Melanie
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Una mano en el hombro y una sacudida sacan a Justineau de su sueño. Por un instante, creyéndose atacada, siente un acceso de pánico, pero es Parks al que está golpeando y es de Parks la mano que intenta sacudirse de encima. No es la única. Está despertándolos a todos para decirles que corran a la ventana cagando leches. La salida del sol ha iluminado una situación bastante fea y deprimente y tienen que verla.
Los hambrientos que los persiguieron ayer no se han dispersado. Rodean todo el perímetro de Wainwright House, en dos y hasta tres hileras de profundidad, detenidos solo por el muro.
El pasillo de abajo está invadido por aquellos a los que no detuvo y persiguieron a sus presas humanas hasta el interior. Desde el muñón de la escalera se puede ver la multitud de monstruos descarnados que hay abajo, tan apiñados como el público de un espectáculo para el que se han agotado las entradas.
Un espectáculo que, en este caso, es el desayuno.
Tensos y asustados, los cuatros contemplan las posibilidades. Obviamente, no pueden abrirse paso a tiros. Aunque gastasen toda la munición, el enemigo es tan numeroso que ni se notaría. Además, el ruido es lo que los ha metido en esta situación. Si hacen más corren el riesgo de atraer más monstruos todavía.
Justineau se pregunta si no podrían utilizar este hecho en su beneficio.
—Si tira unas granadas —sugiere a Parks—, por ejemplo desde el tejado, los hambrientos acudirán al ruido, ¿no? Podríamos distraerlos y entonces, cuando la verja esté despejada, echar a correr en sentido contrario.
Parks abre las manos.
—No me quedan —dice—. Solo tenía las del cinturón y las usé todas anoche para volar el puente levadizo.
Gallagher abre la boca, vuelve a cerrarla y prueba con otra cosa:
—Podría preparar unos cócteles Molotov —sugiere. Señala la cocina con la cabeza—. Hay botellas de aceite de cocina.
—No creo que una botella haga mucho ruido al romperse —dice la doctora Caldwell con amargura.
—Puede que sí —murmura Parks, aunque no parece demasiado convencido—. Y aunque no sea así, siempre podemos prender fuego a esos cabrones para abrirnos paso.
—No con los de abajo —responde Caldwell—. No me atrae la idea de quedarme atrapada en un edificio en llamas.
—Y habría humo —dice Justineau—. Un montón, seguramente. Si los chatarreros siguen buscándonos, será como poner un enorme cartel luminoso diciendo que estamos aquí.
—¿Pues con botellas vacías, entonces? —dice Gallagher—. Sin aceite. Podemos tratar de atraerlos con el ruido.
Parks mira por la ventana. No hace falta ni que lo diga. Entre el tejado o las ventanas del edificio y las calles del exterior del perímetro hay unos treinta metros. Es posible lanzar una botella tan lejos, aunque para ello debes usar todas tus fuerzas y necesitas contar con la ayuda del viento y la suerte. Si la botella se queda corta, solo conseguirán que entren los hambrientos que se pararon en las puertas.
Y lo mismo habría pasado con las granadas, claro. Probablemente habrían hecho más mal que bien.
Le dan varias vueltas al plan, pero a nadie se le ocurre una manera sencilla u obvia de escapar. Se han dejado arrinconar por unos depredadores que no pierden el interés ni se marchan. Esperar no es una opción viable y todas las demás pintan mal.
Justineau va a ver a Melanie. La niña ya se ha levantado y está mirando por la ventana, pero se vuelve al oír sus pasos. Puede que haya escuchado la conversación que han mantenido en el cuarto de al lado. Intenta tranquilizarla.
—Ya se nos ocurrirá algo —le dice—. Seguro que hay un modo de salir de esto.
Melanie asiente con calma.
—Ya lo sé —dice.
* * *
A Parks no le gusta la idea, cosa que no sorprende a Justineau en absoluto. Y a Caldwell le gusta aún menos.
Solo Gallagher parece aprobarla, aunque no hace más que asentir, como si le diese miedo decir cualquier cosa que suponga contradecir directamente a su sargento.
Están sentados en la sala común, en un pequeño círculo formado por cuatro sillas. La imagen transmite la sensación de que están hablando entre sí, aunque Caldwell está en su propio mundo, Gallagher no dice nada si no le preguntan y Parks no escucha a nadie más que a sí mismo.
—No quiero quitarle la correa —repite por tercera vez.
—Joder, ¿por qué no? —inquiere Justineau—. Hace dos días no tuvo mayor problema en dejarla suelta. El propósito de la correa y las esposas eran que pudiese venir con nosotros. Lo que usted entiende por un arreglo. Así que, desde su punto de vista, no hay nada que perder. Nada en absoluto. Si hace lo que dice que va a hacer, saldremos de esta. Y si se escapa, no estaremos peor de lo que estamos ahora.
Caldwell ignora el discurso y apela directamente al sargento.
—Melanie me pertenece —le recuerda—. Le pertenece al programa. Si la perdemos será su responsabilidad.
No debería haber dicho eso. A Parks no parece gustarle que lo amenacen.
—Me he pasado cuatro años trabajando para su programa, doctora —le recuerda—. Hoy es mi día libre.
Caldwell hace ademán de replicar, pero Parks responde ahora a Justineau.
—Si la dejamos suelta, ¿por qué iba a volver?
—Ojalá pudiera responder a eso —dice Justineau—. La verdad es que es un completo misterio para mí. Pero dice que lo hará y yo la creo. Puede que porque somos lo único que conoce.
«O puede que porque me adora y el amor es ciego cuando tiene que serlo».
—Quiero hablar con ella —dice Parks—. Tráiganla.
Todavía lleva la correa, las manos atadas a la espalda y un bozal en la boca. Se planta delante de Parks como el caudillo de una tribu primitiva, con toda su dignidad, y Justineau repara de pronto en todas las transformaciones que ha experimentado. Ahora que ha salido al ancho mundo, su educación está acelerando a una velocidad peligrosa e imposible de calcular. Le recuerda a un antiguo cuadro. ¿Y cuándo fue la última vez que viste a tu padre? Porque la postura de Melanie es exactamente la misma que la del niño de la pintura. Aunque en el caso de Melanie la pregunta sería totalmente absurda.
—¿Crees que puedes hacerlo? —pregunta Parks—. ¿Lo que le has dicho a la señorita Justineau? ¿De verdad lo crees?
—Sí —dice Melanie.
—Eso significa que tendría que confiar en ti. Soltarte, aquí mismo, en la sala, con nosotros.
Tiene algo en la mano y lo agita como si fuesen unos dados a punto de lanzar. Se lo enseña: la llave de las esposas.
—No creo que signifique eso, sargento Parks —responde Melanie.
—¿Ah, no?
—No. Tendría que liberarme, pero no confiar en mí. Lo que sí deberían hacer es embadurnarse bien con ese producto químico para asegurarse de que no puedo olerlos. Y ordenar a Kieran que me quite las esposas mientras me apunta con su arma. Y no hace falta que me quite la jaula esta de la boca. Solo necesito las manos.
Parks se la queda mirando un instante, como si fuese una frase escrita en una lengua que él no comprende.
—Lo tienes todo pensado —reconoce.
—Sí.
El sargento se inclina hacia delante para mirarla a los ojos.
—¿Y no te da miedo?
Melanie vacila.
—¿El qué? —le pregunta.
Justineau queda asombrada por la momentánea pausa. Le habría costado lo mismo decir sí o no, con independencia de que fuese cierto. La pausa significa que Melanie es escrupulosa y sopesa sus palabras. Significa que intenta ser honesta con ellos.
Como si hubieran hecho algo, siquiera una cosa, para merecerlo.
—Los hambrientos —dice Parks como si fuese obvio.
Melanie sacude la cabeza.
—¿Y eso?
—No me harán nada.
—¿No? ¿Por qué?
—Basta —interviene Justineau.
Pero Melanie responde igualmente. Con lentitud. Con gravedad. Como si las palabras fuesen piedras y estuviera usándolas para levantar un muro.
—Porque no se muerden unos a otros.
—¿Y?
—Soy como ellos. Casi. Lo bastante como para que no sientan hambre cuando me huelen.
Parks asiente con lentitud. Aquí es donde desembocaba su interrogatorio. Quería saber hasta dónde ha llegado Melanie con sus deducciones. Qué tiene en la cabeza. Y lo que está haciendo la niña es ocuparse de tareas logísticas.
—¿Como ellos o casi? ¿Cuál de las dos?
El rostro de Melanie es inescrutable, pero lo recorre una emoción potente sin llegar a asentarse.
—No soy igual a ellos porque no quiero comerme a nadie.
—¿No? ¿Y qué era toda esa cosa roja que tenías anteayer por encima, cuando subiste al Humvee? A mí me parecía sangre.
—A veces necesito devorar a alguien. Pero querer no quiero nunca.
—¿Eso es lo único que se te ocurre, niña? ¿Que son cosas que pasan?
Otra pausa. Más larga.
—A ti no te ha pasado.
—Muy cierto —reconoce Parks—. Pero sigo pensando que no significa nada. Te ofreces a ayudarnos contra esas criaturas, cuando a mí me da la sensación de que igual querrías estar ahí abajo, mirándonos, esperando a que suene la campana de la cena. Así que supongo que lo que te estoy preguntando es esto: ¿Por qué ibas a volver y por qué tengo que creerme que vas a hacerlo?
Melanie deja traslucir su impaciencia por primera vez.
—Volvería porque quiero. Porque estoy con vosotros, no con ellos. Y sería imposible que me quedase con ellos, aunque quisiera. Son…
Sea cual sea el concepto que esté buscando, la burla de momento.
—No están unos con otros. Nunca.
Nadie le responde, pero Parks parece satisfecho. Como si la niña hubiera encontrado la contraseña secreta. Ya es miembro del club. El club de «Rodeados por monstruos infinitos».
—Estoy con vosotros —repite Melanie. Y entonces, como si fuese necesario, añade—: No, no exactamente. Estoy con la señorita Justineau.
Sorprendentemente, Parks también parece satisfecho con esto. Se pone en pie con aire decidido.
—Eso puedo entenderlo —dice—. Vale, niña. Vamos a confiar en ti. Venga.
Melanie se queda donde está.
—¿Qué pasa? —inquiere Parks—. ¿Es que necesitas algo más?
—Sí —dice Melanie—. Ponerme mi ropa nueva, por favor.