Melanie

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Gallagher preferiría ir solo.

No es que no le guste Helen Justineau. Más bien todo lo contrario. Le gusta mucho. La encuentra realmente hermosa. Es la protagonista o coprotagonista de varias de sus fantasías sexuales, casi siempre como una mujer madura, muy experimentada y depravada, que escoge a un chico lo bastante joven para ser su hijo y le enseña unas cuantas cosas. En sentido metafórico y literal.

Por eso precisamente resulta más incómodo salir de patrulla con ella. Le da miedo hacer o decir alguna estupidez delante de ella. Le da miedo estar en una situación donde tenga que tomar una decisión rápida y no poder hacerlo por estar pensando demasiado en ella. Le da miedo no poder ocultar el miedo que siente.

Y el hecho de que no puedan hablar tampoco facilita las cosas. Vale, de tanto en tanto, cuando llegan al final de una calle y tienen que decidir por dónde siguen, intercambian algún tenso murmullo. Pero el resto del tiempo caminan en completo silencio, arrastrando los pies a cámara lenta, de esa manera que les ha enseñado el sargento Parks.

Aunque ahora mismo da la sensación de que es innecesario. Durante la primera hora que pasan fuera del vehículo blindado de nombre estúpido solo ven cuatro hambrientos con vida y ninguno de ellos cerca.

Entonces encuentran al primero muerto. Está en estado frutal, como los anteriores, solo que este cayó de espaldas y el gran tallo blanco se ha abierto paso a través de su espalda. Helen Justineau se lo queda mirando, asqueada y triste. Gallagher supone que está pensando en la niña hambrienta. Como las madres de antes del Colapso, siempre preocupadas por lo grande que es el mundo y la cantidad de gente mala que vive en él, y preguntándose dónde estarán sus hijos.

Sí. El mundo está lleno de gente asquerosa. Él mismo está emparentado con varios. Y conoció a muchos más cuando cayó la base. Una parte de la intranquilidad que siente ahora —puede que la más importante— se debe a la sensación de que no avanza en ninguna dirección que tenga sentido. Sí, vuelve a casa. Pero eso es como meter un pie en una trampa después de haber conseguido sacarlo de algún modo. Obviamente no pueden volver a la base. No existe, ya no, y es posible que los cabrones que la destruyeron los estén persiguiendo. Pero Gallagher no consigue ver Beacon como un refugio. Solo puede verlo como una boca que se abre delante de él, lista para devorarlo.

Trata de sacudirse de encima la sensación de desesperación. Trata de parecer un soldado y sentirse como tal. Quiere que Helen Justineau se sienta reconfortada por su presencia.

Han estado avanzando por una calle alargada y jalonada de tiendas a ambos lados. Son un objetivo demasiado evidente para cualquiera que haya pasado por allí. Seguramente las saquearan durante los primeros días del Colapso.

Así que dirigen su atención a las casas de las calles laterales, más difíciles de allanar y registrar. Lo primero es realizar un reconocimiento en busca de hambrientos. Y al entrar debes procurar hacer el mínimo ruido posible, porque cualquier sonido fuerte atraerá a todos los que haya cerca. Luego, una vez dentro, debes hacer otro reconocimiento. En cualquiera de esas casas podría haber un nido entero de hambrientos, sus antiguos residentes o intrusos no invitados.

Es un proceso muy lento que te va crispando los nervios.

Y encima es deprimente, porque se ha puesto a diluviar. Un cielo lúgubre y grisáceo les está orinando encima.

Y por si fuera poco es aburrido, si es que algo puede ser aterrador y aburridísimo a la vez. A Gallagher todas las casas le parecen iguales. Oscuras. Con olor a humedad y alfombras blandas en el suelo, cortinas enmohecidas y paredes interiores salpicadas de manchitas negras. Y millones de cosas dentro que no sirven para nada salvo para meterse por medio y hacer que tropieces. Es como si antes del Colapso la gente hubiera dedicado su existencia entera a levantar a su alrededor un capullo hecho de muebles, ornamentos, libros, juguetes, cuadros y todas las diferentes mierdas que pudieran encontrar. Como si creyesen que renacerían de aquel capullo transformados en otra cosa. Cosa que acabó sucediéndoles a algunos, pero no como esperaban.

En la mayoría de ellas se quedan el tiempo justo para revisar la cocina. Algunas tienen también un lavadero o un garaje, que registran también. Permanecen decididamente alejados de neveras y congeladores, que saben repletos de basura descompuesta y apestosa. El premio gordo es la comida enlatada y empaquetada.

No encuentran ninguna. Las cocinas están vacías.

En la siguiente calle obtienen resultados similares. Al final de ella hay un garaje cerrado con una puerta de color verde que casi pasan por alto. Pero se encuentra junto a una tienda saqueada, en la esquina, y Justineau se detiene.

—¿Estás pensando lo mismo que yo? —pregunta a Gallagher.

La verdad es que no estaba pensando nada, pero ahora se estruja los sesos un instante y así consigue responder otra cosa que no sea un «¿eh?».

—El garaje podría pertenecer a la tienda —deduce.

—Exactamente. Y no parece que haya entrado nadie. Vamos a echar un vistazo, soldado.

Intentan abrir la puerta, pero está cerrada con llave. Es de un metal fino y liviano, lo que por un lado está bien (no les costará echarla abajo) y por otro no tanto (porque hagan lo que hagan organizarán un buen escándalo).

Gallagher encaja la bayoneta bajo una de las esquinas y hace palanca. Con un chirrido fuerte y agudo, el metal cede. Una vez que está lo bastante separado del marco, introducen los dedos por debajo y tiran sin descanso. Sigue haciendo el mismo ruido, pero tampoco se puede hacer nada.

Logran levantar un pliegue como de un metro de lado. Entonces miran en todas direcciones y aguzan el oído, con los nervios a flor de piel. Pero no se mueve nada y no llega ningún ruido desde los extremos de la calle.

Se ponen a cuatro patas y entran a rastras. Gallagher enciende la linterna y recorre el interior con la luz.

El garaje está lleno de cajas.

La mayoría de ellas están vacías. La mayoría de las que no lo están no contienen comida, sino revistas y periódicos, juguetes o menaje. En cuanto al resto… Bueno, hay comida, pero se trata sobre todo de aperitivos. Paquetes de patatas fritas, cacahuetes o cortezas de cerdo. Tabletas de chocolate o galletas. Caramelos en tubos del tamaño de una bala de fusil. Bollitos en envoltorios individuales.

Y botellas. Botellas de todas clases. Naranja, limón, cola, zumo de uva y refresco de jengibre. Agua no, pero sí cualquier otra cosa que puedas imaginarte, siempre que tu imaginación no vaya más allá de la sacarina y el dióxido de carbono.

—¿Cree que algo será aprovechable? —susurra Gallagher.

—Solo hay un modo de averiguarlo —responde Justineau, también con un hilo de voz.

Así que realizan una especie de cata a ciegas, abriendo paquetes y dando cautelosos mordiscos a su contenido. Las patatas, blandas, quebradizas y con un sabor entre agrio y rancio, están incomibles. Las escupen inmediatamente. Pero las galletas están bien.

—Aceites hidrogenados —dice Justineau esparciendo migas—. Joder, seguramente duren hasta el fin del mundo.

Pero lo mejor son los cacahuetes. Gallagher no da crédito a su sabor, salado e intenso como el de la carne. Se come tres paquetes enteros antes de poder contenerse.

Cuando levanta la mirada, Justineau le está sonriendo, pero es una sonrisa amistosa, no despectiva. Se echa a reír en voz alta, contento de haber compartido con ella esta situación ridícula… y aliviado por la oscuridad del garaje, que impide que vea que se ha puesto colorado.

Llama al sargento por el walkie-talkie y le dice que han encontrado beicon. O al menos algo con sabor a beicon. Parks responde que lo recojan y regresen, y luego le transmite sus más entusiastas felicitaciones.

Se llenan los bolsillos y las mochilas y cada uno coge además un par de cajas. Cuando, diez minutos más tarde, vuelven a salir a la calle, siguen solos.

Vuelven sumidos en un estado de cierta euforia. Han salido de caza y han tenido éxito. Y ahora regresan con el mamut a la cueva. Encenderán una fogata para mantener a raya la oscuridad y habrá holganza y cuentos.

Bueno, puede que no. Pero si hay suerte, tal vez sí una puerta cerrada, comida decente, y un poco de Fleetwood Mac.

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