María de Magdala
LIBRO PRIMERO » Capítulo VIII
Página 12 de 65
Capítulo VIII
… YA NO SE TRATA DE UNA SERPIENTE. ENCONTRAREMOS EN ÉL A UN LOBO… ELLA LUCHÓ CUANTO PUDO, PERO, AL FINAL, EL LOBO LA DEVORÓ…
Cuando dejó caer su palla, de color amarillo oro, se oyó la risa de uno de los romanos. Acordándose de lo que dijera Tetis, la Magdalena se irguió y se sonrojó de cólera, pero como la música arrastrara su cuerpo, echó la cabeza hacia atrás con su gesto de desafío acostumbrado, y se lanzó a la danza.
La suya no era un sencillo ejercicio de provocación, concebido para inflamar el deseo en el hombre. Con el instinto sutil que caracteriza al verdadero artista, María había comprendido que no debía intentar competir con las actitudes y los modales, cuya intención resultaba demasiado evidente, que formaban parte del repertorio de las danzarinas profesionales. Por el contrario, hizo de su cuerpo un vibrante poema de belleza, que, en el fondo de sí misma, quería dedicar a aquel admirable país de Galilea.
Unas veces parecía un viento huracanado que, descendiendo por los acantilados, agitara las aguas del río y obligara a los pescadores a regresar a la orilla. Otras era como la lluvia de Marehsvan, que hincha la piel tersa de la uva y moja el suelo recién arado, dejándolo presto a recibir el grano del sembrador, la lluvia que reverdece la hierba y otorga nueva vida a los olivos y asegura la abundancia de melones y fruta en el valle de Genesaret.
Después, cuando las flautas dejan oír sus arpegios[10], agudos y ligeros, y las cuerdas sus deliciosas armonías, la escena vuelve a cambiar. Su cuerpo, flexible, frágil y esbelto y de un encanto insuperable, dentro de sus vestiduras de seda casi castas, su cuerpo explicaba la felicidad de los niños que juegan sobre la hierba húmeda, gozando de su frescura después del chaparrón; sus pies, casi tan ligeros como si la alegría les hubiera dado alas, la felicidad de los niños que se abandonaban a la caricia del sol redimido de su cárcel de nubes.
María se sentía tan dominada por sus emociones y las representaba con tanto arte, que con ayuda de la música, los espectadores podían ver, sentir y oír todo cuanto sugerían y explicaban a la vez; el joven cuerpo y la música, su embriaguez misma no conseguía aislarlos por completo de aquel hechizo viviente.
Sólo Gayo Flaco parecía aburrirse y se agitaba sobre su lecho como si tuviera prisa de que la danza terminara pronto.
Alzado sobre un codo, Herodes Antipas miraba intensamente a María, y sus ojos parecían enternecidos por algún recuerdo límpido e infantil, mientras que Poncio Pilatos había perdido por el momento la expresión de fatiga desdeñosa que le era habitual.
Ahora el tono y el sentido de la danza cambiaron de nuevo, pero de manera tan gradual que apenas se percibía; el sol se ponía en el lago y, bajo la bienhechora protección de las sombras, un joven y una muchacha, enamorados, se encontraban.
Con timidez al principio, y después con una creciente audacia, mientras una mano se tendía a otra mano, y un corazón se acercaba a otro corazón, la conciencia profunda del uno conquistaba al otro; cada paso, de una gracia exquisita, cada emocionante actitud demostraban la alegría exultante de sus almas jóvenes. La cabeza de María, inclinada hacia atrás, con los labios entreabiertos y ofrendados, dibujaba su tierna aventura, confesaba sus esperanzas y los delicados estímulos respondían al cariñoso temor. El final era una redención feliz: el muchacho atraía a la joven contra su corazón y encontraba, dispuestos a acoger a los suyos, los labios firmes y acariciadores.
La historia terminaba con la misma dulzura con que comenzó, y después de aquel primer beso, María permaneció en pie, inmóvil, perdida en la atmósfera que ella misma había creado, como una pálida flor recién abierta en un jardín de ensueño y que se nutría de su propio amor…
Un estallido de aplausos y de exclamaciones entusiastas surgió espontáneamente, mientras María, con toda la lozanía de su gracia joven, saludaba profundamente al Gobernador y resbalaba hasta el suelo ante el lecho donde estaba estirado. De entre los pliegues de su vestido, Poncio Pilatos extrajo una pequeña bolsa que lanzó sobre las losas de mármol, al lado de ella. Al oír su tintineo metálico, la Magdalena dedujo que estaba llena de monedas… quizá contuviera más de los mil sestercios esperados… Con un movimiento rápido y gracioso recogió la bolsa y, corriendo hacia el fondo de la sala, hacia la alcoba donde estaban los músicos, lanzó el pequeño saquito de cuero hacia Hadja, que lo atrapó hábilmente al vuelo.
Pronto los nabateos alzaron de nuevo sus instrumentos y el jefe de la pequeña orquesta hizo sonar una cuerda de su cítara, cuyas vibraciones flotaron durante un largo momento por la sala, y los muros adornados con las bacanales devolvían la emocionante armonía como ecos. El cimbalero chocó uno contra otro sus discos de metal pulido y marcó el ritmo golpeando las scabella contra el mármol, desencadenando un huracán de sonidos. Esta vez era la música de la salvaje danza del desierto, que María ejecutaba en las calles de Tiberíades. Rápidamente desanudó el chal de seda blanca y sus cabellos se desbordaron sobre sus hombros como un torrente de cobre en fusión que subrayaba la palidez de su tez y la blancura perfecta de su stola plisada. Erguida, sosteniéndose sobre las puntas de los pies, parecía, en verdad, como había dicho Hadja, «La llama viviente», una columna de fuego para incendiar el corazón de los hombres, un cántico de una belleza hosca que lograba ser, a la vez, tan tierna como los primeros escalofríos de amor de una joven virgen.
Sostenido por la música, el cuerpo de la muchacha se lanzó a los pasos de la danza del desierto, la danza de los nómadas que corren bajo la tempestad de arena y duermen por la noche bajo las palmeras si encuentran el menor charco verde en el suelo árido y ardiente. La danza era por sí misma demasiado fatigosa para durar mucho rato: para los espectadores también, ya que los movimientos eran tan rápidos que los ojos de los romanos no lograban seguirla.
Al terminar permaneció unos segundos en la misma actitud que al principio; recibió así los aplausos y los «bravos» de los espectadores y desapareció por la puerta lateral.
Jadeante y temblando a causa de la exaltación que le producía su triunfo, María se apoyó contra la puerta. La habitación estaba vacía. Tetis se había marchado. Era lo que ella esperaba, porque aquellos minutos embriagadores debían ser saboreados en silencio y soledad. Conocía por instinto lo que saben las actrices de oficio cuando una representación «ha conseguido interesar». Se dirigió hacia el gran espejo y gozó una vez más con la contemplación de la belleza de su cuerpo esbelto; sus cabellos estaban esparcidos, el ardor de la danza los había alborotado. Se sentó frente a la mesita tocador y se dispuso a peinarlos con un peine de marfil que encontró allí. Ocupada en esta operación minuciosa no se dio cuenta de que la puerta que daba al corredor acababa de abrirse hasta que vio al lado de su imagen la de Gayo Flaco, que le sonreía en el espejo.
—No temas, muchacha —le dijo—. Sólo he venido a felicitarte por lo magníficamente que has danzado y, además, para entregarte esto.
(Le entregó una segunda bolsita de cuero, tan llena de monedas como la primera. Sin dejar de mirarle, cogió el saquito y lo deslizó en el bolsillo de su traje de calle, que colgaba del respaldo de la silla). El joven tomó un almohadón y se sentó en el suelo, a sus pies:
—¡Te lo aseguro! Tu danza era maravillosa.
—Sois demasiado bueno —dijo ella, prudente.
—No. Es cierto. Lo creo así —insistió él—. Haces que Tetis parezca tan pesada como una vaca.
—Tetis es muy linda.
Él añadió con una mirada burlona y brillante:
—¿Quién podría fijarse en ella si tiene la ocasión de admirar una belleza verdadera? Su cuerpo está bien formado, es cierto, pero carece de alma.
Sonrió y después dijo:
—Bien, dejemos la cortesía. Debes de tener apetito.
En la excitación de los preparativos para ir a Tiberíades, María se había olvidado de comer. De pronto se dio cuenta de que sentía mucho apetito, pero la idea de tener que ir a la sala donde permanecían los romanos embriagados le repugnó, y se apartó de la puerta. Él vio aquel movimiento involuntario:
—¡No! Ahí no, claro. Voy a ordenar que coloquen una mesa en otra habitación.
—¿Y mis músicos? Ya deben de estar preparados para regresar a Magdala.
—Ahora están comiendo. Les he hecho avisar que cenarías aquí.
Ella vaciló, pero en realidad no veía qué mal podía existir en permanecer allí unos minutos más; y sentía tanta hambre…
—¿Todavía me tienes miedo? —preguntó Gayo sonriendo—. ¡Ya ves que no soy un ogro que se come a las niñas!
Ella no pudo aguantar la risa; tan ridícula le parecía la comparación entre un hombre tan perfectamente guapo y un ogro. Tomó la mano que él tendía.
—Sin embargo, deberé darme prisa —insistió ella—. Demetrio estará preocupado hasta mi regreso.
—Las dos bolsas le harán olvidar su espera. Además, llevas cuatro guardias de corps altísimos.
Mientras la conducía a lo largo del corredor, María se repetía que sus temores eran absurdos. Y, además, resultaba emocionante ser servida por un hombre tan bello. Era incapaz de impedir que su pulso latiera más de prisa al contacto de la fuerte mano en su brazo. Pensó maliciosamente en la cara que pondría José cuando al día siguiente le contara sus diversas experiencias en el palacio del Procurador.
La habitación donde Gayo Flaco la introdujo no era grande, pero sí lujosamente amueblada y decorada. Pesadas cortinas disimulaban las ventanas, impidiendo que penetrara el aire de la noche, con tanta razón temido por los romanos y los galileos —¡en este punto estaban de acuerdo!— en la malsana ciudad de Herodes. Un amplio lecho en el que se amontonaban los almohadones ocupaba casi la mitad de la habitación, y la puerta abierta de un gran armario permitía ver, colgados en buen orden, una cantidad de uniformes púrpura y blanco a que tan aficionados eran los opulentos oficiales del ejército romano.
—¿Es éste vuestro dormitorio? —preguntó ella, repentinamente alarmada.
—Sí, pero no tienes por qué asustarte. Mira: han servido la mesa para ti.
Tomó en el muro una antorcha y dio la vuelta a la habitación encendiendo otras, de manera que en seguida la estancia quedó iluminada magníficamente.
—Si esto no te tranquiliza…
Mientras hablaba, Magdalena alzó la tapadera de plata de una de las fuentes colocadas en una mesa baja y aspiró el apetitoso aroma que despedía.
—¡Qué bien huele! —exclamó a pesar suyo.
—Entonces, ¿qué esperas? Come —le aconsejó, mitad sonriente y mitad nervioso—. Si yo hubiera trabajado tanto como tú esta noche, te juro que no me quedaría tiempo ni para dudar.
Ella, por consiguiente, no vaciló más.
Allí había de todo cuanto podía agradar a una joven, incluyendo algunos manjares de los que no tenía ni idea, cuyo gusto, apariencia e incluso existencia ignoraba. En un plato separado se veían arreglados, de manera atractiva como para tentar el gusto, los antecena o gustus, delgadas lonchas de pescado ahumado, almendras saladas, rábanos rosados y tiernos, colocados sobre verdes corazones de lechugas, todo ello bien arreglado para «abrir el apetito». Esto y el apetito que ella ya traía hicieron que se lanzara con entusiasmo a la tarea más urgente: ¡comer!
Mientras ella comía aprisa, Gayo vertía en un cubilete de cristal, esbelto como un lirio, una mezcla de vino dulce y miel, denominado mulsum.
La cena —el plato principal— estaba compuesta de trozos blandos de buey asado y suavemente especiado, adornados con legumbres suculentas y tiernísimas del llano de Genesaret.
Ella rechazó el vino de un segundo jarro, ya que sentía que su cabeza comenzaba a flotar un poco a causa del mulsum, pero no resistió a los pasteles salpicados de avellanas, que constituía la segunda y última parte de la cena, mensa secunda, según decían los romanos.
Siempre sentado a sus pies, Gayo Flaco alzaba las tapaderas de los platos para que ella pudiera probarlos, y los colocaba a un lado cuando terminaba. Finalmente no pudo comer más y él le tendió, para que se limpiara los labios y los dedos, una servilleta del tejido más fino que hubiera visto nunca. Después, satisfecha, hizo una aspiración honda.
¿Sería el vino? ¿Sería el efecto de los elogios y de la admiración?
El caso era que sentía un ligero vértigo. No desagradable, en realidad. Ni por un instante se le ocurrió pensar que pudiera ser provocado por algo distinto. Más peligroso.
—¿Le ha gustado la cena? —preguntó el joven tribuno.
—¡Oh! ¡Ha sido deliciosa!
Con la mayor dulzura y simpatía, le preguntó de nuevo:
—¿La he ofendido de alguna manera?
Ella le miró amistosa:
—¡Claro que no! Sin embargo, ahora tengo que irme. Demetrio debe de estar preguntándose qué hago…
Él le cogió ambas manos y la ayudó a ponerse en pie. Ella se encontraba muy cerca de él, más cerca de lo debido, y no lo ignoraba. No obstante, un sentimiento de euforia, de audacia y de aventura la impedía apartarse. Y, como él le sonriera desde lo alto, su ancho pecho tocaba los hombros de la muchacha y ella sintió que las piernas le flaqueaban. Le pareció que el aire se detenía en su garganta y sintió un impulso casi incontenible de apretarse contra él.
—Tengo… que… irme —dijo sin hacer un movimiento para separarse de él.
—¿No me merezco, cuando menos, la recompensa de un beso? Te he ayudado a obtener una exhibición de danza en el palacio del Procurador. Herodes y Poncio Pilatos han quedado encantados contigo, y su favor te puede ser muy útil.
En el fondo de sí misma, siempre supo que Gayo Flaco había persuadido a su tío a que la invitara a danzar y a cenar.
Era una parte del exquisito escalofrío de aventura, e incluso de peligro, que caracterizaba aquella velada. Además, la bolsa que le lanzó a Hadja contenía mucho más dinero del que había existido en casa de Demetrio desde que ella lo conociera y, generosa por naturaleza, era natural que sintiera un gran agradecimiento hacia el bello joven que hiciera posible todo aquello.
Por otra parte, ella se decía, para intentar apaciguar su corazón que tocaba a rebato, que no podía suceder gran daño permitiendo que la besara, sobre todo cuando se confesaba honradamente que sentía un vivo deseo de ser besada por él.
Gayo Flaco, al leer en su rostro que estaba tentada a ceder, la atrajo suavemente hacia sí. Sin embargo, cuando en su ingenuidad le tendió la mejilla, él la besó brutalmente en la boca y sus brazos la enlazaron estrechamente. María había visto ya lucir la pasión en los ojos de los hombres mientras danzaba, pero nunca estuvo tan cerca de ella como ahora. Enternecida por el choque que le produjera la boca de Gayo apoyándose en la suya, sus manos que recorrían todo su cuerpo por encima del delgado tejido de su traje, más estremecida aún por la respuesta de su propio cuerpo a la atracción puramente animal de aquel abrazo, se sintió paralizada durante unos segundos.
Gayo Flaco había montado hábilmente su plan y hasta el momento todo salía de acuerdo con sus previsiones. Sin embargo, cuando notó que por un segundo ella cedía, aunque ya lo esperase, una oleada de furioso deseo ascendió por él, barriendo toda prudencia. Ella sintió que la sangre le latía en las sienes y en el pecho, y comprendió al fin que aquella sensación extraña que experimentaba, procedía más de aquellos brazos fuertes que la apretaban que del vino que había bebido. Sin saber tan siquiera lo que hacía, rodeó su cuello con sus brazos, se abandonó contra él y su boca accedió al ardor desconocido que palpitaba en ella.
Luchando contra la violencia de su propio deseo y sabiendo que no debía ceder a él, María no se dio cuenta inmediata de lo que sucedía. Cuando lo comprendió, todo su ardor se transformó en una oleada de repugnancia y de miedo.
Con un gran esfuerzo se libró de la boca de Gayo y consiguió por un instante desprenderse de su abrazo; pero el hombre de ahora ya no era el mismo que la había servido con una tan galante delicadeza mientras cenaba. El bello y viril muchacho se había convertido en un macho brutal. El armonioso rostro ya sólo era una máscara, deformada por la lujuria, y aquellos ojos inyectados en sangre eran los de un hombre que se hubiera vuelto repentinamente loco. E incluso loco furioso.
Gritó, luchó y volvió a gritar, pero las espesas cortinas amortiguaban sus voces. ¿Y quién, en el palacio, se hubiera arriesgado a intervenir entre el sobrino del Procurador y su presa?
Las fuerzas de María la abandonaban rápidamente, y además, se sintió llena de pánico al comprender el porqué de su vértigo.
El vino de mandrágora había retrasado su desvanecimiento, pero su efecto había pasado y lo que sentía ahora era el «aura» que precedía al síncope. Era ya incapaz de mover un solo miembro y cuando quiso volver a gritar ningún sonido salió de su garganta, pues sus sentidos habían perdido todo contacto con la realidad.
Entonces…
Entonces, por una gracia misericordiosa, María de Magdala se hundió en la inconsciencia…