Melanie

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Helen Justineau recupera la consciencia como alguien que regresara a casa tras una excursión de treinta kilómetros. Es un proceso lento y agotador. No deja de ver cosas que le resultan familiares y de creer que prácticamente ha llegado, pero entonces vuelve a perderse y tiene que seguir deambulando entre sus propios pensamientos fragmentarios, reviviendo los sucesos de la noche pasada en un centenar de reelaboraciones aleatorias.

Finalmente comprende dónde está. Dentro de Rosie, sentada sobre una rejilla metálica, junto a la sección central, en un charco de su propio vómito.

El esfuerzo de incorporarse le hace vomitar un poco más. Atraviesa los distintos compartimientos en busca de Parks, Caldwell y Melanie. Encuentra solo a una de ellos. El cuerpo de la doctora, tieso y frío, yace sobre el suelo del laboratorio, encogido en una marca de interrogación post mortem. Tiene un poco de sangre seca en la cara, procedente de una herida reciente, pero no parece que sea eso lo que le ha costado la vida. Claro que por lo que dijo Parks estaba agonizando por la septicemia que le provocaron las heridas de sus manos.

Sobre una de las superficies de trabajo del laboratorio hay una cabeza de niño a la que le han levantado la tapa del cráneo. Hay trozos de hueso y tejido ensangrentado en un cuenco, junto a la cabeza, al lado de un par de guantes quirúrgicos con sangre seca incrustada.

Ni rastro de Melanie o Parks.

Al asomarse por la ventana, Justineau se da cuenta de que está nevando. Una nieve gris. Copos diminutos que parecen una nube de polvo, pero que caen del cielo sin cesar.

Cuando comprende qué es lo que está viendo se echa a llorar.

Pasan las horas. El sol asciende por el cielo. Justineau se imagina que su luz se atenúa un poco, como si las grisáceas semillas estuvieran formando una cortina en la atmósfera.

Melanie regresa a Rosie en medio de las polvorientas ventoleras del fin del mundo. Saluda a Justineau a través de la ventana y luego señala a la puerta. Va a entrar.

Por la esclusa. La máquina ejecuta el ciclo con lentitud, mientras Melanie se embadurna el cuerpo, cubierto ya de desinfectante, con una capa de fungicida líquido.

«Ahora vuelvo. Me ocuparé de usted».

Justineau comprende ahora lo que quería decir. Cómo va a vivir y lo que va a ser. Y se ríe, entre la asfixia de las lágrimas, porque es completamente justo. Nada se olvida y todo se paga.

Y aunque pudiera, tampoco regatearía con el precio.

La compuerta interior de la esclusa se abre. Melanie corre hacia ella y la abraza. Le ofrece su cariño sin titubeos ni límites, lo merezca o no… y, al mismo tiempo, anuncia su veredicto.

—Vístase —dice alegremente—. Venga a conocerlos.

Los niños. Huraños e incómodos, sentados de cuclillas en el suelo, silenciados por las feroces miradas de Melanie. Justineau apenas conserva un vago recuerdo de la noche anterior, pero puede ver el asombro con que miran a Melanie mientras camina entre ellos, acallándolos con su severidad.

Justineau combate una mareante punzada de claustrofobia. El traje de seguridad le da mucho calor y ya empieza a tener sed, a pesar de que acaba de beberse el equivalente a la mitad de su propio peso en agua de los tanques de filtración de Rosie.

Se sienta en el umbral de la compuerta de la sección central. Lleva un rotulador en la mano. La propia Rosie será su pizarra.

—Buenos días, señorita Justineau —dice Melanie.

Algunos de los demás niños —más de la mitad— tratan de imitarla con un murmullo que sube y baja.

—Buenas noches, Melanie —responde Justineau. Y añade—: Buenos días, clase.

En el costado del tanque dibuja una «A» mayúscula y una «a» minúscula. Los mitos griegos y las ecuaciones de segundo grado llegarán más adelante.

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