Melanie

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Gallagher se ha largado. Ha huido. La presión que estaba acumulándose en su interior ha explotado repentinamente y se lo ha llevado de allí antes incluso de que comprendiese lo que estaba haciendo.

No es que sea un cobarde. Se trata más bien del efecto de una ley de la dinámica. Porque la presión venía de delante y de detrás, del recuerdo de aquello a lo que tenía que volver. Y lo ha deformado hasta desplazarlo hacia un lado.

Pero también es la idea de cerrar la puerta, apagar las luces y esperar a que los encuentren los chatarreros. Como si fuese posible que no los vean estando allí, en medio de la calle.

Cuando cayó la base, Gallagher vio cómo le reventaban la cara a Si Brooks —el hombre que alquilaba su preciada revista porno al barracón entero y, en privado, estaba enamorado de la chica de la página 23— con la culata de un fusil. Y a Lauren Green, una de las pocas mujeres soldado con las que podía hablar sin que se le trabara la lengua, le clavaron una bayoneta en el estómago. Habría corrido la misma suerte de no ser porque Parks lo agarró por el hombro y lo sacó del rincón del comedor, con un lacónico «Necesito un artillero».

Gallagher no se hace ilusiones sobre lo que habría durado en otras circunstancias. Estaba paralizado de puro terror. Aunque puede que paralizado no sea la palabra apropiada, porque lo que sentía era algo más parecido al vértigo, la sensación de que si se movía se caería rodando por un mundo que se inclinaba por momentos.

Así que se avergüenza de estar huyendo de su sargento, de su salvador. Pero así es como se sale de un círculo. No puedes ir hacia delante. No puedes ir hacia atrás. No puedes quedarte quieto. Así que escoges una nueva dirección y comienzas desde cero.

El río será su salvación. Habrá botes allí, reliquias de los viejos tiempos, antes del Colapso. Puede irse en un bote de remos o de vela y buscar una isla en alguna parte, con una casa pero sin hambrientos, y vivir de lo que pueda cultivar, cazar o atrapar. Sabe que Gran Bretaña es una isla y que hay otras cerca. Ha visto los mapas, aunque no los recuerda con mucho detalle. No puede ser tan difícil, ¿verdad? Los exploradores y los piratas lo hacían.

Se dirige hacia el sur, con la ayuda de la brújula que lleva al cinto. O más bien lo intenta, porque las calles no siempre colaboran. Ha dejado la avenida principal, donde se sentía demasiado expuesto, y ahora zigzaguea por calles laterales. La brújula le indica la dirección y sigue su consejo siempre que el laberinto de avenidas, medias lunas y callejones sin salida se lo permiten. Afortunadamente, están vacíos. No ha visto un solo hambriento desde que abrió la puerta de Rosie y escapó. Solo un par de los que están muertos, con los árboles blancos.

Llegará al río, que no puede estar a más de ocho o nueve kilómetros, y entonces decidirá. Mientras avanza pasan las nubes y vuelve a salir el sol. A Gallagher le sorprende, de una manera un tanto vaga, volver a verlo. La calidez y la luz no parecen tener cabida en el mundo por el que se mueve. Hasta le hacen sentir un poco intranquilo, peligrosamente expuesto, como si el sol fuese un foco centrado sobre él, que lo sigue mientras camina.

Y otra cosa. Detecta un movimiento en la calle, más adelante, que lo hace saltar como una liebre. Prácticamente se hace pis encima. Pero entonces se da cuenta de que no está en la calle. Allí no hay nada. Era la sombra de algo que se mueve detrás de él y sobre él, en uno de los tejados. ¿Un chatarrero? No parecía lo bastante grande y está convencido de que si lo estuviera siguiendo uno de ellos ya le habría disparado en la espalda. Lo más seguro es que sea un gato, o algo por el estilo, pero, joder, qué susto.

Aún está temblando y se siente como si estuviera a punto de vomitar. Encuentra un sitio donde los restos oxidados de un coche lo ocultan de la calle y se sienta allí un momento. Toma un trago de su cantimplora.

Que está casi vacía.

Repentinamente se da cuenta de que hay un montón de cosas que le serían francamente útiles y que, simplemente, no tiene.

Como provisiones. No se sentía capaz de robar una de las mochilas antes de irse, así que no lleva nada. Ni siquiera el paquete de cacahuetes que se había guardado bajo la almohada para luego.

Ni su fusil.

Ni el tubo vacío de inhibidor que pensaba cortar para poder sacar las últimas gotas de gel y echárselas en las axilas y la entrepierna.

Tiene la pistola y seis cargadores de munición. La poca agua que le queda. La brújula. Y la granada, que sigue en el bolsillo del mono desde que abandonaron el Humvee. Y nada más. A eso se reduce su inventario entero.

¿Qué clase de imbécil decide adentrarse en territorio enemigo sin otra cosa que la ropa que lleva encima? Tiene que reabastecerse y tiene que hacerlo cuanto antes.

El garaje donde Justineau y él encontraron los aperitivos ha quedado un par de kilómetros por detrás. Detesta tener que desandar lo andado y perder tiempo. Pero peor sería morirse de hambre y nada garantiza que vaya a encontrar otro tesoro igual de aquí al Támesis.

Se incorpora y reanuda la marcha. No es fácil, pero ahora que tiene un objetivo se siente mejor. Tiene un objetivo definido y un plan. Va a retroceder, pero solo para poder avanzar de nuevo, y esta vez más lejos.

Después de cinco o seis giros, a pesar de la brújula, está totalmente perdido.

Y encima tiene la certeza de que no está solo. Ya no ve más sombras en movimiento, pero sí oye pequeños ruidos y pisadas sigilosas procedentes de muy cerca. Cuando se detiene para escuchar desaparecen, pero en cuanto empieza a andar de nuevo vuelven, tras el ruido de sus propios pasos. Alguien se mueve y se para cuando lo hace él.

Suena como si los tuviera prácticamente encima. Tendría que poder verlos, pero no es así. Ni siquiera sabe de dónde vienen. Pero la sombra que vio… Algo la proyectaba desde lo alto del tejado, eso está claro. Si lo están siguiendo, piensa Gallagher, sería el modo perfecto de mantenerse cerca de él sin que los vea.

«Vale. Vamos a ver si podéis saltar al otro lado de la calle».

Echa a correr sin previo aviso. Cruza la calle sin parar y luego se introduce en un callejón lateral.

Atraviesa un aparcamiento situado detrás de unas tiendas destruidas por un incendio. Sale a un callejón lateral por una puerta. Por una puerta oscilante de goma vulcanizada, putrefacta y pegajosa, accede a la zona de venta al público, que cruza rápidamente y luego…

Frena. Y se detiene.

Porque se encuentra en una especie de minicentro comercial, con seis pasillos estrechos llenos de estantes desde el suelo hasta el techo.

En los estantes hay cepillos para el pelo, hueveras con forma de gallinas sonrientes, paneras de latón decoradas con la bandera de Gran Bretaña, ratoneras de madera con el nombre «El pequeño mordiscos» estampado en un lado, ralladores de queso con mango, tablas de cocina, toallitas para la tetera, juegos de condimentos exóticos, bolsas de basura, protectores para los asientos del coche, destornilladores eléctricos…

Y comida.

No hay mucha, apenas una sección de estanterías en el extremo de uno de los pasillos, pero las latas y paquetes parecen intactos. Siguen ordenados por tipos: las sopas en un estante, los platos extranjeros en otro, y el arroz y la pasta en un tercero. Como si un mozo de almacén anónimo y seguramente muerto hace mucho las hubiera colocado así creyendo que aquella era una mañana cualquiera, en un mundo cuyo fin nadie esperaba.

Las latas han reventado, todas y cada una de ellas. Están al sol, como habrán estado cada día soleado desde antes de que naciese Gallagher.

Pero también hay paquetes. Los examina, primero con esperanza y luego con emoción.

«El festín del gourmet: Pollo al curry con arroz. ¡Añadir agua y listo!».

«El festín del gourmet: Ternera Strogonoff. ¡Añadir agua y listo!».

«El festín del gourmet: Paella mixta. ¡Añadir agua y listo!».

En otras palabras, comida deshidratada y envasada al vacío.

Gallagher abre uno de los paquetes y huele su contenido. Es bastante agradable, dadas las circunstancias. Y la verdad es que le da igual que el pollo no contenga un gramo de pollo genuino, mientras sea comestible.

Le echa una tercera parte del agua que le queda, más o menos, agarra la bolsa por el cuello y lo agita durante cosa de un minuto. Luego vuelve a abrirlo y se mete en la boca un poco de la pasta que se ha formado.

Está delicioso. Un festín de gourmet, como dice en la etiqueta. Y ni siquiera hace falta masticarlo. Entra tan fácilmente como si fuese sopa. La textura arenosa tampoco lo molesta hasta que se le mete accidentalmente por la garganta una parte del polvo, que no se ha disuelto, y le provoca un ataque de tos que deja los paquetes de los estantes salpicados de restos marrones de curry y saliva.

Se termina el resto del paquete con más cuidado. Luego abre unos cuantos más y se llena los bolsillos con la comida empaquetada. Cuando llegue al río lo celebrará abriendo dos o tres de ellos, al azar. Un auténtico menú de degustación.

Hablando de lo cual, tendría que ponerse en marcha. Pero es incapaz de resistirse a la tentación de echar un vistazo al resto de la tienda, por si contiene más maravillas.

Cuando encuentra el expositor de las revistas, siente que le da un vuelco el corazón. Toda la fila superior —más de tres metros de expositores— está llena de revistas porno. Las coge, una detrás de otra, y las hojea tan reverentemente como si fuesen las Sagradas Escrituras. Mujeres de inconcebible belleza le sonríen con amor, comprensivas y complacientes. Sus piernas y su corazón están abiertos de par en par.

Si siguiera en la base, este tesoro lo haría rico más allá de toda medida. La gente acudiría en peregrinación desde todos los barracones para pagarle con tabaco y alcohol media hora de compañía con las chicas. El hecho de que no fume y le tenga al alcohol casi tanto miedo como a los chatarreros no empaña en modo alguno esta deslumbrante visión. Sería el rey, igualmente. Uno de esos tíos a los que todos saludan cuando entra en el comedor y a quienes les parece lo más normal del mundo. Un hombre cuya confianza, cuando la concede, confiere estatus a sus destinatarios.

El crujido de un tablero del suelo lo saca bruscamente de esta visión de eterna gloria para devolverlo al momento presente. Baja la revista que tiene en las manos. A tres metros de distancia, tapada hasta el momento por el estante de las revistas, a pesar de que no está haciendo el menor esfuerzo por ocultarse, hay una chica. Es tan menuda y flaca que parece hecha de palitos, y va totalmente desnuda. Durante un momento sorprendente, parece una fotografía en blanco y negro, porque tiene el cabello de color azabache y la piel de un blanco puro e inmaculado. Sus ojos son tan negros e insondables como dos agujeros taladrados en un tablero. Su boca es una línea recta y anémica.

Tendrá cinco o seis años, o siete quizá, si está desnutrida.

Se queda allí quieta, observando a Gallagher. Entonces, cuando está segura de que lo está mirando, extiende la mano y le enseña lo que tiene. Es una rata muerta y decapitada.

Gallagher mira la rata y luego la cara de la niña. Y luego la rata, otra vez. Se quedan así un momento que parece muy largo. Gallagher inhala lenta y trémulamente.

—Eh —dice al fin—. ¿Cómo estás?

Es la mayor estupidez que podría decir en un momento así, pero es que le está costando dar crédito a lo que le sucede. La chiquilla es un hambriento, eso está claro. Pero es un hambriento de los de Melanie de los que piensan y no tienen que comerse a la gente si no quieren.

Y le está haciendo una ofrenda de paz. Una ofrenda de paz muy grande, dada su agónica delgadez.

Pero no se le acerca ni dice nada. ¿Podrá hablar? Los niños de la base eran como animales cuando los trajeron. Aprendieron a hablar rápidamente, oyendo a los demás, pero él se acuerda de que al principio chillaban como cochinillos o como crías de chimpancé.

No importa. Hay otras formas. El lenguaje corporal.

Gallagher esboza una gran sonrisa y le ofrece un saludo amistoso con el brazo. La niña, con la cara tan rígida como una máscara, sigue sin moverse. Se limita a agitar la rata ante él, como si él fuese un perro y estuvieran jugando.

—Eres una niña muy guapa —dice Gallagher tontamente—. ¿Cómo te llamas? Yo Kieran. Kieran Gallagher.

La rata se mueve otra vez. La niña abre y cierra la boca, como si estuviera comiendo.

Es ridículo. Va a tener que coger la rata si no quiere que el punto muerto se prolongue para siempre.

Deja la revista en el suelo muy lentamente. Boca abajo, como si la pequeña muerta viviente pudiera sentirse avergonzada o pudiese pervertirse al ver la imagen de los senos desnudos de la portada. Le enseña las manos vacías. Con los movimientos lentos y graduales que le ha enseñado el sargento Parks, avanza hacia ella paso a paso. Con las manos a la vista y una sonrisa en el rostro en todo momento.

Alarga una mano muy lentamente hacia la rata.

La niña la pone fuera de su alcance. Gallagher para en seco mientras se pregunta si la habrá malinterpretado.

Entonces siente un estallido de dolor en la pierna izquierda, y luego en la derecha, repentinos y sorprendentes. Profiere un grito al mismo tiempo que se le doblan las dos y cae al suelo tan pesada y torpemente como un armario volcado. A su derecha y a su izquierda, unas figuras diminutas huyen por los pasillos transversales donde estaban escondidas hasta ahora. No alcanza a verlas bien, porque le duele mucho y está furioso y demasiado confundido como para comprender, al menos en un primer momento, qué es lo que acaba de suceder.

Se apoya en uno de los codos y baja la mirada hacia sus pies, pero no consigue asimilar lo que está viendo. Está todo rojo. Sangre. Es sangre. Y es suya. Lo sabe porque además de verlo, ahora también lo nota. Siente una palpitación agónica en la parte posterior de los gemelos. De rodillas para abajo tiene los pantalones saturados.

«¿Qué me han hecho? —se pregunta, aturdido—. ¿Qué me acaban de hacer?».

Al captar un movimiento fugaz en su campo de visión, se vuelve. Otro niño corre hacia él. Su rostro es una brusca pincelada de colores aleatorios en la que destacan dos ojos como dos alfilerazos negros. Tiene el brazo en alto y empuña algo metálico que resplandece cegadoramente a la luz sesgada del atardecer.

Gallagher se aparta con un chillido de terror mientras el niño golpea. Durante un instante absurdo cree que se trata de una espada, pero entonces, cuando el arma cae sobre él, ve que es demasiado gruesa, demasiado maciza. El anaquel metálico de la estantería absorbe la mayor parte del impacto. Gallagher levanta el brazo y lo golpea en el pecho con el dorso de la mano, pero como el niño apenas pesa sale despedido hacia atrás. El arma —un bate de béisbol de aluminio— se le cae de la mano y aterriza a los pies de Gallagher.

Que están metidos en un charco. Un charco de su propia sangre.

El chico de la cara pintada se escabulle, pero otros dos corren hacia él, uno por cada lado. El primero lleva un puñal y el segundo algo que parece un cuchillo jamonero. Gallagher vuelve a gritar con todas sus fuerzas y recoge el bate de béisbol.

Los niños hambrientos interrumpen su ataque y se ponen fuera de su alcance.

Pero ahora están por todas partes. Gallagher no alcanza a ver cuántos son, pero parecen docenas. O centenares, incluso. Caritas pálidas que lo observan por los agujeros entre los estantes, que aparecen un momento y al siguiente se pierden de vista. Los más valientes están amontonados en los extremos del pasillo y lo miran abiertamente. Llevan armas de todas clases, desde cuchillos y tenedores hasta simples ramas de árbol. La mayoría están totalmente desnudos, como la niña, pero algunos se cubren con prendas desparejadas que seguramente hayan cogido de los escaparates. Hay un chico con un sujetador de leopardo colocado como una bandolera y atado al final a un cinturón del que cuelgan varios llaveros ornamentales.

En ese momento, Gallagher ve que la primera niña sigue allí. Se ha apartado un poco para dar más espacio a los de las armas. Está comiéndose la rata, tranquila y paciente.

Gallagher intenta levantarse, pero las piernas no lo sostienen. No puede apartar los ojos de los niños para que no le ataquen de nuevo, así que baja la mano libre para tratar de averiguar lo que le ha pasado. Tiene un enorme desgarrón en la pierna derecha, a medio camino entre la rodilla y el tobillo. Con delicadeza, mete los dedos y palpa los bordes de la herida. No es demasiado ancha aunque sí larga y cabe suponer que profunda.

La izquierda está igual.

La rata no era una ofrenda de paz. Era un cebo. Y no debería haber funcionado, porque él no come rata, pero oye, ¿qué iba a saber? Se pierde cuando ve una cara bonita. La pequeña pilluela lo ha atraído hasta la posición perfecta para que sus dos amigos lo atacasen por detrás.

Lo han desjarretado.

De aquí no va a salir caminando.

Puede que no vuelva a caminar.

—Joder.

Le sorprende que la palabra salga de su boca en forma de susurro. En su mente era un grito.

—Escuchad —dice en voz alta—. Escuchadme. Esto no va a… No me vais a hacer esto. ¿Comprendido? No podéis…

Los rostros que está viendo no cambian. Hay la misma expresión en todos ellos. De una violenta y dolorosa necesidad, que de algún modo contienen. A la que, de algún modo, no dan rienda suelta.

Están esperando a que muera para poder devorarlo.

Saca la pistola y apunta con ella. A la niña. Luego al chico que dejó caer el bate de béisbol. Parece uno de los mayores. Sus labios son carnosos y rojos, lo que resulta incongruente, porque la mayoría de ellos apenas tiene labios. Al principio no se da cuenta porque tiene toda la cara pintada, pero en este momento Gallagher se percata de que no es un dibujo abstracto. Es otro rostro, una especie de semblante monstruoso superpuesto al suyo, con unas fauces abiertas que lo cubren de la nariz a la barbilla. Es un trabajo tan torpe y sucio que seguramente lo haya hecho él mismo, probablemente con un rotulador. Los mechones de pelo negro y liso que le caen sobre los ojos le dan la apariencia de una sórdida estrella del rock. Está tan flaco que Gallagher puede contarle las costillas.

Y no se inmuta ante el arma. Mira directamente a los ojos de Gallagher, como si la pistola no existiera.

Gallagher apunta a los demás niños, uno a uno. Es como si no la vieran. No saben lo que es una pistola ni por qué deberían tenerle miedo. Va a tener que disparar a alguno de ellos para que lo entiendan.

Y más vale que lo haga deprisa. Le tiembla la mano y está empezando a ver una especie de estática borrosa detrás de los ojos. El mundo da pequeños saltos, como un coche en una carretera llena de baches. Trata de concentrarse en medio de las sacudidas.

El niño de la cara pintada. El que soltó el bate de béisbol. Encabeza la multitud y lo más probable es que esté al mando de la operación Comerse-a-Kieran-Gallagher, así que a la mierda. Nominado.

Pero no se está quieto. Ninguno de ellos se está quieto. Si no apunta bien, podría darle a la niña. Y por alguna razón no quiere hacerlo, a pesar de que le ha tendido esta emboscada. Es demasiado pequeña. Se parecería demasiado a un asesinato.

Ahí está el cabroncete. Objetivo fijado. El arma pesa como doscientos kilos, pero Gallagher solo tiene que sostenerla un par de segundos. El tiempo justo para apuntar, apretar y…

El gatillo no se mueve.

El cargador está vacío.

Lo gastó el segundo día, Cuando corrían entre los hambrientos para llegar a la clínica esa. Wainwright House. Luego estuvo usando el fusil, el mismo fusil que ha tenido en las manos siempre que parecía que podía tener que disparar. No se acordó de recargar.

Casi se echa a reír. Los niños ni siquiera han reaccionado, porque la pistola no significa una mierda para ellos. Es el bate de béisbol lo que los mantiene a raya.

O no. Ya no. Están avanzando lentamente desde los dos extremos del pasillo, acercándose a él pasito a pasito, como si estuvieran jugando a ver quién es más valiente. El niño de la cara pintada es el primero, aunque ya no lleva armas. Sus huesudos dedos se flexionan y contraen.

El entumecimiento está abriéndose paso por el cuerpo de Gallagher a partir de las piernas. Pero la efervescencia del terror en su mente lo mantiene a raya e inflama una repentina inspiración. Con un movimiento brusco, cambia de lado para poder palpar los bolsillos del mono en busca de la…

¡Sí! Ahí está. Su mano se cierra sobre el frío metal. «Santa María —piensa con gratitud—, llena eres de gracia».

Los niños están muy cerca. Gallagher saca la granada del bolsillo para que la vean.

—¡Mirad! —grita—. ¡Mirad esto!

El inexorable avance frena y se detiene, pero Gallagher sabe que es el grito y no el arma lo que ha hecho vacilar a los niños. Están tratando de averiguar cuántas fuerzas conserva.

—¡Buuuuuum!

Simula una explosión abriendo bruscamente los brazos. Hay un momento de silencio. El niño de la cara pintada grita a su vez. Cree que solo es un duelo de amenazas. A ver quién orina más lejos.

Y los niños reanudan su avance. Convergen sobre él para asesinarlo.

—¡Es una bomba! —grita Gallagher con desesperación—. Una granada, joder. Os va a hacer mil pedazos. Comeos un perro callejero. Que lo hago. Lo digo en serio. Que lo hago.

No hay reacción. Coge la anilla entre el índice y el pulgar.

No quiere matarlos. Solo quiere asegurarse de que su salida es una luz blanca y una sacudida violenta, en lugar de algo espantosamente dilatado, imposible de soportar. No le dejan opción. No le dejan ninguna opción.

—Por favor —dice.

Nada.

Y cuando llega el momento de la verdad, no es capaz de hacerlo. Si hubiera podido conseguir que comprendieran con qué los estaba amenazando, tal vez la cosa hubiera sido distinta.

Suelta el bate de béisbol y los niños salvajes se lo toman como una invitación para avanzar. Le arrancan la granada de la mano, que se aleja rodando.

—¡No quiero haceros daño! —chilla Gallagher.

Y es verdad, así que intenta no defenderse cuando lo agarran, lo muerden y lo desgarran. Son solo niños y probablemente su infancia haya sido tan asquerosa como la suya.

En un mundo perfecto, habría sido uno de ellos.

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