Me acuerdo
Me acuerdo
Página 5 de 7
Me acuerdo de una niña muy alta que siempre tenía que enseñar el carné para poder pagar la tarifa de menores de doce.
Me acuerdo de los muebles de madera clara («rubios»).
Me acuerdo de las pantallas de ¡21 pulgadas!
Me acuerdo de George y Gracie, y de Harry Vonzell.
Me acuerdo (zzz, zzz) de The Kingston Trio.
Me acuerdo de cuando «ateo» era una palabra inquietante.
Me acuerdo de los trajes pequeños, para niños pequeños, sin solapas.
Me acuerdo de las hojas de las mesas de comedor.
Me acuerdo de un breve periodo de inquietud por el «mal aliento»: resultado de una clase sobre higiene en el colegio.
Me acuerdo de que «en la mayoría de los casos el mal aliento es producto de los gérmenes».
Me acuerdo de que los gérmenes están ¡por todas partes!
Me acuerdo de intentar visualizar los gérmenes (físicamente) mientras pululan por todas partes.
Me acuerdo de que mi imagen de los gérmenes era muy parecida a la de los insectos normales, sólo que más pequeños, claro.
Me acuerdo de estornudar en mi propia mano, en público, y del problema de «qué hacer con eso».
Me acuerdo de un trozo de tela rosa muy suave, con relieve en zigzag, para limpiar las gafas nuevas.
Me acuerdo de ir por la calle intentando no pisar las rayas.
Me acuerdo de «Si una raya pisas, tu madre se muere de risa».
Me acuerdo de una «Sala de Lectura de Ciencia Cristiana» un tanto sospechosa.
Me acuerdo de, cuando era muy pequeño, ver a mi bisabuela una vez justo antes de morirse. (Pero mi memoria abstracta de esto sólo me permite decir «ciruela pasa»).
Me acuerdo de jugar al escondite, y de abrir los ojos y mirar mientras contaba hasta cien.
Me acuerdo de que la idea de ser albino se me antojaba más misteriosa que lo de «sin pigmento en la piel».
Me acuerdo de los lunares marrones de los pétalos de las gardenias.
Me acuerdo de los prendidos hechos con escobillas para limpiar las pipas dobladas en forma de corazón. Con un bullón de tul. Y de largos alfileres con cabeza de perla para prenderlos a la ropa.
Me acuerdo de los problemas para diferenciar la pronunciación de pin [alfiler] y pen [bolígrafo].
Me acuerdo de que siempre podías ser objeto de bromas cuando le ponías un prendido a una chica. (Risitas por lo bajo).
Me acuerdo de cuando «padre» parecía demasiado formal, y «papaíto» era impensable y «papá» sonaba con un falso tono de naturalidad. Pero, como era el peor de los males, me quedé con el falso tono.
Me acuerdo de una vez en que me examiné la abertura del capullo y de lo mucho que me recordó a la boca de un pez de colores.
Me acuerdo de las peceras de las tiendas de diez centavos. Y de las redes de nailon para cogerlos.
Me acuerdo de los castillos de arcilla. De las sirenas. De los puentes japoneses. Y de los boles de cristal de distintos tamaños.
Me acuerdo de los grandes peces negros, y de los cartuchos blancos para llevarlos a casa.
Me acuerdo del rumor de que Mae West conservaba ese aspecto tan joven porque se lavaba la cara con semen.
Me acuerdo de preguntarme si el fluido femenino también se llamaba «semen».
Me acuerdo de preguntarme sobre la mierda (¿?) (puag) si follabas por el culo.
Me acuerdo de las abolladuras de las pelotas de ping-pong.
Me acuerdo de camisetas de rayón sin mangas y con franjas de punto en la cinturilla.
Me acuerdo de las puertas de aseos sin pestillo, y de intentar mear deprisa.
Me acuerdo de, cuando armas una auténtica peste, desear que no entre nadie justo detrás de ti.
Me acuerdo de los disgustos cuando ibas al drugstore a recoger un carrete revelado.
Me acuerdo de los frijoles saltarines y de lo desconcertantes que eran. (Vagos). Unas cuantas volteretas (¡flip! ¡flop!) y ya está.
Me acuerdo de los sándwiches de pan blanco con huevo y de los grandes vasos de coca-cola de cereza en la barra de los drugstores.
Me acuerdo de los taburetes sin respaldo de los drugstores, y de dar vueltas y vueltas sobre ellos.
Me acuerdo de cuando el suelo me parecía tan lejano.
Me acuerdo de cuando ir al psicoanalista significaba (para mí) que estabas enfermo de verdad.
Me acuerdo de fotografías de revistas en las que salían modelos masculinos con caras perfectas y de, casi con una punzada interior, preguntarme cómo sería ser así. (¡La gloria!).
Me acuerdo de los pequeños anuncios excitantes de la contracubierta de la Esquire en los que salían bañadores y calzoncillos muy escuetos con grandes paquetes.
Me acuerdo de una sesión de fotos de lo más narcisista que me eché con mi nueva polaroid y un temporizador; sin embargo —me enorgullece decirlo—, no tardó en aburrirme.
Me acuerdo de «ni jota» y de «acuñar una frase».
Me acuerdo de los billetes de dos dólares. Y de los dólares de plata.
Me acuerdo de dibujos animados en los que recuperaban dinero caído en una alcantarilla pegando un chicle a un trozo de cuerda.
Me acuerdo de las historietas que venían en los chicles Double Bubbley de chupar todo el «polvillo» dulce del envoltorio.
Me acuerdo de la época de los chicles Clove. Y de la época de los chicles Juicyfruit. Y más tarde, de una época en que (en el instituto) Dentyne parecía ser la elección más sofisticada.
Me acuerdo de que Dentyne «es el chicle más recomendado por los dentintas».
Me acuerdo de un profesor de álgebra que me pasó la mano y me aprobó. Se llamaba señor Byrd. Creo que comprendió perfectamente que el álgebra no iba conmigo por lo que, básicamente, me ignoró. (Con amabilidad). Murió de cáncer al año siguiente.
Me acuerdo de los globos terráqueos. De los mapas que se enrollan. Y de los punteros de madera con la punta de goma.
Me acuerdo de las paredes pintadas de verde claro de la mitad para arriba. Y de un montón de láminas en marcos marrones.
Me acuerdo de, cuando sonaba el timbre, un intervalo de tres o cuatro minutos de portazos con las puertas de las taquillas. Y del eco en los largos pasillos.
Me acuerdo de brazos sujetando una montaña de carpetas y libros y de que, cuando era muy grande, tenías que hacer una especie de torsión con el cuerpo para evitar que se te cayesen.
Me acuerdo de que entrar en clase justo cuando suena el timbre no es lo mismo que estar ya sentado cuando suena.
Me acuerdo de los grandes crisantemos amarillos, en un arreglo con hojas de otoño, en los escaparates de las floristerías.
Me acuerdo de grandes prendidos de grandes crisantemos amarillos, sobre abrigos marrones de piel de castor, en partidos de fútbol americano, en fotografías de las revistas.
Me acuerdo de las pastillitas Necco Wafers, de los mismos colores pastel que las tizas.
Me acuerdo de una profesora a la que, cada dos por tres, se le veían las piernas con las medias caídas por debajo de las rodillas.
Me acuerdo de un anodino profesor de psicología, un joven rubio con una cara que era imposible de recordar. (Con grandes gafas negras). Me acuerdo de que intentaba verlo sexy, pero era difícil.
Me acuerdo de los anillos de los alumnos de último curso colgados de una cadena en el cuello.
Me acuerdo de pequeñas cintas de colores prendidas en blusas o jerséis que significaban que eras miembro provisional de un club social.
Me acuerdo del dedo de «vete a la mierda».
Me acuerdo de que «bastardo» perdió mucha fuerza para mí cuando me enteré de lo que significaba. Esperaba algo muchísimo peor.
Me acuerdo de estrafalarias gafas con engastados en pedrería.
Me acuerdo de los mocasines sencillos (de los chicos populares): de esa clase de mocasines «sencillos» por los que tienes que pagar un ojo de la cara.
Me acuerdo de Linda Berg. Una vez me confesó que, aunque no quería «ir muy lejos», le encantaba que le sobasen las tetas (lo que para mí ya era ir bastante lejos) y que si ¿pensaba yo que era algo malo? (Socorro).
Me acuerdo de un niño «basura blanca» con un peinado de cepillo muy alto cuando hacía ya tiempo que el pelo de cepillo había pasado de moda.
Me acuerdo de ponerme el elástico de los calzoncillos por debajo de los huevos, de modo que queda como si te pusieras un sujetador en el paquete, y de modo que parece que tienes más allí abajo de lo que realmente tienes.
Me acuerdo del miedo a «¿Qué pasaría si de buenas a primeras te empalmaras en un sitio lleno de gente?».
Me acuerdo del sexo estando muy puesto de hierba y de la completa desconexión entre mi cabeza y lo que está pasando allí abajo.
Me acuerdo de que la cosa vaya muy bien, como la seda (todo jadeos) y de que, de repente, ninguno de los dos tenga muy claro qué hacer. (Vacilación mutua). Si no se pasa a la acción rápidamente puede llegar a ser, y perdón por el chiste fácil, un auténtico «bajón».
Me acuerdo de lo poco teatral que puede llegar a ser el acto de desvestirse después de mucho besuqueo.
Me acuerdo de, en pleno arrebato de pasión, intentar quitarle a un tío un jersey de cuello de tortuga. Lo malo fue que al final resultó no ser un jersey de cuello de tortuga.
Me acuerdo de una escena de una fantasía sexual en la que me forzaban a «hacerlo» en el suelo, debajo de las escaleras, de un bloque de pisos en el que vivía o en el que estaba de visita, no me acuerdo muy bien. Ni que decir tiene que, el violador, un perturbado sexual, estaba bastante bueno.
Me acuerdo de, con la persona a la que quieres, gestos familiares que acaban haciendo que te subas por las paredes.
Me acuerdo de un pequeño cajón de arriba lleno de medias, y de mi madre corriendo e intentando encontrar dos iguales.
Me acuerdo de encontrar en ese cajón cosas que no tenía que encontrar, ocultas entre las medias.
Me acuerdo del forro de terciopelo verde aceituna del joyero «de cuero» verde aceituna de mi madre, de ésos con bandejas desplegables. Cuando estaba solo en casa, me encantaba registrarlo, iba examinando pieza por pieza con sumo cuidado, escogiendo mis favoritas. Y a veces me probaba alguna, pero, por lo general, lo que más me gustaba era mirarlas.
Me acuerdo de haber aprendido desde bien pequeño el arte de dejar las cosas tal y como estaban.
Me acuerdo de los efusivos achuchones que me daba mi padre en público. Normalmente en una especie de estrangulamiento de broma. Y de no saber cómo reaccionar. Así que me ponía colorado, se me dibujaba una enorme sonrisa en la cara y me quedaba mirando el suelo hasta que todo había terminado.
Me acuerdo de lo que cuesta poner fin con naturalidad a una carcajada en público.
Me acuerdo de sorprenderme a mí mismo con una expresión en la cara que ya no tenía nada que ver con lo que estaba pasando en ese momento.
Me acuerdo de ensayar el movimiento de crujirme la mandíbula porque creía que quedaba muy sexy.
Me acuerdo de que, cuando mis cejas empezaron a extenderse por el entrecejo, pensaba que quizás eso me haría parecerme un poco más a Montgomery Clift. (¿Un poco más?). Sí, acabo de acordarme, tuve una época en la que creía en secreto que tenía cierto parecido con Montgomery Clift.
Me acuerdo de estar sentado en el asiento trasero de un coche con una chica que se llamaba Marilyn, y de intentar pasarle el brazo por la espalda sin que se notara mucho. Pero me llevó tanto tiempo hacerlo discretamente que al final se notó, y bien que se notó.
Me acuerdo, luego, de algunos besos. Y de, finalmente, reunir el valor para meter mi lengua en su boca, pero (¿qué viene ahora?) (¡socorro!), y entonces fue todo meter y sacar, meter y sacar, hasta que empezó a parecer un poco raro y comprendí entonces que era un pardillo.
Me acuerdo de una chica de Dayton (Ohio) que me «enseñó» lo que tenía que hacer con la lengua, lo cual se reducía, prácticamente, a qué no hacer con la lengua. De lo contrario podías herir a alguien. (Asfixia).
Me acuerdo de sentir pena por la gente negra, pero no porque pensara que estaban discriminados, sino porque pensaba que eran feos.
Me acuerdo, siendo muy pequeño, de mi madre poniéndose unas pinzas de metal en el pelo, y de que como le dije que yo también quería me las puso. Y después me fui a la calle a jugar sin acordarme de que las tenía puestas. No me acuerdo con exactitud de lo que pasó, sólo me acuerdo de volver corriendo a casa, humillado.
Me acuerdo de mi madre quitando pelusillas a las cosas.
Me acuerdo de, al final del sofá, un grupo de cuatro cojines pequeños que sólo tenían una posible disposición «informal».
Me acuerdo de que nadie se sentaba en el sofá (el beige claro) a no ser que tuviésemos visita.
Me acuerdo (vagamente) de escuchar a mi madre contando una historia sobre la anciana que vivía al otro lado de la calle, que murió, y los que se habían mudado allí se quejaban de que nunca podrían deshacerse de «ese olor».
Me acuerdo de horribles visiones de esa isla adonde mandaban a los leprosos.
Me acuerdo de «la cosa verde» dentro de mi primera langosta.
Me acuerdo de (agg) los zapatos blancos de las enfermeras.
Me acuerdo de intentar imaginarme «el viaje» de la mierda una vez que tiras de la cadena.
Me acuerdo de, cuando hay alguien junto ati en un baño público, lo largo que se te hace hasta que «empiezas».
Me acuerdo de Halloween y del problema de todos los años de si llevar máscara o ver. (Gafas).
Me acuerdo de gafas puestas encima de antifaces de satén.
Me acuerdo de vecinos de al lado que descuidaban su jardín.
Me acuerdo de, el día después de Halloween, historias sobre ventanillas de coches llenas de jabón y mobiliario de jardín encontrado en porches ajenos.
Me acuerdo de una niña que podía doblar el pulgar hasta tocarse la muñeca. Y de un niño que podía mover cada oreja por separado.
Me acuerdo de una señora que estuvo a punto de convencer a mi madre para que comprase una enciclopedia.
Me acuerdo de empezar a coleccionar una enciclopedia de supermercado, pero no pasamos del tercer tomo.
Me acuerdo de fantasear con llegar algún día a leerme una enciclopedia entera y saberlo todo.
Me acuerdo de los diccionarios gigantes.
Me acuerdo de los planos de planta en bonitos colores pastel que salían en la parte de atrás de las novelas baratas de detectives.
Me acuerdo (de la vida en el lago) de los mosquitos.
Me acuerdo del spray antimosquitos. Y de las picaduras de mosquito. Y de la pomada para las picaduras de mosquito.
Me acuerdo de los débiles «pom» de los bichos chocando contra los cristales por la noche.
Me acuerdo de, por la noche, ir en plena oscuridad a mear, y de imaginarme todas las cosas sobre —o dentro de— las que podía estar poniendo el pie.
Me acuerdo del lodo frío entre los dedos de los pies, bajo el agua marrón y tibia.
Me acuerdo de intentar ponerme un bañador que no está seco del todo. (Agg).
Me acuerdo del cordel blanco para apretar la cintura que tenían por dentro algunos bañadores.
Me acuerdo, muy por encima, de mucho verde oscuro y marrón. Y, quizás, de una canoa roja.
Me acuerdo de, todos los veranos, un nuevo par de sandalias rojas. Y yo odiaba las sandalias.
Me acuerdo de los dedos rojos de después de comer pistachos.
Me acuerdo de la lengua negra de después de comer regaliz.
Me acuerdo de unos sobrecitos con una cosa parecida al azúcar de muchos colores, y de todos los colores distintos de lengua.
Me acuerdo de los cómics de Katy Keene. Y de las gafas hechas con bastones de caramelo que llevaba su hermana chica Sis [ter].
Me acuerdo de Randy, el guapo y rico pretendiente rubio de Katy que tenía muchos coches. Y de K.O., el pretendiente pobre de Katy, un boxeador de pelo rizado que no tenía coche.
Me acuerdo de que en mi fuero interno sabía que al final acabaría con K.O.
Me acuerdo de las muñecas con la falda levantada por detrás en sus cajas cuadradas con la «ventanita» de celofán por delante.
Me acuerdo de lo que más me acuerdo de los restaurantes cuando era muy muy pequeño: de las patatas fritas, las pajitas y los mondadientes.
Me acuerdo de súbitas instantáneas en mi cabeza, mirando por la ventanilla en el autobús de vuelta del centro, en las que veo a todo el mundo desnudo por la calle.
Me acuerdo de súbitas instantáneas en mi cabeza de cómo mucha gente en todo el mundo está follando en ese preciso instante.
Me acuerdo de soñar con críticas entusiastas. Y con espectáculos con el cartel de no hay entradas.
Me acuerdo de fantasear con dar una lectura poética en la que todo el mundo acabase llorando. (Lágrimas de emoción).
Me acuerdo de fantasear con que de buenas a primeras se anuncia en el Carnegie Hall «Una noche con Joe Brainard» y sorprendo a todo el mundo porque también sé cantar y bailar, pero sólo doy una función. (A pesar de que es un éxito y la gente pide más). Pero yo digo «no»: dejo el estrellato por el arte. Y esa función se convierte en una leyenda. Y la gente que no pudo verla se cortaría las venas. Pero yo me mantengo en mis trece.
Me acuerdo (puag) de las cagadas de perro.
Me acuerdo de que cuando pides gambas rebozadas en un restaurante siempre te ponen poca salsa tártara.
Me acuerdo de las postales picantes.
Me acuerdo de los clips redondos para sujetar el precio de las tarjetas de felicitaciones.
Me acuerdo de tarjetas de felicitaciones con, en alguna parte, una pluma de verdad.
Me acuerdo de los pícnics.
Me acuerdo de los malvaviscos renegridos y de, por dentro, la riada de cálido blanco.
Me acuerdo de que la mostaza y el abridor eran lo típico que siempre se olvidaba. Pero no me acuerdo de habérmelos olvidado nunca.
Me acuerdo de poner algo encima de las servilletas para que no se vuelen.
Me acuerdo de los tenedores de plástico rojos y de los tenedores de plástico verdes.
Me acuerdo de tenedores de madera con los que cuesta coger gran cantidad de ensalada de patatas.
Me acuerdo de tantear con la mano dentro del agua helada en busca de un refresco de naranja.
Me acuerdo del culo desnudo de Belmondo (toda una primicia en el cine) en una horrible película de arte y ensayo que, si no me equivoco, se llamaba Una doble vida.
Me acuerdo de muchos rumores sobre estrellas que se operaban la nariz.
Me acuerdo de las cerezas del vestido que lleva Marilyn Monroe jugando al paddleball en Vidas rebeldes.
Me acuerdo, en una película musical sobre un diseñador de moda, de un traje de terciopelo negro que tenía alas de murciélago y una telaraña de pedrería en la espalda.
Me acuerdo de los pantalones un tanto «afeminados» de los muchachos italianos de las películas de arte y ensayo.
Me acuerdo de los ojos llenos de lágrimas de Maria Schell en Los hermanos Karamazov.
Me acuerdo de mucho alboroto y muchos tejemanejes en Siete novias para siete hermanos.
Me acuerdo de Jane Russell y de un montón de hombres musculosos en un gran número musical alrededor de la piscina de un trasatlántico de lujo.
Me acuerdo de la alargada cara de Esther Williams.
Me acuerdo de ser guiado hasta mi asiento por una linterna.
Me acuerdo de cartones de palomitas bailando y de perritos calientes cantando: «Vamos todos al ambigú, a darnos un caprichito».
Me acuerdo de un noticiero sobre moda en el que salían joyas hechas con bichos vivos atados en cadenitas correteando por encima de sus dueños.
Me acuerdo de verme en situaciones en las que de repente siento (me acuerdo) que ya he estado allí antes: una instantánea de vida «repetida».
Me acuerdo de esas veces en que no sabes si estás muy feliz o muy triste. (Los ojos llorosos y el corazón alegre).
Me acuerdo de, en medio de la multitud… ¡totalmente aislado!
Me acuerdo de, en fiestas… ¡desnudo!
Me acuerdo de momentos de ser consciente de lo que es mi cuerpo y de lo frágil que todos (la vida) somos (es).
Me acuerdo de intentar entender las cosas (la vida), intentar reducirlas a algo elemental, y no conseguir nada. Salvo marearme la cabeza.
Me acuerdo de una larga y seria discusión que tuve una vez con Ted Berrigan sobre si un pintor homosexual podía pintar igual de bien un desnudo femenino que un pintor «hetero».
Me acuerdo de «Cuatro esquinitas tiene mi cama (etc.)».
Me acuerdo de, justo cuando te levantas por la mañana, los dibujos de arrugas rojas sobre la piel.
Me acuerdo de mi madre arrinconándome por los rincones para quitarme los puntos negros. (Dolía a rabiar).
Me acuerdo de cuando (dolía a rabiar) me lavaba el pelo los sábados por la noche y me clavaba las uñas en el cuero cabelludo.
Me acuerdo de vaticinar que seguramente algún día, en el futuro, la gente se teñiría a diario el pelo de un color distinto para que fuese a juego con lo que llevaban puesto ese día.
Me acuerdo de un profesor que usaba mucho la palabra «queer» (queriendo decir, «raro», no «marica») y de las risitas por lo bajo.
Me acuerdo de cuando la palabra «fairy» [mariquita] empezó a provocar risitas sin que yo supiera muy bien por qué. Me acuerdo de que después ya comprendí el porqué. Pero de lo que no me acuerdo es de cómo llegué a saber lo que significaba. Supongo que fue un simple proceso paulatino de sumar dos y dos. Más una pizca de imaginación.
Me acuerdo de los tapones de goma blancos con una cadenita.
Me acuerdo de no ponerme de pie en la bañera por miedo a resbalarme, caerme y abrirme la cabeza.
Me acuerdo de «Es la última vez que te lo digo».
Me acuerdo de (en la coyuntura de «¿Pero por qué?»). «Porque yo lo digo, por eso».
Me acuerdo de los cumpleaños.
Me acuerdo del helado a capas rosa, marrón y blanco.
Me acuerdo de las banderitas de Estados Unidos de seda. Y de las pequeñas sombrillas japonesas de bambú y papel que, si intentabas abrirlas hasta el final, se rompían.
Me acuerdo de al menos una vez en que hice como si estuviera pidiendo un deseo antes de soplar las velas pero en realidad no lo pedí.
Me acuerdo de que costaba que todo el mundo cantase a coro el «Cumpleaños feliz».
Me acuerdo de que nunca llegué a ir a una fiesta de cumpleaños donde se jugara a «Ponle la cola al burro».
Me acuerdo de la sopa de maíz de lata.
Me acuerdo de los grumos de la crema de trigo.
Me acuerdo de ternera asada con zanahorias, con patatas, con salsa y, por debajo de todo, una rebanada de pan blanco completamente empapada: la mejor parte.
Me acuerdo de, cuando el jugo de la remolacha llega al puré de patatas, ¡puré de patatas rojo!
Me acuerdo de intentar visualizar cómo será algo que va a pasar, y de intentar imaginar exactamente cómo va a pasar y de no comprender el «tiempo» en absoluto. (Frustrante). Frustrante porque, a veces, estás a punto de atraparlo. Pero después te das cuenta de que es demasiado escurridizo, y, en definitiva, demasiado complicado, así que pierdes pie y caes hacia atrás, hacia la nada. (Frustrante). Sigo creyendo que es posible cierto nivel de comprensión, si te acercas con la suficiente delicadeza, sólo desde el ángulo adecuado.
Me acuerdo de los puntos transparentes que flotan ante mis ojos de vez en cuando, sólo durante un instante (microscópicos), como cuando te levantas muy deprisa.
Me acuerdo de muchos sueños claustrofóbicos en los que estás en sitios muy estrechos e infinitos que se vuelven más estrechos e infinitos todavía y no puedes salir de ellos.
Me acuerdo de pensar en respirar, y de que entonces tu cabeza se esfuerza en respirar, y ves que es algo muy costoso y, en cierto modo, es todo muy inquietante.
Me acuerdo de adolescentes dando vueltas en sus descapotables con la radio a todo volumen.
Me acuerdo (después del colegio) de los reservados de los fountain sodas, y de las jukebox, pero eso sólo en películas.
Me acuerdo de las jukebox en las que podías ver cómo se seleccionaba el disco.
Me acuerdo de usar las pajitas a modo de cerbatanas.
Me acuerdo del parking (darse el lote en el coche).
Me acuerdo del necking (el besuqueo).
Me acuerdo del petting (los preliminares).
Me acuerdo de los coches «desarmados». (Sin los cromados). Me acuerdo de los Buicks con agujeros. (Tres o cuatro a cada lado, creo).
Me acuerdo de grandes dados de gomaespuma colgando de retrovisores delanteros.
Me acuerdo de los tubos de escape ruidosos.
Me acuerdo de las calcomanías que se compraban en todos los estados como recuerdo y que se ponían en la luna de atrás de los coches. Me acuerdo de que algunos coches tenían un montón.
Me acuerdo de las medallitas de san Cristóbal, en cadenas, al cuello, y de que no tenían nada que ver con que fueses católico o no.
Me acuerdo de casas de ancianas en las que hay un montón de cosas rompibles.
Me acuerdo de los pañitos de croché sobre el respaldo y los brazos de los sillones.
Me acuerdo de las zapatillas de estar en casa de felpa granate y azul marino con un pompón en la punta.
Me acuerdo de (zzz, zzz) los manteles individuales de plástico con una textura como de enea.
Me acuerdo de las lámparas de pared con forma de timón.
Me acuerdo del bronceador Man Tan y de las manchas naranjas en las camisetas blancas.
Me acuerdo de intentar ponerme moreno en el patio de atrás y de, pensando que llevaba fuera como una hora o así, entrar y descubrir que tan sólo había estado 15 o 20 minutos.
Me acuerdo de, después de estar un rato al sol, entrar en la casa, y de esos instantes en los que se ve casi en negativo.
Me acuerdo de una niña alta con el pelo rubio que todos los años se ponía muy morena. Siempre iba de blanco (para que se le notara) y con los labios pintados de un rosa claro «húmedo». Su madre también era muy alta. A su padre la polio lo había dejado tullido. Tenían dinero.
Me acuerdo del olor a crema de manos Jergen en las manos. Y de su textura blanca como de perla cuando sale del bote.
Me acuerdo de las pastillas de jabón Ivory, que eran muy largas y se partían en dos con mucha facilidad. (Bueno, ahora que lo pienso, no con tanta facilidad).
Me acuerdo de la muchacha sin rostro del limpiador Old Dutch.
Me acuerdo de preguntarme si los zuecos de madera serían cómodos y prácticos.
Me acuerdo de una vez, rellenando un formulario, no saber qué poner en «raza».
Me acuerdo de especular con la posibilidad de que algún día todas las razas acabarían fundiéndose en una sola.
Me acuerdo de especular con la posibilidad de que algún día la ciencia encontraría alguna especie de crema milagrosa capaz de blanquear la piel y, así, los negros podrían convertirse en blancos.
Me acuerdo de (hace demasiado poco) escribir algo que me gustaba mucho en una carta y repetirlo después en otra carta, y de sentirme un poco rastrero por eso.
Me acuerdo (para ser más precisos) de que me sentía rastrero porque no me sentía rastrero por eso.
Me acuerdo de «Cuando las ranas críen pelos».
Me acuerdo de que cuando estás en la silla del dentista no hay manera de rascarse la oreja.
Me acuerdo de «Red Roses for a Blue Lady». (¿Una dama azul?).
Me acuerdo de alfileres de corbata que no había quien los pusiera rectos.
Me acuerdo de, ál firmar una carta, «Tuyo hasta que la cocina se inunde»[10].
Me acuerdo de los chistes gestuales.
Me acuerdo de (con el dedo metido a modo de gancho en la boca): «Señora, ¿le importaría poner su paraguas en otra parte?».
Me acuerdo de (tirando de la piel de las sienes, en plan oriental): «¡Mamá, me has apretado demasiado las trenzas!».
Me acuerdo de (apretando la cara entre las manos): «Señor conductor, ¿podría abrir la puerta, por favor?».
Me acuerdo de los discos pequeños con un gran agujero en el medio (45 revoluciones) y de poder llevar una buena pila de ellos entre el pulgar y otro dedo.
Me acuerdo de los discos de plástico para niños de color amarillo, rojo y verde.
Me acuerdo de la ternera deshidratada con salsa blanca sobre pan tostado.
Me acuerdo de, en Boston, creer que si me daba una vuelta por una calle llena de tiendas de antigüedades tal vez ligara, así que fui y me paseé calle arriba calle abajo («mirando escaparates») pero, como me daba cosa mirar a la gente, no me fue muy allá (el eufemismo del año). Decidí entonces volver a casa para seguir con las «manualidades», para las que normalmente me valía de los anuncios de ropa masculina de la contracubierta de la Playboy; esto tampoco era una hazaña fácil, si tenemos en cuenta el cuidado que ponen en que no se vea ni un pedazo de carne en las fotos de ropa masculina. (Las de ropa interior son las que más coraje me daban). Aun así, de vez en cuando tenían algún desliz. Como un desplegable a dos páginas de bañadores al que recuerdo que le di bastante uso. Y —respecto a lo de hazaña nada fácil—, todo esto fue mucho antes de que se me ocurriese que un poco de agua con jabón, o vaselina, o algo, podían ayudar.
Me acuerdo de (en los primeros años en Nueva York) ver a un hombre apretándose un lado de la nariz con un dedo, mientras que por el otro agujero salía un chorro de mocos disparado contra la acera. (Impactante).
Me acuerdo de ver, hace poco, a una anciana meando en un vagón del metro, y siento decir que no fue nada impactante. Uno se acostumbra a quedarse en blanco: un elogio a la nada.
Me acuerdo del bikini francés.
Me acuerdo del DDT.
Me acuerdo de no saber qué decir cuando alguien te indica que tienes la bragueta abierta.
Me acuerdo de encender el cigarro por el filtro cuando estás ocupado intentando parecer «enrollado».
Me acuerdo de, en las fiestas, cuando ya has hablado todo lo que podías hablar con una persona… pero allí seguís los dos plantados.
Me acuerdo de una vez en que intenté mantener una conversación con alguien que tenía un pelo sobresaliéndole de la nariz.
Me acuerdo de mucha risa tonta y muchas notitas de mano en mano en el palco de la iglesia.
Me acuerdo de los cuellos almidonados de las camisas de vestir.
Me acuerdo de cuando mis brazos eran siempre demasiado largos para las camisas. O, si no, el cuello me quedaba enorme.
Me acuerdo de las hojas tan finas y los bordes rojos de los libros de himnos.
Me acuerdo del ruidoso pase de hojas en masa cuando se anuncia el siguiente himno.
Me acuerdo de, cuando todas las cabezas están inclinadas rezando, no parar de mirar a todas partes.
Me acuerdo de, cuando se ha acabado, la envolvente música del órgano a la salida.
Me acuerdo de mucha gente parándose un rato y charlando en los escalones a la salida.
Me acuerdo de las vacías tardes de domingo y de la sensación, en cierto modo, de vacío interior.
Me acuerdo de la gran comida de los domingos, la cena ligera de los domingos y, por la mañana, «clase».
Me acuerdo de las mañanas de los lunes. Y de las tardes de los viernes.
Me acuerdo de los sábados.
Me acuerdo de la lavadora y la aspiradora funcionando a la vez.
Me acuerdo de un momento, cuando una termina antes que la otra, de «falso» silencio.
Me acuerdo de que las revistas de musculación no tenían nada que ver con ejercitar los músculos.
Me acuerdo de columnas romanas de decorado. De gorras de marinero ladeadas. De tatuajes horteras. De caras sin expresión. De sugerentes sombras de tangas masculinos. Y de pies planos grandes.
Me acuerdo (en color) de una piel muy muy rosa y de una piel muy muy naranja.
Me acuerdo de intentar no parecer solo cuando como a solas en restaurantes.
Me acuerdo de las maneras tan raras en que me ha salido de la boca «Poully-Fuissé» al intentar pedir una botella en algún restaurante.
Me acuerdo de, comiendo a solas en un restaurante, mirar mucho a mi alrededor adrede, para que la gente no pensase que estaba no mirando adrede.
Me acuerdo de, comiendo a solas en un restaurante, hacer como si tuviera muchas cosas en la cabeza. (Tan sencillo como arquear sutilmente labios y cejas).
Me acuerdo de (demasiado vino) intentar salir de un restaurante con naturalidad. Es decir, en una serie de líneas relativamente rectas.
Me acuerdo de dar más propina de la cuenta. Y sigo haciéndolo.
Me acuerdo de que me gustaba impresionar a los vendedores haciéndoles ver que no miraba la etiqueta de los precios. Y sigo haciéndolo.
Me acuerdo de estar muy colado por un tío, y de las fantasías sobre dejarlo todo e irme con él a algún lugar (como, por ejemplo, a la soleada California) y empezar una nueva vida juntos. Sólo que, desafortunadamente, él no estaba colado por mí.
Me acuerdo de fantasear con ser un súper semental y ser capaz de disparar cargas enormes. Y (¿Podéis creerlo?) (Sí, lo creeréis) sigo haciéndolo.
Me acuerdo de que sabía lo que significaba «caramelo» mucho antes de saber cómo se escribía.
Me acuerdo de
«—¿De qué signo eres?
—Piscis.
—Lo sabía».
Me acuerdo de soplar la pelusa blanca que le sale a los dientes de león cuando se le caen los pétalos.
Me acuerdo de hacer horribles sonidos con un pétalo de rosa en la boca, pero del cómo soy incapaz de acordarme.
Me acuerdo de «pan y mantequilla» cuando vas con alguien por la calle y hay algo que te separa de esa persona mientras caminas.
Me acuerdo de «Tonto el último».
Me acuerdo de «Vaya a la cárcel. Vaya directamente sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar los 200 $».
Me acuerdo de que la mantequilla de cacahuete la inventó George Washington Carver.
Me acuerdo de inflar bolsas de papel para explotarlas.
Me acuerdo de las estrellitas de los dibujos animados cuando le dan a alguien en la cabeza. Y de las bombillas iluminadas para una idea brillante.
Me acuerdo de inventarme idiomas abstractos que, para mí, sonaban de lo más convincentes.
Me acuerdo de que tenía una lista en la que iba apuntando los estados visitados.
Me acuerdo de hacer un mapa de Estados Unidos en tres dimensiones con engrudo y harina de avena.
Me acuerdo de pintar con salpicaduras la silueta de las hojas de otoño con un cepillo y un trozo de mosquitera.
Me acuerdo de empaquetar cepillos de dientes, manoplas y ceras (etc.) en paquetes individuales de la Cruz Roja para los niños desfavorecidos de otros países.
Me acuerdo de lo mucho que un tubo de pasta de dientes aparentemente acabado puede dar y dar y dar de sí.
Me acuerdo de cuando alguien te agarra el brazo con las dos manos y las mueve en direcciones opuestas: una «quemadura india».
Me acuerdo de, después de comer helado muy rápido, una ráfaga de frío en la cabeza.
Me acuerdo de los polos Creamsicle, de los Fudgesicle y de los Popsicle que (normalmente) se partían en dos.
Me acuerdo de robar caramelos de bolsas ya abiertas en los estantes del supermercado.
Me acuerdo de que, como ya alguien había hecho el trabajo sucio, me pensaba que no pasaba nada.
Me acuerdo de hundir el dedo en moles de carne envueltas en celofán que era impensable que alguien pudiese comérselas de verdad.
Me acuerdo del «La próxima vez te quedas en casa» porque quería esto o lo otro, y esto o lo otro siempre era muy caro, o no era bueno, o algo.
Me acuerdo de unos tarros naranja chillón de queso de untar. Y de pequeñas latas de jamón picado con salsa diablo.
Me acuerdo de que el queso en polvo que se le echa a la pasta me olía sospechosamente a pies apestosos.
Me acuerdo de (en Pascua) pintar los huevos blancos con una cera blanca antes de teñirlos.
Me acuerdo de algunas «cazas» del huevo de Pascua que no fueron muy difíciles. Y de que si no te los comías pronto se ponían verdes grisáceos por dentro. (¡Por no hablar del olor a mierda!).
Me acuerdo del problema de «por dónde empezar» el conejito de Pascua de chocolate.
Me acuerdo de tener ideas muy difusas sobre lo que eran el día de la Marmota y el año bisiesto. O, más bien, lo que son.
Me acuerdo de cuando pensaba que «S.0.S.» significaba algo guarro.
Me acuerdo de fantasear con encontrarme por la playa mensajes en botellas viejas.
Me acuerdo de las alfombras mágicas y de los genios y de intentar pensar cuáles serían mis tres deseos.
Me acuerdo de no entender por qué Cenicienta no hacía las maletas y se largaba, si la cosa estaba tan negra.
Me acuerdo de cuando me dieron un portazo en todo el dedo con la puerta de un coche, y de lo mucho que tardó en llegar el dolor.
Me acuerdo de preguntarme si sería verdad que las cabras comían latas de conservas.
Me acuerdo del miedo a decir whore [puta] en vez de horror [horror], cosa que, de hecho, me solía pasar.
Me acuerdo de las piedras que recoges por el campo y de que, de vuelta en casa, te preguntas para qué.
Me acuerdo de oír hablar sobre un niño que se encontró una mosca muerta en su coca-cola y The Coca-Cola Company le regaló una caja de coca-cola.
Me acuerdo de pensar lo fácil que sería conseguir una caja de coca-cola con sólo poner una mosca muerta en tu coca-cola y me acuerdo de preguntarme por qué no lo haría más gente.
Me acuerdo de una niña a la que el pelo le llegaba por debajo de la cintura y de que se lo tuvo que cortar porque le pesaba tanto que le estaban saliendo entradas.
Me acuerdo de buscar algo que sabes que tiene que estar ahí, pero no lo está.
Me acuerdo del coraje que dan los cortes en los dedos con los folios.
Me acuerdo (¡ay!) de ir descalzo por la acera en pleno verano.
Me acuerdo de una vez en el telediario en que frieron un huevo en una acera para demostrar lo intensa que estaba siendo la ola de calor que sufríamos.
Me acuerdo de mi madre diciendo que las mujeres no deberían ponerse pantalones de sport.
Me acuerdo de los baños que me daba con mi hermano Jim cuando éramos muy pequeños, espalda contra espalda.
Me acuerdo de meterme muy despacito en el agua demasiado caliente.
Me acuerdo de la forma de ruidoso «tornado» que adquirían los últimos restos de agua yéndose por el desagüe.
Me acuerdo de historias sobre gente que se electrocuta por hablar por teléfono en la bañera.
Me acuerdo de las rinconeras para el teléfono empotradas en la pared. Y de la party line.
Me acuerdo de que (¡hace poco!) me la chuparon mientras intentaba mantener una conversación telefónica, cosa que, debo admitirlo, me puso a cien.
Me acuerdo de historias de fantasmas que no daban mucho miedo, salvo porque se contaban a oscuras.
Me acuerdo de cuando se quedaba a dormir un amigo en casa, y de las risitas tontas después de apagar la luz. Y de lo que parecían largos silencios seguidos de «¿Estás dormido?» y, en ocasiones, de discusiones bastante serias sobre Dios y la vida.
Me acuerdo de planes para hacerme rico rápidamente, como vender libretas hechas a mano para los puntos del bridge, inventar un sombrero-paraguas, o alquilarme como artista por horas.
Me acuerdo de una teoría un tanto dudosa de mi profesor de dibujo del instituto según la cual la manera de saber si un cuadro es bueno o no es ponerlo boca abajo.
Me acuerdo de dibujos mexicanos de pájaros hechos con plumas de verdad y con marcos tallados a mano.
Me acuerdo de ventanales sin más vistas que otro ventanal.
Me acuerdo de los ángulos muy pronunciados de las pantallas de las lámparas «orientales».
Me acuerdo de, arriba del todo, los bordes del papel pintado.
Me acuerdo de, cuando venían parientes de visita, un catre.
Me acuerdo de (cuando venían parientes de visita) «patente de corso».
Me acuerdo de «los platos buenos» versus «los platos de diario».
Me acuerdo de que una buena forma de conseguir un «a lo mejor» en vez de un «no» era preguntarlo delante de los invitados.
Me acuerdo de, enfundado en un pelele, los largos besos acrobáticos sobre el regazo de los mayores para postergar lo más posible el «a la cama».
Me acuerdo de cuando hablaban de mi como si yo no estuviese presente.
Me acuerdo de una vez en que una mujer mayor hizo como si se sacase el pulgar (en broma) y lo siguiente que vi fue mi leche desparramada por el suelo de la casa de una desconocida.
Me acuerdo de una vez, en una comida de la iglesia, en que me tocó sentarme al lado de una señora que no tenía cuerdas vocales y hacía ruidos muy raros y no pude probar bocado.
Me acuerdo de una caja de puros en el garaje que estaba llena de chismes, y de que lo que me viene ahora con más claridad a la memoria es una pluma estilográfica rota de color verde «nacarado».
Me acuerdo de que una vez planté a escondidas semillas de sandía en el jardín de atrás, pero no pasó nada.
Me acuerdo de perros de mala fama a los que dejaban vagar libremente por el vecindario. Y de «¡No te olvides de cerrarla verja cuando salgas!».
Me acuerdo de preguntarme cómo «lo hacen» las tortugas.
Me acuerdo de que, cuando ibas en fila india de una clase a otra, salirse de la fila era muy grave.
Me acuerdo de los plumieres con una pequeña regla y un pequeño compás en un pequeño cajón.
Me acuerdo de los diagramas de los análisis sintácticos. Y de las fichas de cálculo, más que del cálculo en sí.
Me acuerdo de visiones, en la oscuridad de la cama, de nuestra casa incendiándose por la noche.
Me acuerdo de que creía que si tocabas una rana te salían verrugas así que yo… En realidad era tan nenaza que, de todas formas, nunca habría tocado una rana.
Me acuerdo de intentar hacerme una imagen de un dios de carne y hueso, pero sin mucha fortuna, salvo algo «muy viejo» y «muy blanco».
Me acuerdo de esperar algo del correo y de estar totalmente convencido de que, si lo deseaba con todas mis fuerzas, llegaría ese mismo día.
Me acuerdo de, después de leerme una novela porno sobre un chaval gay que practicaba con un pepino para aprender a gozar cuando le follaban, intentar comprar, como si fuese lo más normal, un vibrador en un drugstore: «Dos paquetes de Tareytons, por favor. Y uno de ésos». Y después me acuerdo de lo que me costó encontrar las pilas. Y después me acuerdo de que lo usé muy pocas veces y de que me parecía más ridículo que sexy. Y eso fue todo. (Casi). Hasta que una noche, en que me sentía «intrépido» (para ser yo) lo usé con un amigo y experimenté una sensación de poder bastante gratificante.
Me acuerdo de sanas fantasías sobre estar locamente enamorado de un joven hippie rubio, y sobrevivir juntos en el campo, todo el día montando desnudos a caballo, parando de vez en cuando para hacer el amor bajo el sol, en medio de vastos y bellos campos.
Me acuerdo de fantasías tipo «estar a solas con J. J. Mitchell en un albergue de montaña en temporada baja» que daban bastante buen resultado.
Me acuerdo de, justo antes de correrme, fantasías en primer plano de grandes pollas rosas saliendo de abultados calzoncillos, ansiosas por ser atendidas y echando chorros de humeante blanco en mi boca, y la nariz enterrada en una maraña de pelo púbico húmedo.