Melanie
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Para Helen Justineau, la tercera noche es la más extraña de todas.
La pasan en los calabozos de una comisaría de Whetstone High Road, después de que el sargento Parks haya ordenado dar un pequeño desvío para explorarla. Tiene la esperanza de encontrar algún armero intacto. La escaramuza en Stevenage ha reducido considerablemente su reserva de municiones y todo lo que puedan encontrar, por poco que sea, les vendrá bien.
No encuentran ningún armero, intacto o no. Pero hay un tablero con un llavero y algunas de las llaves resultan ser de los calabozos del sótano. Cuatro calabozos a lo largo de un corto pasillo, con una sala de guardia a un extremo. La puerta que da a la escalera es de madera, y tiene cinco centímetros de grosor y una plancha de acero en la cara interior.
—Hemos encontrado una posada… —dice Parks.
Justineau cree que está de broma, pero entonces se da cuenta de que no es así y eso la horroriza.
—¿Quiere que nos encerremos aquí? —inquiere—. Es una trampa. Solo tiene una salida y una vez que cerremos esta puerta nos quedaremos aislados. No habrá forma de saber lo que está pasando fuera.
—Todo eso es cierto —reconoce Parks—. Pero sabemos que esos chatarreros nos han seguido desde la base. Y ahora estamos entrando en la zona con mayor concentración de ellos de todo el país. Cada vez que paremos debemos contar con algún tipo de perímetro. Y una puerta cerrada de acero es el perímetro más discreto que se me ocurre. Nadie verá nuestras luces y es muy poco probable que los ruidos que hagamos lleguen hasta la superficie. Estaremos seguros y no llamaremos la atención. Se me ocurren pocos sitios mejores en este sentido.
No hay votación y comienzan a deshacer las mochilas. Caldwell se pega a la pared y luego resbala por ella hasta acabar en cuclillas. Seguramente no es que esté de acuerdo con los argumentos de Parks sino que está demasiado cansada para seguir caminando. El soldado Gallagher saca las últimas latas de conservas de Wainwright House y empieza a abrirlas.
Se pliegan a los hechos consumados y no tiene sentido discutir.
Cierran la puerta para encender las linternas, aunque al principio sin llave. La mayoría de ellos comienza a sentir un poco de claustrofobia y echar la llave parece un gesto irrevocable. Mientras comen mantienen una conversación inconexa que termina desembocando en el silencio. Lo más probable es que Parks tenga razón en que sus voces no van a llegar hasta la superficie, pero aun así su eco resuena demasiado en aquel espacio.
Al terminar, pasan uno a uno por la sala de guardia para hacer sus necesidades. No disponen de linternas allí, de manera que disfrutan de algo parecido a la intimidad. Justineau se ha dado cuenta de que Melanie nunca tiene que ir al baño. Recuerda vagamente que entre los informes que recibió al llegar a la base había unas notas de Caldwell sobre el sistema digestivo de los hambrientos. El hongo absorbe y utiliza todo cuanto se traga. La excreción es innecesaria porque no hay nada que excretar.
Finalmente Parks cierra la puerta. La llave se atasca en la cerradura y tiene que aplicar mucha fuerza para conseguir que gire. Justineau se imagina —probablemente como todos— lo que sería de ellos si llegara a romperse en la cerradura. Es una puerta maciza.
Se dividen para dormir. Caldwell y Gallagher cogen una celda cada uno, Melanie va con Justineau, y Parks duerme al pie de las escaleras, con el fusil a mano.
Cuando se apaga la última de las linternas, la oscuridad se posa sobre ellos como un peso muerto. Justineau permanece despierta, contemplándola.
Se siente como si a Dios nunca le hubiera importado nada de todo esto.