Melanie

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Tanto la doctora Caldwell como el sargento Parks parecen emocionados con Rosalind Franklin, sin duda por razones diferentes, pero la primera impresión de Helen Justineau es negativa. En su interior hace un frío de mil demonios, los ruidos resuenan como en una tumba y huele a fluido de embalsamar. Y la expresión de Melanie evidencia que siente aún menos entusiasmo que ella.

Claro que ambas tienen recuerdos muy frescos y poco agradables relacionados con laboratorios, y más concretamente con laboratorios en los que se encuentra Caroline Caldwell. Y eso es precisamente Rosie (como llama Caldwell al vehículo), un laboratorio sobre ruedas. Solo que con literas y una cocina, así que también es una autocaravana gigante. Y tiene lanzallamas y torretas con ametralladoras, así que también es un tanque. Tiene algo para cada uno de ellos.

De hecho, es tan grande que casi cambia de zona horaria. El laboratorio, situado en la parte central, ocupa prácticamente la mitad del espacio disponible. En la parte delantera y trasera se encuentran los puestos de armas, desde donde dos soldados, espalda contra espalda, pueden controlar todo el perímetro del vehículo, como en las aspilleras de un castillo medieval. Cada uno de los puestos se puede aislar del laboratorio por medio de una puerta estanca. Más a popa, hay algo que parece una sala de máquinas. Delante están los aposentos de la tripulación, con una docena de literas colgadas de las paredes y dos lavabos químicos, la cocina y por fin la cabina, con una ametralladora de posición del mismo calibre que la de un Humvee y un cuadro de mandos casi tan grande como el de un avión de pasajeros.

Justineau y Melanie, desde el puesto de armas delantero, observan la actividad que las rodea, momentáneamente desconectadas de ella.

Caldwell está revisando el equipo en la zona del laboratorio. Tiene una lista en la mano —estaba en la pared del laboratorio, junto a la puerta— y la está usando para localizar equipos concretos, que a continuación examina en busca de daños. Su expresión es de absorta y furiosa emoción. Parece completamente ajena a la presencia de todos los demás.

Parks y Gallagher han avanzado más allá de los aposentos, hasta la cabina. Están peleándose con algo que hay allí, presumiblemente el cuerpo que mencionó el sargento. Al cabo de un rato lo extraen envuelto en una manta. Deja tras de sí un reguero de olores desagradables, pero felizmente antiguos y tenues.

—Las puertas delanteras están cerradas —refunfuña Parks—. No se pueden abrir sin electricidad. Y no tenemos.

Lo sacan por la compuerta central, la misma que usaron para entrar. Justineau repara en una compleja estructura de armazones de acero y hojas de plástico que hay en la cara interior de la puerta. Sospecha que se trata de una esclusa plegable. En un armario, justo al lado, encuentra seis trajes estancos, cuyos enormes cascos de estrecho visor recuerdan a las cabezas de los robots en las películas de los cincuenta. Parece que los diseñadores del vehículo pensaron en todo, realmente.

Aunque eso no les sirvió de nada a sus tripulantes, al parecer.

Justineau apoya una mano en el brazo de Melanie y la niña salta casi treinta centímetros. Su exagerada reacción sobresalta a Justineau a su vez.

—Perdón —dice.

—No pasa nada —murmura Melanie mientras levanta la mirada hacia ella.

Los ojos de la niña están muy abiertos y resultan insondables. Normalmente todas sus emociones están en la superficie, pero ahora, bajo el nerviosismo y una infelicidad general, hay unas profundidades que Justineau no alcanza a interpretar.

—Probablemente no nos quedemos mucho tiempo —dice para tranquilizarla.

Pero ella misma percibe la vaciedad de sus palabras. No lo sabe.

Cuando vuelven Parks y Gallagher, conversan con la doctora Caldwell en voz baja y rápida. A continuación Gallagher se dirige a los aposentos, mientras Parks cruza todo el vehículo hasta la parte de atrás.

Impulsada por la curiosidad, Justineau lo sigue hasta la sala de motores.

Allí, el sargento está levantando la tapa de inspección de algo que parece un generador eléctrico de tamaño considerable. Hurga en su interior un rato con expresión seria. Luego empieza a abrir las taquillas que hay en las paredes, una a una, para inspeccionar su contenido. En la primera hay algo así como un millar de herramientas, pulcramente ordenadas en estantes. En la siguiente, rollos de alambre, piezas de metal envueltas en muselina engrasada y cajas de diversos tamaños clasificadas por alargados números. La tercera contiene los manuales, que Parks hojea con ceñuda concentración.

—¿Está pensando en arreglar este cacharro? —le pregunta Justineau.

—Puede —dice Parks—. Tampoco es que sea un experto, pero es probable que lo consiga. Estos manuales de reparaciones están escritos para idiotas. Y yo soy bastante idiota.

—Tardará mucho.

—Probablemente. Pero coño, este trasto tiene más potencia de fuego que muchos ejércitos. Ametralladoras de campo de 155 milímetros. Y lanzallamas. Merece la pena intentarlo, ¿no?

Justineau se vuelve para ir a decirle a Melanie que tal vez pasen allí más tiempo del previsto, pero la niña ya se encuentra allí, justo detrás de ella.

—Tengo que hablar con el sargento Parks —dice.

Parks aparta la mirada del libro con rostro impasible.

—¿Hay algo de lo que debamos hablar? —inquiere.

—Sí —dice Melanie. Se vuelve de nuevo hacia Justineau—. En privado.

Justineau tarda un instante en comprender que le han pedido que se vaya.

—Vale —dice tratando de aparentar indiferencia—. Iré a ayudar a Gallagher con lo que esté haciendo.

Los deja solos. No alcanza a imaginar qué cosa podría tener Melanie que decirle a Parks en privado y esta incertidumbre tarda muy poco en transformarse en intranquilidad. Puede que el sargento se haya relajado con lo de la correa, pero Justineau sabe que, en esencia, sigue viendo a la niña como un animal pequeño pero peligroso… especialmente por su inteligencia. No solo debe cuidar lo que hace cerca de él, sino también lo que dice. Necesita que Justineau le cubra las espaldas constantemente.

Gallagher está haciendo más o menos lo mismo que la doctora Caldwell —elaborar un inventario—, solo que en su caso es en los barracones y cuando llega Justineau prácticamente ha terminado. Le enseña el último armario que acaba de abrir. Contiene un reproductor de CD y dos estantes llenos de discos. Justineau siente que sus recuerdos cobran estereofónica vida al examinar los títulos, que constituyen una mezcla ecléctica, cuanto menos. Simon y Garfunkel. The Beatles. Pink Floyd. Frank Zappa. Fairport Convention. The Spinners. Fleetwood Mac. 10CC. Eurhythmics. Madness. Queen. The Strokes. Snoop Dogg. Spice Girls.

—¿Has oído algo de esto alguna vez? —pregunta a Gallagher.

—Alguna cosilla, de vez en cuando —responde este con cierta melancolía en la voz.

En la base, el único equipo de sonido era el que estaba conectado al bloque de celdas, que reproducía música clásica a todas horas. Uno o dos miembros del personal de la base tenían reproductores digitales y cargadores manuales que funcionaban con manivela, pero sus propietarios custodiaban estas reliquias familiares con celo obsesivo.

—¿Cree que podremos poner alguno? —pregunta Gallagher.

Justineau no tiene ni idea.

—Si Parks arregla el generador, lo más probable es que vuelva a funcionar, como todo lo demás. Aquí ha estado protegido de las inclemencias del tiempo, con la excepción de los cambios de temperatura. Humedad no hay, que habría sido lo peor. Si no falla el fusible y los circuitos impresos están en buen estado, nada impide que funcione. No se haga muchas ilusiones, soldado, pero puede que esta noche disfrutemos de una cena con espectáculo.

Gallagher parece desanimado de pronto.

—No lo creo —dice con tono de desaliento.

—¿Y eso?

Abre las manos vacías en un gesto de impotencia que abarca todos los armaritos abiertos y registrados.

—No hay nada de cenar.

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