Melanie

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Parks convoca una reunión en los barracones, pero solo hay cuatro asistentes.

—¿Dónde está Melanie? —pregunta Justineau, alarmada y suspicaz al instante.

—Se ha ido —responde Parks.

Y a continuación, ante el feroz escepticismo de Justineau, añade:

—Volverá. Tenía que salir al exterior.

—¿«Tenía que salir al exterior»? —repite Justineau—. No siente la llamada de la naturaleza, Parks, así que si pretende decir que…

—No ha salido para ir al baño —dice el sargento Parks—. Se lo explicaré luego, si se empeña, pero lo cierto es que ha insistido en que no se lo dijese, así que usted verá. Mientras tanto, tenemos otras cosas de que hablar y tiene que ser ahora.

Están sentados en los bordes de las literas inferiores, en precario equilibrio. Hay tres literas por espacio, a distintas alturas, de manera que tienen que inclinarse hacia delante para no darse en la cabeza con la del medio, cuyo marco de acero está a la altura perfecta para ello. Habrían tenido más espacio en el laboratorio, pero con la excepción de Caldwell, todos prefieren pasar el mínimo tiempo posible en un sitio que huele a formaldehído.

Parks señala a Caldwell con un cabeceo.

—Según dice la doctora, este cacharro es una especie de centro de investigación diseñado para moverse por zonas urbanas sin peligro de ataque de los hambrientos o cualquier otra cosa con la que pudiera encontrarse.

»Era una gran idea, no digo lo contrario. Solo que en un momento dado sucedieron un par de cosas, no sabemos en qué orden. El generador se averió. O algo del sistema eléctrico, dado que, aunque reconozco que no sé una mierda sobre esto, por lo que he visto hasta ahora el generador parece en buen estado.

—Puede que se quedaran sin combustible —aventura Gallagher.

—No. No fue eso. El combustible es una mezcla de nafta y queroseno de gran octanaje, similar al que utilizan los aviones y aún quedan unos dos mil quinientos litros. Y los depósitos de los lanzallamas también están llenos. De haber sido necesario, podrían haber improvisado un sistema para utilizarlo. Así que posiblemente fuese algún fallo mecánico. Tendrían que haber podido repararlo, porque, joder, hay repuestos para todas las piezas, pero por alguna razón no lo hicieron. Puede que hubieran tenido bajas y los muertos fuesen los que sabían más mecánica. Sea como sea, lo veremos cuando desmontemos el generador.

—¿Y seguro que lo vamos a hacer? —inquiere Justineau.

—Salvo que se le ocurra alguna razón que lo impida, sí. Este vehículo es como un tanque. Lleva todo lo que un Humvee y muchas cosas más. Si conseguimos que funcione hasta Beacon, podría ahorrarnos muchos dolores de cabeza.

Justineau no puede sino percatarse de que el rostro de la doctora Caldwell exhibe una sonrisilla de maquiavélica suficiencia. Por eso se rebela contra la idea, a pesar de que no puede negar que es buena.

—No pasaremos lo que se dice inadvertidos.

—Cierto —reconoce Parks—. Tiene razón. Nos oirán llegar desde más de un kilómetro de distancia. Y tendrán que quitarse de en medio, porque una vez que nos pongamos en marcha, no pararemos. Hambrientos, chatarreros, barricadas… Solo habrá que pisar a fondo y pasarles por encima. Ni siquiera tendremos que ceñirnos a las calles. Podríamos atravesar una casa y salir por el otro lado. Lo único que puede parar a la pequeña Rosie es un río y en la taquilla de equipo tienen mapas con los puentes que pueden soportar su peso. Creo que sería imperdonable no intentarlo al menos. Lo peor que puede pasar es que alguno de esos puentes se haya derrumbado y tengamos que desviarnos un poco. O que se nos rompa una de las orugas o reventemos una junta o algo así, y entonces no estaremos peor que ahora. Y mientras tanto nos dará un respiro de tanta marcha forzada, que nos estaba pasando factura a todos, especialmente a la doctora.

—Gracias por su solicitud —dice Caldwell.

—No sé qué significa eso, pero de nada.

—Eran dos cosas —dice Justineau.

—¿Disculpe?

—Ha dicho que pasaron dos cosas. El generador era una. ¿Y la otra?

—Sí —dice Parks—. Ahora iba a eso. Se les agotó la comida. Los armarios están totalmente vacíos. Pero vamos, que no queda ni una migaja. Así que lo que creo que pasó fue esto: se quedan sin generador y no consiguen repararlo. Permanecen aquí varios días o semanas, esperando a que los rescaten. Pero el Colapso está en su punto álgido y no acude nadie. Hasta que por fin alguien dice «a la mierda», y hacen el petate. Uno de ellos se queda, supongo que para vigilar el vehículo. Los demás se ponen en marcha. Puede que lleguen a alguna parte o puede que no. Lo más probable es que no, porque el rezagado se suicida y nadie viene a buscar los restos. Por suerte para nosotros.

Los mira a todos, uno a uno.

—Pero corremos el riesgo de terminar igual —concluye—. No sé cuánto tiempo nos llevará reparar ese generador, si es que podemos repararlo. Pero hasta que lo hagamos, o hasta que nos rindamos, vamos a quedarnos aquí. Así que necesitamos comida, igual que la tripulación original. Ya hemos gastado las últimas latas que nos trajimos de la casa de Stevenage y de camino aquí no hemos pasado por ningún sitio que no estuviera saqueado, incendiado o arrasado. Agua todavía tenemos, pero debemos racionarla, porque de aquí al Támesis no hay ningún sitio donde reponerla. Así que tenemos que encontrar provisiones y tiene que ser deprisa. Lo ideal sería un supermercado que no hayan encontrado equipos de saqueo o chatarreros, o una casa cuyos dueños se hubieran aprovisionado para un apocalipsis antes de palmarla.

Justineau se encoge ante este análisis tan frío.

—Vamos a buscar en los mismos sitios que la tripulación original —señala.

Parks la mira y ella se encoge de hombros.

—Creo que podemos asumir sin temor a equivocarnos que registrarían bien la zona antes de abandonar esta superfortaleza para probar suerte en los caminos. Si hubiera comida por aquí, la habrían encontrado ellos.

—Es indiscutible —dice Parks—. Así que el problema de las provisiones podría ser muy serio. Tanto si nos movemos como si nos quedamos, desde luego, pero más si nos quedamos durante los dos o tres días que tarde en arreglar el generador. Así que es una decisión importante, puede que vitalmente importante, y que nos afecta a todos por igual. Me encantaría tomarla yo, pero tal como tuvo la bondad de recordarme hace un par de días, señorita Justineau, no está usted bajo mi mando. Ni la doctora. Así que, por esta vez, prefiero someterlo a votación.

»¿Nos quedamos o nos vamos? Que levante la mano el que esté a favor de arreglar el generador y volver a casa a lo grande.

Caldwell levanta la mano al instante y Gallagher un poco después. Justineau está en minoría de una.

—¿Está de acuerdo? —le pregunta Parks.

—Tampoco tengo mucha alternativa, ¿no? —dice.

Pero la verdad es que ya estaba convencida. Sus reservas sobre Rosie tienen mucho más que ver con la visible tensión de Melanie y lo sucedido el último día en la base que con cualquier objeción racional. Es plenamente consciente de las ventajas que ofrece la idea de completar el viaje en la seguridad y comodidad de un tanque gigantesco. Sin emboscadas. Sin estar expuestos. Sin dar un respingo al menor ruido o movimiento ni volverse cada dos segundos para ver si se te acerca algo por detrás.

Por otro lado, Caldwell sigue teniendo la misma expresión, como un gato que sabe que están a punto de ponerle la leche. La mente y las tripas de Justineau se rebelan contra la idea de permanecer atrapada en un espacio cerrado con la doctora más tiempo del estrictamente necesario.

—Me gustaría ayudar a buscar provisiones —dice a Parks—. Suponiendo que no me necesite para reparar el generador. Iré con Gallagher a por comida.

—Es lo que había pensado —conviene Parks—. No puedo hacer nada con el generador hasta que no sepa lo que estoy haciendo, así que de momento, más que nada, estoy leyendo los manuales para identificar las piezas que necesito. Aún nos quedan tres horas de sol, así que si están de acuerdo, creo que deberían tratar de utilizarlas. Manténganse en contacto con los walkie-talkies. Si se encuentran con algún problema, acudiré lo antes posible. Doctora Caldwell, a usted la voy a dejar ociosa porque sus manos siguen malheridas y dudo que pueda transportar gran cosa. Aparte de que solo tenemos dos mochilas.

A Justineau le sorprende la actitud del sargento. Mira a Caldwell con aire pensativo, como si tuviera otra cosa en la cabeza.

—Bueno, hay muchas cosas que puedo hacer aquí —dice Caldwell—. Comenzaré por el sistema de filtración de agua. En teoría, Rosie era capaz de condensar el agua del aire ambiente. Cuando el generador vuelva a funcionar, es posible que podamos reactivar también ese sistema.

—Me parece bien —dice Parks, antes de volverse hacia Justineau—. Será mejor que se vayan si quieren estar de vuelta antes de que anochezca.

Pero ella aún no está lista para salir. Le preocupa Melanie y quiere la verdad.

—¿Puedo hablar con usted en privado? —pregunta a Parks, consciente de que repite una pregunta anterior.

El sargento se encoge de hombros.

—Bueno. Si se da prisa…

Vuelven a la sala de motores. Cuando se dispone a hablar, Parks se anticipa y le entrega su walkie-talkie.

—En caso de que Gallagher y usted se separen —le explica—, la cabina de Rosie cuenta con un equipo de comunicaciones entero y es mucho más potente que estos equipos portátiles, así que pueden llevarse esto.

Justineau se guarda el aparato sin siquiera mirarlo. No quiere distraerse con cuestiones logísticas.

—Me gustaría saber qué le dijo Melanie —dice a Parks—. Y a dónde ha ido.

Parks se rasca el cuello.

—¿En serio? ¿A pesar de que ella me ha pedido que no se lo diga?

Ella le aguanta la mirada.

—La ha dejado ir sola. Joder, ya sé que no cree que corre peligro. Pero yo sí. Y quiero saber por qué ha decidido que podía enviarla ahí fuera tranquilamente.

—Se equivoca —dice Parks.

—¿Ah, sí? ¿Sobre qué?

—Sobre mí.

Apoya las posaderas en la tapa del generador y cruza los brazos.

—Vale, no demasiado. Hace un par de días dije que debíamos dejar suelta a la niña. Desde entonces nos ha sacado las castañas del fuego un par de veces y aparte de eso ha demostrado ser una exploradora de primera. Lamentaría perderla.

Justineau abre la boca para decir algo, pero Parks no ha terminado.

—Además, como podría atraer gente hasta nosotros, dejarla merodear por ahí sola no es una decisión gratuita. Pero después de lo que me ha dicho, me pareció la menos mala de las posibles opciones.

Justineau siente la boca un poco más seca de lo que ya estaba.

—¿Qué le ha dicho? —exige saber.

—Que nuestro inhibidor ya no sirve para nada, Helen. Esta mañana nos hemos puesto muy poco, porque solo nos queda medio tubo para los cuatro. Creí que encontraríamos más aquí dentro, pero no ha sido así. Hay esa pasta azul que usa la doctora Caldwell en el laboratorio, pero eso es solo un desinfectante. No elimina el olor con la misma eficacia.

»Así que la niña llevaba oliéndonos todo el día y estaba medio loca de hambre. Estaba acojonada, temiendo que iba a perder el control y a mordernos. A usted, más en concreto. Y por eso no quería que le dijese nada. No quiere que piense que es un animal peligroso. Quiere que la vea como uno de los niños de su clase.

Justineau siente un repentino mareo. Se apoya en el frío metal de la pared y espera así a que termine de darle vueltas la cabeza.

—Así… —dice—. Así es como la veo.

—Eso es lo que le he dicho yo. Pero eso no cambiaba lo del hambre. Así que la he dejado suelta…

—¿Usted…?

—La he llevado fuera. Le he quitado las esposas y se ha ido. Las tengo aquí, preparadas para cuando vuelva.

Abre una de las taquillas y ahí están, cuidadosamente guardadas junto a la correa enrollada.

—Y le he enseñado a quitarse el bozal… Como si no lo hubiera deducido sola. Solo son un par de correas de cuero. Permanecerá fuera hasta que encuentre algo de comer. Algo grande. La idea es que se pegue el atracón del siglo. Que no vuelva hasta que no tenga la barriga llena. Puede que así consiga mantener el hambre a raya por un tiempo.

Justineau recuerda cómo estaba comportándose Melanie antes de irse: los violentos sobresaltos y el malestar en general. Ahora lo entiende. Entiende lo que debe haber sufrido. Lo que no entiende es el cambio de opinión de Parks sobre el bozal y las esposas. Está desconcertada y un poco resentida. Es como si el hecho de que los demás miembros del grupo —¡y sobre todo Parks!— empiecen a confiar en ella fuese una amenaza para el vínculo que se ha estrechado entre ambas.

—¿No temía que lo mordiese? —le pregunta.

Al oír el tono de maliciosa insinuación de su voz siente náuseas.

—O sea… ¿cree que podemos mantenerla con nosotros aunque tenga hambre?

—Bueno, no —dice Parks, impasible—. Por eso la he dejado ir. ¿O se refiere a si tenía miedo cuando le he quitado el bozal? No, porque estaba apuntándola con mi arma. Esa niña es diferente… única, más bien. Pero es lo que es. Lo que la hace única es que lo sabe. Y se esfuerza todo lo que puede. Mucha gente podría tomar ejemplo de eso.

Le entrega la mochila, que ha vaciado para ella.

—¿Se refiere a mí? —inquiere Justineau—. ¿Cree que me escaqueo?

Sería agradable tener una buena discusión con Parks en ese momento, pero él no parece interesado.

—No, no me refería a usted. Lo decía en general.

—¿En general? ¿Estaba filosofando?

—Estaba siendo un capullo gruñón. Como de costumbre últimamente. Supongo que ya lo habrá notado.

Justineau titubea, desconcertada. No creía que Parks fuese capaz de burlarse de sí mismo. Pero claro, tampoco lo creía capaz de cambiar de idea.

—¿Alguna pauta más para cuando estemos fuera? —le pregunta. De algún modo extraño, sigue dolida, intranquila—. ¿Consejos para salir de tiendas sin perder el cuello? ¿Trucos para la vida urbana moderna?

Parks se toma las preguntas más en serio de lo que ella esperaba.

—Use lo que queda de inhibidor —le sugiere—. Y sobreviva.

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