Melanie
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Escogen sitios para sentarse por todo el barracón. Aunque Rosie está diseñada para albergar una dotación de doce miembros, resulta estrecho. Son conscientes de la cercanía de los otros y ninguno de ellos parece más incómodo con esto que Justineau.
Está sentada en el borde de una de las literas bajas. Tiene a Caldwell justo enfrente. Gallagher se ha sentado en cuclillas en el suelo y Parks está apoyado en la jamba de la puerta.
En el extremo delantero del estrecho espacio, Melanie les habla. Justineau le ha limpiado el pelo con una toalla, ha puesto a secar su chaqueta, sus vaqueros y su camiseta y le ha dado una toalla para que se cubra con ella. Tiene los brazos dentro de la toalla, a la espalda, porque Parks ha vuelto a ponerle las esposas. La idea ha sido de ella misma. Se ha dado la vuelta, ha estirado los brazos hacia atrás y ha esperado pacientemente a que la atase.
Hay una tensión gigantesca en su rostro y en su postura. Tiene que hacer grandes esfuerzos por mantener el control… pero no como si estuviera hambrienta, sino como si la hubieran asaltado en la calle o acabase de presenciar un asesinato. Justineau la ha visto asustada otras veces, pero esto es algo nuevo y durante un rato no consigue identificarlo.
Hasta que comprende lo que es. Incertidumbre.
Por primera vez, intenta imaginar lo que podría haber sido, en qué podría haberse convertido Melanie de haber vivido antes del Colapso. Si nunca la hubieran mordido e infectado. Porque al margen de cualquier otra cosa, es una niña, y nunca ha perdido este sentido de la identidad, salvo cuando olió la sangre y se transformó por un momento en un animal. Y mira de qué manera más pragmática, más implacable, respondió a eso.
Pero solo sigue esta línea de pensamiento un instante. Cuando Melanie empieza a hablar, le presta toda su atención.
—Tendría que haber vuelto antes —les dice, a todos ellos—. Pero estaba asustada, y huí a esconderme, al principio.
—No hace falta que hagas pausas dramáticas, niña —dice Parks en medio del silencio que sigue—. Cuéntaselo sin más.
Pero Melanie comienza por el principio y va desgranando la historia como si ese fuese el único modo de contarlo que conoce. Relata con frases sobrias y funcionales su visita al teatro de la pasada noche. El único indicio de la agitación que siente es su manera de cambiar el peso de pie al hablar.
Por último llega al punto en el que miró desde el balcón y, gracias a sus ojos adaptados a la oscuridad, pudo ver lo que había debajo de ella.
—Eran hombres como los que vi en la base —dice—. Cubiertos de la cabeza a los pies por esa cosa negra y brillante y con todo el pelo de punta. De hecho, creo que eran los mismos de la base.
Justineau siente que se le hace un nudo en el estómago. Ahora mismo, los chatarreros son la peor noticia que podrían recibir.
—Eran muchísimos. Estaban peleando con cuchillos y palos, solo que no era de verdad. Solo estaban fingiendo que lo hacían. Y también tenían armas como las vuestras, colgadas de las paredes. Pero no las usaban. Solo los cuchillos y los palos. Primero los cuchillos y luego los palos y luego otra vez los cuchillos. El hombre que dirigía la pelea les decía cuándo debían usar los palos y cuándo debían cambiar. Alguien le preguntó si podían parar y él respondió que no hasta que se lo dijese.
Melanie mira de reojo a Caroline Caldwell. Su expresión es inescrutable.
—¿Pudiste ver cuántos eran? —pregunta Parks.
—Traté de contarlos, sargento Parks, y llegué a cincuenta y cinco. Pero es posible que hubiera más debajo de mi posición. Una parte de la sala no podía verla y no quería moverme para que no me oyesen. Seguramente fuesen más, creo yo.
—¡Dios! —dice Gallagher con voz ahogada por la desesperación—. Lo sabía. ¡Sabía que no pararían!
—¿Qué te hace creer —pregunta Caldwell— que es el mismo grupo que atacó la base?
—Reconocí a algunos de ellos —responde Melanie al instante—. No por las caras, en realidad, sino por la ropa que llevaban. Algunos tenían parches y trozos de metal, y dibujos. Me acuerdo de los dibujos. Y uno tenía una palabra en el brazo: «Implacable».
—Un tatuaje —traduce Parks.
—Eso creo —dice Melanie, con los ojos de nuevo sobre la doctora Caldwell—. Y entonces, mientras estaba allí, llegaron tres hombres más. Hablaron sobre un rastro que estaban siguiendo y dijeron que lo habían perdido. El jefe se enfadó mucho con ellos y los mandó volver a salir. Dijo que si no le traían prisioneros iba a dejar que los demás hombres los usasen para practicar con los cuchillos y los palos.
Así parece terminar la historia, pero Melanie aguarda, tensa y expectante, por si hay preguntas.
—¡Dios santo! —gimotea Gallagher.
Entierra la cabeza en los brazos cruzados y la deja allí.
Justineau se vuelve hacia Parks.
—¿Y qué hacemos? —pregunta.
Porque, les guste o no, es él quien va a elaborar su estrategia. Es el único que tiene alguna probabilidad de sacarlos de allí con vida, ahora que se han quedado sin inhibidores y hay un ejército de lunáticos acampado junto a su puerta. Ha oído historias sobre lo que les hacen los chatarreros a sus prisioneros. Puede que sean mentiras, pero bastan para que nadie desee que lo cojan con vida.
—¿Que qué hacemos? —repite Gallagher mientras levanta la cabeza y abre los brazos. La mira como si estuviera loca—. Salir de aquí. Echar a correr. Inmediatamente.
—Aún no —dice Parks con parsimonia. Y entonces, cuando se vuelven hacia él, añade—: Correr no es siempre la mejor salida. Creo que me falta como una hora para conseguir que el generador funcione. Y desde mi punto de vista, este trasto sigue siendo nuestra mejor opción. Así que de correr nada. Vamos a atrincherarnos aquí hasta que estemos listos.
—Es un comportamiento extraño —murmura Caldwell.
Parks le lanza una mirada perspicaz.
—¿Para los chatarreros? Sí.
—Iban en un convoy cuando los vimos. Con los vehículos de la base, para moverse deprisa. Trasladarse a una base fija, una especie de puesto de mando, no tiene mucho sentido. A un grupo tan grande no le será nada fácil vivir de la tierra. A nosotros nos ha costado mucho encontrar provisiones.
Justineau apenas encuentra espacio en su interior para sentir sorpresa.
—Caray —dice sacudiendo la cabeza—. ¿Y por qué no va y se lo dice, Caroline? Han cometido un error. Necesitan a alguien con su inteligencia y capacidad de previsión para empezar a tomar las decisiones adecuadas.
Caldwell ignora la provocación.
—Puede que estemos pasando por alto algo que podría explicar la situación —dice con precisión forense—. Esto no tiene sentido.
Parks se separa del marco de la puerta y se frota el hombro.
—Vamos a atrincherarnos —repite—. Nadie saldrá hasta nuevo aviso. Soldado, ¿ha encontrado cinta aislante en las taquillas?
Gallagher asiente.
—Sí, señor. Tres rollos enteros y uno empezado.
—Cubra las ventanillas. No sabemos si funcionan aún esos sellos antibengalas.
Al oír la palabra bengala, Justineau siente una oleada de vergüenza y temor retroactivos. Cuando disparó la pistola la noche pasada pudo atraer a los chatarreros hasta ellos. Parks tendría que haberle pegado un tiro cuando tuvo la ocasión.
—Y revise nuestra provisión de agua —dice el sargento—. Doctora, iba usted a comprobar si tenemos un depósito de filtración.
—Está lleno —responde Caldwell—. Pero no recomendaría beberla hasta que no funcione el generador. El agua tiene algas y seguramente esté llena de contaminantes. Podemos confiar en que los filtros hagan su trabajo, pero solo cuando haya electricidad.
—Pues entonces tendré que volver al trabajo —dice Parks.
Pero no se marcha. Está mirando a Melanie.
—¿Y qué me dices tú? —inquiere—. ¿Cómo lo llevas? Hace casi un día que no nos echamos el inhibidor.
—De momento bien —responde Melanie con el mismo tono pragmático que si estuvieran hablando de un problema ajeno a ambos—. Pero los huelo con claridad. A la señorita Justineau y a Kieran menos, a usted y a la doctora Caldwell más. Si no puedo salir de caza será mejor que encuentren el modo de encerrarme.
Gallagher levanta rápidamente la vista al oír que Melanie puede olerlo, pero no dice nada. Solo palidece un poco alrededor de la orejas.
—¿No basta con las esposas y el bozal? —pregunta Parks.
—Creo que podría sacar las manos de las esposas si fuera necesario —le dice Melanie—. Me haría daño, porque me arañaría toda la piel, pero podría hacerlo. Y entonces me sería muy fácil quitarme el bozal.
—Hay una jaula para especímenes en el laboratorio —dice la doctora Caldwell—. Creo que es suficientemente grande y sólida.
—No.
Justineau escupe la palabra. La rabia que se adormeció mientras Melanie hablaba se despereza y se estira, despierta de nuevo en cuestión de un instante.
—Me parece buena idea —dice Parks—. Prepárela, doctora. Niña, quédate cerca de ella. Como a un salto de distancia. Y si sientes algo…
—Eso es absurdo —dice Caldwell—. No esperará que se controle a sí misma.
—Tanto como que lo haga usted —dice Justineau—. Ha estado deseando ponerle las manos encima desde que abandonamos la base.
—Y desde antes —replica Caldwell—. Pero me he resignado a esperar hasta que lleguemos a Beacon. Una vez allí, el consejo de los supervivientes puede escucharnos a ambas y tomar una decisión.
Justineau ha pronunciado las dos primeras sílabas de una réplica obscena cuando la mano de Parks se cierra sobre su hombro y la obliga a volverse hacia él. Su brusquedad la coge por sorpresa. Casi nunca la ha tocado y no había vuelto a hacerlo desde su fallida intentona en el tejado de Wainwright House.
—Basta —dice—. La necesito en la sala de motores, Helen. Los demás, ya saben lo que tienen que hacer. O lo que tendrían que estar haciendo. La niña irá en la jaula. Pero no quiero que la toque, doctora. De momento es territorio prohibido para usted. Si le hace algo responderá ante mí. Y le aseguro que todas esas muestras que se ha pasado la última noche analizando no sobrevivirán al encuentro. ¿Comprendido?
—He dicho que esperaría.
—Y la creo. Solo lo comento. ¿Helen?
Justineau aún espera un momento más.
—Si se te acerca —le dice a Melanie—, grita y vendré al instante.
Sigue a Parks hasta la sala de motores. El sargento cierra la puerta y se apoya en ella.
—Sé que las cosas están mal —dice Justineau—. No quiero empeorarlas. Lo que pasa es que… no me fío de ella. No puedo.
—Claro —conviene Parks—. No la culpo. Pero a la niña no le va a pasar nada. Tiene usted mi palabra.
Es un alivio oír esto. Saber que reconoce a Melanie como una aliada, al menos de momento, y que no va a dejar que le hagan daño.
—Pero a cambio quiero que me haga un favor —continúa Parks.
Justineau se encoge de hombros.
—Muy bien. Siempre que pueda. ¿Qué quiere?
—Que averigüe lo que ha visto realmente.
—¿Cómo?
Justineau parece estupefacta durante un momento. No furiosa ni exasperada. Simplemente, es como si no entendiera lo que está diciendo Parks.
—¿Por qué iba a mentir? ¿Qué le lleva a pensar que…? ¡Mierda! ¿Por lo que ha dicho Caroline? Se las da de antropóloga, pero no sabe una mierda. No puede esperar que unos psicópatas como los chatarreros tomen decisiones racionales.
—Probablemente no —reconoce Parks.
—Entonces, ¿de qué está hablando?
—Helen, lo que está diciendo esa niña no es más que un montón de disparates. Estoy convencido de que vio algo. Y probablemente fuese algo que la asustó, porque lo que sí es cierto es que quiere que nos vayamos. Pero no fueron los chatarreros.
Justineau está volviendo a enfadarse.
—¿Por qué? —inquiere—. ¿Cómo lo sabe? ¿Cuántas veces tiene que demostrarle que es de fiar?
—Ninguna. Ninguna. Creo que es bastante de fiar, en serio. Pero su historia no se sostiene.
Coge uno de los manuales con los que ha estado trabajando, que había dejado sobre el armazón del generador, y lo aparta para poder sentarse. No parece contento.
—Comprendo por qué no quiere aceptarlo —dice Justineau—. Si nos han seguido desde la base estamos jodidos. Dejamos un rastro.
Parks emite un sonido que podría ser una carcajada o un mero resoplido.
—Dejamos un rastro que se podría seguir de espaldas y con la cabeza metida en un cubo —dice—. No es eso. Lo que pasa es que…
Levanta la mano y comienza a contar con los dedos.
—Dice que solo había hombres, no mujeres. Lo que quiere decir que se trata de un campamento provisional. Y entonces, ¿por qué no establecen un perímetro? ¿Cómo ha podido entrar allí y volver a salir sin que la viesen?
—Puede que tengan una seguridad de mierda, Parks. No todo el mundo es tan competente como usted.
—Puede. Luego está lo de esos tíos que aparecen en el momento más conveniente para decir que están siguiendo a alguien. Y el tatuaje. El soldado Barlow, en la base, tenía la misma palabra tatuada en el brazo. Qué coincidencia.
—Las coincidencias existen, Parks.
—A veces —reconoce Parks—. Pero luego está Rosie.
—¿Rosie? ¿Y qué pinta Rosie en esto?
—No la han tocado. La hemos encontrado aquí, en medio de la calle, y no tiene un arañazo. Nadie ha tratado de forzar la puerta ni las ventanas. Estaba cubierta de polvo y porquería y no tenía una sola mano o huella. Me cuesta creer que hayan pasado cincuenta chatarreros por aquí sin verla. O, si la han visto, que no hayan sentido curiosidad. De hecho, me cuesta mucho creer que Gallagher y usted lograran ayer salir en busca de provisiones sin tropezarse con ellos. O que no viesen la bengala. Si de verdad nos están siguiendo, están pasando por alto un montón de rastros.
Justineau está buscando argumentos para responder —y encuentra algunos— cuando tropieza con la única evidencia que Parks no ha visto. Esas miradas de reojo a Caldwell… Como si, en realidad, la historia de Melanie estuviera dirigida a un público formado por una sola persona. Como si, de todos los presentes en el barracón, solo estuviese hablando con la doctora.
Así que no replica. No tiene sentido, porque ya está medio convencida. Pero tampoco lo deja así. No va a interrogar a Melanie sin saber al menos a qué juega Parks.
—¿Y por qué lo ha hecho, entonces? —pregunta—. Lo de antes.
—¿A qué se refiere?
—A lo de ordenar que nos encerremos. Si Melanie está mintiendo, no hay peligro.
—Yo no he dicho tal cosa.
—Pero no ha intentado averiguar la verdad. Se ha comportado como si se creyese todo lo que ha dicho. ¿Por qué?
Parks lo piensa un momento.
—No voy a jugarme la vida por un presentimiento —dice—. Creo que está mintiendo, pero puede que me equivoque. No sería la primera vez.
—Y una mierda, Parks. Usted no es de los que dudan de sí mismos. Al menos por lo que le conozco. ¿Por qué no se lo ha preguntado?
Parks se frota los ojos con el dorso de la mano. De repente parece cansado. Cansado y puede que un poco más viejo.
—Para ella significaba algo —dice—. No sé el qué, pero o mucho me equivoco o es algo que la asusta tanto que no quiere hablar de ello. Y no le he presionado porque no tengo ni puta idea de lo que puede ser. Así que le pido a usted que lo averigüe porque creo que puede conseguir que se lo cuente sin asustarla todavía más. Conmigo no tiene esa confianza.
Desde que Justineau conoce a Parks, es la primera vez que la sorprende de verdad.
Sin pensarlo, se inclina hacia delante y le da un beso en la mejilla. Él se queda helado, puede que porque el beso ha caído sobre el tejido cicatrizado o puede que porque no se esperaba algo así ni de lejos.
—Perdón —dice Justineau.
—No es necesario —se apresura a responder Parks—. Pero… si no le importa que se lo pregunte…
—Es porque ha hablado de ella como si fuese un ser humano. Alguien con sentimientos que a veces hay que respetar. He pensado que una ocasión así había que celebrarla de algún modo.
—De acuerdo —dice Parks. Y añade, a modo de tentativa—: ¿Quiere quedarse un rato a seguir hablando de sus sentimientos? Podríamos…
—Tal vez luego. —Justineau se encamina a la puerta—. No quisiera distraerlo de su trabajo.
«Ni darle demasiadas esperanzas», añade para sí. Porque Parks sigue siendo alguien a quien asocia, más que nada, con la sangre, la muerte, y la crueldad. Casi tanto como a sí misma. No sería buena idea que estuvieran juntos.
Podrían reproducirse, o vaya usted a saber qué.
Se dirige al laboratorio, donde se encuentra con que Caldwell ya ha preparado la jaula. Es una estructura plegable. Como la esclusa, pero más sólida. Un cubo de gruesa malla metálica de metro y medio de lado, sujeto en unos puntales de acero macizo que encajan en sendos agujeros situados a tal efecto en las paredes del laboratorio. Se encuentra en la esquina delantera, para no entorpecer el acceso a las superficies o el equipo de trabajo.
Melanie está sentada en la jaula, con las rodillas a la altura del pecho. Caldwell está haciendo más o menos lo mismo que Parks, reparar una máquina de aspecto complicado, una de las más grandes del laboratorio, y parece tan profundamente absorta que no la oye entrar.
—Buenos días, señorita Justineau —dice Melanie.
—Buenos días, Melanie —responde Justineau.
Pero está mirando a Caldwell.
—Sea lo que sea lo que está haciendo —le dice—, va a tener que esperar. Salga a fumarse un cigarrillo o lo que quiera.
Caldwell se vuelve. Casi por vez primera, deja que su aversión por Justineau aflore a su rostro. Justineau la recibe con los brazos abiertos: es fantástico haber superado sus barricadas emocionales.
—Estoy haciendo algo importante —dice Caldwell.
—¿Ah, sí? Qué pena. Fuera, Caroline. Ya la avisaré yo cuando pueda volver.
Durante un momento prolongado se miran la una a la otra, cara a cara, Como dos púgiles antes del combate. Parece que Caldwell podría responder, a pesar de las manos lastimadas, pero al final no lo hace. Seguramente sea mejor así. Parece tan débil que hasta una bocanada de viento podría derribarla, y no digamos un puñetazo.
—Debería analizar el placer que extrae abusando de mí —dice Caldwell.
—No, eso podría arruinarlo.
—Y debería preguntarse —insiste Caldwell— por qué tiene tantas ganas de verme como una enemiga. Si llegase a sintetizar una vacuna, podría curar a gente como Melanie, que ya es parcialmente inmune al Ophiocordyceps. Eso impediría que miles y miles de niños acaben como ella. ¿Qué pesa más, Helen? ¿Qué será más importante, al final? ¿Su compasión o mi compromiso con mi trabajo? ¿No será que me grita y me falta al respeto para no tener que hacerse preguntas como esas?
—Será —reconoce Justineau—. Ahora haga lo que le he dicho y salga.
No espera una respuesta. Lleva a Caldwell hasta el final de la sala, la empuja hacia el barracón y le cierra la puerta en las narices. La doctora está tan débil que apenas le cuesta hacerlo. Pero la puerta no cierra con llave. Justineau espera un instante o dos para ver si intenta volver a entrar, pero no lo hace.
Por último, satisfecha con el poco de intimidad que han conseguido, regresa junto a la jaula y se arrodilla a su lado. Se vuelve hacia el pequeño y pálido rostro que hay al otro lado de los barrotes.
—Hola —dice.
—Hola, señorita Justineau.
—¿Te parece bien que…? —comienza a decir. Pero entonces cambia de idea—. Voy a entrar —dice.
—¡No! —exclama Melanie—. No entre. ¡Quédese ahí!
Al ver que Justineau acerca la mano a la puerta y retira el cerrojo, la niña retrocede hasta el fondo de la jaula. Se pega con todas sus fuerzas a la esquina.
Justineau se detiene con la puerta a medio abrir.
—Dijiste que solo podías olerme un poco —dice—. ¿Es suficiente para incomodarte?
—Aún no —responde Melanie con voz tensa.
—Entonces vamos bien. Si la cosa cambia, dímelo y saldré. Pero no quiero que estés en una jaula, encerrada como un animal, mientras yo estoy fuera mirándote. Así me gusta más. Si te parece bien…
Pero solo hay que ver el rostro de Melanie para comprender que no le parece bien. Justineau se rinde. Cierra la puerta y vuelve a echar el cerrojo.
Se sienta con el hombro apoyado en la jaula y las piernas cruzadas.
—Vale —dice—. Tú ganas. Pero ven aquí y siéntate conmigo, al menos. Mientras estés dentro y yo fuera no habrá problema, ¿verdad?
Melanie avanza cautelosamente, pero a mitad de camino se detiene, evidentemente asustada por una situación que podría descontrolarse rápidamente.
—Si le digo que se aparte más tendrá que hacerlo al instante, señorita Justineau.
—Melanie, hay una pared de metal entre ambas y llevas el bozal. No puedes hacerme daño.
—No me refiero a eso —responde Melanie con voz queda.
Claro. Se refiere a transformarse delante de su profesora y amiga. Dejar de ser ella misma. La idea la aterra.
Justineau se siente avergonzada. No por haber hablado sin pensar, sino por lo que ha ido a hacer allí. Si Melanie ha mentido habrá sido por una razón. No le parece bien desmontar su mentira. Pero tampoco le agrada saber que, por alguna razón que ignoran, Melanie quiere que se marchen todos. Parks tiene razón. Necesitan saberlo.
—Cuando entraste en el teatro anoche… —comienza cautelosamente.
—¿Sí?
—¿Y viste a los chatarreros…?
—No había ningún chatarrero, señorita Justineau.
Tal cual. Justineau ya tenía las siguientes frases preparadas. Se la queda mirando con cara de idiota y la boca abierta.
—¿No? —dice.
—No.
Y Melanie le cuenta lo que vio en realidad.
* * *
Corrían entre los asientos enmohecidos y el escenario de ecos gigantescos. Desnudos como el día que sus madres los trajeron al mundo. Y muy sucios, aunque la piel bajo la porquería era del mismo blanco hueso que la de ella. El cabello abundante les colgaba lacio de la cabeza, aunque otros lo tenían de punta. Algunos de ellos llevaban palos en las manos y otros bolsas, bolsas de plástico viejas, con palabras como «Alimentos frescos» o «Verdulería».
—Pero lo de los cuchillos no era mentira. Los tenían. Aunque no como los del sargento Parks y Kieran. Cuchillos de los de cortar el pan o la carne, de cocina.
Quince en total. Los contó. Simplemente, cuando se inventó lo de los chatarreros, añadió cuarenta.
Pero no eran chatarreros. Eran niños de todas las edades, de cuatro a quince años, más o menos. Y lo que estaban haciendo era perseguir ratas. Algunos de ellos golpeaban el suelo y los asientos con los palos para espantarlas. Otros las atrapaban cuando habían echado a correr y les arrancaban la cabeza de un mordisco y arrojaban los cuerpos inertes en la bolsa. Eran mucho más rápidos que ellas, así que no les costaba mucho. Lo hacían como un juego, y mientras corrían se reían y se burlaban unos de otros con chillidos y muecas.
Niños como ella. Niños que también eran hambrientos y se movían y disfrutaban de la emoción de la cacería. Y que luego se sentaban y se daban un festín con los pequeños cuerpos ensangrentados; primero los mayores, mientras los demás intentaban colarse entre ellos para birlarles algún bocado. Incluso esto era un juego y seguían riéndose mientras lo hacían. No había ninguna amenaza en ello.
—Había uno que parecía ser el líder. Tenía un palo grande, como el cetro de un rey, todo brillante, y llevaba el rostro pintado de varios colores. Daba un poco de miedo, pero a los pequeños no, a ellos los protegía. Una vez, otro de los mayores le enseñó los dientes a uno e hizo como si fuese a morderlo, y el de la cara pintada le apoyó el palo en el hombro y el otro se paró. Pero en general no intentaban hacerse daño. Eran casi como una familia. Se conocían todos y les gustaba estar juntos.
Era un picnic nocturno. Al verlo, Melanie se sintió como si estuviera observando su propia vida por el extremo equivocado de un telescopio. Así es como habría sido si no la hubieran llevado a la base. Así es como debía ser. Y a medida que lo pensaba, sus sentimientos iban cambiando constantemente. Le daba mucha pena no poder participar. Pero si no hubiera ido a la base, se habría quedado sin aprender muchísimas cosas y nunca habría conocido a la señorita Justineau.
—Me eché a llorar —dice Melanie—. No porque estuviera triste, sino porque no sabía si lo estaba. Era como si echase de menos a todos esos niños, a pesar de que no los conocía. A pesar de que no conocía siquiera sus nombres. Probablemente ni tengan. No parecía que pudiesen hablar, porque se comunicaban con graznidos y gruñidos.
Las emociones que recorren el rostro de la niña son dolorosamente intensas. Justineau apoya una mano en el costado de la jaula e introduce los dedos a través de la malla.
Melanie se inclina hacia delante hasta que su frente queda en contacto con las yemas de los dedos de Justineau.
—Y… ¿por qué no nos has contado todo esto?
Es la primera pregunta que le viene a la mente. Evita con instintiva cautela la crisis existencial de Melanie, pues le da miedo abordarla de frente. Sabe que la niña no le dejará entrar en la jaula para darle un abrazo por miedo a perder el control, así que solo cuenta con sus palabras y le parecen insuficientes para esa tarea.
—No me importa decírselo a usted —responde Melanie simplemente—. Pero tiene que ser nuestro secreto. No quiero que lo sepa la doctora Caldwell. Ni el sargento Parks. Ni siquiera Kieran.
—¿Por qué, Melanie? —intenta sonsacarle Justineau.
Y se arrepiente nada más hacerlo. Levanta las manos para que Melanie no lo diga. Pero la niña responde igualmente.
—Porque los capturarían y los encerrarían en celdas, bajo tierra —dice—. Y la doctora Caldwell los cortaría en pedazos. Así que decidí inventarme algo que empujase al sargento Parks a sacarnos de aquí de inmediato. Antes de que nos descubrieran. No lo cuente, señorita Justineau. Prométamelo.
—Te lo prometo —susurra Justineau.
Y lo dice en serio. Pase lo que pase, no dejará que Caroline Caldwell sepa que están junto a un nuevo lote de sujetos de experimentación. No habrá más secuestros de niños salvajes.
Lo que significa que tendrá que mantener la mentira cuando hable con Parks. O hacerlo partícipe de ella. O inventarse una historia mejor.
Permanecen en silencio un momento, puede que pensando cómo va a cambiar esto las cosas entre ellas. Cuando se marcharon de la base, Justineau le ofreció a Melanie que eligiese entre quedarse con ellos o marcharse a uno de los pueblos cercanos.
«Para estar con los tuyos» estuvo a punto de decir, pero al final se detuvo porque se dio cuenta en el mismo instante de que no había nadie como Melanie.
Pero ahora sí.
Mientras está pensando en las implicaciones de lo que acaba de contarle la niña, se pone a temblar. Durante un momento aterrador y surrealista, cree que es solo ella, que se trata de una especie de ataque. Pero la vibración se transforma en un ritmo palpitante que reconoce y que da paso a un tronar sordo en sus oídos que asciende un momento y luego muere. Y la propia vibración desaparece con él tan rápidamente como llegó.
—¡Dios mío! —dice con voz ahogada.
Se pone en pie con dificultades y corre en dirección a popa.
Parks se encuentra junto al generador, con las manos grasientas abiertas, como si acabara de realizar un milagro. O un exorcismo.
—Ya está —dice, y obsequia a Justineau con una sonrisa feroz al ver que entra en la sala.
—Pero se ha vuelto a apagar —dice ella.
Caldwell la sigue a la habitación. La mágica resurrección del generador también la ha atraído.
—No, no se ha apagado. Lo he desconectado. No nos conviene que haga ruido hasta que no estemos listos para partir. Nunca se sabe quién podría oírlo.
—¡O sea, que podemos irnos! —dice Justineau—. Seguir hacia el sur. Vámonos, Parks. Al demonio con todo lo demás.
Él le lanza una mirada mordaz.
—Sí —dice—. No quisiera encontrarme con esos chatarreros. Puede que tengamos que…
Se detiene y mira detrás de las dos mujeres, con expresión repentinamente seria.
—¿Dónde está Gallagher? —pregunta.