Melanie
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Londres se los traga muy lentamente, bocado a bocado.
No es como Stevenage, donde básicamente, nada más salir de campos y caminos abiertos, se encontraron de repente en el corazón de una ciudad. Para Kieran Gallagher, a quien Stevenage le ha parecido bastante impresionante, es una experiencia tan intensa, y al mismo tiempo tan prolongada, que le cuesta procesarla.
Caminan, caminan y caminan sin terminar de entrar en la ciudad, cuyo centro, le explica el sargento Parks, se encuentra aún casi quince kilómetros al sur.
—Todos los sitios por los que hemos pasado hoy —dice Helen Justineau a Gallagher, apiadándose de su asombro e inquietud— empezaron siendo pueblos distintos. Pero las constructoras siguieron ensanchando los límites de Londres, porque cada vez venía más gente a vivir aquí, hasta que finalmente los absorbió todos.
—¿Cuánta gente?
Gallagher sabe que parece un niño de diez años, pero aun así tiene que preguntarlo.
—Millones. Mucha más de la que queda en toda Inglaterra. Salvo que…
No termina la frase, pero Gallagher sabe lo que iba a decir. «Salvo que cuentes a los hambrientos». Pero no hay que contarlos. Ya no son personas. Bueno, salvo puede que esa niña tan rara, que es como…
No sabe como qué es. Como una niña normal, quizá, disfrazada de hambriento. Ni siquiera eso. Una adulta disfraza de hambriento. Gallagher sondea sus propios sentimientos como quien introduce la lengua por el agujero que ha dejado una muela al caerse y, por extraño que parezca, descubre que le cae bien. Y una de las razones es que no se le parece en nada. Es una pequeñaja pero no se deja avasallar por nadie. Hasta le contesta al sargento, lo que es como ver a un ratón ladrándole a un pitbull. ¡Todo un espectáculo!
Pero hay algo que la niña y él sí tienen en común: ambos entran en Londres con la boca abierta, casi incapaces de procesar lo que están viendo. ¿Cómo ha podido existir nunca gente suficiente para llenar tantas casas? ¿Cómo podían levantar torres tan altas? ¿Y cómo pudo vencerlos nada en el mundo?
El número de hambrientos aumenta a medida que los campos que rodean la carretera van dando paso a más calles, y estas a más, y estas últimas a muchísimas más. El sargento ya les ha explicado la ley de la densidad. Normalmente, cuanta más gente vivía antes en un sitio concreto, más hambrientos habrá ahora, salvo que sea un sitio por el que han pasado patrullas de incineración o haya sido bombardeado. Y lo que están viendo lo confirma.
Pero lo que pasa con los hambrientos es que siempre están agrupados, como en Stevenage. Y con el recuerdo del desastre que han estado a punto de sufrir aún fresco en la memoria, el sargento no está dispuesto a correr ningún riesgo. Avanzan lentamente, reconociendo las calles paralelas y escogiendo aquellas donde no hay hambrientos. Si estás dispuesto a parar y a coger un desvío de vez en cuando, puedes recorrer trechos bastante largos sin encontrarte con uno solo de esos mohosos de mierda. Al principio se encargan Parks y él, pero cada vez recurren más a la niña porque (a) para ella no es peligroso y (b) después de lo de Stevenage saben que volverá. Así que es la exploradora perfecta.
Las primeras veces, el sargento Parks le quita la correa y vuelve a ponérsela cuando regresa. Hasta que una vez se le olvida, o decide no hacerlo, y a partir de entonces la correa permanece en su cinturón, guardada. Melanie sigue llevando el bozal y las manos atadas a la espalda, pero ahora camina con ellos, libre para adelantarse o rezagarse.
El número de hambrientos sigue siendo elevado pero constante la mayor parte de la tarde. Y entonces, extrañamente, comienza a descender otra vez. Sucede después de pasar por un sitio llamado Barnet, cuando están avanzando por una carretera muy recta y sembrada de coches abandonados. Es el tipo de terreno que más detesta el sargento y mantiene los ojos muy abiertos mientras el grupo, sin apenas separarse, avanza serpenteando a través de un mar de los sargazos formado por coches familiares.
Pero apenas ven un solo hambriento hasta llegar al final de la calle. Y eso que se trata de una zona totalmente urbanizada y debería ser un hervidero. Cuando avistan alguno, está en la calle al norte, corriendo en pos de un gato abandonado, o parado en alguna esquina como un paseante en una pesadilla apocalíptica.
La niña —Melanie— camina junto a Gallagher parte del camino. Al ver que la está mirando señala con los ojos hacia arriba y hacia la derecha. El soldado se vuelve hacia allí y ve otra maravilla. Es como un híbrido de coche y casa. De color rojo fuerte, con dos hileras de ventanas y —puede verlas con toda claridad— unas escaleras en su interior. Y con ruedas. Todo él tiene ruedas. ¡Qué locura!
Juntos, Gallagher y la niña se acercan a examinarlo. Al hacerlo la niña se aleja de Helen Justineau más que en ningún otro momento desde que dejaran Stevenage, pero la señorita está ocupada con otra cosa, hablando con el sargento y la doctora. Son libres, por un momento, de obedecer a la curiosidad que comparten.
El coche de dos pisos se estrelló contra el escaparate de una tienda. Está ligeramente inclinado de costado y tiene todas las ventanas rotas. Los neumáticos se han deshecho en tiras curvas, como las mondas de color negro y gris de alguna fruta extraña. No hay sangre ni cuerpos, ningún indicio de lo que le sucedió a ese torpe y enorme carruaje. Simplemente llegó al final de su viaje aquí, seguramente hace mucho, y aquí ha permanecido desde entonces.
—Se llama autobús —le explica Melanie.
—Sí, ya lo sabía —miente Gallagher.
Ha oído la palabra, pero nunca había visto uno.
—Naturalmente que es un autobús.
—Todo el mundo podía montar si tenía un billete. O una tarjeta. Había una tarjeta que la metías en una máquina y la máquina la leía y te dejaba pasar. Estaba todo el rato parando y volviendo a andar, para que la gente subiera y bajara. Y había zonas especiales de la calle por la que solo podían pasar los autobuses. Y para el medio ambiente era mejor que hubiera autobuses en lugar de un coche por persona.
Gallagher asiente lentamente, como si nada de eso fuese nuevo para él. Pero la verdad es que el mundo desaparecido es algo que ignora casi del todo y en lo que apenas piensa. Cuando era un niño del Colapso le interesaban mucho menos los relatos del glorioso pasado que birlarle a cualquiera un poco de su ración de pan. Como es lógico, utiliza constantemente las reliquias del pasado. Tanto su fusil como su cuchillo son creaciones de entonces. Igual que los edificios de la base, la verja y la mayor parte del mobiliario. Y el Humvee. Y la radio. Y la nevera de la sala de recreo. Gallagher es un saqueador en las ruinas de un imperio, pero siente tantos deseos de investigar las ruinas como cualquier otro de estudiar la carne que se va a comer para averiguar de dónde procede. La mayor parte del tiempo es preferible la ignorancia.
De hecho, de todas las reliquias del pasado, la que más curiosidad le inspiró fue una revista pornográfica que guardaba el soldado Si Brooks bajo el colchón. Mientras hojeaba reverentemente sus páginas (al precio estándar de pitillo y medio), Gallagher se preguntó hasta qué punto sería verdad que las mujeres de antes del Colapso tenían cuerpos con tales colores y texturas. Ninguna que él haya visto se les parece. Se ruboriza al recordarlo ahora, con la niña a su lado, y mira de soslayo hacia abajo para asegurarse de que sus pensamientos no han aflorado a la superficie de su rostro de algún modo discernible.
Melanie sigue observando el autobús, fascinada por su construcción.
Gallagher decide que ya es suficiente. Deben volver con los demás. Casi sin darse cuenta, alarga la mano para coger la de ella. Se detiene a mitad de gesto. Melanie no se ha dado cuenta y, en cualquier caso, tampoco podría cogerla porque tiene las manos esposadas a la espalda, pero ha sido una enorme estupidez. Si el sargento llega a verlo…
Pero el sargento sigue enfrascado en una conversación que parece muy seria con Justineau y la doctora Caldwell, y no se ha dado cuenta de nada. Aliviado, consternado, avergonzado, Gallagher se reúne con ellos.
Entonces, al ver lo que están mirando los otros tres, estos pensamientos se desvanecen en su cabeza. Es un hambriento, tendido cuan largo es en el suelo, a la entrada de una tienda.
A veces se desploman y ya no vuelven a levantarse, cuando la podredumbre de su interior les destroza el sistema nervioso hasta un punto en el que deja de funcionar. Los ha visto tirados en el suelo, recorridos por convulsiones que parecen descargas eléctricas, mirando el sol con sus ojos gris sobre gris. Puede que sea lo que le ha pasado a este.
Pero no es solo eso. Tiene el pecho abierto de par en par, reventado desde dentro por… Gallagher no tiene ni idea de qué es. Una columna blanca de al menos dos metros, en cuya punta brota algo parecido a una almohada plana y redonda de bordes acanalados y con unas excrecencias bulbosas a los lados como ampollas. La textura de la columna es áspera e irregular, pero las ampollas son relucientes. Si ladeas la cabeza al mirarlas, parece que tengan una pátina multicolor, como la del aceite sobre el agua.
—¡Dios bendito! —dice Helen Justineau con una especie de susurro.
—Fascinante —murmura la doctora Caldwell—. Absolutamente fascinante.
—Si usted lo dice, doctora —responde el sargento—. Pero yo creo que será mejor no acercarse a esa cosa, ¿de acuerdo?
Intrépida o imprudente, Caldwell alarga la mano para tocar una de las excrecencias. La superficie se arruga un poco bajo la presión de su dedo, pero recupera enseguida su forma original cuando retira la mano.
—No creo que sea peligroso —dice—. Aún no. La cosa será distinta cuando maduren esos frutos, supongo.
—¿Frutos? —responde Justineau.
Es exactamente el mismo tono que habría usado Gallagher. ¿Frutos salidos de un cadáver podrido y abierto en canal? ¿Puede haber algo más repugnante?
Melanie se pega a Gallagher y contempla desde detrás de su pierna el caído hambriento. El soldado lo siente por ella, siente que tenga que ver esto. No está bien que una niña tenga que pensar en la muerte.
Aunque esté, ya sabes, muerta. Más o menos.
—Frutos —repite Caldwell con firmeza y satisfacción—. Este, sargento, es el cuerpo frutal del patógeno de los hambrientos. Y esas vainas son sus esporangios. Cada uno de ellos es una fábrica de esporas llena de semillas.
—Sus pelotas —traduce el sargento.
La doctora Caldwell se ríe delicadamente. Parecía deprimida y agotada la última vez que la vio Gallagher, pero esto le ha devuelto la vida.
—Sí. Exacto. Son sus pelotas. Si las abre tendrá un encuentro íntimo con el Ophiocordyceps.
—Entonces será mejor no hacerlo —sugiere Parks mientras tira de ella hacia atrás al ver que se dispone a tocar de nuevo la criatura.
La doctora levanta la mirada hacia él, sorprendida, y en apariencia dispuesta a discutir, pero el sargento ya se ha vuelto hacia Justineau y Gallagher.
—Ya han oído a la doctora —dice, como si hubiera sido idea de ella—. Prohibido acercarse a esa criatura y cualquier otra que veamos. Ni las toquen ni se acerquen a ellas. Sin excepciones.
—Me gustaría tomar algunas muestras… —comienza a decir Caldwell.
—Sin excepciones —repite Parks—. Vamos, amigos, estamos desaprovechando horas de luz. Hay que ponerse en marcha.
Lo hacen. Pero el interludio los ha dejado a todos de un humor extraño. Melanie regresa junto a Justineau y sigue caminando a su lado, como si volviese a llevar la correa. La doctora Caldwell parlotea sin descanso sobre ciclos vitales y reproducción sexual hasta que casi parece que se está insinuando al sargento, que aprieta el paso para alejarse de ella. Y Gallagher no puede dejar de mirar atrás cada cierto tiempo, en dirección a la destrozada criatura que tan extraño alumbramiento ha sufrido.
A lo largo de las dos horas siguientes, se encuentran con otra media docena de hambrientos caídos, algunos de ellos en un estado bastante más avanzado que el primero. Algunas de las columnas blancas son mucho más altas que ellos y están ancladas en la base por una masa de hebras grisáceas que se extiende más allá de los límites de los cadáveres y crece sobre ellos hasta casi ocultarlos. Los tallos centrales se hacen más gruesos a medida que crecen y van ensanchando el agujero de la caja torácica o el abdomen del hambriento por el que afloraron la primera vez. Hay algo obsceno en ello y Gallagher se dice que ojalá hubieran ido por otro camino para no tener que verlo.
También le impresiona lo que parece estar sucediendo con las redondeadas excrecencias de los tallos fúngicos. Comienzan siendo pequeños bultos o protuberancias en el eje vertical principal. Luego crecen y se transforman en unos relucientes esferoides de color blanco que cuelgan como adornos del árbol de Navidad. Y finalmente caen. Están alrededor de los tallos más altos y gruesos, amontonados con algo que podría parecer un mimo cauteloso.
Cuando el sol se oculta tras el horizonte, Gallagher se alegra de no tener que volver a ver esas cosas monstruosas.