al sol.

Ir a la siguiente página

Report Page