Melanie
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Lo primero que hace Melanie cuando se queda a solas con la doctora Caldwell es dirigirse al otro extremo de la sala y pegar la espalda a la pared. Observa cada movimiento de la doctora Caldwell, asustada y recelosa, lista para salir corriendo por la puerta tras la señorita Justineau.
Pero la doctora Caldwell se sienta pesadamente en una de las sillas, demasiado exhausta o enfrascada en sus propios pensamientos como para prestarle atención. Ni siquiera la mira.
En cualquier otro momento, Melanie habría salido a explorar. Lleva todo el día viendo cosas nuevas y maravillosas, pero el sargento les ha impuesto una marcha rápida y constante, y no ha tenido tiempo de investigar ninguna de las cosas maravillosas que veía a ambos lados del camino: árboles y lagos, verjas de enrejado, carteles que indicaban el camino a lugares que conoce por las clases, grandes anuncios cuyos carteles, prácticamente desintegrados, se han transformado en mosaicos de colores abstractos. Y criaturas vivientes: pájaros en el aire, y ratas, ratones y topos en la maleza paralela a la carretera. Un mundo demasiado grande para asimilarlo de una sola vez, demasiado novedoso para contar todavía con nombres.
Y ahora está allí, en aquella casa que tan poco se parece a la base. Que debe de estar llena de cosas que descubrir. Solo la sala en la que se encuentra está repleta de misterios grandes y pequeños. ¿Por qué las sillas están confinadas a sus extremos, cuando es tan espaciosa? ¿Por qué hay una pequeña cuna de alambre en la pared, junto a la puerta, con una botellita de plástico dentro y un cartel que reza LAS INFECCIONES CRUZADAS CUESTAN VIDAS? ¿Por qué hay una fotografía desgastada sobre una de las mesas (unos caballos al galope en un campo) que alguien ha cortado en centenares de trozos y luego reconstruido de nuevo?
Pero de momento, lo único que desea es meterse en algún sitio tranquilo y estar sola, para poder pensar en la terrible cosa que acaba de suceder. El terrible secreto que acaba de descubrir.
Aparte de la puerta por la que han entrado, hay otras dos en la sala. Melanie se dirige a la más cercana, aunque vigilando en todo momento a la doctora Caldwell (que sigue sin moverse) por el rabillo del ojo. Al otro lado se encuentra con otra sala, muy pequeña y casi toda blanca. Tiene armaritos y estantes blancos, y las paredes son de azulejos blancos y negros. En la parte superior de uno de los armaritos hay una serie de diales e interruptores. Huele a grasa vieja. Melanie sabe lo suficiente para deducir que se trata de un horno. Ha visto fotos en los libros. Aquello debe de ser una especie de cocina, un sitio donde preparan cosas ricas para comer. Pero es demasiado pequeña como para esconderse en su interior. Si la doctora Caldwell viene a buscarla estará atrapada.
Vuelve a salir. La doctora no se ha movido, así que se dirige a la otra puerta dando un rodeo para no acercarse a ella. La segunda sala es muy distinta a la cocina. Las paredes están pintadas de colores brillantes y tienen carteles colgados. En uno de ellos dice FAUNA DE LA CAMPIÑA BRITÁNICA y en la otra hay palabras que comienzan por cada una de las letras del alfabeto. «Avión». «Barco». «Colegio». «Dedo». «Elefante». Los dibujos son alegres y sencillos. El barco y el colegio tienen caritas sonrientes y Melanie está casi segura de que no son representaciones realistas.
También allí hay sillas, pero son más pequeñas y están por todas partes, en grupitos, no ordenadas con pulcritud por todo el perímetro. En el suelo hay juguetes, abandonados con tanta despreocupación como si los hubieran dejado allí un momento antes. Muñecas con vestiditos y soldaditos de uniforme. Formas de casas, coches o personas hechas con bloques de plástico. Animales de peluche tan descoloridos que casi parecen grises.
Y libros. Montones de libros sobre las sillas, las mesas y el suelo. Y centenares más en una gran librería que hay junto a la puerta. Melanie no está de ánimo para cogerlos y ponerse a leer. El secreto le pesa demasiado. Y aunque quisiera, tiene las manos esposadas a la espalda y los pies, aunque desnudos, no son ni de lejos lo bastante flexibles como para pasar las páginas. Así que se limita a mirar los títulos:
La pequeña oruga glotona
El zorro en calcetines
Peepo
Polis y cacos
¿Qué se hace con un canguro?
Donde viven los monstruos
El disparate pirata
Pásame la mermelada, Jim
Los propios títulos son como historias. Algunos de los libros están rotos o deshechos y sus páginas están esparcidas por el suelo. Eso la entristecería de no ser porque su corazón está lleno a rebosar por un vertiginoso cargamento de emociones.
No es una niña. Es una hambrienta.
Es demasiado absurdo y terrible para ser verdad. Pero también demasiado evidente como para ignorarlo, al menos ahora. Los hambrientos que la ignoraron en la base, cuando podrían haberla devorado… Parece una prueba definitiva. O no. Puede que oliesen la sangre de la doctora Selkirk y eso los distrajese, o que buscasen una presa más grande, o que el gel desinfectante azul ocultase su olor, como hacen los productos químicos de las duchas con el de los adultos.
Pero en la calle, apenas hace un momento, cuando se puso delante del sargento Parks… en un gesto impulsivo, sin pensar, porque quería luchar contra los monstruos como él, en lugar de esconderse como un gran gato asustado, fue como si ni siquiera pudieran verla. Desde luego no querían devorarla, como les pasa con los demás. Era como si fuese invisible. Como si en el sitio donde estaba no hubiera más que una gran burbuja de invisibilidad.
Pero esa no es la prueba principal. Solo es la pequeña prueba que la obliga a contemplar la principal, que es tan grande que ahora se pregunta cómo es posible que no la haya visto de inmediato. El propio mundo. El nombre. Hambrientos.
Se llaman así por la sensación que la embargó a ella cuando olió a la señorita Justineau en la celda, o a los chatarreros, fuera del bloque. Los hambrientos te huelen y luego te dan caza hasta que te devoran. No pueden contenerse.
Melanie sabe exactamente cómo se sienten. Lo que quiere decir que también es un monstruo.
Ahora tiene sentido que la doctora Caldwell piense que está bien cortarla en trocitos sobre una mesa para meterla en frascos.
La puerta que tiene detrás se abre casi sin hacer ruido.
Al volverse se encuentra con la doctora Caldwell, que la observa desde el umbral. Su expresión es complicada y confusa. Melanie se siente repelida por ella.
—Sea cual sea el factor pertinente —dice la doctora Caldwell con un rápido y sordo murmullo—, tú eres su apogeo. ¿Lo sabes? Una mente superdotada a la que no afecta en modo alguno esa porquería grisácea que te crece en el cerebro. El Ophiocordyceps tendría que haber devorado tu corteza cerebral sin dejar tras de sí más que los nervios motores y algunas respuestas aleatorias. Pero aquí estás.
Da un paso hacia delante y Melanie retrocede otro en dirección contraria.
—No voy a hacerte daño —dice la doctora Caldwell—. A fin de cuentas, tampoco me servirías de nada. No tengo laboratorio. Ni microscopios. Solo quiero observar las estructuras básicas. La raíz de tu lengua. Los lagrimales. El esófago. Ver hasta dónde ha llegado la infección. Eso ya es algo. Algo con lo que trabajar. El resto puede esperar. Pero eres un espécimen crucial y no puedo…
Al ver que la doctora Caldwell alarga el brazo hacia ella, Melanie se agacha, la esquiva y corre hacia la puerta. La doctora Caldwell se vuelve y está a punto de cogerla. Las yemas de sus dedos se deslizan sobre el hombro de Melanie, pero las vendas la entorpecen y no consigue agarrarla.
Melanie corre como si la persiguiera un tigre.
Oye el jadeo furioso de la doctora Caldwell:
—¡Joder! ¡Melanie!
Sale a la habitación grande, la de las sillas en el perímetro. Ni siquiera sabe si la sigue, porque no se atreve a mirar atrás. La bilis se le sube a la garganta al pensar en el laboratorio, en la mesa y en el cuchillo de mango largo.
En su pánico, huye por la primera puerta que encuentra, sin saber si es la correcta. No lo es. Es la cocina y está atrapada. Profiere un sonido desde el fondo de la garganta, un gimoteo animal.
Vuelve a salir a la sala de las sillas. La doctora Caldwell está al otro extremo. La puerta del pasillo está a medio camino.
—No seas estúpida —dice la doctora Caldwell—. No voy a hacerte nada. Solo quiero examinarte.
Melanie echa a andar hacia ella con la cabeza gacha, dócil.
—Eso es —dice la doctora Caldwell con voz tranquilizadora—. Vamos.
Cuando Melanie llega a la altura de la puerta que da al pasillo, escapa por ella.
Como no sabe a dónde va, tampoco le importa la dirección, pero las memoriza de todos modos. Izquierda. Izquierda. Derecha. No puede impedirlo. Es el mismo instinto que le hizo memorizar la ruta de regreso al bloque de las celdas, cuando el sargento Parks se la llevó al laboratorio de la doctora Caldwell. La palabra hogar sigue teniendo distintos significados, pero necesita recordar el camino de regreso. Es una necesidad que lleva demasiado dentro como para extraerla.
Todos los pasillos se parecen y en ninguno de ellos hay donde esconderse, al menos para alguien que no puede utilizar las manos. Pasa por delante de una puerta tras otra, todas cerradas.
Finalmente se oculta en una especie de nicho, un pequeño ensanchamiento del pasillo que crea un ángulo, un refugio del tamaño justo para su cuerpo. Solo engañaría a alguien que no estuviese buscándola, dado que cualquiera que pase la verá con solo volver la cabeza. Si la doctora Caldwell la encuentra, volverá a echar a correr y si la coge llamará a gritos a la señorita Justineau. Ese es el plan, el mejor que se le ocurre.
Aguza los oídos en busca de pasos distantes. Y cuando oye la canción, desde mucho más cerca, salta como un conejo.
—Cogió su caballo… por el borrén…
Es una voz tan ronca que casi no es una voz. Un hálito forzado a atravesar una grieta de la pared por un fuelle roto. Es como si alguien hubiera dejado atrás una canción al morir y ahora flotase entre los árboles.
Y solo son esas seis palabras. Silencio antes y silencio después. Durante casi un minuto. Melanie cuenta entre dientes, temblando.
—Y lo llevó… hasta el… establo.
Esta vez no salta, pero sí se muerde el labio. No puede imaginarse la boca capaz de producir tales sonidos. Ha oído hablar de los fantasmas —una vez, la señorita J contó en clase algunas historias, pero se detuvo al acercarse demasiado al tema de la muerte— y Melanie se pregunta si será el fantasma de alguien que murió allí, que sigue cantando lo que cantaba en vida.
—Hay heno… y avena… para tu caballo, mi… amor…
Tiene que saberlo. Aunque sea un fantasma, no sería tan aterrador como seguir sin saberlo. Sale del escondrijo y dobla una esquina en pos del sonido.
Una luz tan roja como la sangre sale por una puerta abierta y la amilana un instante. Pero en cuanto la atraviesa se da cuenta de que es solo la luz del crepúsculo, que entra por una ventana.
¡Solo! Es la segunda vez que lo ve, pero esta es aún más impresionante. El cielo está prendido de abajo arriba, recorrido por unas llamas que recorren todo el espectro cromático, de los ardientes anaranjados del suelo a los violetas y azules de su cénit.
Le impide darse cuenta, durante al menos diez o veinte segundos, de que no está sola.