Melanie
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Melanie está esperando cuando Justineau y Parks aparecen finalmente en la calle alargada que desemboca al otro extremo en la estación de Euston. Señala sin decir nada y Justineau dirige la mirada hacia allí. Sin aliento, empapada en sudor, con las piernas y el pecho encogidos de agonía, es lo único que puede hacer.
A medio camino de la amplia avenida, Rosie ha derrapado hasta detenerse y se encuentra en diagonal, prácticamente en contacto con los dos bordillos. Justo enfrente del vehículo, una barricada gigantesca bloquea la calle. Tiene casi quince metros de altura, lo que quiere decir que se extiende sobre los edificios de los dos lados. Bajo los rayos oblicuos del atardecer, Justineau comprueba que se extiende sobre las casas, en su interior y más allá. Al principio parece vertical, pero entonces los sutiles matices de sus tonalidades cobran definición y se da cuenta de que es una ladera, como el costado de una montaña. Es como si hubiera caído un millón de toneladas de nieve sucia sobre el sitio.
Parks llega a su altura y juntos continúan contemplándola con idéntico asombro.
—¿Alguna idea? —pregunta el sargento al cabo de un rato.
Justineau sacude la cabeza.
—¿Y usted?
—Antes prefiero analizar las pruebas. Y luego buscar a alguien más inteligente que yo para que me lo explique.
Avanzan lentamente, atentos a cualquier movimiento hostil. Rosie ha estado en la guerra y las consecuencias son visibles: los arañazos y abolladuras del blindaje. Las manchas de sangre y tejido alrededor de la compuerta central. El pequeño y encogido cuerpo que hay en la calle, justo al lado del vehículo.
El cadáver pertenece a un hambriento. Un niño. Varón, de cuatro o cinco años, no más. La cabeza ha desaparecido —sin dejar ni rastro— y la parte superior del cuerpo está casi aplastada, como si alguien hubiera metido su fino pecho en una prensa. Melanie se arrodilla para examinarlo detenidamente, con expresión solemne y pensativa. Justineau se acerca a ella, muda. El niño lleva un brazalete hecho de pelo, quizá el suyo, en la muñeca derecha. Como elemento de identificación no podría ser más elocuente. Era como Melanie, no como los hambrientos normales.
—Lo siento —dice Justineau.
Melanie no responde.
Un movimiento en la periferia del campo de visión de Justineau le hace volver la cabeza. Parks está mirando en la misma dirección, hacia la sección central de Rosie. Caldwell ha arrancado la cinta de la ventanilla del laboratorio y ha abierto las pantallas solares. Los mira fijamente, con una expresión dura e impasible.
Justineau se acerca a la ventanilla y dice, solo con los labios, «¿Qué está haciendo?».
Caldwell se encoge de hombros. No hace ademán alguno de dejarlos pasar.
Justineau aporrea la ventanilla y señala la compuerta con gestos. Caldwell desaparece un instante y vuelve con un cuaderno de notas. Lo levanta para enseñar lo que ha escrito en la primera de las hojas: «Tengo que trabajar. Estoy a punto de hacer un descubrimiento. Temo que intenten detenerme. Lo siento».
Justineau abre los brazos en dirección a la calle vacía y las alargadas sombras del crepúsculo. No tiene que hacer ni decir nada más. El mensaje está muy claro: «Vamos a morir».
Caldwell la observa un instante más y luego vuelve a cerrar las pantallas sobre la ventanilla.
Parks se ha puesto de rodillas a pocos metros de Justineau, a la izquierda. Está accionando la palanca de apertura. Pero la compuerta no se abre, a pesar de que la alienta con un torrente continuo de imprecaciones. Caldwell debe de haber anulado el sistema de acceso de emergencia.
Melanie sigue arrodillada junto al cuerpo decapitado, afligida o tan concentrada en sus pensamientos que no es consciente de momento de lo que sucede a su alrededor. Justineau siente que se le revuelve el estómago y se marea. Tanto por el esfuerzo de la carrera como por la bofetada que acaba de recibir. Camina un poco, tratando de poner distancia con las náuseas, hasta llegar al extremo de la muralla.
Pero no es una muralla, sino una avalancha, una informe extensión de materia que avanza a cámara lenta. Está hecha de zarcillos del Ophiocordyceps, miles de millones de micelios fúngicos entrelazados en una urdimbre más fina que cualquier tapiz. Es tal la delicadeza de las hebras que permite que su vista se adentre casi tres metros. En su interior todo está encapsulado, revestido por centenares de tentáculos idénticos. Los contornos se suavizan y los colores se atenúan, transformados en mil tonos de gris.
El mareo y las náuseas de Justineau regresan. Se sienta con lentitud y apoya la cabeza hasta que la sensación cesa. Entonces nota que Melanie pasa junto a ella, rodeando los bordes de la criatura y luego hace ademán de adentrarse en ella.
—¡No! —grita.
Melanie la mira con sorpresa.
—Pero si es como el algodón, señorita Justineau. O como una nube que hubiera bajado a tierra. No puede hacernos nada.
Y para demostrárselo, pasa una mano por la vaporosa masa. Esta se abre limpiamente dejando una imagen perfecta de la trayectoria de su mano. Las hebras que ha tocado están adheridas a su piel como telarañas.
Justineau se levanta y tira de ella, delicada, pero firmemente.
—Eso no lo sé —dice—. Puede que sí o puede que no. No quiero averiguarlo.
Pide a Melanie que se quite las hebras de las manos con la hierba que crece entre las grietas del pavimento, a poca distancia. Las briznas, que también están rodeados por las hebras y parecen casi todas muertas, son más grises que verdes.
Vuelven junto a Parks, que ha dejado en paz la compuerta central y ahora está sentado con la espalda apoyada en una de las orugas traseras de Rosie. Tiene la cantimplora y la sopesa cuidadosamente entre las manos. Toma un trago mientras se acercan y luego se la ofrece a Justineau para que haga lo propio.
Al cogerla, esta se da cuenta de que está casi vacía. Se la devuelve.
—Estoy bien —miente.
—Y una mierda —dice Parks—. Eche un trago y anímese, Helen. Dentro de poco iré a echar un vistazo por esas casas. A ver si ha quedado algo en los canalones o algún cubo. Dios proveerá.
—¿Usted cree?
—Eso dicen.
Justineau apura la cantimplora, se sienta junto a él y la deja sobre su regazo. Levanta la mirada hacia el cielo, que ha empezado a oscurecerse. Anochecerá dentro de una hora, más o menos, así que seguramente Parks no diga en serio lo de buscar agua. Aparte de que podría tener vaya usted a saber qué.
Melanie se sienta en cuclillas frente a ellos y los mira.
—¿Y ahora? —pregunta Justineau.
Parks hace un gesto vago.
—Supongo que esperaremos un poco y luego elegiremos alguna de esas casas. La aseguraremos en la medida de lo posible antes de que anochezca. Habrá que levantar algún tipo de barricada, puesto que ahora mismo debemos de estar dejando un buen rastro de olor y calor corporal. Los hambrientos nos encontrarán mucho antes de que amanezca.
Justineau está desgarrada entre la desesperación y una rabia asfixiante. Prefiere la rabia porque teme que la desesperación la paralice.
—Como le ponga las manos encima a esa zorra —murmura—, le voy a sacar los sesos para poner los mejores trozos en placas de microscopio. —Y luego, movida por un reflejo atávico, añade—. Perdona, Melanie.
—No pasa nada —dice esta—. A mí tampoco me cae bien la doctora Caldwell.
Cuando el sol llega hasta el horizonte, finalmente se obligan a moverse. Para entonces las luces del laboratorio ya están encendidas y algo se cuela por entre los bordes de las pantallas, de manera que es como si alguien las hubiera dibujado sobre el costado de Rosie con pintura fosforescente.
El resto del mundo está a oscuras, y más cada segundo que pasa.
Parks se vuelve hacia Melanie repentinamente, como si hubiera estado reuniendo fuerzas para hacer algo.
—¿Tienes sueño, niña? —le pregunta.
Melanie sacude la cabeza.
—¿Estás asustada?
Esta tiene que pensársela, pero de nuevo responde que no.
—Por mí no —aclara—. A mí los hambrientos no me van a hacer nada. Tengo miedo por la señorita Justineau.
—Pues entonces quizá podrías hacerme un favorcillo.
Señala la masa grisácea.
—No creo que tengamos muchas probabilidades de atravesar eso. Ignoro si puede infectarnos, pero estoy convencido de que podría asfixiarnos si la respiramos el tiempo suficiente.
—¿Y? —pregunta Melanie.
—Pues que me gustaría saber si hay algún modo de rodearla. A lo mejor podrías ir a echar un vistazo cuando hayamos encontrado un escondrijo. Mañana podría ser muy importante que sepamos a dónde vamos.
—Lo haré —dice Melanie.
A Justineau no le agrada la idea, pero sabe que tienen razón. Melanie puede sobrevivir ahí fuera en la oscuridad. Parks y ella no, desde luego.
—¿Segura? —le pregunta.
Melanie lo está.