Melanie
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La noche se arrastra de manera artrítica y sin rumbo, después de una cena que, a pesar de un contenido en azúcar y sal peligrosamente elevado, nadie ha parecido capaz de saborear.
Justineau está sentada en el barracón, con el cuerpo retorcido en el asiento para poder mirar la calle desde una de las troneras. Oye los ronquidos inquietos de Gallagher procedentes del camastro, tras ella. Ha cogido una de las literas de arriba y se ha apropiado de casi todas las mantas para construirse un nido. Allí arriba es totalmente invisible, protegido del mundo tras una barricada de sueños y algodón y poliéster.
Es el único que duerme. Parks sigue desmontando el generador y no parece dispuesto a parar. El intermitente golpeteo que llega desde la parte de atrás revela a Justineau que está haciendo progresos. Sus intermitentes imprecaciones anuncian que también hay reveses ocasionales.
Entre ellos se encuentra el laboratorio, donde Caldwell trabaja en silencio, colocando una placa tras otra bajo un microscopio Zeiss-Plaumm (el electrónico sigue esperando el contacto milagroso de la corriente del generador de Rosie) y realizando anotaciones en un cuaderno de tapas de cuero, que luego guarda en una caja de plástico de compartimientos cuidadosamente numerados.
La salida del sol inspira a Justineau un asombro mudo. Parecía perfectamente plausible que este punto muerto ontológico se prolongase para siempre.
En medio del rojizo amanecer, una figura sale de una calle lateral y se encamina a la puerta de Rosie.
Justineau profiere un grito involuntario y corre hacia allí. Parks ha llegado antes y no se aparta. Hay un ruido amortiguado y débil: unos nudillos que golpean educadamente las placas metálicas.
—Va a tener que dejar que yo me encargue —le dice Parks.
Tiene bolsas bajo los ojos y manchas de aceite en la frente y las mejillas. Parece que acabara de asesinar a alguien que sangrase tinta. Sus hombros encorvados transmiten una sensación de agotamiento y derrota.
—¿Qué quiere decir con «encargarse»? —inquiere Justineau.
—Que me deje hablar con ella antes.
—¿Con un arma en la mano?
—No —replica él con irritación—. Con esto.
Le enseña la mano izquierda, donde tiene el bozal y las esposas.
Justineau titubea un segundo.
—Sé cómo se usan las esposas —dice—. ¿Por qué no puedo salir yo?
Parks se pasa la mugrienta manga sobre la frente mugrienta.
—Por Dios santo —murmura entre dientes—. Porque ella lo pidió así antes de irse, Helen. Es a usted a quien teme hacer daño, no a mí. Estoy prácticamente convencido de que está bien, porque ha llamado a la puerta en lugar de arañarla y darse de cabezazos con ella. Pero esté como esté, lo único que no quiere ver cuando se abra esta puerta es a usted. Sobre todo si se ha manchado la boca o la ropa de sangre al alimentarse. Eso lo entiende, ¿no? Después de que se haya limpiado y le hayamos puesto las esposas otra vez podrá hablar con ella. ¿De acuerdo?
Justineau traga saliva. Tiene la garganta seca. La verdad es que está asustada. Sobre todo de lo que puedan haberle hecho a Melanie las últimas doce horas. De que, al mirar a los ojos de la niña, pueda encontrarse con algo nuevo y extraño. Por esa misma razón no quiere postergar el momento. Y no quiere que sea Parks el primero en verlo.
Pero lo quiera o no, lo entiende y no puede oponerse a algo que Melanie ha pedido específicamente. No le queda más remedio que retroceder y colocarse detrás del mamparo mientras él abre la puerta.
Oye el ruido de los cerrojos y el suave siseo de los engranajes accionados por los sistemas hidráulicos.
Y entonces escapa a través de los puestos de armas de popa, hasta la zona del laboratorio. La doctora Caldwell levanta los ojos hacia ella, indiferente al principio. Hasta que comprende lo que debe de significar la agitación de Justineau.
—Melanie ha vuelto —dice mientras se pone en pie—. Dios, temía que le hubiera…
—Cierre el pico, Caroline —la interrumpe Justineau sin miramientos—. En serio. Cierre el pico y no vuelva a abrirlo.
Caldwell sigue mirándola. Hace ademán de dirigirse a proa, pero Justineau está en medio y no se mueve. Toda la agresividad que se está acumulando en su interior tiene que salir por alguna parte.
—Siéntese —dice Justineau—. No va a verla. No va a hablar con ella.
—Claro que va a hacerlo —dice Parks desde atrás.
Se vuelve y lo ve allí, en la puerta. Melanie está detrás. Ni siquiera le ha puesto las esposas aún, aunque sí el bozal. Está empapada, y lleva el cabello pegado a un lado de la cara y la camiseta al cuerpo huesudo. Ya ha dejado de llover, así que debe de estar así desde anoche.
—Quiere hablar con todos —continúa Parks—. Y creo que nos conviene escucharla. Repite lo que acabas de contarme, niña.
Melanie mira fijamente a Justineau y aún más a la doctora Caldwell.
—No estamos solos aquí fuera —dice—. Hay alguien más.