Melanie
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Parks está decidido a buscar, a pesar de que sabe que la probabilidad de encontrar a Gallagher es prácticamente nula. No pueden gritar y no pueden organizar nada que se parezca a un dispositivo de búsqueda, porque son solo tres: Helen Justineau, la niña y él mismo. La doctora Caldwell le ha asegurado que está demasiado débil y no llegaría muy lejos y como da la sensación de que bastaría con un grito para partirla en dos, no le ha insistido.
Pero tampoco necesitan un dispositivo. Melanie gira sobre sí misma como una veleta y olisquea el viento. Termina mirando al sur y un poquito al oeste.
—Por ahí.
—¿Estás segura? —le pregunta Parks.
Ella asiente. Sin derrochar palabras. Se pone en marcha.
Pero el rastro da vueltas y vueltas, primero por una carretera y luego por otra. Al principio avanza hacia el sur en línea más o menos recta, pero luego ni eso. Da la sensación de que Gallagher decidió dar media vuelta cuando estaba a kilómetro y medio de Rosie. Parks se pregunta si Melanie estará engañándolos por alguna razón. Para darse importancia, quizá, y para disfrutar de la atención de los adultos. Pero eso es una gilipollez. Puede que una niña de diez años a la que todavía le late el corazón recurriese a un truco como ese, pero Melanie tiene los pies en el suelo. Si no supiera a dónde ha ido Gallagher lo diría sin más.
Pasa algo más, y solo Justineau y ella son partícipes. Un diálogo de miradas asustadas que llega a su punto álgido en un punto en el que el rastro cruza la calle para adentrarse en un callejón.
La niña se detiene y lo mira.
—Saque el arma, sargento —dice rápidamente, solemne.
—¿Hambrientos?
Le da igual cómo se ha enterado. Solo quiere saber con qué va a encontrarse.
—Sí.
—¿Dónde?
La niña titubea. Están en una especie de aparcamiento, detrás de unas tiendas. Hay montones de puertas en tres de los cuatro lados, la mayoría de ellas rotas o arrancadas. A un lado hay un coche oxidado, apoyado sobre unos ladrillos, probablemente inmóvil desde mucho antes de que el Colapso silenciara las carreteras. Los cubos de la basura aguardan en fila una recogida que nunca se produjo.
—Ahí —dice Melanie al fin.
La puerta que señala con la cabeza no parece distinta de las demás, a primera vista. Pero solo hay que fijarse un poco para reparar en las malas hierbas pisoteadas que hay delante de ella, incluido un enorme cardo medio arrancado que aún rezuma savia.
Parks entra en acción sin decir nada. Más vale tarde que nunca, supone. Toca a Justineau en la mano para indicarle que será mejor que saque la pistola. Se acercan a la puerta como policías de un programa de televisión pre-Colapso TV, exageradamente furtivos a pesar del crujido y sus pisadas sobre el suelo roto.
Melanie se interpone en su camino y se vuelve.
—Suélteme —dice a Parks.
El sargento la mira.
—¿Las manos?
—Las manos y la boca.
—No hace mucho me pediste tú misma que te atara —le recuerda él.
—Lo sé. Tendré cuidado.
No necesita decir nada más. Si entran en un espacio cerrado lleno de hambrientos, probablemente la necesiten. Es indiscutible. Parks le quita las esposas y se las cuelga del cinturón. Melanie se desabrocha sola el bozal y se lo entrega.
—¿Puede guardarme esto, por favor? —le pregunta.
Parks se lo mete en el bolsillo y Melanie se adentra en la oscuridad por delante de ellos.
Pero llegan tarde a la fiesta. Sea lo que sea lo que ha pasado allí, ha terminado. Hay un amplio y aparatoso reguero de sangre que discurre entre el centro de uno de los pasillos y una esquina, al sol, que es donde los hambrientos se han llevado a Gallagher para poder devorarlo. Tiene la mirada clavada en el techo, con una expresión de paciente sufrimiento en el rostro que recuerda a las recreaciones más formales de Jesús en la cruz. Al contrario que a Jesús, lo han devorado hasta los huesos en muchos sitios. Su chaqueta ha desaparecido. No hay ni rastro de ella. Su camisa, abierta de par en par, enmarca la vacía cavidad de su torso. Sus chapas de identificación han caído entre las vértebras descarnadas. Parece que los hambrientos, de algún modo, han conseguido alimentarse de su garganta sin romper la cadena de acero, como en ese truco de magia en el que arrancas el mantel sin tocar la cubertería.
Justineau se da la vuelta y se aprieta los ojos para que no se le escapen las lágrimas, pero no hace ningún ruido. Tampoco Parks, durante un momento o dos. Lo único que puede pensar es que tenía un hombre a su cargo y lo ha dejado morir solo. La clase de pecado que te hace ganar el infierno.
—Deberíamos enterrarlo —dice Melanie.
Por un momento, el sargento dirige su rabia contra ella.
—¿Y de qué coño va a servir? —rezonga mientras la fulmina con la mirada—. Apenas han dejado nada que enterrar. Para eso lo mismo puedes recogerlo y tirarlo en un puto cubo de basura.
Melanie no se deja amilanar. Con los dientes a la vista, responde con un tono similar.
—Tenemos que enterrarlo para que no vengan los perros u otros hambrientos y se coman lo poco que queda de él. Porque entonces no quedará nada que indique donde murió. ¡A los soldados caídos hay que honrarlos, sargento!
—Que a los… ¿De dónde coño has sacado eso?
—De la guerra de Troya, más que nada —murmura Justineau. Se seca los ojos con el dorso de la mano—. Melanie, no podemos… No hay dónde. Y no tenemos tiempo. Nos convertiríamos en objetivos. Tenemos que dejarlo.
—Si no podemos enterrarlo —dice Melanie—, habrá que quemarlo.
—¿Con qué? —inquiere Justineau.
—Con el líquido de los barriles —responde Melanie con impaciencia—. El de la sala del generador. Dice «inflamable» y eso quiere decir que arde.
Justineau responde. Seguramente le esté explicando las razones por las que arrastrar un bidón de ochenta litros de combustible de aviación por las calles es una idea inviable.
Pero Parks está pensando, con una especie de asombro insensibilizado, que por lo que a la niña se refiere, el mundo no se ha acabado. Le enseñaron todas esas cosas de antaño y le llenaron la cabeza de mierda inservible, y pensaron que no importaba, dado que no iba a salir nunca de su celda salvo para que la hiciesen pedacitos que luego examinarían al microscopio.
Se le hace un nudo en el estómago. Por primera vez en su carrera militar, comprende el aspecto que debe cobrar un crimen de guerra visto desde dentro. Y el criminal no es él. Ni Caldwell. Es Justineau. Y Mailer. Y ese capullo borracho, Whitaker, y los demás. Caldwell solo es una carnicera. Es Sweeney Todd, con su silla de barbero y una navaja afilada. No se ha pasado años jugando con las mentes de unos niños.
—Podemos rezar por él —está diciendo Justineau en este momento—. Pero no podemos arrastrar esos bidones hasta aquí, Melanie. Y aunque pudiéramos…
—De acuerdo —dice Parks—. Vamos a hacerlo.
Justineau lo mira como si se hubiera vuelto loco.
—Esto no es ninguna broma —le dice con tono sombrío.
—¿Tengo cara de estar bromeando? Mire, la niña tiene razón. De hecho, tiene más sentido común que nosotros.
—No podemos… —repite Justineau.
Parks pierde los estribos.
—¿Y por qué no, joder? —ruge—. ¡Si quiere honrar a los muertos, pues honrémoslos, coño! Las clases han terminado, profesora. Hace días. No sé si se ha dado cuenta.
Justineau lo mira estupefacta. Está un poco pálida.
—Es mejor que no grite —murmura mientras hace gestos apaciguadores con las manos.
—¿Es que me han trasladado a su clase? —pregunta Parks—. ¿Ahora es usted mi profesora?
—Lo más probable es que los hambrientos que hicieron esto estén lo bastante cerca como para oírlo. Está delatando nuestra posición.
Parks levanta el fusil y dispara una vez, lo que hace que Justineau se encoja y suelte un chillido. El disparo abre un agujero en el techo. Varios trozos de yeso húmedo caen al suelo y uno de ellos rebota en el hombro de Parks y le deja un reguero de color blanco.
—Pues no me importaría tener una pequeña conversación con ellos —responde.
Se vuelve hacia Melanie, que asiste a todo esto con los ojos muy abiertos. Debe de ser como presenciar una pelea entre papá y mamá.
—¿Qué me dices, niña? ¿Le damos a Kieran un funeral vikingo?
Melanie no responde. Se encuentra entre la espada y la pared, porque si dice que sí se pondrá de su lado contra Justineau, y lo que siente por ella no ha cambiado.
Parks toma su silencio como un asentimiento. Rodea el mostrador en el que ha visto una caja de mecheros desechables. Aún contienen líquido, apenas unos centímetros cúbicos cada uno, pero hay como un centenar. Los lleva hasta los patéticos restos.
Como, a pesar de todo, sigue siendo un hombre práctico, coge el walkie-talkie del cinturón de Gallagher y se lo cuelga del suyo antes de abrir los pequeños tubos de plástico, uno a uno, y vaciar su contenido sobre el cadáver del soldado. Justineau lo contempla sacudiendo la cabeza.
—¿Y qué pasa con el humo? —pregunta.
—¿Qué pasa con él? —refunfuña Parks.
Melanie les da la espalda y se aleja por el pasillo hasta la parte delantera de la tienda. Regresa un momento después con un chubasquero amarillo envuelto en plástico.
Se arrodilla y lo coloca bajo la cabeza de Gallagher. Está sobre su sangre, que ni siquiera se ha secado aún. Cuando vuelve a levantarse tiene las rodillas y los gemelos adornados por trazos rojinegros.
Parks vacía el último mechero. Podría usarlo para encender la pira, pero no lo hace. Lo vacía igual que los demás y luego utiliza su yesquero para ello.
—Dios te bendiga, soldado —murmura mientras las llamas consumen lo poco que queda de Kieran Gallagher.
Melanie también dice algo, pero entre dientes —al cadáver, no a ellos— y Parks no alcanza a oírlo. Justineau, por respeto a ella, aguarda en silencio hasta el final, que básicamente es cuando las grasientas y apestosas llamas los obligan a salir de allí.
Hacen el viaje de regreso a Rosie mucho más separados que a la ida, y mucho más silenciosos. La tienda arde tras ellos y el grueso pilar de humo que expulsa se eleva y se propaga hasta formar, muy por encima de sus cabezas, un paraguas negro.
Justineau trata a Parks como si fuese una bomba a punto de explotar, y seguramente hace bien, dadas las circunstancias. Melanie camina por delante de ellos, encorvada y con la cabeza gacha. No ha pedido que le pongan de nuevo el bozal y las esposas y Parks tampoco se los ha ofrecido.
Cuando están a punto de llegar, la niña se detiene. Levanta la cabeza bruscamente, alerta de pronto.
—¿Qué es eso? —susurra.
Parks se dispone a decir algo, pero entonces se extiende una vibración por el aire, que en cuestión de un instante se transforma en un ruido. Algo que se agita hasta despertar, huraño y peligroso, y se afirma dispuesto a librar una pelea y ganarla.
El motor de Rosie.
Parks echa a correr y, al doblar Finchley High Road puede ver cómo, en cuestión de segundos, el lejano puntito se transforma en un coloso.
Rosie se bambolea un poco, debido a los escombros que hay en la calle y a que la doctora Caldwell solo puede utilizar los pulgares para controlar el volante. Cada sacudida de este se transforma en un movimiento brusco del enorme vehículo.
Sin pensarlo siquiera, Parks sale a la calle. No sabe lo que está haciendo Caldwell, ni de qué podría estar huyendo, pero sí que tiene que detenerla. Rosie da un bandazo de borracho para no atropellarlo y embiste un coche aparcado, que arrastra durante varios metros antes de separarse de él en medio de una lluvia de óxido y cristales.
Y entonces se aleja. Se quedan mirando los faros traseros del laboratorio móvil mientras acelera en sentido contrario.
—¿Qué coño…? —exclama Justineau con tono de perplejidad.
Parks piensa lo mismo.