Melanie
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Con las cuerdas, bajar es pan comido. El sargento Parks decide el orden: Gallagher el primero, para que haya abajo alguien que sepa manejar un arma. Luego Helen Justineau, luego la doctora Caldwell y por fin él mismo, en retaguardia. La doctora Caldwell es la única que supone algún problema, puesto que con las manos vendadas no puede agarrar la cuerda. Parks hace un nudo corredizo y se lo ata alrededor de la cintura para bajarla.
Podrían volver sobre sus pasos, pero es más fácil seguir adelante a través de la ciudad. Hay muchos puntos donde podrían reincorporarse a la A1 y saldrán más deprisa de la zona urbanizada si avanzan en dirección sur y luego se desvían al este tras cruzar un polígono industrial desolado. Poca gente vivía allí y después del Colapso no había mucho que saquear, porque para los supervivientes era más importante la comida que las herramientas, así que no se encuentran con demasiados hambrientos. Aparte de que todos ellos se han marchado detrás del zorro, al menos al principio. El irresistible objetivo en movimiento les ha despejado el camino con gran eficacia.
Ya van dos veces que la niña hambrienta les saca las castañas de fuego. Como llegue a tres, puede que Parks comience a relajarse un poco en su presencia. Pero aún no.
Discuten de cuestiones logísticas mientras avanzan, con voces bajas y medidas que no llegan muy lejos. Parks cree que deberían ceñirse al plan original, a pesar de la tormenta de mierda que acaban de atravesar.
Sus razones siguen siendo las mismas. La ruta directa a través de Londres les ahorrará dos días de viaje y seguirán necesitando un refugio para pernoctar.
—¿Aunque el refugio pueda convertirse en una trampa? —pregunta la doctora Caldwell con tono ácido.
—Bueno, eso es un punto en contra —reconoce Parks—. Pero por otro lado, si ayer hubiéramos estado a campo abierto cuando vinieron esos hambrientos a por nosotros, no habríamos durado ni diez puñeteros segundos. Solo lo comento.
Caldwell no replica, así que no necesita recordarle que fue su brillante idea de tener un encuentro con un hambriento en plena calle lo que les metió en el lío. Y nadie más parece tener ganas de discutir. Siguen su camino mientras la conversación languidece hasta morir en un cauteloso silencio.
En el transcurso de la mañana su línea se estira hasta límites inaceptables. Gallagher se coloca en vanguardia, siguiendo las órdenes de Parks. Helen Justineau va con la niña, que consigue mantener un ritmo razonable de marcha a pesar de sus cortas piernas, pero se retrasa y se distrae constantemente por culpa de todo lo que ve. La doctora Caldwell es la más lenta de todas y la distancia que la separa de los demás aumenta de manera lenta pero constante. Aprieta el paso cuando Parks se lo dice, pero siempre vuelve a rezagarse al cabo de un minuto o dos. Esa fatiga, cuando la jornada apenas acaba de dar comienzo, lo preocupa.
Ahora están atravesando una sombra carbonizada, otro fruto del Colapso. Antes de que el gobierno se desintegrase por completo, emitió una serie de decretos de emergencia. Uno de ellos establecía el lanzamiento de agentes químicos desde helicópteros para crear zonas cauterizadas libres de hambrientos. Se advirtió a los civiles con antelación mediante sirenas y mensajes de radio, pero aun así muchos de ellos murieron, porque estaban atrapados cuando llegaron los helicópteros.
Los hambrientos, en cambio, huyeron de los incendios como las cucarachas cuando se enciende una luz. Lo único que consiguieron las bombas incendiarias fue obligarlos a desplazarse algunos kilómetros, y en algunos casos, destruir unas infraestructuras que podrían haber salvado gran cantidad de vidas. Como el aeropuerto de Luton. Lo bombardearon cuanto todavía tenía unos cuarenta aviones en tierra, de manera que cuando llegó la siguiente orden —evacuar a los no infectados a las islas del Canal usando aviones comerciales— lo único que pudo hacer el ejército fue encogerse colectivamente de hombros y responder «Ya nos gustaría».
Los edificios de esta parte de la ruta son como tocones, no exactamente carbonizados, sino convertidos en sebo. El monstruoso calor de las bombas incendiarias no solo fundió el metal, sino también el ladrillo y la piedra. El suelo por el que caminan está cubierto por una fina y negra costra de grasa y carbón, sedimento de los materiales orgánicos que se quemaron y sublimaron, ascendieron a la atmósfera y volvieron a posarse allá donde los llevaron los fuertes vientos de la combustión.
El aire arrastra una peste amarga y ácida. Al cabo de unos diez minutos comienzan a sentir una ronquera en la garganta y un picor en el pecho que no se pueden rascar, porque lo llevan dentro.
Han pasado más de veinte años y sigue sin crecer nada aquí, ni siquiera la más dura maleza. Es la forma que tiene la naturaleza de decir que no es tan idiota como para dejarse coger dos veces.
Parks oye que la niña le pregunta a Justineau lo que sucedió allí. Justineau da mil rodeos para responder, a pesar de que es bien sencillo. «Como no podíamos matar a los hambrientos, nos matamos a nosotros. Ese ha sido siempre nuestro juego favorito».
La sombra carbonizada se prolonga kilómetro tras kilómetro y su presencia les oprime el espíritu y les absorbe las fuerzas. Ya hace rato que tendrían que haber hecho una parada para descansar y comer un poco, pero nadie quiere sentarse en esa tierra contaminada. Por tácito consenso optan por seguir adelante.
El final llega de manera muy repentina, aunque la sombra les reserva un milagro más. En el transcurso de un centenar de zancadas pasan del negro al verde, de la muerte a una vida desenfrenada, de un limbo reseco a un campo de enormes cardos y tupidas malvarrosas.
Pero había una casa allí, en la misma frontera, que se incendió pero no llegó a caer. Y en su pared trasera, a la sombra de la deflagración, algo vivo cayó sobre el ladrillo ardiente y ardió con otros colores, un producto distinto del Colapso. Dos figuras, una más grande y otra más pequeña, trazadas en un negro intenso contra el negro grisáceo que las rodea.
Un adulto y un niño, con los brazos en alto como si los hubieran sorprendido en medio de un ejercicio aeróbico.
Fascinada, la niña hambrienta se compara con la sombra pequeña. Son bastante similares.