Me acuerdo

Me acuerdo


Me acuerdo

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Me acuerdo de un tipo al que intenté ligarme una noche. Para romper el hielo le dije que tenía una bonita nariz y me dijo que estaba pensando «arreglársela» y yo le dije que ni se le ocurriera. Me dijo que esa noche estaba ocupado pero me pidió mi teléfono. (Aun así, nunca me llamó). Para mí que la fastidié cuando le dije que la psicología era una chorrada. (Estaba estudiando psicología). «Demasiado autoindulgente», me acuerdo que dije. (Estaba borracho). En realidad su nariz era un poco grande.

Me acuerdo de volver a casa de los bares de ambiente y de echarme broncas por no tener más confianza en mí mismo.

Me acuerdo de que creía que sabía cantar (que tenía una voz bonita), hasta que no sé cómo en el colegio descubrí que no era así.

Me acuerdo de que Picasso nació en 1881. (Como soy muy malo memorizando datos, una vez me obligué a aprendérmelo y ya nunca más se me ha vuelto a olvidar).

Me acuerdo de «A White Sport Coat and a Pink Carnation».

Me acuerdo del «dum-da-dum-dum-dum» de la serie Dragnet.

Me acuerdo de lo mucho que me costó memorizar textos de Shakespeare y de lo nervioso que me puse cuando me tocó declamarlo.

Me acuerdo de intentar memorizar a Shakespeare de manera que las palabras que empezaban con sonidos con los que tartamudeaba (con s, b, etc.) no cayeran justo cuando tenía que volver a tomar aliento. (¿Sabéis a lo que me refiero?).

Me acuerdo del chartreuse.

Me acuerdo de unos pantalones celestes de tela de gabardina que eran de mis favoritos.

Me acuerdo de que me presenté para vicedelegado de los estudiantes y de que di el discurso de la campaña vestido con mis pantalones celestes de gabardina.

Perdí. Eso fue antes de entrar en el instituto.

Me acuerdo de que en esos años una vez le pedí a una chica que era mucho más popular y guapa que yo que fuese al baile conmigo y aceptó. Pero en cuanto llegamos, desapareció entre un grupo de amigas y no volví a verla en toda la noche. Creo que se llamaba Nancy. Sí, se llamaba así.

Me acuerdo de que también fue contra Nancy contra la que perdí las elecciones para vicedelegado.

Me acuerdo de Judy.

Me acuerdo de que estaba colado por Judy y de que descubrí que a ella le daba vergüenza que la vieran conmigo, así que dejé de pedirle que saliésemos.

Me acuerdo de Bill Halley y de «Rock Around the Clock».

Me acuerdo de las cadenitas de oro muy finas en los tobillos.

Me acuerdo de la «basura blanca».

Me acuerdo de las carreras en las medias.

Me acuerdo de cuando te miras en el espejo y te ves como un completo extraño.

Me acuerdo de estar colado por un chaval que estaba en mi clase de español y que llevaba unos zapatos de ante color aceituna con hebillas de cobre igualitos que unos que yo tenía. (Unos Flagg Brothers). No le dirigí la palabra en todo el año.

Me acuerdo de los jerséis sobre los hombros y de las gafas de sol en la cabeza.

Me acuerdo de los jerséis con cuello barca.

Me acuerdo de «Más marica que un billete de tres dólares».

Me acuerdo de los cinco centavos de madera.

Me acuerdo de las charnelas de los sellos.

Me acuerdo del glaseado naranja de las magdalenas en las fiestas de Halloween del colegio.

Me acuerdo del otoño.

Me acuerdo de volver del colegio pisando las hojas acumuladas a lo largo del bordillo.

Me acuerdo de saltar sobre montañas de hojas y del polvo, o lo que fuese, que se levantaba.

Me acuerdo de rastrillar las hojas pero no me acuerdo de quemarlas. No me acuerdo de qué hacíamos con ellas.

Me acuerdo del «verano indio»[7]. Y de que durante muchos años no supe lo que significaba, salvo que imaginaba que tenía algo que ver con los indios.

Me acuerdo a la perfección de cómo me imaginaba a los peregrinos y a los indios en la primera cena de Acción de Gracias, (¡Pasándoselo bomba!).

Me acuerdo de Jack Frost, el muñeco de nieve. Del pastel de calabaza. De las calabazas de peregrino. Y de cielos muy azules.

Me acuerdo de Halloween.

Me acuerdo de que casi siempre me vestía de vagabundo o de fantasma. Un año fui de esqueleto.

Me acuerdo de una casa en la que siempre te daban diez centavos y de algunas casas en las que siempre te daban chocolatinas de cinco centavos.

Me acuerdo de mi hermano y yo esparciendo nuestro botín y haciendo tratos al final de la noche de Halloween.

Me acuerdo de los trozos sucios de caramelos que siempre quedaban en el fondo de la bolsa.

Me acuerdo del olor (no muy agradable) de cuando se quema la pulpa en las lámparas hechas con calabazas.

Me acuerdo de las habichuelas de gominola naranjas y negras típicas de Halloween. Y de las de colores pastel en Pascua.

Me acuerdo de los caramelos «duros» de Navidad. Sobre todo de los que tenían dibujos de flores. Me acuerdo de que los que tenían gelatina por dentro no me hacían mucha gracia.

Me acuerdo de unos adornos de árbol de Navidad muy bonitos que eran alemanes y tenían forma de pájaros, de casas y de personas.

Me acuerdo de los peligros del pelo de ángel.

Me acuerdo de que tenía hecha la lista de regalos desde antes de diciembre.

Me acuerdo del miedo a no comprarle un regalo a alguien que podía regalarme a mí.

Me acuerdo de, después de llegar de hacer las compras de Navidad, recrearme con todo lo que había comprado.

Me acuerdo de Rosemay Clooney y de Bing Crosby y de «I’m Dreaming of a White Christmas».

Me acuerdo de lo triste y feliz al mismo tiempo que me hacían sentir los villancicos: un calor por dentro.

Me acuerdo de que todos los años veía esa película en la que salen Macy’s y Gimbel’s y el viejo que se cree que es Santa Claus.

Me acuerdo, después de los villancicos, del chocolate caliente.

Me acuerdo de que un año le compré un frasco pequeño de Chanel número 5 a mi madre pero mi padre se enteró de lo que me había costado y tuve que devolverlo.

Me acuerdo de que no conseguía quedarme dormido la noche de antes de los regalos de Navidad.

Me acuerdo de dejar, más de una vez, la etiqueta del precio en un regalo.

Me acuerdo con mucha claridad (puedo verla) de una muñeca vestida de novia sobre una carretilla roja bajo el árbol de navidad cuando era muy pequeño. (Para mí).

Me acuerdo de que los primeros regalos los abría muy rápido y los últimos muy despacio.

Me acuerdo de lo vacío que podía llegar a ser el día de Navidad una vez que habías abierto todos los regalos.

Me acuerdo de que me daban lástima los niños de la escuela, o de la iglesia, que tenían madres feas.

Me acuerdo de que como nadie sabía nunca qué regalarle a la tía Ruby en las ocasiones especiales todo el mundo le regalaba artículos de papelería, bufandas, pañuelos o cajas de jabón del bueno.

Me acuerdo de que creí haber inventado algo realmente genial cuando se me ocurrió echarles zumo de naranja a los cereales en vez de leche pero cuando los probé estaban asquerosos.

Me acuerdo de que me encantaba la masa de galletas cruda.

Me acuerdo de ponerme bolitas de mercurio en la palma de la mano, y de abrillantar centavos con ellas.

Me acuerdo de la polémica sobre si poner una máquina de coca-cola en el sótano de la iglesia o no.

Me acuerdo de los campamentos de la iglesia y de la «hora tranquila» y de hacer trenzas de plástico alrededor de tiras de metal para hacer pulseras. Y de hacer trenzas de plástico en cosas para colgarte al cuello y colgar de ellas a su vez el silbato. Y de la posibilidad siempre presente de toparte con una víbora cabeza de cobre.

Me acuerdo de cuando era boy scout y me dieron insignias en plástica, en pintura con dedos y en otras actividades de las fáciles. También en primeros auxilios.

Me acuerdo de los hula-hops.

Me acuerdo de ver a mi hermano desnudo doblado en dos sobre la bañera intentando quitar el tapón y de darme cuenta por primera vez de que la mierda salía de un agujero, no de una raja alargada.

Me acuerdo de una ducha vaginal de goma rojiza que aparecía en el cuarto de baño de vez en cuando, y de que no sabía lo que era pero en cierto modo sabía lo suficiente como para no preguntar.

Me acuerdo de que me pusieran, de muy pequeño, algo que ahora deduzco que era un enema. Sólo me acuerdo de tener que darme la vuelta y de que mi madre me pusiese esa cosa como de cristal con una bola de goma encima (también rojiza) en el culo, y de que tenía un miedo de muerte.

Me acuerdo de varias veces en las que me pusieron el termómetro en el culo y del miedo que tenía a que se colase y se perdiese dentro, o se rompiese.

Me acuerdo de un niño que me dijo que era más divertido mear con alguien que solo, y así lo hicimos, y era verdad.

Me acuerdo de una vez en que mi madre hizo desfilar a un puñado de mujeres por el baño mientras yo estaba cagando. ¡Nunca he sentido más vergüenza en toda mi vida!

Me acuerdo de un niño que podía ponerse los párpados totalmente al revés.

Me acuerdo de poner los ojos bizcos y de que me dijesen que no lo hiciese porque se me podían quedar así y ser bizco de por vida.

Me acuerdo de una historia sobre alguien que se encontró un caimán en la taza del váter.

Me acuerdo de mear encima de J. J. Mitchell en un sueño que tuve.

Me acuerdo de una trenza a cada lado. Y de los lazos de tela escocesa.

Me acuerdo de encontrarme unos extraños sellos en una caja y de que me contasen que durante la guerra te daban comida a cambio.

Me acuerdo de un gran sombrero de satén rojo y ala ancha coronado con amapolas de seda que se puso la señora Hawks para ir a la iglesia un domingo de Pascua. Estaba casada con el señor Hawks, el dueño de la fábrica local de helados. Había sido modelo para Dior y todo el mundo pensaba que era muy fea menos yo. («Qué escuálida y qué rara»). En mi mente sigue siendo el sombrero más bonito que he visto en mi vida.

Me acuerdo de las uñas postizas de cera. De los bigotes de cera. De los labios de cera. Y de los dientes de cera.

Me acuerdo de que George Washington tenía los dientes de madera.

Me acuerdo de las pequeñas botellas de cera con un líquido muy dulce dentro.

Me acuerdo de unas gominolas de naranja con forma de cacahuete y un montón de aire por dentro.

Me acuerdo del algodón de feria y de lo pegajoso que te sientes después.

Me acuerdo de mirar muy de cerca el algodón de feria y de ver que estaba hecho de granitos rojos.

Me acuerdo de una especie de caramelo de coco que tenía forma de fina rodaja de sandía.

Me acuerdo de los «bebes negritos», gominolas de regaliz con forma de bebé. Y del maíz de caramelo. Y de los caramelos de canela Red Hots.

Me acuerdo de la pintura para dedos y de acabar casi siempre con una especie de mezcla medio marrón medio morada.

Me acuerdo de los castillos de barras de los columpios y de las niñas a las que les daba igual que se les viesen las bragas.

Me acuerdo de una niña que a veces no llevaba bragas.

Me acuerdo de «Hora de faldar». (Corriendo y levantándole las faldas a las niñas mientras gritábamos «Hora de faldar»).

Me acuerdo de que la zona de la fuente era un típico sitio donde ir a morrearse.

Me acuerdo de los simulacros de incendio. Y de los simulacros de ataque aéreo.

Me acuerdo de un niño gordito cuyos padres eran sordomudos. Me enseñó a decir «Joe» con las manos.

Me acuerdo de que fantaseaba con tener un gemelo.

Me acuerdo de «Hasta luego, cocodrilo», «Nos vemos, caimán»[8].

Me acuerdo de los tirantes y de las pajaritas y de los mitones de cuero rojo.

Me acuerdo del, cuando decías algo que rimaba, «Si eres poeta, súbete la bragueta».

Me acuerdo de los impermeables de caucho amarillo con la capucha a juego.

Me acuerdo de los grandes chanclos negros con un montón de hebillas de metal.

Me acuerdo de una caja de ceras Crayola de auténtico lujo que tenía los colores dorado, plata y bronce.

Me acuerdo de que la primera que se me acababa siempre era la cera roja.

Me acuerdo de que a las niñas siempre las dibujaba con las manos detrás de la espalda. O en los bolsillos.

Me acuerdo de ese trozo de carne blanca que se ve entre el dobladillo de los pantalones y los calcetines cuando los hombres mayores cruzan las piernas.

Me acuerdo de un hombre gordo que vendía seguros. Un caluroso día de verano fuimos a visitarle y llevaba puestos unos pantalones cortos y cuando se sentó se le salió un huevo. Me acuerdo de que era igual de difícil mirarlo que no mirarlo.

Me acuerdo de uno de mis primeros recuerdos, con una niña mayor que yo en una tienda de chucherías. El hombre le preguntó que qué quería, así que ella eligió algunas cosas y cuando el hombre le pidió el dinero ella le contestó: «Ah, pero si no tengo dinero. Usted me ha preguntado que qué quería y se lo he dicho». Se me quedó grabado.

Me acuerdo de que fantaseaba con vivir en una cabaña en un árbol.

Me acuerdo de que fantaseaba con que salvaba a alguien que se estaba ahogando y me convertía en un héroe.

Me acuerdo de que fantaseaba con que me quedaba ciego y todo el mundo sentía una gran lástima de mí.

Me acuerdo de que fantaseaba con ser una niña y tener vestidos de fiesta muy bonitos.

Me acuerdo de fantasear con irme de casa, conseguir un trabajo y tener mi propio apartamento.

Me acuerdo de que fantaseaba con que un agente de Hollywood me descubriese y me mandase a un centro especial en California donde «rehacían» a la gente. (Muy caro). Me pondrían fundas en los dientes y me dejarían el pelo perfecto y harían que ganase algo de peso y me pondrían músculos y saldría de allí como nuevo. Rumbo al estrellato. (Pero antes pasaría por casa para dejar a todo el mundo con la boca abierta).

Me acuerdo de que fantaseaba con un médico que (a escondidas) experimentaba con una droga que te convertía en un auténtico semental. Todo súper secreto. (Porque era ilegal). Cabía una pequeña posibilidad de que algo fuese mal y de que acabase con una polla realmente enorme, pero estaba dispuesto a correr ese riesgo.

Me acuerdo de preguntarme si tenía «pinta de gay».

Me acuerdo de que me aseguraba de no sostener el cigarrillo en plan gay.

Me acuerdo de que imaginaba que una forma muy masculina de sostener el cigarrillo era ponérmelo lo más bajo posible entre los dedos. Por debajo de los nudillos.

Me acuerdo de no cruzar las piernas. (Una rodilla por encima de la otra). Creía que me hacía parecer gay.

Me acuerdo de asegurarme de no dejar el meñique tieso.

Me acuerdo de odiarme a mí mismo después de estar con gente por ser tan aburrido.

Me acuerdo de fantasear con ser muy ingenioso y encantador.

Me acuerdo de mi primera anfeta. Me la dio Ted Berrigan. Me pasé toda la noche despierto haciendo montones de dibujos. Me acuerdo sobre todo de un dibujo de una taza de café.

Me acuerdo de Spam.

Me acuerdo de que pensaba, cuando era muy pequeño, que afeitarse era muy peligroso.

Me acuerdo de las chanclas de goma y de que al principio valían 99 centavos el par y después acabaron valiendo increíblemente baratas (algo así como 19 centavos el par) y del ruido que hacían al contacto con la planta del pie.

Me acuerdo de los filetes de pollo empanados.

Me acuerdo del relleno para sándwiches marca Kraft.

Me acuerdo de que las ollas a presión no me inspiraban mucha confianza.

Me acuerdo de una vidriera de cristal azul que había en un escaparate en Tulsa a la que le faltaba una pieza.

Me acuerdo de los bocadillos sloppyjoe.

Me acuerdo de las hombreras. De los mondadientes con sabor a canela. Y de Fulanito de Tal.

Me acuerdo de los pequeños ventiladores eléctricos que podían «rebanarte un dedo» si te acercabas mucho.

Me acuerdo de unas cajas pequeñas de cereales que se abrían de forma que podías comer directamente de la caja. Me acuerdo de que a veces goteaban.

Me acuerdo de los arcones de cedro. (Y de su olor).

Me acuerdo de la madera de roble blanco.

Me acuerdo de la época en que cuanto más anchas fuesen las vueltas de los vaqueros, mejor.

Me acuerdo de las «pastillas desodorantes para cinco días».

Me acuerdo del programa de baile The Arthur Murray Party.

Me acuerdo de los pasadores del pelo para las largas colas de caballo.

Me acuerdo de los espaguetis de lata Chef Boyardee.

Me acuerdo de los zapatitos de bebé colgando del espejo retrovisor del coche.

Me acuerdo de los zapatitos de bebé bañados en bronce. Del fez. Y de los niños de la sopa Campbell.

Me acuerdo de la cara de mi madre recubierta de mascarilla.

Me acuerdo de los trajes de baño de dos piezas. De la sopa de letras (la de comer). De Ozzie & Harriet. Y de fotos de piscinas con forma de riñón.

Me acuerdo de una foto en la revista Life de una mujer saltando desde un edificio.

Me acuerdo de que no podía entender cómo el fotógrafo había sido capaz de quedarse allí plantado y echar la foto sin más.

Me acuerdo de que no podía entender cómo la gente muy fea o deforme podía soportarlo.

Me acuerdo de una niña del colegio que tenía un fino bigotillo negro.

Me acuerdo de preguntarme cómo era posible que a las mujeres que llevaban vestido en invierno no se les congelasen las piernas.

Me acuerdo de una niña que tenía ramilletes de flores secas alrededor del espejo de su tocador.

Me acuerdo de un breve intervalo de tiempo durante los años del instituto en el que estuvo de moda pintarse un mechón de pelo con spray plateado.

Me acuerdo de que me adelanté un año a todo el instituto porque llevaba zapatillas de deporte; pero luego me quedé un poco desfasado porque siempre las llevaba impecablemente limpias.

Me acuerdo de haber visto una película en 3-D y de ponerme unas gafas de celofán rojo y verde. Y también de los cómics en 3-D.

Me acuerdo de varios anuncios de Cadillac con bonitos collares de diamantes, rubíes o esmeraldas, que hacían juego con el color del coche del anuncio.

Me acuerdo de un monito tan pequeño que cabía en la palma de la mano y de que tenías que vender cierta cantidad de algo para conseguirlo gratis. (Semillas o revistas o algo por el estilo).

Me acuerdo, en muchos cómics, de un anuncio a toda página lleno de anillos. Me acuerdo sobre todo de un anillo con forma de calavera que siempre quise comprarme.

Me acuerdo de un líquido rojo para las heridas en un botecito marrón que «no escuece» pero siempre lo hacía.

Me acuerdo de historias sobre niños nacidos en taxis.

Me acuerdo del escándalo que se armó cuando Arthur Godfrey tuvo un accidente con su avión por conducir borracho y de que se estrelló y mató a alguien, o algo así.

Me acuerdo de la chapita con forma de saltadora que tenían todos los bañadores Jantzen.

Me acuerdo de llenar la cubitera hasta arriba y de intentar llevarla hasta el congelador sin que se me derrame nada.

Me acuerdo de que los cómics de The Little King no me parecían muy graciosos.

Me acuerdo de un viejo trozo de madera cubierto de termitas correteando que encontró el exterminador debajo de nuestro porche delantero.

Me acuerdo de un año en que, por algún extraño fenómeno de la naturaleza, nos vimos invadidos en Tulsa por millones de saltamontes durante tres o cuatro días. Me acuerdo de, en el centro, zonas peatonales totalmente cubiertas de saltamontes.

Me acuerdo de una zapatería con una gran máquina marrón de rayos X en la que se te veían los huesos de los pies en verde fosforito.

Me acuerdo del pie con alas de los neumáticos Goodyear. Y del caballo volador rojo.

Me acuerdo de que la sandía es un 99 por ciento de agua.

Me acuerdo de las fotos de posturas que te tomaban en el colegio y de que me dijesen que mi postura era «muy pero que muy» mala. Y ahí se quedó la cosa.

Me acuerdo de los anuncios de seguros contra incendios en los que se veían a familias sin casa envueltas en mantas.

Me acuerdo de unos terriers escoceses blancos y negros (de plástico) con un imán en el culo. Pero no me acuerdo muy bien de qué «hacían».

Me acuerdo de las máquinas de condones de los baños de las gasolineras.

Me acuerdo de que una mañana el director encontró un condón usado en la mano extendida de «El Gran Espíritu», una escultura en bronce de un indio a caballo con la mirada fija en el cielo. Eso fue en el instituto. O quizás fuese una compresa usada…

Me acuerdo de un drugstore en el que decían que eran fáciles de conseguir.

Me acuerdo de una chica rechoncha con el pelo largo y las orejas perforadas y unas tetas gigantes de la que se decía que era un polvo fácil.

Me acuerdo de que tenía que ir a pelarme cada dos sábados. Y de que el barbero siempre estaba haciendo sonar las tijeras, hasta cuando no estaba cortando nada.

Me acuerdo de una correa de cuero marrón muy larga. De las revistas sobadas. Y de niños llorando. (Y de darles después una piruleta).

Me acuerdo de un tónico para el pelo que por su color rojo brillante más bien parecía una bebida, y de una tira blanca de papel de seda que te ponían alrededor del cuello.

Me acuerdo de ver cómo se iba cayendo el pelo e iba formando montones.

Me acuerdo de tener miedo a que al barbero se le fuese la mano y me cortase en la oreja.

Me acuerdo de que una vez lo hizo.

Me acuerdo de que, cuando terminaban de pelarte, te limpiaban el cuello con un suave cepillo lleno de unos polvos que olían muy bien. Y de que te daban la vuelta para que te vieses en el espejo, y de lo grandes que eran, después, mis orejas.

Me acuerdo de los reposapiés, con adornos de cromo muy historiados. Y del viejo limpiabotas negro.

Me acuerdo de que me picaba la espalda durante todo el camino de vuelta a casa.

Me acuerdo de una torre encima de un edificio en Tulsa que cambiaba de color cada tantos minutos. Pero sólo tenía verde, amarillo y blanco.

Me acuerdo de unos sombreros en miniatura dentro de cajas en miniatura en el escaparate de una sombrerería. Me acuerdo de que te regalaban uno cuando comprabas un cheque regalo para un sombrero.

Me acuerdo de las mangas farol. Y de la manga sisa.

Me acuerdo de los cardados y de los copetes muy altos. (Peinados).

Me acuerdo de cuando los copetes empezaron a adquirir alturas descabelladas.

Me acuerdo de los grabados en los pupitres y de pasar la punta del boli una y otra vez por encima.

Me acuerdo de los envoltorios ruidosos de caramelos justo cuando no quieres hacer ruido.

Me acuerdo de cuando estaban de moda esas camisas de punto de manga corta que tenían el faldón largo (para llevarlo por fuera) y un cocodrilo bordado en el bolsillo.

Me acuerdo de los abrigos de pelo de camello que llevaban las niñas ricas en el colegio.

Me acuerdo del «rincón con clase» (en la segunda planta), donde se reunían después del colegio o entre clases sólo los niños que pertenecían a algún club social.

Me acuerdo de que, para pertenecer a un club social, tenías o que vivir en el lado sur de la ciudad (yo vivía en el norte) o bien ser muy guapo (yo no lo era) o, lo más normal, ambas cosas.

Me acuerdo de que los chicos populares siempre llevaban los vaqueros gastados en su justa medida.

Me acuerdo de las camisas de cuadros de madrás y de los chaquetones de madrás que tenías que lavar varias veces para conseguir el aspecto deseado.

Me acuerdo de los «morreos» y de pensar que seguramente tendría algo que ver con la lengua porque en la boca no había nada más aparte de los dientes.

Me acuerdo de que si, haciendo palmitas o cogiendo la mano de una niña, le acariciabas con el dedo corazón en la palma, estabas haciendo algo «guarro». (Se solía hacer como una broma y la niña se ponía roja y empezaba a chillar).

Me acuerdo de un puertorriqueño de Boston que trabajaba en una cafetería detrás de un mostrador de cristal y de sus brazos hasta donde le llegaban las mangas: fuertes y dorados y sin pelos.

Me acuerdo de algunas experiencias sexuales precoces y de las rodillas desolladas. Estoy convencido de que el sexo es ahora mucho mejor que antes, pero echo de menos las rodillas desolladas.

Me acuerdo de la primera vez que me hicieron una paja y me corrí (nunca lo había descubierto por mí mismo). Yo no sabía lo que estaba intentando hacerme ella así que me quedé allí tumbado como un zombi sin echarle una mano.

Me acuerdo de que ella quería que le pusiese el dedo en el coño y así lo hice, pero no tenía ni idea (o ninguna imaginación) de qué hacer con eso salvo moverlo un poco de aquí para allá.

Me acuerdo de que me sentía como fuera de la experiencia (me contemplaba a mí mismo) y me sentía tonto por estar allí con un dedo metido en aquel agujero húmedo. Creo que al final se rindió y decidió hacérselo ella sola porque recuerdo mucho

besuqueo mientras sentía cómo se iba humedeciendo cada vez más allí abajo.

Me acuerdo de, a punto de correrme, pensar que eso significaba que me estaba meando, así que me excusé y me fui al cuarto de baño, con lo que acabé fastidiándolo todo.

Me acuerdo de que, pese a todo, me sentí muy orgulloso de mí mismo a la mañana siguiente.

Me acuerdo de las chaquetas estilo Nehru.

Me acuerdo, cuando los cuellos de cisne eran realmente altos, de hablar sobre en qué restaurantes te dejarían entrar con ellos y en cuáles no.

Me acuerdo de que la primera vez que probé un filete tártaro me lo fui tragando comiéndome a la vez un montón de galletitas saladas con mantequilla.

Me acuerdo de la parte de atrás de los trajes de lino después de estar sentado durante todo el sermón. O después de una partida de bridge.

Me acuerdo de la serie The Millionaire y de que nunca se le llegaba a ver la cara al protagonista.

Me acuerdo de las «carne y hueso» cuando alguien te preguntaba la hora y no tenías reloj.

Me acuerdo, en el sótano de mi casa cuando yo era muy pequeño, de una lavadora que funcionaba a mano y de imaginarme lo que te podía pasar en la mano si se te quedaba pillada.

Me acuerdo de la ropa interior rosa cuando algo rojo despinta en la lavadora.

Me acuerdo de, a veces, ropa interior azul.

Me acuerdo de las pelotillas de papel que se te quedan en los vaqueros cuando se te olvida un kleenex en el bolsillo.

Me acuerdo de las «redadas de pantis»[9].

Me acuerdo de «¿Qué gemela ha usado Toni?». (Anuncio de producto para la permanente).

Me acuerdo de «¿Lo ha hecho ella o su peluquero?». (Anuncio de tinte del pelo).

Me acuerdo de «There’s No Business Like Show Business» (la canción) y de que siempre que la oía me emocionaba.

Me acuerdo de hacer trampas para bichos con un folio doblado. Y de los aviones que tirabas y caían en picado.

Me acuerdo de, en las ferias, las máquinas de postales de estrellas y depin-ups y de vaqueros.

Me acuerdo de pensar que si no devolvías los sellos a prueba que te mandaban por correo podías meterte en un buen lío.

Me acuerdo de los bailes del colegio: prácticamente sólo bailaban niñas con niñas.

Me acuerdo de la masilla moldeable Silly Putty que venía en un huevo de plástico.

Me acuerdo de momentos de silencio absoluto en la iglesia en los que mi barriga no tenía otra cosa que hacer que rugir.

Me acuerdo de fantasear con vivir en el pasado y de tener la ventaja (y en ocasiones la desventaja) de saber lo que iba a pasar antes de que pasara.

Me acuerdo de que siempre me cargaba las gafas y de que siempre me decían que la próxima vez tendría que comprármelas con mi paga (25 centavos a la semana), pero nunca era verdad.

Me acuerdo del Monopoly y del Cluedo.

Me acuerdo del pequeño candelabro de plata (Cluedo) y de no saber lo que era un invernadero.

Me acuerdo de ponerme mi mejor ropa para ir a comprar ropa nueva.

Me acuerdo de cuando los gemelos iban vestidos iguales.

Me acuerdo de los vestidos de madre e hija.

Me acuerdo de los esmoquines de padre e hijo.

Me acuerdo del Llanero Solitario y de Tonto.

Me acuerdo de

«Hi-yo, Silver, vamos, corre,

Tonto ha perdido los calzones.

Pero hasta que Tonto ahorre.

Llanero le comprará unos pantalones».

Me acuerdo de quitarle la cosa alargada del centro a las flores de madreselva y de chupar la gota de miel que salía.

Me acuerdo de un busto de Benjamín Franklin una vez al año en la cubierta del Saturday Evening Post.

Me acuerdo del jamón cocido (uno entero) que nos regalaba todos los años por Navidad la empresa de mi padre.

Me acuerdo de las bolitas de colores brillantes con sales de baño. Y del cerco de roña de la bañera.

Me acuerdo de los tacones de plástico transparente abiertos por detrás.

Me acuerdo de los bolsos de plástico transparente que parecían fiambreras colgando de una bufanda.

Me acuerdo de una redecilla rosa del pelo que tenía mi madre con unos agujeros más grandes de lo normal.

Me acuerdo de las corbatas que venían con el nudo hecho ya y con una gomilla para colgártelas al cuello.

Me acuerdo del día de la Madre y de llevar una rosa roja en la solapa cuando iba a la iglesia. (Te ponías una rosa blanca si tu madre estaba muerta. Y una rosa amarilla si tenías madrastra).

Me acuerdo del baile del «salto del conejo». De las pamelas. Y de las carrozas hechas con papel higiénico y alambres.

Me acuerdo de mi madre contando historias sobre cosas divertidas que yo había hecho y de cómo las historias eran más divertidas cada vez que las contaba.

Me acuerdo de fantasear con que averiguaba que me quedaba muy poco tiempo de vida (normalmente, «cáncer») e intentaba imaginarme cómo pasar el tiempo que me quedaba lo mejor posible.

Me acuerdo de pasar en coche por los Ozarks y de las colchas de felpilla con pavos reales bordados expuestas en tendederos para su venta.

Me acuerdo de los pozos de los deseos en miniatura de las tiendas de recuerdos y del color anaranjado de la madera lacada. Y también de los excusados en miniatura.

Me acuerdo de preguntarme por qué en las puertas de los excusados siempre había tallada una media luna.

Me acuerdo de, fuera en el excusado de fuera, preguntarme cómo era que nunca se llenaba.

Me acuerdo de, fuera en el excusado de fuera, imaginarme cómo sería caerse allí dentro.

Me acuerdo de verlo todo rojo cuando cierras los ojos y miras al sol. Me acuerdo de los sellos grandes de «Boy’s Town».

Me acuerdo de los bolsos de cocodrilo.

Me acuerdo de, cuando se hace daño un bebé, «sana sanita».

Me acuerdo de, con la muñeca floja, sacudir la mano de arriba abajo muy rápido hasta que parece que es de gelatina.

Me acuerdo de intentar rebañar el final de una lata de comida de gato.

Me acuerdo de cuando se te queda un mechón de punta después de dormir.

Me acuerdo de antes de que existiese el líquido verde para lavar los platos.

Me acuerdo del calzador de regalo con unos zapatos nuevos.

Me acuerdo de que nunca he usado un calzador.

Me acuerdo de que el pastel de calabaza no era muy apetecible a la vista.

Me acuerdo del tinte verde desvaído de los botellines de coca-cola.

Me acuerdo de que no me daba mucha confianza el pastel de carne picada. (Qué habría allí dentro). Ni tampoco las salsas.

Me acuerdo de la forma en que la mermelada de arándanos resbalaba por la lata y, de repente, ¡plop!

Me acuerdo de los sándwiches de pavo.

Me acuerdo de intentar quitarme el esparadrapo de un rápido tirón.

Me acuerdo de las coquetas toallitas de cuarto de baño «no utilizables».

Me acuerdo de pasarme dos años enteros copiando en clase de español: anotaba a lápiz lo más pequeño posible las traducciones de las palabras.

Me acuerdo de los lápices amarillos del número 2, con la goma rosa.

Me acuerdo de algunos maestros que te dejaban ir a sacarle punta al lápiz sin tener que preguntar.

Me acuerdo del sistema rotativo de pupitres según el cual los lunes había que cambiarse al pupitre de delante.

Me acuerdo de hacer un revistero en clase de carpintería.

Me acuerdo de las adivinanzas gráficas. La idea era «¿Qué es esto?». (Un sándwich de tomate, dos elefantes enfadados, etc.).

Me acuerdo de que aprendí a tirarme de cabeza en clase de natación porque era obligatorio, pero nunca más he vuelto a tirarme de cabeza.

Me acuerdo de preguntarme cómo era posible que la cabeza no se llenase de agua a través de las orejas y la nariz.

Me acuerdo de historias sobre padres que meten a sus bebés en el agua y éstos, por instinto, aprenden a nadar.

Me acuerdo de, después de mucho, aprender a hacer el muerto. Pero nunca llegué a creer de verdad que fuese el agua lo que me sostenía. Supongo que pensaba que lo estaba haciendo por pura fuerza de voluntad. (El poder de la mente, por así decirlo). En todo caso, nunca llegué a creer en el agua.

Me acuerdo de que una vez me meé debajo del agua con el bañador puesto, y de lo excitante y cálido que me pareció.

Me acuerdo de historias sobre que la gente se pasaba el rato meando en las piscinas públicas. (A las que iba en contadas ocasiones dada la posibilidad de pillar la polio).

Me acuerdo del indescriptible olor de una tienda de diez centavos que había en el centro y que tenía los suelos de madera. De las tartas grandes de plátano. Y de mi fotomatón de 25 centavos favorito. Era mi favorito porque una vez se quedó atascado y siguió sacando fotos durante lo que me parecieron horas, hasta que un tendero de una tienda de al lado empezó a sospechar y llamó al gerente para apagar el cacharro.

Me acuerdo de morderme un pedacito de carne en la boca hasta que me sobrevenía una especie de dulce dolor.

Me acuerdo de Noble y de Fern (el hermano de mi madre y su mujer), y de que ella no paraba de hablar («una cotorra») y él nunca terciaba palabra. Tenían dos niños, Dale y Gale. Dale era tan soso que, en realidad, no estoy muy seguro de acordarme de él. Pero de Gale sí que me acuerdo. Ella era muy mona, e hiperactiva, y totalmente odiosa. Daba clases de piano, y de canto, y de ballet. Vivían en California y viajaban mucho, en coche, sin parar a comer en restaurantes. (Viajaban con su propia comida). Venían a vernos cada tres años más o menos, con un proyector y diapositivas de viajes recientes (de tres recientes años). Y, en una funda de abrigo, un disfraz para Gale, que hacía su «numerito» apenas ponían el pie en la casa. No era una visita que esperásemos con fervor. Pero se iban en tres o cuatro días, con un montón de sándwiches y con un «De verdad, tenéis que venir a vernos a California».

Me acuerdo de una vez que fuimos a visitar a un pariente lejano que tenía un hijo de mi edad (ocho años o por ahí) que llevaba toda la vida coleccionando peniques. Era uno de esos salones atestados de muebles y, en cada centímetro libre, había grandes tarros llenos de peniques. Hasta en el suelo, hasta por el pasillo, alineados contra las paredes, había grandes tarros llenos de peniques. La verdad es que era una visión bastante impresionante. Toda una hazaña para un niño de mi edad. La envidia me corroía. (Espero no estar exagerando, no, no creo que esté exagerando). De verdad, era como algo sagrado: como un santuario. Me acuerdo de que su madre presumía de que el niño (¡con ocho años!) lo estaba ahorrando para pagarse la universidad.

Me acuerdo de intentar ahorrar, durante un día o dos, y de perder al poco tiempo todo interés.

Me acuerdo de anuncios muy pequeños y muy tentadores en la contracubierta de las revistas de, por ejemplo, 25 vestidos («usados», en letra muy pequeña) ¡por sólo un dólar!

Me acuerdo de que todos los otoños en clase de expresión oral había que hacer una exposición sobre «Qué he hecho este verano».

Me acuerdo de que solía decir que había nadado mucho (mentira), había pintado mucho (verdad) y había leído mucho (falso) y que el verano se había pasado muy rápido (verdad). Siempre era así y sigue siéndolo. O esa impresión me da cuando se acaba el verano.

Me acuerdo de, en las mañanas de frío, contar hasta diez antes de saltar de la cama.

Me acuerdo de fantasear con salir con una chica realmente despampanante y dejar a mis amigos con la boca abierta.

Me acuerdo de preguntarme cómo se ponía uno un condón con naturalidad, en el caso de tener que hacerlo.

Me acuerdo (muy por encima) de muchas noches en la cama en las que me hacía un ovillo en mi pijama de franela.

Me acuerdo de las sábanas frías en invierno.

Me acuerdo de la sorpresa mayúscula cuando, a través de la ventana, lo primero que veía en el día era que estaba todo cubierto de nieve. En Tulsa sólo nevaba un par de veces al año y, ahora lo recuerdo, solía hacerlo por la noche. Así que me acuerdo más de la nieve que de ver nevar.

Me acuerdo de que no entendía para qué despejaban la nieve de las aceras. Al fin y al cabo, en un día o dos se derretía. Y además: «Sólo es nieve».

Me acuerdo de que los uniformes de las brownies, las niñas exploradoras, me parecían un poco feos: tan marrones y tan sosos.

Me acuerdo de imaginarme que toda mi familia moría en un accidente de tráfico menos yo, y de que todo el mundo se compadecía de mí y me prodigaba atenciones, y me admiraba por ser tan fuerte.

Me acuerdo de imaginarme que le escribía una carta muy conmovedora al presidente de los Estados Unidos sobre el patriotismo, y éste, conmovido por mi conmovedora carta, distribuía copias de ella por todos los medios (en la tele, las revistas, los periódicos, etc.) y me convertía en un niño muy famoso.

Me acuerdo de fantasear con descubrir viejos cofres en desvanes en los que habría cosas fantásticas.

Me acuerdo de fantasear con ser un tipo con mucho estilo para vestir.

Me acuerdo de los calcetines blancos con una raya roja y otra azul en la parte de arriba.

Me acuerdo de (lo estoy viendo) calcetines en el suelo, tirados por ahí después de usados. Parecían estar tan a gusto siempre.

Me acuerdo de fragmentos de fantasías que tenía de pequeño sobre ser una niña. Me acuerdo sobre todo de las telas. Del satén y el tafetán sobre la piel. Me acuerdo en concreto de metros y metros de tafetán azul real (un vestido de noche muy amplio, no cabe duda) en los que alguien me enrollaba con unas grandes manos, y del roce entre los muslos. Este periodo de tiempo de fantasías sobre ser una niña no tenía nada que ver con una etapa sexual en términos de sexo. El placer que sentía no era por la posibilidad de estar con un hombre, sino por sentirme como una mujer. (Una niña). Estas fantasías, que son ahora sólo una para mí, eran muy de introversión y de postura fetal. En primer plano. Una orgía de telas y carne y fricción (primeros planos de detalles). Pero no «pasaba» mucho más.

Me acuerdo de imaginarme que estaba en la cárcel, a lo anacoreta en mi celda, escribiendo a mano una gran novela de muchas páginas.

Me acuerdo (por otra parte) de imaginarme que estaba en la cárcel, y de sexo duro del bueno. Todo muy «blanco y negro», en cierto modo. Barrotes negros, baldosas blancas. Carne blanca, pelos negros. Los blancos cálidos y como rugosos del semen y los negros brillantes y fríos del cuero y de la pizarra.

Me acuerdo (esto va a ser una auténtica decepción para vosotros) de fantasear con abrir una tienda de antigüedades, en la que sólo habría objetos muy selectos, dispuestos cada uno por separado en plan galería de arte.

Me acuerdo de fantasear con abrir una galería de arte en el Lower East Side en la parte exterior de un local (yo viviría en la parte trasera) con una pared de ladrillo visto y todo lo demás blanco. Con muchas macetas. Y con dibujos —lo habéis adivinado— míos.

Me acuerdo de construir casas raras en mi cabeza. Una, muy moderna y «orgánica», estaba dentro de una cueva. Otra era casi por completo de cristal. Y todas tenían cuartos de baño enormes con bañeras a ras del suelo.

Me acuerdo de grandes ladrillos cuadrados de cristal con la superficie ondulada.

Me acuerdo de leer la gran escena de sexo en la playa de Peyton Place.

Me acuerdo de que después de eso gran parte de mis fantasías sexuales transcurrían en el exterior. Normalmente en la playa. Salvo en una con un profesor de arte que siempre pasaba en el bosque.

Me acuerdo del escándalo que se armó con El guardián entre el centeno.

Me acuerdo de las fotos de una Julie London muy sexy en las carátulas de los discos.

Me acuerdo del escándalo Liz-Eddie-Debbie.

Me acuerdo de «uranio».

Me acuerdo de La expedición de la «Kon-Tiki».

Me acuerdo de oír hablar sobre platillos volantes, antes de saber lo que eran, y de aun así no preguntarlo.

Me acuerdo de los coches de dos colores. De hacer de canguro por 50 centavos la hora. Y del eslogan «I like Ike» (Eisenhower).

Me acuerdo de Agnes Gooch.

Me acuerdo de la revista Jet en los quioscos. Y de no tener nunca valor para hojear un ejemplar.

Me acuerdo de la enérgica interpretación de Dinah Shore del «See the U.S.A. in Your Chevrolet». Y de un gran ¡muac! Y luego, un montón de dientes. Y luego, un montón de destellos en los ojos.

Me acuerdo de Jimmy Durante desapareciendo bajo círculos luminosos de focos en un enorme espacio negro.

Me acuerdo del collar con un pequeño corazón de diamantes que llevaba siempre Arlene Francis en el concurso What’s My Line?

Me acuerdo del «fiiiium» de la falda de Loretta Young cuando entraba en el plató todas las semanas.

Me acuerdo de haber enviado algunos diseños de moda a Frederick’s of Hollywood con la esperanza de que me descubriesen como un niño prodigio diseñador de moda, pero… ni caso.

Me acuerdo del problema casi exclusivo de la infancia de perder cosas a través de un agujero en el bolsillo.

Me acuerdo de la gente, en la calle, cuando se ponía a llover, saliendo disparada con la cara contraída.

Me acuerdo de los vaqueros despintados con lejía.

Me acuerdo de la estampida de elefantes en La senda de los elefantes.

Me acuerdo de ElizabethTaylor vestida con toneladas de chifón blanco (creo que era también en La senda de los elefantes).

Me acuerdo de que Rock Hudson «todavía está esperando a que aparezca la chica adecuada».

Me acuerdo de, en una peli de arte y ensayo, dos monjas paseando.

Me acuerdo de bellas mujeres vestidas de negro de arriba abajo sentadas en el estrado (pañuelo blanco en mano) con las piernas cruzadas.

Me acuerdo de que Lana Turner se casó de marrón (puag) en una de sus bodas.

Me acuerdo de, en películas de mucho miedo, o en películas muy tristes, tener que recordarme a mí mismo que «sólo es una peli».

Me acuerdo de los alcaides malvados.

Me acuerdo de haber oído hablar de algo llamado «Odor-a-ra-ma»: una película con olores asociados que salían por agujeros instalados en las salas.

Me acuerdo de «promoción canapé».

Me acuerdo de Marilyn Monroe envuelta en satén fucsia, reflejada en muchos espejos.

Me acuerdo del rumor de que Marilyn Monroe y Joe DiMaggio se habían separado porque Marilyn sólo se excitaba si había otra chica con ellos en la cama, y de que Joe acabó hartándose de ese rollo.

Me acuerdo del rumor de affaire entre Marilyn Monroe y John Kennedy.

Me acuerdo del rumor de affaire entre Rock Hudson y Gomer Pyle.

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