Me acuerdo

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Me acuerdo

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Me acuerdo de, por la mañana (ya en la vida real), los «chupetones».

Me acuerdo de grandes reflexiones sobre cuál sería la forma más práctica y considerada de suicidarse, si se daba el caso, y de que solía concluir que «desaparecer» sin más en el mar sería lo mejor, con el único inconveniente de la posibilidad de ser arrastrado hasta la orilla y dar un susto de muerte a algún pobre niño con su cubito y su pala.

Me acuerdo (en Oklahoma) de las aburridas representaciones de historia india de todos los años, con muchas plumas y mucho retumbar de pisadas.

Me acuerdo de la que para mí sigue siendo una misteriosa asociación entre la música de las pelis de vaqueros y unos grasientos huevos en un diner un domingo por la mañana.

Me acuerdo de las «citas dobles» y de «pagar a escote», y de firmar las escayolas de las piernas rotas.

Me acuerdo del «close dancing», ambos con los brazos colgando a los lados.

Me acuerdo de los monederos de goma roja que se abrían como unos labios, apretándolos.

Me acuerdo de un niño que podía beberse una coca-cola de un solo trago, seguido de un largo y sonoro eructo.

Me acuerdo de, justo a las afueras de la ciudad, los puestecillos de petardos y cohetes para las fiestas.

Me acuerdo de (baloncesto) la frustración total aprendiendo a driblar.

Me acuerdo de que me parecía muy misterioso que los bailarines de ballet no se rompiesen los dedos de los pies haciendo las cosas que hacían.

Me acuerdo de las tiendas de discos con cabinas de cristal en las que podías oír los discos antes de comprarlos, o no.

Me acuerdo, en las tiendas de diez centavos, de los caballos de «bronce» en todos los tamaños, del más pequeño al más grande, con unas riendas hechas como de cadenas.

Me acuerdo de las muñequitas que vendían en los circos y que tenían un palo para cogerlas y estaban rellenas de plumas, y de lo rápido que se les llenaba la cara de bollos.

Me acuerdo del mikado, del juego de la pulga, del «¿Te echo las cartas? Pues toma, cógelas» y de la «guerra».

Me acuerdo de las historias sobre peligrosas escopetillas de juguete con las que los niños perdían ojos enteros.

Me acuerdo de que me decepcionó mucho la cosa esa de relleno gris con pequeñas motas rojas que descubrí dentro de la barriga de un viejo osito de peluche.

Me acuerdo de dar vueltas y vueltas muy rápido hasta que no te tienes en pie.

Me acuerdo de emprender grandes batidas de moscas, y de llevar una detallada cuenta del número de bajas.

Me acuerdo de los guantes de vestir de croché que sólo llegaban hasta la mitad de los dedos.

Me acuerdo de las reuniones del tupperware.

Me acuerdo de chistes sobre viajantes que no entendía, pero que aun así me resultaban graciosos.

Me acuerdo de los chistes de «Pom, pom». Y de los chistes de polacos. Y de un chiste de caníbales en plan «¿Te gustó la sopa de mamá?», y la respuesta «Sí, pero la voy a extrañar».

Me acuerdo del juego de la botella y del juego del cartero.

Me acuerdo de los guiones en lugar de palabras guarras en los libros para adultos.

Me acuerdo de, cuando un pedo embarga toda una habitación, intentar aparentar que yo no he sido, incluso cuando, en realidad, yo no he sido.

Me acuerdo de la forma que tiene de plegársete sobre el dedo una mano de bebé, como si fuese para siempre.

Me acuerdo de las distintas formas que tiene la gente de no comerse la corteza de las tostadas.

Me acuerdo de las fantasías con el Dr. Brown, con luces brillantes e instrumental plateado, y «exploraciones» clínicas que acababan en un magreo más serio sobre la camilla de reconocimiento.

Me acuerdo de Christine Keelery el caso Profumo.

Me acuerdo de historias sobre lo mucho que le gustaba a L. B. Johnson mantener conferencias privadas mientras estaba en el váter.

Me acuerdo del rumor sobre que James Dean experimentaba placer quemándose el cuerpo con cigarrillos.

Me acuerdo de fantasear sobre lo que le diría a cierto crítico que una vez me hizo una crítica de lo más rastrera (por no decir estúpida) en el caso de encontrármelo en alguna fiesta o algo así.

Me acuerdo de extraños «momentos» de ascensor.

Me acuerdo de cuando los dos reposabrazos de tu butaca tienen codos encima.

Me acuerdo de hacer dibujos en la oscuridad moviendo muy rápido un cigarro encendido.

Me acuerdo de (inquietante) cuando de repente alguien que conoces muy bien se vuelve durante un instante un completo extraño.

Me acuerdo de (fumado) ir a coger un porro que todavía no te están pasando.

Me acuerdo de cuando (fumado) el pensamiento más profundo del mundo se te evapora antes de encontrar un lápiz.

Me acuerdo de (de noche) repasar desesperadamente (por no decir infructuosamente) la agenda telefónica.

Me acuerdo de lo tonto que parece todo por la mañana (de nuevo).

Me acuerdo de levantarme todas las mañanas a una misma hora para cruzarme por el camino con un chaval que iba a trabajar. Por fin una mañana le dije «hola» y, desde entonces, siempre nos decíamos «hola». Pero la cosa no pasó de ahí.

Me acuerdo de tomar la hostia y de lo difícil que era no reírse.

Me acuerdo de sonreír con las malas noticias. (Y sigo haciéndolo a veces). No puedo evitarlo. Me sale así.

Me acuerdo de que en nuestra parroquia se decía que, cuando en la Biblia ponía «vino», en realidad quería decir «mosto». Así que en la comunión tomábamos mosto. Y unas obleas blancas redondas y finas como papel que estaban muy buenas. Igual que el papel. Una vez me encontré todo un tarro lleno en un armarito de la sala del coro y me comí un montón. Cuando te comías un montón no estaban tan buenas como cuando te comías sólo una.

Me acuerdo del momento exacto, durante la eucaristía, en que era más difícil aguantarse la risa. Era cuando tenías que sacar la lengua y el pastor te ponía la hostia encima.

Me acuerdo de que una forma de aguantarse la risa durante la eucaristía era concentrarse en algo muy aburrido. Por ejemplo, en cómo funciona el motor de un avión. O en troncos de árboles.

Me acuerdo de las películas que nos ponían en el colegio sobre chicos que bebían y tomaban drogas y luego tenían un accidente de coche y moría una chica.

Me acuerdo de un día en clase de psicología en que el profesor dijo que levantase la mano quien evacuase con regularidad. No me acuerdo de si evacuaba con regularidad o no, pero me acuerdo de que levanté la mano.

Me acuerdo de que me cambié el nombre por el de Bo Jainard durante una semana o así.

Me acuerdo de que me era imposible pronunciar la palabra «mirror».

Me acuerdo de querer cambiarme el nombre por Jacques Bernard.

Me acuerdo de cuando firmaba mis cuadros poniendo «Por Joe».

Me acuerdo de un sueño en el que conocía a un hombre hecho de un queso amarillo muy blando, y cuando fui a darle la mano, me quedé con todo su brazo.

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