Melanie
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La llevan hasta el final de las escaleras. Hasta donde estaba el final de las escaleras antes de que las volara el sargento Parks. Melanie asoma sobre el borde.
Hay montones de hambrientos allí abajo. Puede que cien o más, apiñados en el pasillo. Cuando aparecen los dos hombres y las dos mujeres levantan la cabeza y los siguen con la cabeza, como las flores al sol.
El sargento Parks no saca el arma pero hace que Melanie se dé la vuelta para quitarle las esposas y le dice que no se mueva. Cuando ella siente las manos libres, la invade el impulso de menear los dedos para asegurarse de que aún funcionan como es debido, pero no lo hace.
El sargento Parks le suelta también la correa del cuello y se vuelve hacia la señorita J, que espera con la ropa.
No resulta agradable que le saquen el suéter por la cabeza —el suéter de la señorita Justineau, que ha llevado todo este tiempo—, ni volver a estar desnuda. No es la mirada de los adultos lo que le incomoda sino la sensación del contacto directo del aire con el cuerpo. La sensación de exposición total.
Pero a medida que la señorita J le va poniendo su nueva ropa, la sensación se desvanece. Le encantan los vaqueros y la camiseta, y también la chaqueta, que se parece un poco a la del sargento Parks. Solo las zapatillas le resultan raras. Nunca ha llevado calzado y la pérdida del torrente de información que recibía a través de los pies resulta perturbadora. Es muy posible que su asociación con las zapatillas no sea muy duradera. Pero ¡es que son preciosas!
—¿Ya? —pregunta Parks.
—Estás fantástica, Melanie —le dice la señorita Justineau.
Melanie asiente en señal de gratitud y conformidad. Sabe que es cierto.
Pero no están listos. Aún no. La señorita Justineau saca algo del bolsillo y se lo ofrece a Melanie. Es una cosa diminuta, hecha de plástico gris. Rectangular, con un botón redondo. Alrededor del botón, en letras rojas, pone PROTECCIÓN. Y debajo PELIGRO, 150 DECIBELIOS.
—Cuando llegue el momento de hacer mucho ruido —le dice la señorita Justineau—, es posible que esto te ayude.
—¿Qué es? —pregunta Melanie.
Intenta parecer tranquila y despreocupada, como si recibir un regalo de la señorita Justineau fuera algo sin importancia.
—Una alarma personal. De hace mucho. La gente la llevaba por si los atacaban.
—¿Los hambrientos?
—No. Otras personas. Hace un ruido como el de la alarma que anunciaba el final del día en la base, solo que muchísimo más fuerte. Lo bastante como para hacer que a la gente le entre el pánico y eche a correr. Los hambrientos también correrán, pero hacia el sonido. Es posible que no funcione después de tanto tiempo, pero nunca se sabe.
Melanie titubea.
—Debería quedársela —dice—. Por si la atacan.
La señorita Justineau cierra los dedos de Melanie sobre el pequeño objeto, que sigue templado tras el paso por su bolsillo. Es como un trocito de la señorita Justineau, que puede llevarse consigo. Aún siente en los hombros el peso de su nuevo descubrimiento, pero el corazón se le hincha de orgullo al guardar la alarma en el bolsillo de sus nuevos vaqueros con unicornio.
—Ya —confirma al sargento Parks.
El rostro de este expresa una patente impaciencia. Vuelve a ponerle la correa, solo que esta vez alrededor de la cintura y con un nudo diferente.
—Cuando estés en el suelo —le dice—, tira de este nudo y la cuerda se soltará.
—Vale —responde ella.
—No voy a quitarte el bozal —dice el sargento—. Pero con las manos libres no te costaría nada hacerlo tú misma. Eres una chica lista y seguro que ya lo has pensado.
Melanie se encoge de hombros. Pues claro que lo ha pensado, solo que no tiene demasiado sentido tratar de explicarle otra vez por qué prefiere no hacerlo.
—Pero quiero que sepas —dice el sargento— que si pretendes seguir con nosotros no debes hacerlo. O debes volver a ponértelo cuando termines. No tengo más y por lo que a mí se refiere tus dientes son un arma cargada. Así que no lo pierdas, porque es la llave de la puerta de regreso. ¿Vale?
—Vale.
—Muy bien. Gallagher, écheme una mano.
Los dos soldados se colocan en lo alto de las escaleras, listos para empezar a bajar la cuerda, pero en el último momento la señorita J se arrodilla junto a Melanie otra vez y la abraza.
La niña se pega a ella y se estremece deliciosamente al sentir que los brazos de la señorita Justineau la rodean.
Pero se aparta al cabo de un instante. Bajo el olor amargo de los productos químicos hay un leve atisbo de fragancia humana, el aroma de la señorita Justineau. Lo bastante como para transformar el placer puro de su proximidad en algo totalmente distinto, algo que amenaza con crecer hasta escapar de su control.
—Es peligroso —murmura con tono de urgencia—. Es peligroso.
—Los inhibidores —traduce el sargento Parks, a pesar de que no es necesario—. Necesita otra capa.
—Lo siento —musita la señorita Justineau, no al sargento Parks, sino a Melanie.
La niña asiente. Ha sentido miedo un instante, pero no pasa nada. Era un olor muy tenue y ahora que ha desaparecido la sensación de hambre vuelve a estar bajo su control.
El sargento Parks le pide que se siente en el último peldaño y se deje caer. Entre Kieran y él la descuelgan hacia la expectante multitud de hambrientos.
Que no reaccionan de manera alguna a su llegada. Algunos de ellos siguen el movimiento de descenso con la mirada, pero el sargento Parks se asegura de que sea lento y gradual para que no se alteren demasiado. Sus miradas pasan sobre ella sin detenerse. O más bien la atraviesan, sin reaccionar a su presencia.
En cuanto Melanie apoya los pies en el suelo, suelta la cuerda de un tirón. El sargento vuelve a subirla, tan lenta y gradualmente como la bajó.
Melanie levanta la mirada. Ve que el sargento Parks y a la señorita J están observándola. La señorita la saluda con la mano, abriendo y cerrando lentamente los dedos. Le devuelve el gesto.
Se abre paso con cuidado entre los hambrientos, sin que se percaten de su presencia ni la molesten.
Pero mentía cuando dijo que no estaba asustada. Estar allí, entre ellos, y ver sus cabezas ladeadas, sus bocas entreabiertas y sus ojos lechosos, es realmente aterrador. Ayer mismo pensó que los hambrientos eran como casas en las que antes vivía gente. Ahora se da cuenta de que cada una de esas casas está encantada. No está rodeada solo por los hambrientos. Está rodeada por los fantasmas de los hombres y las mujeres que eran antes. Tiene que combatir un repentino impulso de echar a correr, de salir al aire del exterior lo antes posible.
Llega hasta la puerta abriéndose paso entre cuerpos apelotonados. Pero el umbral es totalmente infranqueable. Hay demasiados hambrientos agolpados en el estrecho espacio de la jamba. Pero los grandes ventanales de los dos lados están rotos y los hambrientos que irrumpieron por ellos se han llevado consigo hasta el último de los fragmentos de cristal. Algunos de los más próximos a ella tienen aún en los brazos y el cuerpo las evidencias de su accidentado paso. Las heridas recientes rezuman un líquido denso y marrón. No se parece demasiado a la sangre.
Melanie consigue salir por el ventanal de la izquierda. En el aparcamiento hay más hambrientos, pero ya no están tan apiñados, así que le resulta más sencillo cruzarlo.
Llega a la puerta del exterior y sale a la calle.
Camina entre hambrientos. No se vuelven a su paso ni parecen reparar en su presencia. Llega hasta el parque y allí continúa entre los árboles y la crecida hierba.
Le gusta el lugar. Si fuese libre y tuviera tiempo de sobra y nada que hacer, querría quedarse allí mucho tiempo y fingir que está en la selva amazónica, que conoce por una clase de la señorita Mailer, hace muchísimo, y por la fotografía que había en la pared de su celda.
Pero no es libre ni le sobra el tiempo. Si tarda demasiado, la señorita J podría llegar a pensar que ha huido y la ha abandonado, y prefiere morir antes que la señorita sospeche eso.
Busca una rata como la que asustó a la doctora Caldwell, pero no hay ninguna. Ni pájaros, aunque seguramente un pájaro no le serviría.
Así que sigue buscando, calle arriba y calle abajo, dentro de las casas que tienen la puerta abierta, por los restos profanados y amontonados de vidas desaparecidas, tratando de no dejarse distraer por los ornamentos, las fotografías, los centenares y centenares de objetos inescrutables que encuentra.
En una habitación cubierta por treinta centímetros de hojarasca asusta a un zorro. El animal salta hacia una ventana rota, pero Melanie es tan rápida que consigue atraparlo en el aire. Su propia velocidad la maravilla.
Y su fuerza también. Aunque el zorro es tan grande como ella, cuando se revuelve y lucha entre sus brazos solo tiene que agarrarlo mejor y restringir su capacidad de movimiento, para conseguir que se detenga, tembloroso y lloroso, y la deje llevarlo a donde quiere.
Regresa al parque por la calle. Lo cruza hasta la verja donde se amontonan los hambrientos, sin mirarla, completamente inmóviles.
Melanie grita. Es el ruido más fuerte que puede hacer. No tan fuerte como debe de ser la alarma de la señorita Justineau, pero es que necesita las dos manos para sujetar al zorro y no quiere que se le escape hasta que los hambrientos la estén mirando.
Cuando las cabezas se vuelven hacia ella abre los brazos. El zorro escapa como una flecha disparada por el arco de Ulises.
Activados por el sonido, despiertos y alerta en busca de presas, los hambrientos obedecen su programación. Se ponen en movimiento con violenta brusquedad y echan a correr en pos del zorro como si estuvieran unidos a él por tensas cuerdas. Melanie retrocede lo más deprisa que puede y se refugia en un umbral cuando la primera oleada pasa junto a ella.
Son tantos y están tan amontonados que algunos de ellos caen al suelo y son pisoteados. Melanie ve que intentan ponerse de nuevo en pie, una vez tras otra, sin conseguirlo. Es casi gracioso, pero la espuma marrón y grisácea que les sale por la boca, parecida al zumo de las uvas, lo convierte también en algo triste y terrible. Cuando el resto de la horda se ha alejado por la calle, hasta casi perderse de vista, algunos de los que han caído logran incorporarse al fin y los siguen cojeando o a rastras. Otros se quedan en el sitio, retorciéndose y arañando el suelo, demasiado maltrechos para moverse.
Melanie los rodea cuidadosamente. Siente pena por ellos. Le gustaría poder ayudarlos, pero no puede. Vuelve a entrar en el recinto y se aproxima a la casa. Entra en el vestíbulo, que ha quedado totalmente desierto. Llama al sargento Parks, que sigue en el mismo sitio.
—Ha funcionado. Se han ido.
—Quédate ahí —responde el sargento—. Ahora nos reunimos contigo.
Y luego, después de observarla con mirada dura durante varios instantes, añade:
—Buen trabajo, chica.