Melanie

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Caroline Caldwell se crió en la fe de la segunda ley de la termodinámica. En un sistema cerrado, la entropía debe aumentar. Sin peros, sin en caso de, sin aunques. Sin reducciones de condena por buen comportamiento, porque la flecha del tiempo siempre apunta en la misma dirección. Hacia la salida de la tienda de regalos, pero sin sello en la mano, sin nada que te permita dar la vuelva y disfrutar de otra vuelta.

Hace ya veinte años que partieron Charlie y Rosie. Veinte años desde que se marcharon —sin ella— y se perdieron en un mundo en estado de desintegración. Y ahora Rosie está mirando a Helen Caldwell a los ojos, tan pacata como cabría esperar.

Rosie, con su mera presencia, constituye una refutación de la ley de la entropía, al menos si sigue intacta, ni saqueada ni incendiada.

—La puerta está cerrada —dice el sargento Parks—. Y nadie responde.

—Mire el polvo —replica Justineau—. Este trasto lleva muchísimo tiempo sin moverse.

—Vale. Creo que vamos a echar un vistazo en su interior.

—¡No! —chilla Caldwell—. ¡No lo hagan! ¡No fuercen la puerta!

Todos se vuelven, sorprendidos por su vehemencia. Hasta el sujeto de experimentación número 1 se la queda mirando con esos ojos solemnes, entre azules y grises, que no parpadean.

—¡Es un laboratorio! —dice Caldwell—. Un complejo de investigación móvil. Si rompemos los sellos podríamos contaminar lo que haya dentro. Muestras. Experimentos en curso. Lo que sea.

El sargento Parks no se deja impresionar.

—¿De verdad cree que eso es una prioridad ahora mismo, doctora?

—¡No lo sé! —responde Caldwell, angustiada—. Pero no quiero correr el riesgo. Sargento, a este vehículo lo enviaron aquí a investigar el patógeno, y llevaba en su interior a algunas de las mentes científicas más brillantes de la Tierra. Es imposible saber lo que encontraron o lo que descubrieron. ¡Si entra por la fuerza, podría destruir algo de valor incalculable!

Se interpone físicamente entre el vehículo y Parks. Pero no es necesario. El sargento no hace ademán de acercarse a la puerta.

—Ya —dice con amargura—. Bueno, tampoco creo que eso sea un problema. El blindaje que lleva no es ninguna broma. Por el momento va a ser difícil que entremos. Puede que si encontrase una palanca… Pero incluso así…

Caldwell se concentra un momento para cribar su memoria.

—No necesita ninguna palanca —dice.

Le enseña dónde se esconde la manivela de acceso exterior para casos de emergencia, sujeta en dos soportes bajo el flanco izquierdo de Rosie, justo detrás de la compuerta de la sección central. A continuación, sujetando torpemente la manivela con la vendada mano izquierda, se arrodilla y busca a tientas bajo el chasis del vehículo, cerca del guardabarros delantero. Recuerda, o cree recordar, la posición de la entrada de la manivela, pero no está donde esperaba. Al cabo de varios minutos de búsqueda a ciegas, finalmente localiza el lugar y consigue introducirla. Hay un control de anulación, pero está diseñado para activarse solo en caso de ataque. Los creadores del vehículo imaginaron una serie de situaciones en las que podía ser necesario acceder a Rosie desde el exterior sin utilizar explosivos o forzar las puertas.

—¿Cómo sabe todo eso? —le pregunta Justineau.

—Formaba parte del proyecto —responde Caldwell con voz tensa.

Es una mentira por omisión, pero no la hace ruborizar. El dolor de los recuerdos está mucho más arraigado que la vergüenza y no hay nada en el mundo capaz de obligarla a dar más explicaciones.

A contar que quedó la vigesimoséptima en la lista de posibles candidatos para formar las tripulaciones de Charlie y Rosie. Que se pasó cinco meses aprendiendo a manejar los sistemas de a bordo para que al final le dijesen que sus servicios no serían necesarios. Los veintiséis biólogos y epidemiólogos que estaban por encima de ella en la lista poseían, en opinión de los responsables y supervisores de la misión, experiencia y habilidades más interesantes de los que podía ofrecer Caldwell. Y como la dotación científica de cada laboratorio era de doce miembros, ni siquiera la incluyeron en la lista de primeros suplentes. Charlie y Rosie partieron sin ella.

Hasta ahora siempre ha asumido que habían desaparecido para siempre, perdidos en el interior de alguna ciudad, incapaces de avanzar o retroceder, desbordados por hambrientos o caídos en una emboscada de saqueadores chatarreros. La idea le inspiraba un cierto consuelo. No la de que hubieran acabado muertos por su lèse majesté, claro, sino el hecho de que al relegarla le hubieran salvado la vida.

Pero por supuesto, esto no era más que otra forma de decir que su supervivencia es fruto de su mediocridad.

Cosa que es ridícula, y se lo demostrará a todos cuando descubra la cura. La anécdota de cuando no le asignaron una plaza en Charlie ni en Rosie se convertirá en un irónico pie de página en la historia del mundo, como las malas notas de Einstein en los exámenes de matemáticas del instituto.

Solo ahora, esa nota al pie adquiere un toque adicional de dramatismo. Habían creado el laboratorio para ella desde el principio, solo que sin saberlo. Lo enviaron aquí para interceptar su trayectoria.

Parks y Gallagher están girando la manivela, que estaba demasiado dura para Caldwell. La puerta comienza a abrirse, centímetro a centímetro. El aire estancado que escapa del interior hace que a Caldwell se le alborote el corazón en el pecho. Los sellos funcionan. Al margen de lo que haya pasado allí, al margen de lo que haya sido de la tripulación de Rosie, su entorno interior sigue intacto.

En cuanto tiene espacio para pasar, se lanza hacia la puerta.

Y choca con el sargento Parks, que se niega a quitarse de en medio.

—Voy yo primero —dice—. Lo siento, doctora. Sé que lleva mucho tiempo deseando echar un vistazo ahí dentro, y podrá hacerlo. En cuanto haya comprobado si hay alguien en casa.

Caldwell comienza a enumerar las razones por las que cree que Rosie estará desierta, pero el sargento no la escucha. Ya ha entrado. El soldado Gallagher se planta junto a la puerta y la observa con recelo, claramente preocupado por la posibilidad de que intente pasar.

Pero no lo hace. Si está en lo cierto no hay nada que temer, pero por la misma razón tampoco hay necesidad de apresurarse. Y si está equivocada, si de alguna manera algo ha conseguido penetrar en el vehículo, el sargento está mucho mejor preparado para encargarse que ella. El sentido común dicta que es mejor esperar a que concluya su inspección.

Pero su impaciencia es tan grande que casi le provoca convulsiones. El regalo está destinado a ella y a nadie más. A nadie más le sirve lo que contiene. Lo que podría contener, se corrige. Al cabo de tantos años, es imposible saber lo que puede haber sido del valiosísimo equipo de los laboratorios de Rosie. A fin de cuentas, ¿cabe imaginar algún desastre que haya podido acabar con la tripulación sin dañar nada de lo que los rodeaba? La explicación más factible para la puerta sellada y el exterior intacto es que uno o más miembros de la tripulación se hayan infectado a bordo. Se los imagina corriendo como posesos por el laboratorio, presa de la voracidad, destrozando delicados marcos de imágenes y centrifugadoras, y pisoteando placas de Petri repletas de muestras cuidadosamente incubadas.

El sargento Parks sale sacudiendo la cabeza. Caldwell está tan convencida del desastroso escenario que ha imaginado que se toma el gesto por un veredicto. Lanza una exclamación y corre hacia la puerta, donde Parks la detiene con una mano en el hombro.

—Está en buen estado, doctora. Todo despejado. Solo hay un cadáver en el asiento del conductor, y parece que se pegó un tiro. Pero antes de que entremos, quiero que me diga una cosa… porque esto escapa totalmente a mi campo de experiencia. ¿Hay algo ahí dentro que deba contarme? ¿Algo que podría ser peligroso?

—Nada —dice Caldwell.

Pero entonces, con puntillosidad científica, se corrige.

—Nada que yo sepa. Déjeme echar un vistazo y le daré una respuesta definitiva.

Parks se aparta y la doctora, tratando de disimular los temblores que siente, sube a bordo.

El laboratorio lo tiene todo. Todo.

Al otro extremo, frente a ella, hay algo que solo ha visto en fotografías, aunque sabe lo que es, sabe lo que hace y sabe cómo lo hace.

Es un ATLUM. Un ultramicrotomo rotativo automático.

Es el santo grial.

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