Melanie
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Caroline Caldwell también sigue el sonido de la extraña voz. Es consciente, claro está, de que no es la sujeto número 1 la que canta. Pero igualmente está convencida de que quien sea no representa una amenaza. Hasta que lo ve.
El hombre que se sienta en la cama parece el remate de un mal chiste. Lleva un camisón de hospital que se ha abierto y deja ver la desnudez que debía ocultar. Su cuerpo está surcado de viejas heridas. Unos profundos cortes en la carne de sus hombros, sus brazos y su cara marcan los sitios donde lo mordieron. Aunque esta manera de expresarlo se queda corta: se han alimentado de él, arrancando y consumiendo pedazos enteros de su sustancia física. Hay arañazos y desgarros sobre su pecho y su estómago, en los sitios donde los hambrientos que lo devoraron parcialmente lo agarraron y sujetaron. Le han arrancado los dos dedos centrales de la mano derecha a la altura de la segunda falange: una herida defensiva, supone Caldwell, recibida al tratar de sacarse de encima a un hambriento.
El toque mórbido es el vendaje del codo. El hombre ingresó en Wainwright con algún problema trivial, como bursitis, y, como sucede muchas veces, experimentó complicaciones durante el tratamiento. En este caso, las complicaciones consistieron en que los hambrientos se alimentaron de él y lo convirtieron en uno de ellos.
Sigue cantando, aparentemente ajeno al hecho de que Melanie está allí de pie, justo delante de él, y Caldwell en la puerta del cuarto.
—Ve y dale de comer… todo lo que puedas…
Sus palabras son tan extrañamente apropiadas que Caldwell queda desconcertada un instante. Pero no son la respuesta a sus pensamientos, sino el último verso de la cuarteta. Recuerda vagamente la canción. Es El soldado que viaja desde el norte, una antigua balada popular, tan deprimente e interminable como la mayoría de ellas. Precisamente el tipo de canción que esperaría que cantase un hambriento.
Si cantasen. Cosa que no hacen.
Otra cosa que no hacen es mirar fotografías, pero este lo está haciendo. Mientras canta, sujeta una cartera en el regazo, una cartera de esas con una solapa adicional para tarjetas de crédito. Esta no contiene tarjetas, sino fotografías. El hambriento está tratando de tocarlas con uno de los dedos que aún conserva en la mano derecha.
Sus movimientos son intermitentes, y las pausas entre verso y verso, en las que permanece sentado, completamente inmóvil, son muy largas. Cada vez que intenta dar la vuelta a una fotografía y no lo consigue susurra un nuevo verso.
—Ella lo cogió… de la mano… blanca como las lilas…
Involuntariamente, los ojos de Caldwell buscan los de Melanie. La mirada que intercambian no transmite afinidad alguna, más allá de la consanguinidad básica que les impone el hecho de ser dos criaturas racionales y definidas, enfrentadas a lo imposible, lo insólito.
Caldwell entra en la habitación y rodea al infectado, muy lenta y cautelosamente. Las marcas de violencia que exhibe son, comprueba ahora, muy antiguas. La sangre de las heridas se ha secado y se ha ido desprendiendo en copos. Cada uno de los cortes está rodeado por un encaje de finísimas hebras grisáceas, prueba visible de que Ophiocordyceps se ha apoderado de él. Y también tiene una pelusa del mismo color en los labios y en el rabillo de los ojos.
Es posible, piensa con clínica racionalidad, que haya permanecido en ese cuarto, en esa misma cama, desde que se infectó. Si es el caso, es posible que algunos de los mordiscos de sus brazos se los haya infligido él mismo. El hongo necesita proteínas, ante todo, y aunque puede sobrevivir con muy poco, no puede vivir del aire. El autocanibalismo es una estrategia de supervivencia eminentemente práctica en el caso de un parásito para el que el cuerpo de su anfitrión es solo un vector temporal.
Caldwell está totalmente fascinada. Pero también, después de lo que sucedió fuera, es consciente de que debe mostrarse cauta. Retrocede de nuevo hasta la puerta y pide con un gesto a la chica, al sujeto de experimentación, que se reúna con ella. Melanie se queda exactamente donde está. Ha identificado a Caldwell como la mayor de las amenazas presentes, cosa que, de hecho, dista mucho de ser irrazonable.
Pero Caldwell no tiene tiempo para tonterías.
Saca el arma que le dio el sargento Parks, que hasta ahora ha permanecido en el bolsillo de su bata de laboratorio. Le quita el seguro con el pulgar, la empuña con ambas manos y apunta a Melanie. A la cabeza.
Melanie se pone tensa. Ha visto lo que hacen las armas de fuego a corto alcance. Mira fijamente el cañón, enfermizamente hipnotizada por su proximidad, su letal potencialidad.
Caldwell vuelve a llamarla, esta vez con un movimiento de la cabeza.
—Ella lo llevó… a la pensión…
Melanie tarda mucho en decidirse, pero al final se acerca a Caldwell. La doctora sujeta el arma con una mano y le pone la otra en el hombro para sacarla del cuarto.
Se vuelve de nuevo hacia el hambriento.
—Hay tarta y vino para ti, mi amor —canta este—. Los mejores frutos de mis tierras.
El hambriento se estremece con una rápida convulsión que lo atraviesa de la cabeza a los pies. Caldwell retrocede precipitadamente un paso y lo apunta al pecho con el arma. A esa distancia es imposible que falle.
Pero el hambriento no se levanta. Se limita a mover la cabeza de lado a lado, como si estuviera tratando de localizar la procedencia del sonido.
—So… —susurra con esa voz cascada que casi no es una voz—. So-so-so…
—Déjelo en paz —murmura Melanie con ferocidad—. No le está haciendo ningún daño.
—Ella se quitó el rojo, rojo camisón —canturrea Caldwell—. Y lo dejó junto al fuego.
—So… —grazna el hambriento—. So…
—Quite de en medio —dice el sargento Parks.
Apoya una mano en el hombro de Caldwell y la aparta con brusquedad.
—… phie —dice el hambriento.
Parks dispara una vez. En la frente del hambriento aparece un círculo negro y bien delimitado, como una marca de casta. Cae de costado y rueda hasta el suelo. Unas manchas muy viejas, negras, rojas y grises, indican el lugar donde ha yacido tanto tiempo.
—¿Por qué? —aúlla Caldwell, incapaz de contenerse.
Y se vuelve hacia el sargento con los brazos abiertos de par en par.
—¿Por qué tiene que dispararles siempre en la cabeza, joder?
Parks le devuelve la mirada con rostro pétreo. Al cabo de un momento, le agarra la mano derecha y la obliga a bajar hasta que el arma apunta al suelo.
—Si quiere dar lecciones con un arma en la mano —dice—, procure que sea con el seguro puesto.