Melanie
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Teniendo en cuenta lo mal que empezó todo, la segunda noche de su viaje es mucho mejor que la primera, al menos en opinión de Helen Justineau.
Para empezar, tienen algo de comer. Y lo que es aún más milagroso, tienen donde cocinarlo, porque la pequeña cocina es de butano. La bombona que estaba enchufada está vacía, pero hay otras dos llenas en un rincón del cuarto y parecen en buen estado.
Los tres —Justineau, Parks y Gallagher— investigan los tesoros que esconden los armaritos de la cocina a la luz de unas linternas y de la luna casi llena que resplandece fuera en el exterior y anuncian sus hallazgos con exhalaciones de maravilla o repugnancia. Justineau comete el error de comprobar las fechas de caducidad, y, como es lógico, todas se remontan a hace más de una década, pero Parks insiste en que las latas están bien. O al menos la mayoría, según las leyes de la probabilidad. Además, cuando el contenido de una lata se oxida apesta, de manera que pueden probar suerte hasta que esta les sonría.
Justineau sopesa los riesgos frente a la certeza absoluta que supone la mezcla de proteínas y carbohidratos número 3. Coge un abrelatas que ha encontrado en un cajón y comienza a abrir una de las latas.
Sufren algunos episodios desagradables, pero la teoría de Parks se demuestra acertada. Unas treinta o cuarenta latas más tarde, terminan con un menú de ternera en salsa, patatas de guarnición, judías y puré de guisantes. Parks enciende la cocina con una caja de cerillas —de las de toda la vida, que debe de tener siglos de antigüedad—, que saca del bolsillo con un movimiento sospechosamente teatral, y Gallagher cocina mientras Justineau le quita el polvo a los platos y la cubertería y los lava con un poquito de agua de una de las cantimploras.
Melanie y la doctora Caldwell no participan. Caldwell se ha sentado en una de las sillas de la sala común, y está ocupada quitándose o ajustando los vendajes de sus manos. Su rostro exhibe una expresión de furiosa intensidad y cuando le hablan no responde. Podría parecer que está enfurruñada, pero en opinión de Justineau lo que están viendo es pensamiento en estado puro. La científica en acción.
Melanie se encuentra en la otra habitación, que evidentemente era una sala de juegos en la que se quedaban los hijos de los pacientes o las visitas. Se ha mostrado apagada y taciturna desde que llegaron. Es difícil extraerle una sola palabra. Parks se ha negado en redondo a soltarle las manos, pero al menos hay carteles en las paredes que puede mirar y un viejo puf de color rojo fuerte en el que puede sentarse. Le han atado el tobillo al radiador con una cadena corta, que le da libertad de movimientos en un radio de unos siete metros.
Cuando la comida está lista, Justineau le lleva un poco. La niña está sentada en el puf, con las piernas cruzadas y, sus ojos azules escudriñan uno de los carteles de la pared, donde aparecen ratones de campo, tejones y otros ejemplos de fauna campestre británica. Justineau se fija en que su cabeza está cubierta por una fina pelusa amarilla. Los primeros indicios de un pelo que vuelve a crecer. Le recuerda a un pollito recién nacido.
Se sienta a su lado para acompañarla mientras come. Según Caldwell, los hambrientos solo pueden metabolizar las proteínas, así que Justineau le ha quitado la salsa a unos trozos de ternera y los ha puesto en un cuenco.
A Melanie le asusta un poco que la comida esté caliente. Justineau tiene que soplar en los trozos de carne antes de dárselos —a través de la rejilla de acero de su bozal— con un tenedor. No parece que le gusten demasiado, pero le da las gracias con mucha educación.
—Qué día más largo —comenta Justineau.
Melanie asiente pero no dice nada.
Cuando acaban con la comida, le enseña a la niña lo demás que ha encontrado. Algunos de los cuartos tenían ropa en el armario o en los cajones. En uno de ellos debió de alojarse una chica, seguramente un poco más joven que Melanie, pero de talla similar.
Melanie se queda mirando la ropa que le enseña Justineau, sin pronunciar palabra. Aun sombría y taciturna como es, resulta evidente que está fascinada. Hay unos vaqueros de color rosa con un unicornio bordado en el bolsillo de atrás. Una camiseta azul pastel, con las palabras BORN TO DANCE estampadas. Una chaqueta de aviador, también rosa, con solapas abotonadas en los hombros y montones de bolsillos. Unas braguitas blancas y calcetines con franjas de colores. Unas zapatillas con cordones de estrellas.
—¿Te gusta? —pregunta Justineau.
Melanie no ha dicho nada, pero su mirada salta entre las extrañas ofrendas, estudiándolas o tal vez comparándolas.
—Sí —dice—. Eso creo. Pero…
Titubea.
—¿Qué pasa?
—No sé cómo se ponen.
Claro. Nunca ha llevado ropa con botones o cremalleras. Y además están la cadena y las esposas.
—Yo te echaré una mano —le promete Justineau—. No podemos hacer nada hasta mañana por la mañana, pero antes de que nos pongamos en marcha le pediré al sargento Parks que te desate unos minutos. Te quitaremos esa vieja y mohosa sudadera y te dejaremos como un pincel.
—Gracias, señorita Justineau —responde la niña con expresión solemne—. El otro soldado también debe estar presente.
Esto entristece un poco a Justineau.
—No tienen por qué ver cómo te cambias —dice—. Mejor les pedimos que esperen en el cuarto de al lado, ¿no?
Melanie sacude la cabeza.
—No.
—¿No?
—Uno para desatarme y el otro para apuntarme con la pistola. Tiene que haber dos.