María de Magdala
LIBRO PRIMERO » Capítulo IX
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Capítulo IX
EN EL QUE POR PRIMERA VEZ SE VE A JOSÉ OBLIGADO A «CAMINAR POR LA ORILLA DEL AGUA»…
Cuando el «nomenclátor» pasó por casa de José, éste ya hacía rato que había partido. Dejó, por consiguiente, un mensaje a la madre del aprendiz, advirtiéndola que avisara lo más pronto posible al muchacho de que Claudia Prócula, la esposa del Procurador, lo esperaba.
Por fin, al caer la tarde, logró encontrar a su hijo en la casa de Eleazar, y ya era de noche cuando José ató su mula a un árbol fuera de la muralla de la villa. Cuando descargó el nartik, el paquete que contenía sus instrumentos, así como el tarro de las sanguijuelas, vio que otra mula enganchada a un carro permanecía atada en el mismo bosquecillo, pero no le prestó mayor atención, preocupado por la acogida que iba a tener, pues creía que Poncio Pilatos estaría furioso por la lentitud con que respondía a su convocatoria su sanguijuelero preferido.
El tocador donde José fue introducido era reducido y exquisito, como aquélla a quien pertenecía: la esposa de Pilatos le recordaba siempre las delicadas estatuillas que, viniendo de los países situados más allá del mar Oriental, se encontraban a veces en venta en el mercado de Tiberíades. Cada rasgo de su encantador rostro demostraba su pureza patricia, ya que por sus venas corría sangre de la descendencia imperial Julio-Claudiana.
Sin embargo, sus ojos poseían un color y una dulzura comprensiva que no siempre caracterizara a los miembros de aquella descendencia, en conjunto más odiada que amada.
Cuando José comprendió que no estaba enfadada por su retraso, lanzó un suspiro de alivio.
—Estuve haciendo el recorrido de mis enfermos —explicó él—, y hasta hace una hora no recibí el mensaje del Procurador.
Claudia Prócula sonrió:
—Soy yo la que tendría que excusarse por haceros venir ya de noche. Ya sé lo que vosotros, judíos piadosos, pensáis de Tiberíades.
—Podría suceder —admitió José— que el chazan de mi sinagoga no lo comprendiera, pero yo estoy convencido de que el alivio de mis enfermos debe anteponerse a las sutilezas de la ley.
Prócula lo miró, atenta y sorprendida: resultaba cosa por completo excepcional que un judío devoto permitiera a nadie interponerse entre él y su amada ley. Aquel joven colocador de sanguijuelas, serio y de excelentes modales, estaba, con seguridad, muy por encima del término medio de los judíos con quienes, por una razón u otra, ella se relacionaba. Su rostro, además, señalaba que pertenecía a una excelente raza.
—Lo que me preocupa es mi brazo izquierdo —dijo ella alzando su manga para mostrarle una tumefacción inflamada cerca del hombro.
José reconoció en seguida la naturaleza del mal; había tenido ocasión de cuidar accidentes análogos. La picadura de un insecto o un grano que se excoriara, bastaban a provocar una hinchazón dolorosa y una fiebre que podían durar, a veces, varios días, a menos que el pus saliera y expulsara el veneno contra el cual la carne reaccionaba con tanta violencia.
Claudia Prócula preguntó con voz vacilante:
—¿Podéis darme algo para atenuar el dolor?
José palpó suavemente la hinchazón. Tal como esperaba, la encontró fluctuante, lo cual indicaba una supuración debajo de la piel.
Respondió:
—Hipócrates ha dicho que los males que no cura la medicina, puede curarlos el cuchillo.
—¡El cuchillo! —protestó la joven—. Pero ¡dejará una cicatriz!
—Mucho menor, con toda seguridad, que si el mal es abandonado a sí mismo, ya que hará estallar la piel en forma de estrella cuando el absceso esté maduro y deba vaciarse. Lo que, además, será mucho más largo y más doloroso que si llevo a cabo la incisión en seguida.
—En ese caso —decidió ella—, abrid pronto, porque ya hace dos noches que no duermo.
—Esta noche dormiréis —prometió José, abriendo su paquete.
Ensayó el bisturí en su pulgar: seguía teniendo aquel corte de hoja de navaja que sólo se obtiene con instrumentos forjados con el acero más fino de Damasco. Cada mañana, antes de salir de su domicilio, afilaba cuidadosamente sus cuchillos.
Sacó del nartik un puñado de aquella lana lavada que servía para las curas y extendió un trapo limpio debajo del brazo enfermo. Con un signo advirtió a Prócula que estaba preparado.
Ella se mordió muy fuerte el labio inferior y él hundió tan rápidamente el bisturí en la piel enrojecida y brillante, que Claudia apenas tuvo tiempo de lanzar un gemido, que le arrancó más el chorro de materia purulenta mezclada con sangre, que el dolor, ya que casi no notaba nada en la piel y la incisión sólo duró un segundo. El absceso había sido hendido en toda su anchura, con objeto de que vaciara totalmente la infección antes de que la piel se volviera a cerrar.
—¿Le he hecho mucho daño? —preguntó él colocando con habilidad sobre la herida un poco de lana lavada.
—¡Oh!, no… nunca hubiera creído que pudiera sentirme aliviada tan pronto.
—Si queréis ordenar a una de vuestras sirvientas que traiga un poco de vino —sugirió—, os prepararé una droga que podéis tomar antes de acostaros y con la que pasaréis una buena noche durmiendo.
Claudia Prócula dio la orden necesaria e hizo que, al mismo tiempo, trajeran un plato para el joven médico:
—Apostaría a que os apresurasteis tanto a descender a Tiberíades, que no habréis comido.
Lo admitió, sin dudar, y mientras ella esperaba el efecto de su poción somnífera y él comía con verdadera satisfacción aquellos alimentos excelentes, respondió a las preguntas amistosas de la joven y le habló de su ambición, que consistía en estudiar medicina en Alejandría y después regresar a Judea para que los suyos pudieran beneficiarse de conocimientos médicos más sanos y más modernos.
—Recuerdo aquel tiempo en que tenía vuestra edad —dijo ella con melancolía—. ¡Qué fáciles de realizar parecían entonces los sueños!
—Pero ¿qué más puede desear la esposa del Procurador? —protestó él—. No es un secreto que todos los que se acercan a ella, la aman.
—No podéis saber lo que es aspirar a volver a vivir en Roma y todo lo que añora la mujer que ha pasado en Roma la mayor parte de su vida. Además, el clima de Cesárea casi no me permite respirar. Tiberíades me sienta mejor, pero ni aun aquí me encuentro del todo bien…
El interés de José se despertó en seguida:
—¿Sentís la misma molestia en la montaña?
—Con menos intensidad. Cierta vez tuvimos ocasión de efectuar un viaje por el desierto y allí me sentí completamente bien. ¡Pero el Procurador de Judea no podía vivir en el desierto!…
A veces casi me ahogo…
José había visto más de un caso parecido. Algunos quemaban hojas aromáticas, tales como eucalipto, y respiraban su humo; otros inhalaban el vapor de un agua hirviendo en la cual se vertieran aceites aromáticos, aceite de alhucema, por ejemplo, nardo o mirra. Se trataba de paliativos y no existía remedio alguno conocido que curara por completo aquella enfermedad, que unas veces llegaba a costar la vida y otras desaparecía sin que se supiera el motivo…
La sirvienta de Prócula fue en busca de una bolsa para José, quien, por su parte, arreglaba y empaquetaba su nartik.
De pronto, desde la habitación contigua se elevó la queja de un niño. Había oído hablar de un hijo de Poncio Pilatos, que el pueblo no veía jamás, pues, según se decía, era deforme, pero José nunca tuvo el más leve motivo para creer que los rumores fueran fundados.
Un cierto miedo apareció en los ojos de Prócula, lo que le dio la evidencia de que lo que se rumoreaba no era mentira.
Antes de que la joven pudiera decir una palabra, entró Poncio Pilatos, sin fijarse, de momento, en José. Preguntó:
—¿Ha venido el colocador de sanguijuelas, querida?
Después, fijándose en el vendaje:
—Sí, ya veo que ha estado aquí. ¿Te sientes mejor?
Ella consiguió sonreír:
—Mucho mejor desde que me han curado. José está aún aquí, termina de ordenar sus instrumentos y se iba a marchar.
Pilatos se volvió y vio al joven médico.
—¡Tardaste mucho en venir! —dijo en tono seco.
—Me encontraba visitando a mis enfermos. En cuanto me dieron vuestro mensaje, me apresuré a venir.
La queja del niño se alzó de nuevo en la habitación contigua y Pilatos pareció quedarse helado. José, que contemplaba su rostro, vio ascender a él una expresión de angustia, casi de desfallecimiento. La tragedia parecía habitar aquel palacio; una tragedia, clave quizá de la conducta de aquel hombre extraño que gobernaba Judea por cuenta de Roma.
Los ojos de Pilatos se posaron en los de José; habló con lentitud, y con tono de fría amenaza:
—¡Otros hombres han muerto por saber menos de lo que tú acabas de enterarte!
—¡No, Poncio! —exclamó Claudia—. ¡No! José es un hombre de bien.
—¡Dime! —El Procurador se iba poniendo furioso—. ¿Qué se dice de Poncio Pilatos en Jerusalén y en Judea? ¿Se dice que tiene un hijo que es un monstruo?
—Yo no escucho jamás las vanas habladurías —respondió tranquilamente el muchacho—. La vida es un don del Altísimo, y yo no discuto nunca la manera como Él la da.
Pilatos lo contempló durante un momento:
—Quizá tengas razón. Entra y mira.
La habitación donde entró era un dormitorio de niño: un pequeño estaba acostado en un lecho bajo, colocado en un rincón; acababa de dormirse. Tres años quizá y encantador.
Una miniatura del rostro de su madre, la misma tez fresca, la misma gracia patricia en los rasgos bajo los mismos cabellos claros. La mano de Pilatos alzó con prudente dulzura la manta ligera, y José, que admiraba al chiquillo, comprendió la amargura del Procurador, ya que un pie deforme prolongaba casi en línea recta la pierna, y los dedos alargaban del mismo modo el pequeño pie, como si lo hubieran estirado hacia abajo; en suma, un caso típico de pie contrahecho.
—Posees una cierta reputación de saber curar —dijo Pilatos—. ¿Serías capaz de arreglar este pie?
De mala gana y sintiéndolo, José movió negativamente la cabeza. Después sugirió:
—Se dice que pueden fabricarse botas de suela gruesa y moldeadas al pie, que permiten a los niños aprender a andar…
—¡El hijo de un soldado! —estalló Pilatos—. ¡Mi pequeño Pila obligado a saltar, a arrastrarse, como un mendigo!…
Abría y cerraba nerviosamente los puños. Después cogió al aprendiz por su ropa y lo sacudió:
—¿Tu Dios no es capaz de curar esta enfermedad? Tú eres judío; di: ¿es capaz?
José farfulló:
—El Señor es bueno y compasivo… Tan grande como el Cielo, que se encuentra por encima de la tierra… así es la piedad del Señor hacia los hombres…
Las manos de Pilatos se abrieron y cayeron a los costados.
Se volvió hacia el pequeño lecho y volvió a colocar la manta sobre el niño dormido. Sus gestos eran tiernos, sus manos eran suaves y, visiblemente, a despecho de su decepción y de su amargura, amaba al precioso niño deforme.
—No temo a ningún dios —dijo, incorporándose despacio—. No temo a los dioses porque no existen dioses que temer.
El único dios del hombre es la verdad. Y aun ¿qué es la verdad?
»La verdad está en el corazón de los hombres y no en los dioses a quienes adoran. Ya sé que los judíos dicen que la desgracia de mi hijo me fue enviada porque mandé crucificar a algunos de los suyos que contravinieron las leyes de Roma.
Pero —su voz furiosa subió unos tonos— los vomito a todos, exactamente como vomito a todos vuestros sacerdotes que intrigan con la esperanza de obligarme a abandonar (voluntariamente o no). Judea y nombrar rey en mi lugar a Antipas.
No he terminado aún de demostrarles quién gobierna Judea.
—Mi querido señor —dijo dulcemente Prócula—. José tiene que recorrer mucho camino y me ha dado una poción para dormir…
—Tienes razón, querida —dijo vivamente el Procurador—. Vamos a dejarte.
Tomó la bolsa que le trajera la sirviente y se la tendió a José con una insistente recomendación:
—Vigila tu lengua sobre lo que viste esta noche, colocador de sanguijuelas. Soy generoso con quien me sirve bien, pero quien me traiciona, muere.
—Cualquier cosa que vea de la vida de la gente a quien visito, lo considero un secreto y no lo divulgo nunca a nadie.
Pilatos hizo un gesto de aprobación:
—El juramento de Hipócrates. Cúmplelo. Sacarás de ello provecho.
El corazón de José se sintió ligero en su pecho cuando desató su mula, dejada en el bosquecillo, cerca de la tapia de la villa.
El trabajo de aquella noche le había sido muy bien pagado y, cosa más importante todavía, Pilatos le había prometido su apoyo a cambio de su discreción respecto al secreto del niño Pila y de su pie deforme.
La historia del gobierno de Pilatos demostraba que su favor poseía un precio y que su ira podía conducir a la muerte súbita o a la agonía de la crucifixión, método de condena a muerte por el que los romanos marcaban una evidente predilección.
Pero José sabía que no existía en él la menor intención de ofender a un Procurador suspicaz. Con clientes tan generosos, contaría antes de lo imaginado con el dinero necesario para ir a Alejandría, pero esta consideración no influía en su conducta.
Mientras sacaba la mula del bosquecillo, observó que la otra mula seguía aún allí, enganchada al carro, y se preguntó quién, a aquella hora, podía permanecer de visita en casa del Procurador, y sobre todo quién podría visitarle con tan modesto vehículo. Aunque extrañado, no pensó más en ello y partió, llevando su animal del ronzal hasta que hubo salido de la arboleda. Durante aquel corto trayecto oyó un ruido raro, algo así como gemidos de dolor de un hombre que sufriera mucho. Escuchó y localizó el ruido entre unas zarzas cercanas al camino.
Quizás hubiera sido más cuerdo no detenerse, en vista de la importancia de la suma que llevaba consigo, pero José no pasaba nunca de largo, sin mirar si podía prestar ayuda a algún ser humano que pudiera necesitarla. Sencillamente, unió la prudencia a la piedad: un sólido palo podía resultar eventualmente útil, y si su empleo no justificaba su presencia, tampoco podía dañarle.
No le costó mucho descubrir una forma tendida en la cuneta y se apresuró… sobre todo habida cuenta que una voz que le pareció conocida imploraba:
—¡En nombre de Ahura Mazda[11], ayudadme o me muero!
Dos pasos aún y a la débil luz lunar, José reconoció el rostro oscuro de perfil de halcón, la barba agrisada de Hadja, el jefe de los músicos que tocaban para María de Magdala.
Su vestido blanco estaba manchado de barro y parecía semiinconsciente.
El joven se arrodilló en seguida al lado del cuerpo extendido y, por instinto, sus dedos se dirigieron a su cabeza. Palpó el cráneo del nabateo: sangraba por un largo corte en la sien, que indicaba había sido derribado por un golpe de porra, lo cual podría ser gravísimo si el hueso se había hundido y hería el cerebro o lo comprimía. El rápido examen a que se dedicó el aprendiz de médico le demostró que no existía en ningún sitio depresión ósea alguna. Aunque ya pegajosa, la sangre estaba aún húmeda en el corte; el atentado debía de haberse cometido hacía poco. El pulso era lento y fuerte, y por consiguiente, no había que temer por la vida del herido.
José extrajo de su cinturón un pequeño frasco de vino, que llevaba siempre consigo precisamente para circunstancias parecidas a aquéllas. Sin darse siquiera cuenta, por reflejo, el nabateo tragó el líquido que le puso entre los labios; después, dándose ya cuenta de lo que sucedía, bebió ávidamente, como hombre a quien la fiebre altera.
—¿Qué le ha sucedido, Hadja?
—¿Es José de Galilea, el ponedor de sanguijuelas, el que me habla? ¡Loado sea Ahura Mazda! Aquella que tú amas está prisionera en la villa.
—¡María!… Pero ¿cómo es posible?
Hadja le contó, con palabras entrecortadas, la invitación que trajo el nomenclátor, la danza de María en la villa ante el Procurador y sus invitados, su gran éxito…
—Después el tribuno nos hizo decir que la Llama Viviente cenaba en la villa y que la esperásemos. Después nos sirvieron una cena y nos condujeron bajo escolta de soldados hasta fuera de la muralla.
¡Gayo Flaco! Evidentemente, el rapto de la danzarina sólo podía ser obra suya. Las historias que corrían por doquier sobre el libertinaje y las orgías del tribuno, acudían ahora, imperiosas e insistentes, al cerebro del joven.
—¿Por qué la abandonaste? —le preguntó con cólera.
—Dos soldados, con los sables desnudos, nos vigilaban. Intenté escaparme para volver atrás, pero uno de los vigilantes me derribó con su arma.
No cabía reprochar nada al nabateo, y aún había tenido una suerte extraordinaria de que el soldado no se sirviera de la hoja de su arma, sin lo cual Hadja ya no se encontraría con vida, y José no sabría nada… Rechazó con violencia de espíritu la rabia furiosa que se alzaba en él contra Gayo Flaco menos porque no hay que odiar que porque la cólera, que es mala consejera, le impedía reflexionar con lucidez. Hacía poco rato que Hadja había sido golpeado y sin duda no era todavía demasiado tarde para salvar a María si —condición indispensable— encontraba el modo de entrar en el palacio. El muro, demasiado alto, no le permitía intentar escalarlo. Sólo quedaba un acceso: la puerta misma por la que había salido.
El soldado de guardia quizá recordara que le viera pasar y le permitiera de nuevo la entrada.
—Voy a buscarla —le dijo al nabateo.
—¡Te matarán!
El músico se puso en pie tambaleándose y tuvo que apoyarse en un arbusto para no caer. Lo único de que fue capaz fue de insultar con profusión a todos los romanos en general y al tribuno Gayo Flaco en particular, pidiendo descendiera sobre ellos la venganza del dios supremo, Ahura, el dios-sol en persona:
—No soy más que un hombre ciego incapaz de moverse sin ser ayudado —se lamentó—. Suple mi deficiencia. Toma este cuchillo, José. ¡Quizá tengas la suerte de poder hundirlo entre las costillas romanas!
José tomó agradecido el arma de largo mango y larga hoja y la escondió entre los pliegues de su vestido. Cuando se encontró cerca de la puerta, el soldado de guardia se alzó ante él, con el sable extendido, y le obstruyó el paso:
—¿Qué te pasa, Sanguijuela? ¿No te pagaron lo suficiente?
Recuerdo haber visto una bolsa colgada a tu cinturón.
Con una rápida y ferviente plegaria mediante la cual pedía al Altísimo le perdonara su mentira y le ayudara, a pesar de ella, en su empresa, se acercó decididamente al hombre:
—Olvidé algunos de mis medicamentos; la sirvienta de Prócula me conoce bien y sabrá encontrarlos sin molestar a nadie. Son de gran valor y me agradaría no perderlos.
El guardia se alzó de hombros:
—Si verdaderamente poseen tanto valor no vacilarás, para ir a buscarlos, en entregarme una de las monedas de oro que hinchan tu bolsa, a mí, a quien la fortuna favorece menos que a ti.
Si hubiese sido necesario, José hubiera cedido de buen grado la bolsa entera para poder entrar en la villa, de manera que su regreso pareciera natural. El guardia, por su parte, pensaba en su propia seguridad, pero su ángulo de enfoque no era el mismo. Guardándose la moneda de oro que le tendiera, refunfuñó:
—¡Ve aprisa y arréglatelas para que no te vean! ¡Si supieran que te he dejado entrar, me ganaría unos latigazos!
El atrio, por el momento, aparecía vacío. Dos corredores partían de él: José sabía que el que acababa de recorrer conducía a las habitaciones de Pilatos y de su esposa. Por consiguiente, escogió el otro. Oyó música y empujó una puerta justo lo suficiente para no atraer la atención de nadie, mientras examinaba el interior de la habitación. Era el triclinium. La embriaguez y la excelente comida habían, como siempre, excitado a los invitados. Poncio Pilatos y otro romano grueso se lanzaban al rostro las estrofas de un poema erótico, con sus coronas de hojas de laurel de oro, colocadas de través.
En los otros lechos, Herodes Antipas y un invitado, a quien no conocía, abrazaban cada cual a una esclava. El quinto lecho, que evidentemente era el de Gayo Flaco, aparecía vacío, y aquella ausencia le pareció una amenaza precisa, propia a confirmar sus peores angustias, sobre todo habida cuenta de que a María no se la veía por ninguna parte.
Cerró la puerta del triclinium, sin que nadie se diera cuenta, y regresó rápidamente por el corredor hasta llegar a una puerta cerrada, que abrió: la habitación que vieran sus ojos estaba vacía, pero los vestidos de la Magdalena se hallaban en el respaldo de una silla. Los colocó bajo su brazo y cuando se disponía a volver al comedor, el ruido de una puerta le permitió resguardarse a tiempo.
Gayo Flaco salió de otra habitación, tropezando, y desapareció.
José, entonces, se apresuró hacia la habitación que el tribuno acababa de dejar: era, según toda evidencia, la suya, ya que su espada y sus insignias descansaban en una silla. El resto del cuadro le llenó de horror, ya que, desde la primera mirada, adivinó lo sucedido. Encima del lecho, pálida como la cera, se encontraba María inconsciente, pero las señales de lucha y los destrozados restos de sus vestidos esparcidos por el suelo, donde Gayo los tirara, y las magulladuras de su cuerpo, todo indicaba que la muchacha había sido ultrajada después de haberse defendido valerosamente, pero en vano.
Prohibiéndose toda mirada inútil, cubrió con la capa que llevaba el cuerpo inerte. Un examen rápido le dio la certeza de que no estaba herida de gravedad. Comprendió que debía reflexionar con rapidez, y actuar pronto, si quería salvarse, ya que el tribuno podría volver de un momento a otro. Ante todo, era necesario proteger del frío de la noche a la muchacha desvanecida, si tenía la suerte de conseguir sacarla fuera de la villa.
Arrancó una de las cortinas que cubrían las ventanas y envolvió con ella a María, mientras pensaba en la manera de salir. Resultaba imposible saltar el muro llevando a cuestas un cuerpo sin conocimiento. También era imposible pasar por delante del soldado que vigilaba la puerta. Sólo quedaba un camino de evasión —muy peligroso ciertamente—, pero era obligado, o bien salir por el lago o aceptar la muerte dejando a la muchacha de Magdala en manos de aquellos que su profanador iba a lanzar sobre sus huellas.
José ignoraba por completo la profundidad del agua en el punto en que el muro entraba en el lago. Si podía andar, tanto mejor. Si era preciso nadar, nadaría con su carga inerte.
No podía vacilar, y una vez decidido, el joven médico se dispuso a actuar. Lo más inmediatamente inquietante fue reconocer los corredores y salir al atrio. Atravesó sin dificultad el espacio libre que se extendía ante la villa. Después de lo cual tuvo que avanzar lenta y prudentemente, a la sombra del muro contra el cual se apoyaba y que iba tocando con la espalda y con los pies.
Una vez cerca del final, se apresuró aprovechándose de que no aparecía nadie: sintió el frío del agua alrededor de los tobillos antes de que el muro se hubiera terminado. El agua estaba helada, a causa de la corriente que en el lago vertía el río Jordán, que bajaba lleno a causa del deshielo de las nieves de los montes Hermon, y temió le dieran calambres. Mientras el muro avanzaba se apoyó en él, aunque el agua alcanzaba sus muslos, su cintura y sus axilas, teniendo que sostener a María cada vez más alta para que no se mojara, lo cual, en el estado en que se hallaba, hubiera podido tener consecuencias fatales.
De pronto comprendió que el muro terminaba. Torció hacia la derecha y supo que estaba fuera de la propiedad. Algunos metros después, tropezando de fatiga y llevando a María siempre entre sus brazos, alcanzó el sendero donde dejara a Hadja.
El nabateo había recuperado lo suficiente sus fuerzas para conducir al lado de la mula de José la carreta en la que trajera a la danzarina de Magdala. Ésta no daba ningún signo de recobrar el sentido mientras la extendían en el fondo del vehículo.
Aunque ambos se encontraban agotados, no se retrasaron ni un minuto al lado de la villa, sabiendo que la alarma podía ser dada de un instante a otro.
Mientras caminaban, el aprendiz explicó al músico que, después de haber danzado, y sin duda a causa de los nervios y de la fatiga, María se había desvanecido en la habitación donde se cambiara de vestido, y que la halló allí desmayada.
A menos de un kilómetro de la ciudad, el camino se bifurcaba; hacia la izquierda subía por el flanco de la montaña, más allá del gran acueducto que traía a Tiberíades el agua de las fuentes, hasta Magdala, que se alzaba por encima del lago; el de la derecha continuaba bordeando la orilla, pasando por Cafarnaúm y Betsaida y siguiendo alrededor del Mar de Galilea, hasta llegar a las ciudades de la orilla norte.
El pequeño grupo iba a tomar instintivamente el camina de Magdala, cuando Hadja exclamó:
—¡Párate, José! Oigo algo detrás…
José obedeció inmediatamente y, durante unos segundos, sólo oyeron el ruido acariciador de las olas en la orilla y el del viento entre los árboles. Después oyó, débilmente, el ruido que captara el oído del hombre del desierto —un tintinear metálico—, ruido que podía tener más de un origen: uno de ellos era, muy verosímilmente en aquella noche, el del choque de una espada contra un escudo.
Sin perder un instante, dirigieron los animales fuera del camino y del alcance de la vista, entre unos árboles que crecían a la derecha. El terreno era malo, pero una franja de árboles crecía no lejos de la orilla, de manera que no había que recorrer mucho camino para quedar completamente disimulados a las miradas de los que pasaran por el camino.
Permanecieron inmóviles, aguantando cada uno una mula e impidiendo que éstas se agitaran y traicionaran su presencia.
Apenas estuvieron escondidos cuando el ruido de correas y de armas, el paso regular de pies calzados de cuero, llegó a sus oídos con toda claridad y pronto un pequeño pelotón de soldados, alumbrados con antorchas, apareció a sus miradas y, sin detenerse en la bifurcación ni tan siquiera dudar, tomaron el camino que ascendía por el acantilado hacia las alturas de Magdala.
Los fugitivos permanecieron inmóviles y silenciosos hasta que los romanos estuvieron fuera del alcance de su vista, y únicamente entonces sacaron de entre los árboles a los dos animales y al rústico vehículo donde iba una mujer que seguía inconsciente. José secó el sudor que le cubría el rostro. Si el fino oído de Hadja no hubiera captado desde muy lejos el paso de los soldados, ahora se encontrarían en el camino de Magdala, y entonces sólo Dios…
Hadja respiró hondo:
—¿Adónde vamos a dirigirnos ahora? No podemos seguirlos…
—No, no podemos. Irán a casa de Demetrio y la registrarán…
Se detuvo, al ocurrírsele una idea:
—¿Conoces la casa de Simón, en Cafarnaúm?
—¡Claro que sí! He estado allí muchas veces.
—Perfecto. Vamos a esconder a María allí hasta que pueda regresar sin peligro a Magdala.
—El pescador es un buen hombre —confirmó Hadja—. Nos dará asilo de buen grado.
El nabateo herido, cabalgando la mula de José, y José conduciendo la mula del carro donde yacía María, se pusieron en marcha hacia Cafarnaúm, por el camino de la orilla del agua.